Llega un momento en toda vida en el cual debe tomarse una decisión entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Tales decisiones se toman en un instante, pero sus repercusiones duran toda la vida. Mis problemas comenzaron el día en que escogí la oscuridad, el día en que elegí a Jack.
Los hombres tienden a buscar el poder. Miden sus vidas de acuerdo a sus logros. Las mujeres tienden a buscar relaciones amorosas, a definir los episodios de su vida según el hombre que las acompañaba en cada momento. Es decir, hasta que aprenden. Jack fue mi primera lección de aprendizaje.
A los dieciséis años, por fin me habían crecido los pechos y jel vello púbico por el cual rezaba desde que estaba en sexto grado. Fue como si aparecieran de la noche a la mañana. Y de pronto pasé de ser un adorno hogareño a transformarme en una mujer íntegra que congregaba las miradas. Es la pesadilla de cualquier padre.
—¡Dios míos, eres como tu madre! —me decía papá negando con la cabeza en señal de incredulidad—. Te ves exactamente como tu madre.
A medida que empecé a sentirme cómoda con mis pechos, también cambió mi vestuario. Los vaqueros desteñidos se volvieron más ceñidos; las camisetas de Flashdance, más transparentes; las botas de cowboy con manchas blancas y negras cedieron su lugar a calzados negros go-go de tacones altos; las camisetas ahora acababan en el abdomen y los pantalones cortos dejaron de ser prendas para dormir. Los usaba fuera de casa, enrollándolos tanto como podía por encima de mis muslos. No tenía ninguna amiga demasiado inteligente, de modo que no había nadie cerca para decirme que parecía una desafiante seductora. Eso sí, una seductora con aparatos en los dientes.
Cuando caminaba por las calles de Las Vegas, adoraba sentir a los hombres gimiendo y volviendo las cabezas para verme, sobre todo cuando andaban tomados del brazo con sus esposas. Adoraba llamar la atención. Pero cada vez que alguien intentaba hablarme me agitaba pues ignoraba cómo interactuar. Ni siquiera me atrevía a mirarlos a los ojos. Si alguien me piropeaba o me hacía una pregunta, no tenía idea de cómo responder. Sencillamente decía que tenía que ir al lavabo y huía tan pronto como me era posible.
Uno de mis conjuntos de vestir favoritos consistía en una blusa diminuta y ajustada, vaqueros Daisy Duke y botas negras con ridículas cadenas alrededor de los talones. Intentaba parecerme a Bobbie Brown, del vídeo Cherry Pie de Warrant. Cuando salí de casa así vestida para ir a un concierto de Little Caesar, papá ni siquiera alzó las cejas. Yo estaba siempre extremadamente celosa de mis amigas, que debían cambiarse en el coche pues sus padres no querían que sus niñitas saliesen de casa vestidas como putas. Desde que tenía cuatro años, papá me dejaba ir libremente por las calles, pero esa libertad tenía su precio: la seguridad.
Mi amiga Jennifer todavía vestía sus pantalones y su sudadera cuando me abalancé sobre su coche. Mientras ella se cambiaba, conduje hasta el show, que era la jornada final de un circuito motero que había durado todo el fin de semana llamado Laughlin River Run. Teníamos que vernos atractivas. Ambas estábamos enamoradas del cantante solista de Little Caesar y queríamos que él nos prestase atención.
No lo hizo.
Pero el show me cambió la mente, al igual que el contacto con el resto de la audiencia. Estábamos rodeadas de cromo, tinta y barbas. Todos los que nos cruzábamos abrían para nosotras sus enfriadores de cerveza, nos ofrecían montar en la parte de atrás de sus motos e intentaban sin éxito hacernos fumar sus porquerías.
Un poco después, algunos moteros nos invitaron a una fiesta en El Hoyo del Conejo, la tienda de tatuajes más respetada del norte de Las Vegas. Estaban allí los Ángeles del Infierno, los Discípulos de Satán y los Fuera de la Ley, además de los integrantes de Little Caesar. Y, por algún motivo, no estaba asustada, aunque probablemente debí haberlo estado. Como era habitual en mí, no hablé demasiado. Sólo observé y me percaté de que estos tipos psicóticos llamaban a sus novias «mi señora» y las trataban como a animales de granja. Me prometí a mí misma que nunca le permitiría a un hombre sentirse tan seguro de poseerme. Por desgracia, no mantuve dicha promesa por mucho tiempo.
Tras la fiesta, volví a casa y le dije a mi hermano:
—Quiero hacerme un tatuaje.
—¿Estás segura? —inquirió él.
—Absolutamente —respondí.
De modo que el sábado siguiente mi hermano me llevó otra vez al Hoyo del Conejo junto a su novia Megan (una morena rechoncha de unos veinte años que por algún motivo me tenía en gran estima, por más que yo no sabía entonces nada de la vida). No bien llegamos a la tienda, vi un enorme letrero sobre el mostrador: PROHIBIDO PARA MENORES DE 18 AÑOS. Lo ignoré y cerré los labios sobre mis dientes para que no se me viesen los aparatos.
Se abrió una puerta detrás del mostrador y salió un hombre delgado, de aproximadamente un metro setenta, de piel tan pálida que parecía casi enfermiza y lleno de piercings, con pelo castaño en punta y una barba perilla de aspecto satánico. Exhibía en los brazos decenas de tatuajes, sobre todo caracteres chinos y dibujos tribales, que se extendían alrededor de su cuello. Parecía ser una fuente de problemas. Lo reconocí de la fiesta pues allí los había conocido a él y a su novia.
—¿Qué quieres? —me preguntó.
Miré a la pared y vi un par de pequeños corazones rojos superpuestos. Me apoyé en el mostrador intentando mostrar mis pechos, deseando que eso alejase cualquier duda acerca de mi edad.
—Quiero que me hagan esos corazones —le dije con la voz más coqueta que me fue posible teniendo los labios doblados sobre mis dientes.
—¿Dónde? —indagó él.
Necesitaba hacérmelos en algún sitio donde mi padre no pudiese verlos. No estoy segura de que me asustase más que reaccionase al verlos o, lo que era quizá peor; que no lo hiciese.
—En una de mis nalgas —respondí nerviosa.
—No hay ningún problema —dijo él—. Sígueme.
Estaba pasmada: no había esperado que fuese tan sencillo. La poco original novia de mi hermano decidió de inmediato que quería también los corazones y nos siguió.
—Eres muy guapa —comentó el artista del tatuaje mientras cogía la aguja característica del oficio—. ¿Qué edad tienes?
—Dieciocho —mentí.
Se llamaba Jack y tenía veinticinco. Se apoyó en mí durante todo el proceso. Yo era tan tímida y me ponía tan nerviosa la idea de estar siendo tatuada que no moví un pelo.
—¿Te gustaría que saliésemos? —me preguntó una vez que hubo acabado—. Hay una cantina fenomenal allá arriba. Podríamos escuchar un poco de música.
—No, creo que no —repliqué—. Tengo que irme a casa. Pero me alegra haberte visto.
—Bien. ¿Y qué dices de darme tu número telefónico para que podamos salir algún otro día? —insistió.
Volví a declinar la oferta. Por entonces me consideraba a mí misma una chica tradicional dulce e inocente. En cierto modo, todavía me considero así. Y una chica dulce como yo nunca saldría sola por ahí con un hermoso chico tatuado a quien acababa de conocer. Pero deseaba hacerlo. De hecho, esa chica dulce lo deseaba tanto que decidió al poco tiempo hacerse un nuevo tatuaje.
Me convencí a mí misma de que los corazones no bastaban. Eran demasiado convencionales. No expresaban más que el capricho de una adolescente que se apresuró a señalar la primera imagen femenina que distinguió en la pared de un local de tatuajes. Los corazones se verían mucho mejor si los atravesaba una grieta. Y si la palabra «rompecorazones» quedaba escrita sobre los corazones partidos. Y si ese chico con aspecto de rock and roll de la tienda de tatuajes me invitaba a la cantina escaleras arriba tras acabar su trabajo, sería fenomenal. En esa ocasión diría que sí.
Dos semanas después regresé a su tienda. Sola. Cuando me vio acercarme por detrás del vidrio de la puerta se le iluminó el rostro. Me percaté de que había pensado en mí, pero que no tenía esperanzas de volver a verme. Eso me hizo concluir que él no se apoyaba en todas las chicas que llegaban para que les hiciera un tatuaje. Sólo en algunas de ellas. Aquella vez la experiencia de ser tatuada no fue como la primera, ni como ninguna otra posterior. Cada vez que él se apoyaba en mí para aplicarme la tinta, rozaba mi pierna o se aventuraba por la parte interna de mi muslo. Si lo hubiese hecho la primera vez, lo habría considerado un cretino. Pero en esta ocasión sólo podía pensar: «¡Sigue adelante!».
Al terminar, me invitó arriba a ir de copas. Mi intención era decirle inmediatamente que sí, pero vacilé. Estaba asustada. Después de todo, él ignoraba por completo que yo tenía apenas dieciséis años. Cuando por fin me condujo escaleras arriba, nos sentamos en el sillón y conversamos acerca de nuestras vidas. ¡La suya era tan diferente de la mía, tan llena de riesgos, tan libre! ¡Y tan triste!
—Tienes unas tetas hermosas —me dijo de pronto, a propósito de nada.
Todavía me estaban creciendo y yo me sentía muy orgullosa de ellas.
—¿Por qué no me las muestras? —sugirió.
Y yo, como una idiota, lo hice. Ni siquiera lo dudé. Puse las manos bajo mi escote amarillo, que de todos modos terminaba justo debajo de mis pechos, y los alcé arqueándome hacia atrás como cualquier colegiala en un vídeo de verano.
Quedó boquiabierto y, por primera vez en toda la noche, no supo qué decir. Eso le duró unos tres segundos.
—¿Tienes acaso algún tipo de problema? —tartamudeó.
Habíamos roto la barrera: ahora nos enlazaba sin lugar a dudas una chispa romántica.
En su brazo derecho lucía una hilera de ideogramas chinos.
—Mira —me dijo señalando uno de los caracteres y luego mirándome con sus suaves ojos marrones—. Se parece a una «J». A partir de ahora les diré a todos que es tu nombre.
Ahora me resulta sencillo comprender que él empleaba esas palabras con todas las mujeres, pero me conmovió y me pareció muy romántico. Me estaba seduciendo, y yo era efectivamente seducida.
—¿Y qué pasa con tu novia? —le pregunté.
—Se están ocupando de ella —afirmó.
Helo allí: un enorme letrero de neón alertándome en pleno rostro. Pero yo ya me había enamorado y rendido. La mayor parte de los tíos con los que yo había salido hasta entonces eran apenas colegiales malcriados e inmaduros. Jack era exactamente lo opuesto. Era fuerte, poderoso, exitoso y dotado de control de sí mismo. Yo buscaba con tanta desesperación encontrar a alguien que me protegiese. Quería sentirme de veras segura, y aquella tarde me sentí segura.
Pero lo que me atrajo en verdad fue un rasgo por el que toda chica cae enamorada: él era emocionalmente impenetrable. Y supuse que yo podría abrirlo. Que podría quebrar la fachada rígida y hallar al Jack auténtico, el sensible hombre-niño oculto detrás de todos esos tatuajes. Dado que él nunca se mostraba afectado por nada emocional ni sensible, creí que él era el hombre más emotivo y sensible del mundo. Y me convencí de que yo (y sólo yo) podría quebrar las murallas que él había levantado y convertirlo en el amante rebelde que yo siempre había soñado. ¡Qué esperanza tan ridícula!
Ahora sé que si sales con alguien con la intención de mejorarlo, la tuya no es realmente una relación amorosa. Sólo actúas de enfermera. La verdad más simple y a la vez la más dura que deben enfrentar casi todas las mujeres es que lo que ves es lo que obtienes.
En cuanto a Jack, no era ningún secreto por qué me quería. Deseaba verme en su tienda a todas horas, y yo accedía feliz, conduciendo diariamente desde Mount Charleston para estar con él. Le gustaba exhibirme delante de sus amigos, que eran todos incluso mayores que Jack, y yo disfrutaba complaciéndolo. Era la chica nueva del barrio y poco a poco me volví por completo dependiente de él. Pese a eso, nunca pasé allí la noche: la medianoche era para mí un toque de queda.
Tras unas pocas semanas de vernos, Jack me contó que daría una fiesta en una embarcación que había alquilado. Dijo que nos divertiríamos mucho. Habría litros de alcohol, chicas guapas para conocer, y me recogería en Mount Charleston para llevarme allí. Le respondí que no tenía ningún problema en ir, siempre y cuando estuviese en casa a medianoche.
Si pudiese volver atrás en mi vida y cambiar algo, nunca aceptaría asistir a esa fiesta en el barco. Fue la peor equivocación que jamás haya cometido, y no sólo por perder mi toque de queda. Ojalá hubiese sido así de inocuo.