Jay me recogió en Los Ángeles una semana más tarde y me llevó hasta Phoenix, donde vivía con su hermano. Era el día de Acción de Gracias, así que lo primero que hicimos fue ir a cenar a casa de sus padres. Las familias numerosas y felices siempre me hacen sentir incómoda, y allí había al menos cuarenta personas que yo no conocía: hermanos, hermanas, primos, primas, sobrinos y sobrinas, tíos y tías, cuñados y nueras. Era el extremo opuesto de mi casi inexistente familia. Sus padres llevaban cuarenta y cinco años juntos y Jay hablaba con ellos a diario.

En el transcurso de la fiesta, Jay me presentó a su hermana y a algún otro y luego se alejó para hablar con el resto de la gente, dejándome sola. Como si eso fuera poco, su hermana me dijo:

—No eres la chica más guapa con la que ha salido Jay, pero sí la dotada de más personalidad.

Para el momento en que nos marchamos de allí, mi opinión sobre él había empezado a cambiar.

Después fuimos al nido de soltero del hermano de Jay, nos sumergimos en una habitación con estampados símil piel de leopardo y pusimos un CD de Joe. Entonces Jay se redimió con el mejor sexo de toda mi vida (y no porque fuese rudo, tuviese una polla de dimensiones perfectas o supiese el tantra). Se debió a que había involucrada emoción auténtica. Realmente me gustaba ese cabrón con su familia feliz y numerosa. Tenía gran confianza en sí mismo y era dominante, pero de un modo que no constituía una máscara para compensar inseguridades ocultas. Cuando nos abrazábamos, era como si se formase una burbuja a nuestro alrededor y desapareciera el resto del mundo. Yo llevaba toda mi vida echando de menos algo así.

Debemos de haber escuchado ese CD de Joe una decena de veces. Dormíamos siestas de quince minutos entre las sesiones y luego volvíamos al ataque. A mis novios anteriores, yo les había hecho esperar al menos seis meses antes de acceder al sexo anal. Pero cuando estábamos en el lavabo, Jay me colocó contra el espejo y abrió mis piernas con sus rodillas. Cuando sentí su sexo hurgando tentativamente en mi trasero, tomé una decisión de un segundo. Y esa decisión fue afirmativa: sí, me rendía.

Al día siguiente me dolía todo el cuerpo. Después fuimos a hacer jet-ski al lago junto a su hermano, y al terminar quedé tan destruida que pensé que nunca volvería a caminar con normalidad. Al final de la semana, Jay me pidió que me fuese a vivir con él. El problema es que yo no estaba lista para otro hombre. Tras mi espantosa relación con Jordan en Miami, no quería sentirme bajo el dominio de nadie. Mientras volaba rumbo a casa desde Phoenix, sentí que por dentro me alejaba también de Jay.

La semana siguiente me uní a Tommy en su gira. La banda llevaba en su tour a media docena de bailarinas, una de las cuales era una belleza salvaje de pelos negros llamada Jen, que salía con Joan Jett. A espaldas de Tommy, también yo empecé a follar con ella. Me descubrí haciendo todo lo que estaba a mi alcance para evitar comprometerme con alguien.

Estando en la habitación de hotel de Jen, navegando por las páginas de internet habituales con chismes porno, me enteré de que Steve Orenstein había contratado en Wicked a tres chicas nuevas. Enloquecí. El motivo principal por el que yo había firmado con Wicked era no tener que competir por el tiempo y la atención con montones de otras chicas bajo contrato. Incluso había puesto en mi contrato que Steve no podía contratar a ninguna otra chica sin mi aprobación. Pero lo que más me afectaba era el hecho de que ni siquiera hubiese telefoneado para avisarme. Para cuando llamé a Joy, estaba en plena histeria:

—¿Cómo pudisteis hacerme esto a mí? —inquirí—. ¿Cómo pudisteis contratar a esas chicas sin consultarme?

Joy se mantuvo en silencio. Era una situación incómoda. Pero yo sabía lo que ella estaba pensando. En medio de mi enfado, no se me había ocurrido pensar que el motivo por el que lo habían hecho era que tenían que llevar adelante un negocio. Y mi absoluta falta de fiabilidad y comunicación en el transcurso del último año no los había ayudado en nada. No podían tan sólo sentarse de brazos cruzados y esperar mi regreso. Me había convencido a mí misma de que todo se centraba en mí, de que yo era Wicked. Pero Steve era Wicked, y siempre había sido así.

No descubrí hasta mucho después que el motivo por el que Joy sonaba tan apurada y nerviosa en el teléfono era que estaba en aquel momento en medio de un estudio supervisando una sesión fotográfica para dos de las chicas nuevas.

A mi regreso a Los Ángeles, encontré a Nikki en la habitación principal de nuestra casa guardando mis ropas con su encanto obsesivo compulsivo habitual. Tenía los ojos rojos y húmedos de tanto llorar. Era evidente que el antiguo Lyle estaba de regreso.

Me sentí desesperada y confundida. Ella se sentía desesperada y confundida. Nuestro compromiso de mantenernos unidas y alejadas de los hombres no había durado más que unos pocos meses. Aquella noche dormimos en la misma cama por primera vez en semanas y, por la mañana, juramos liberarnos de todo ese rollo. Saldríamos de gira: juntas. Llamé a mi agente y asistente de gira, y en menos de una semana todo estuvo organizado. No me quedaba nada por perder… o al menos eso pensaba.

El tour demostró ser una de las peores equivocaciones de mi vida. Sencillamente no me hallaba preparada para volver a interactuar con el público en general.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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