Después de que saliese a la venta la película de Andrew Blake me telefoneó Randy West, un cantante de rock de Nueva York especializado en las raíces del género que se había mudado a Los Ángeles para convertirse en una estrella. Pero pronto se ganaba la vida, en cambio, gracias a su aspecto de maleante-surfista-marine. Primero apareció como modelo en Playgirl, luego hizo bailes eróticos en clubes y, por fin, comenzó a salir en películas para adultos a mediados de la década de 1970. Tras salir en cientos de películas, decidió sacar su propia serie de vídeos: Orgásmicas (Up and Cummers), series gonzo en las que por lo general se mostraba a Randy teniendo sexo con diferentes chicas. La conversación entre Randy y yo se desarrolló más o menos como sigue:
Randy: ¿Me dices que estás interesada en venir a Los Ángeles para filmar un vídeo?
Yo: De ningún modo. Sólo quiero aparecer en material de alto nivel.
Randy: Aquí pagamos tres mil dólares por una escena.
Yo: ¿Qué día quieres que esté allí?
Le expliqué a Randy que sólo saldría en escenas con otras chicas y él accedió. Me dijo que la chica sería Kylie Ireland, una stripper y ex administradora de un videoclub que ya había aparecido en cinco filmes. Randy me hizo volar hasta Los Ángeles y me alojé en su casa en las colinas de Hollywood. A diferencia de Andrew Blake, todo el personal consistía en él mismo. En cuanto a casas remolque y equipos técnicos, no había ninguno. Y para señalar el escenario, Randy se limitó a echar una manta sobre el césped y nos dijo que nos echásemos encima. Me sentí cómoda con Kylie al instante. Ella no se tomaba a sí misma con demasiada seriedad, ni estaba todo el tiempo comportándose conmigo de forma condescendiente ni competía como las demás chicas.
No había ningún guión, iluminación ni dirección: era sólo tener sexo delante de la cámara. Desde el primero hasta el último segundo del trabajo, el tiempo total fue de una hora y media. Nos besamos, nos mordimos entre nosotras y jugamos con aparatos sexuales que Randy había llevado. Fue una labor sencilla.
Al revés que Andrew Blake, Randy quiso volver a filmarme. De inmediato. No bien acabamos la película, me llevó aparte y se produjo una conversación parecida a ésta:
Randy: Te pagaré el doble si haces una escena con un chico.
Yo: Ya te he dicho que no quiero.
Randy: ¿Qué me dices de una escena con un chico y otra chica? Tú sólo jugarías con la chica, y yo seguiría pagándote el doble.
Yo: Vale, con eso no tengo ningún problema.
Randy: ¿Estarías dispuesta a mamarla un poquito?
Yo: Veremos cómo va todo.
Yo había trabajado con tíos en una única ocasión, durante una sesión fotográfica con Suze unos meses atrás. Ella me había telefoneado afirmando contar con un modelo masculino sorprendentemente talentoso y por demás atractivo con quien deseaba fotografiarme. Vacilé, y por eso me envió fotos suyas que habían aparecido en Playgirl. Había sido el hombre del año de esa revista. Decidí que, si iba a hacer una sesión chico-chica, comenzaría apareciendo junto al mejor.
A la semana siguiente había ido al estudio de Suze, que estaba decorado como un escenario de películas del oeste de bajo presupuesto. Allí conocí a Marcello, que era increíblemente atractivo: un cruce entre Antonio Banderas y el ídolo de una sola canción de éxito Gerardo. Sin embargo, era a la vez el hombre más engreído y obsesivo con sí mismo que yo hubiera conocido. Se preocupaba por su pelo más que la mayoría de las chicas y le era imposible dejar de mirarse en cualquier superficie que reflejara su imagen. Incluso había llevado su propia crema para broncearse el rostro. Por fortuna, yo no tenía que tocarlo demasiado, sino tan sólo asegurarme de estar lo bastante cerca suyo como para que la escena pareciese auténtica. Se trataba un sujeto tan desagradable y odioso que no había vuelto a trabajar con un tío hasta la propuesta de Randy West.
Randy, quien por cierto se ofreció voluntario para personificar al hombre de la escena, era un tío decente. Si bien ya estaba un poco envejecido y su sentido del estilo se asemejaba al de un luchador callejero, tampoco a él tenía que tocarlo si no lo deseaba. Por eso, imaginé que un trío (técnicamente, una escena entre dos y media) sería tolerable. Antes de filmar, Randy nos entrevistó a Kylie y a mí. Era la primera vez que alguien me entrevistaba. Aunque pronto me hartaría de tener que responder siempre a la misma pregunta, me pareció excitante pues, mientras hablaba, acabé de tomar conciencia de que aquélla era para mí realmente una carrera profesional, por muy extraña que fuese.
Durante la escena me sentí inclusive lo bastante inspirada como para ayudar a Kylie a hacerle una mamada. Necesitaba hacer algo a fin de evitar verme estúpida frente a la cámara, de modo que me metí su polla en la boca por un instante. Después de eso, sin embargo, mientras permanecía allí sentada e intentaba parecer ocupada mirando follar a Kylie y Randy, medité: A decir verdad, eso no se ve tan mal.
O bien Randy West había advertido mi potencial o se moría de deseos de follarme, pues acto seguido volvió a abordarme con una nueva propuesta. Ahora era algo parecido a esto:
Randy: ¿Qué te parecería hacer mañana una escena solamente conmigo?
Yo: ¿Cuántas veces deberé decirte que de verdad no quiero hacer eso?
Randy: ¿Y si te pagase dos mil dólares más?
Yo: ¿Dos mil más de lo que me has pagado hoy?
Randy: Sí.
Yo: ¿Mañana te iría bien?
No era sólo el dinero. Los montos siempre crecientes sólo ayudaban a racionalizarlo. Yo tenía diecinueve años y ya había aparecido en todas las revistas de sexo duro existentes, salvo quizá en Over 60 (Más de Sesenta) y Still Swinging (Aún en Movimiento). Ya no tenía hacia dónde ir. Las películas de adultos parecían ser el siguiente paso natural. Por aquel entonces, la mayoría de las otras modelos de revistas no había pasado a las películas. Había excepciones notables, por supuesto, como Savannah, a quien yo había visto en los ejemplares de Penthouse y Hustler de mi padre antes de que apareciese en filmes. Racquel Darrian era también una cotizada modelo de desnudos, y Janine Lindemulder era una de las chicas más frecuentes en Penthouse antes de empezar a trabajar para Andrew Blake. Además, si yo tenía éxito en las películas, quizá las revistas empezasen a llamarme Jenna Jameson en las páginas de fotos que me dedicaban, en lugar de denominarme Shelly, Daisy o Missy.
Después de mi vacilante trío con Randy, supe que podría hacerlo con él. Y si además conseguía propinarle con ello un golpe a Jack, tanto mejor. Para las chicas que en su primera película resultan penetradas en todos y cada uno de los agujeros, el trabajo puede resultar física y mentalmente agobiante. El mejor modo de abordar algo nuevo es empezar con cautelosos pasos de bebé, y Randy me enseñó cómo obtener mil dólares por correrse una única vez. Claro está que, hasta el día de hoy, él niega haberme pagado tanto dinero, pero quizá sea porque, caso contrario, otras chicas podrían esperar recibirlo.
Al día siguiente Randy subió la cámara a su dormitorio mientras yo me ponía una sensual vestimenta de tenis. Él permaneció detrás de la cámara y me guió, pidiéndome que me chupase los pechos, abriese las piernas y, algo que yo no esperaba, me pusiese mis propios dedos en el culo. Me cogió fuera de guardia, pero apenas sonreí, arqueé mi espalda y coloqué mi mano en mi trasero deseando que sus peticiones no fuesen más allá. Estaba tan acostumbrada a posar para Suze que sabía con exactitud cómo doblar mi cuerpo, volver la cabeza y seducir a la cámara. Mientras intentaba con mediano éxito satisfacer lo que me había solicitado, Randy se subió a la cama conmigo.
Me entrevistó un rato, frotando todo mi cuerpo lascivamente con su mano. No me sentía segura de poder seguir adelante, pues él parecía un poco excesivamente excitado. Pero en el momento en que él me hizo callar y se quitó la ropa, algo despertó dentro de mí y surgió una parte primaria con la que todavía no había entrado en contacto. Fue como el instante de mi primer encuentro sexual con Nikki, pero mucho más intenso. Me convertí en una persona diferente. Hacer escenas con otras chicas era como bailar con una mujer: nadie llevaba el mando, era tan sólo una experiencia tranquila, suave. Con un tío había fuerza, energía, intensidad y pasión. Era una danza en la que ambos luchábamos por el control. Y tan pronto como me dejé llevar y me abandoné a disfrutar el momento, vencí.
No estaba preparada para experimentar algo tan explosivo, algo en lo que no tenía en absoluto ni un ápice de autoconciencia. Y lo mismo le sucedía a Randy. Cuando le hice una mamada, operando con mi boca y mi mano sobre su miembro con una pericia que yo misma ignoraba poseer, él no cesó de intentar detenerme. Por la mueca en su rostro comprendí que estaba haciendo uso de todo resto de autocontrol que le quedase para evitar correrse y no estropear la escena.
Era algo muy diferente a tener sexo en casa, pues allí estaba la cámara como espectadora y cada músculo de mi cuerpo se flexionaba, doblaba y contorneaba naturalmente a fin de que nuestra danza se viese bien ante las lentes. Y el hecho de saberme atractiva mejoraba nuestro acto sexual. Randy, entretanto, parecía haberse olvidado por completo de la cámara. Cuando yo estaba encima de él, me era sencillo leer en su rostro la expresión «¡Me cago en la puta!». Y cuando él se alzaba sobre mí no cesaba de pronunciar mi nombre por debajo de su respiración, colocándome en posiciones que parecían exceder en su intención los posibles beneficios de encuadre de la cámara. Y entonces, transcurridos unos cuarenta minutos, ocurrió algo extraño.
Cuando él se aproximaba al orgasmo, de pronto dejó de machacar con su perforadora neumática y acercando sus labios a mi oído preguntó:
—¿Puedo correrme dentro de ti?
Yo esperaba que él siguiese adelante con la fórmula gastada pero genuina de salir para llenarme de semen los pechos o el rostro. Y, a decir verdad, ésa era la parte de la escena que a mí más me desagradaba. No era nada que yo hubiese probado antes con Suze en las fotos de sexo blando.
En lugar de retirarla, en cambio, se sumergió bien dentro de mí. «Esto no se verá nada bien en el filme», medité. Luego él la sacó y murmuró:
—Aprieta bien.
Flexioné los músculos de mis muslos y todo el semen salió disparado fuera de mí, acompañado por el sonido potente de un chorro. Sería un momento quizá poco elegante, pero fundamental para la industria del cine para adultos: una de las primeras corridas a chorro (pop shot).
Después de eyacular, Randy me besó la espalda. Era un gesto extrañamente afectuoso para una película del género. Luego se volvió hacia la cámara y dijo:
—Ella es una especie de Randy West con coño y tetas.
Yo había encontrado por fin mi vocación.