Mientras filmaba mis primeras películas para Wicked, me mantuve lo bastante distante como para no hacer nuevos amigos. Por primera vez noté en mí una sensación de amargura. Me dolía que Nikki y Michael se hubiesen librado de mí, y comprendí que si pretendía lograr alguna cosa en este mundo, tendría que llevarla a cabo yo sola. En definitiva, no le importaba a nadie más: todos los otros tenían sus propios proyectos y sus ideas particulares acerca de lo que yo tenía que hacer.

Internamente, me parecía que todas las chicas estaban celosas y todos los tíos sólo querían acostarse conmigo. Uno de los peores era Rodney Hopkins. Participaba del elenco de una película de Wicked, y me dijo que era fotógrafo y deseaba tomarme unas fotos de chico-chica para la revista Out. Le respondí que sólo accedería a fotografiarme con Lyle Danger, y acordamos reunirnos para la sesión el jueves al mediodía.

Aquella mañana revisé mi calendario y noté que me había comprometido para dos cosas a la vez, ya que tenía que participar en una sesión con Suze. De modo que telefoneé a Rod, le mentí asegurándole que debía participar en una promoción para Wicked y cambié la hora de nuestro encuentro para las seis de la tarde. Astutamente, le señalé que a fin de compensarle el cambio iría ya maquillada (y de ese modo no tendría que explicarle por qué llegaba maquillada a la sesión).

Partí a toda prisa desde el estudio de Suze para encontrarme con Rod, que había creado un set muy mono representando un restaurante y tenía postres helados sobre el tablero. Con todo, resultó una de las sesiones más irritantes de mi vida. Cuando me abrí de piernas para él, bromeó aduciendo que la sala tenía eco. Cuando me puse en la posición de la perrita, comentó que necesitaba para mi culo una lente con un ojo de pescado. Siguió toda la mañana pronunciando comentarios que nadie debería hacer delante de una mujer, en especial si se tiene la intención de que ella se sienta sensual. Así que pasé por todas las posiciones del modo más veloz que pude a fin de acabar. Ya estaba en aquel entonces tan experimentada que concluimos en dos horas, lo que impresionó a Rod.

Después de eso, Rod me telefoneó prácticamente todas las tardes. Nunca le había dado mi número, pero debió de obtenerlo en el listado de modelos. Tampoco le había brindado el menor aliento, de modo que Dios sabría qué era lo que se proponía. Tampoco me preocupaba demasiado: cada vez que me pedía salir, le respondía que estaba ocupada.

La verdad es que, incluso si Rod me hubiera gustado, le habría dicho que no estaba disponible. No tenía el menor interés en verme atrapada por la mierda ni los celos de nadie. En mi mente, una nueva relación era sólo el escalón que seguía a una nueva traición. Por eso, tras cada jornada de trabajo, regresaba a casa sola y miraba la tele. Incluso dejé de responder a las llamadas de Lyle. Y cuanto más solitaria me volvía, más me enfurecía el mundo. Me mostraba resentida como medio de aislarme del resto del mundo y protegerme para que nadie pudiese lastimarme otra vez.

Una noche sonó el teléfono. Era la mujer de mi hermano, Selena. Tenía buenas y malas noticias. Las buenas eran que estaba embarazada. Me puso a Tony al teléfono. Seguía alejado de las drogas.

—Soy un hombre nuevo —afirmó.

Se tomaba a pecho su futura paternidad y había conseguido empleo como trabajador de la construcción en Reading. Las malas noticias eran que a mi abuela materna le habían diagnosticado cáncer de mama y sería sometida a una doble mastectomía.

Por más que mi vida social y mis circunstancias materiales siguieron casi sin cambios, mi estrella empezó a brillar en el mundo de la industria pomo. Lo primero fue una doble página central en Adult Video News (AVN), publicación que informaba sobre los vídeos para adultos y era el mayor órgano difusor de la industria. Poco después, AVN decidió producir su primer largometraje en colaboración con VCA, una de las productoras de películas porno más importantes del momento. Me pidieron que fuese la estrella, como en los viejos estudios de Hollywood, y Wicked les prestó mis servicios con la esperanza de recibir más tarde un favor como recompensa.

Tras una semana de rodaje protagonicé una escena con Kylie Ireland, Felicia y Vince Voyeur. Esa noche, cuando regresaba de trabajar, tenía dolor de garganta. No me preocupé, pues desde niña siempre había sido un poco enfermiza. Pero hacia el final del rodaje del filme mi garganta estaba tan hinchada que me dolía al tragar, y me sentía tan débil que apenas podía mantener una conversación. Al volver a casa me miré en el espejo y noté enormes bultos blancos cubriéndome la garganta. No tenía la menor idea de lo que le sucedía a mi cuerpo y, lo que era aún peor, ignoraba dónde estaban todos los sitios útiles de Los Ángeles: un hospital, una farmacia, una ferretería. Ignoraba dónde hallar un rostro amable. Hasta entonces nunca me había enfermado tanto y había podido lidiar con mis malestares yo sola.

Llamé a la puerta de mis vecinos, una pareja de personas mayores con las que no había intercambiado más que un breve saludo, y les pregunté dónde podía ir para que me examinasen. Eran la nueve de la noche, de modo que me enviaron a una clínica cercana. Esperé dos horas en una sala mohosa llena de niños gritando. El doctor que al fin me atendió era un matasanos: me oteó el interior y afirmó:

—De acuerdo, tienes estreptococos en la garganta.

Le expliqué que era alérgica a la mayoría de los antibióticos, así que me recomendó una droga nueva llamada Biaxin. Llevé la receta a una farmacia cercana y me fui a casa. Mezclé el medicamento con agua, lo agité y me eché el repugnante líquido por la obstruida garganta. Transcurridos diez minutos empecé a sentirme mareada y confundida. Sabía exactamente qué estaba ocurriendo: ese cretino me había dado un antibiótico al cual yo era alérgica.

Yací en la cama intentando conciliar el sueño. Todavía guardaba la esperanza de sentirme mejor por la mañana. Sin embargo, tan pronto como mi cabeza tocó la almohada, mis brazos, piernas y dedos empezaron a hincharse y me brotó una urticaria.

Corrí al lavabo y me miré en el espejo. Estaba tan hinchada que parecía un extra de Shallow Hal[29], pero con viruela. Tenía la boca completamente descolorida, como si me hubiera aplicado sin cuidado un lápiz de labios barato; mi lengua estaba tan hinchada que ni siquiera podía cerrar la boca sin morderla y se me desprendía la piel como si me hubiese bronceado demasiado. Entonces me brotó alrededor de la nariz y la boca un sarpullido rojo que me producía una picazón insoportable.

El cuerpo se me desintegraba ante mis propios ojos. Me senté en el váter y el cuerpo me quemó igual que una herida abierta sobre la que se arroja agua salada. Empecé a sentir pánico: quizá me habían diagnosticado mal, quizá me había contagiado algo todavía peor durante la filmación. Cuando volví al lavabo una hora más tarde, el cuerpo me dolía tanto que grité a viva voz. De hecho, el dolor era tan intenso que para poder gritar tuve que tomar fuerzas y empujar. Y al hacerlo empezó a desprendérseme la piel, primero en escamillas y luego en capas. Mi piel perdió todo color y el corazón empezó a latirme a toda prisa al tiempo que mi cuerpo se helaba. No tenía la menor idea de qué estaba sucediendo. Me incorporé desde el váter, pronuncié alguna palabra ininteligible que sonó como «¡joder!» y, en medio de un grito, perdí el conocimiento y me desplomé golpeándome la cabeza contra el borde del váter. Ignoro si lo que me hizo desmayarme fue la enfermedad o el impacto.

Al despertar (todavía era de día, así que no podía haber pasado tanto tiempo) deliraba. De algún modo, incluso pese a que no era consciente de que estaba sudando, temblando y me sangraba la cabeza, comprendí que necesitaba ayuda. Me arrastré hasta el comedor y alcé la mano sobre un baúl que hacía las veces de mesita de café. De un manotazo tiré al suelo recibos, dinero y tarjetas personales. Las revisé desesperada, buscando el teléfono de alguien que pareciese amigable, alguien que pudiese ayudarme. Nunca se me pasó por la cabeza marcar el 911 de emergencias.

Por fin, en el reverso de un recibo de comida basura, vi el número de Rod. Debió de ser una señal. Si él deseaba tanto salir conmigo, ahí estaba su oportunidad. Lo telefoneé y cinco minutos después llegó a mi casa.

Al verme lanzó un taco. Yo estaba pálida, sudorosa, sufría convulsiones, la urticaria y los sarpullidos me desfiguraban el rostro y me sentía a punto de asfixiarme con mi propia lengua. Me condujo a la sala de emergencias del Centro Médico de North Hollywood. Al instante de verme, me pusieron en una camilla móvil y a toda prisa me trasladaron a una habitación. Allí hicieron preparativos para entubarme y llamaron a un médico.

El doctor que entró a continuación me inyectó una enorme jeringa en un muslo. A medida que la cortisona fluyó por mi torrente sanguíneo, mi cuerpo se estabilizó, me subió la temperatura y recuperé las fuerzas vitales. El hecho de volver a sentirme dueña de mí fue el mayor éxtasis que jamás haya experimentado.

—Quince minutos más y la tráquea se habría cerrado por completo —me informó el doctor—. De no haber venido aquí, habrías muerto asfixiada. Estuvimos a punto de tener que entubarte.

Había sido sólo una reacción alérgica, pero tan traumática que no pude trabajar durante otros seis meses. Llamé a las otras chicas de la película y les dije que alguien en el set me había contagiado estreptococos en la garganta. Y resultó ser que Kylie sabía exactamente quién había sido: ella misma. Así que me eché en mi sillón para recuperarme, mirando la tele día tras día y comiendo porciones de tallarines chinos Ramen de quince céntimos, pues no tenía ninguna entrada de dinero. (Todavía hoy como Ramen, aunque en ocasiones les añado un poco de arroz, y tampoco está de más un poco de pimienta.)

Leí una vez que pensar en el suicidio constituye una conducta de provocación al organismo cuando sientes que es preciso ponerte en movimiento, que se relaciona con ver que tu existencia es superflua dentro de la jerarquía social. Es algo que algunos animales hacen, a nivel evolutivo, para que sus retoños sobrevivan cuando existe una cantidad limitada de alimento. Intelectualmente todo esto tiene sentido, pero mirándolo de forma retrospectiva, no alcanzo a comprender de verdad por qué consideré la idea. Ya había firmado contrato con Wicked; ya había dado los pasos iniciales y más difíciles hacia mi objetivo; había logrado algo por mí misma por primera vez en la vida. Y, sin embargo, seguía sin ser feliz.

Es que, en realidad, nada había cambiado. Seguía habitando el mismo asfixiante piso sin amueblar. No sólo me sentía sola y desgraciada, sino que me hallaba demasiado enferma y quebrada como para conseguir siquiera una pistola o píldoras. Cuando eres joven, eso es lo primero que piensas, pues parece ser lo más sencillo. Había noches en las que meditaba que no despertaría a la mañana siguiente. Me iba a dormir sintiendo el corazón tan débil que no me parecía que fuera a resistir. Pero en ese caso le habría fallado a mi padre, pues carecía todavía de las herramientas para salir al mundo y enfrentarlo por mi cuenta.

Comprendo el modo en que se sienten ahora las chicas que acaban de llegar a la industria. Ganas dinero, pero sacrificas tus posibilidades de llevar adelante una vida normal. Nadie llega a este mundo equipado (mental, emocional o socialmente) para afrontar el reconocimiento, la presión o las repercusiones psicológicas del trabajo en sí mismo. La mayoría carece de un respaldo suficiente para soportarlo. No se percatan de que la fuerza que necesitan ha de provenir de su interior. Y, como consecuencia, con frecuencia se involucran con la persona equivocada, o con la droga equivocada.

Yo necesitaba a alguien. No podía seguir sola. Era muy deprimente admitirlo, pues en lo más profundo yo sabía que no era cierto. Había llegado sola hasta ahí y podía afrontar sola el resto. Pero se sucedían esos momentos (de miedo, enfermedad y deseos de suicidio) en los que necesitaba saber que en algún sitio existía una presencia humana cálida, preocupada por mí, que pudiese cruzar la puerta de mi casa en cualquier momento. Alguien como mi padre cuando llegaba de trabajar en mi infancia, que me diese la tranquilidad de que contaba con sus cuidados. Se ha dicho que la madurez llega en tres etapas: dependencia, independencia y, finalmente, interdependencia.

Miré a mi calendario. Estábamos en marzo. Ya había pasado siete meses en Los Ángeles sin hacer amigos, sin salir con tíos y, en verdad, sin salir de casa. Era preciso que dejase de ser una ermitaña o me pudriría en ese lugar.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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