Jenna: Marjorie era malísima. Era como la madrastra malvada. Siempre estaba furiosa con nosotros, quizá porque éramos testimonio de la vida de papá antes de conocerla a ella.
Tony: Cuando se enfadaba caminaba de forma realmente aparatosa. Y siempre nos asustaba verla. Se ponía a dar alaridos y golpeaba las puertas de los armarios.
Jenna: Teníamos un gran perro doberman llamado Ming, y Marjorie me acusaba a mí (una niña) de orinar en las paredes. Incluso a esa edad yo tenía muy claro que no me era posible orinar en las paredes de ninguna manera. Le dije que no había sido yo. Y ella empezó:
—¡Me estás mintiendo y voy a darte una zurra! Elige: puedo zurrarte dentro de la casa o fuera para que te vea toda la gente.
—¡No quiero que me zurres, no, no, no! —protestaba yo.
Entonces ella me cogía, me bajaba los pantalones, me conducía fuera y me pegaba con un cepillo de pelo hasta hacerme sangrar. Me dolía tanto después que no podía sentarme.
Larry: Eso me lo contaste. Marjorie y yo tuvimos esa noche una terrible pelea.
Jenna: Al día siguiente ella estaba tan furiosa conmigo que si decía algo descarado como cualquier crío, me perseguía alrededor de la mesa y me estampaba una bofetada. No se le puede hacer eso a un niño. Yo era muy pequeña. Y me castigaba todo el tiempo por cualquier cosa. Pero lo más aterrador era que yo la quería, pues ella era lo más parecido a una madre que yo había conocido. Siempre buscaba su aprobación, pero nunca la conseguía.
Larry: Pues debo decir que era sólo una idiota.
Tony: Era una persona perversa. Recuerdo cuando tuve un ataque de asma camino a casa, desde la escuela, y no tenía mi inhalador.
Jenna: Llegaste a casa desesperado y empezaste a llamar a la puerta diciendo:
—¡Me muero de asma!
—Vale —respondió ella—, pues haberlo pensado antes de irte de casa. ¡Regresa en una hora!
Larry: ¿Y por qué no estaba yo en casa?
Jenna: Eso sucedió cuando trabajabas en horario nocturno y dormías durante el día.
Tony: Tú siempre nos tratabas como a adultos. Razonabas con nosotros. Pero Marjorie se enfadaba si alguien más nos trataba bien. Nunca nos compraba nada, pero enfurecía si alguien lo hacía.
Jenna: Recuerdo cuando vi ese llavero con la figura de un perrito shih tzu y Marjorie se negó a comprármelo. De modo que lo robé. Lo escondí en mi mesita de noche y luego papá lo encontró. Y él sabía que yo lo quería pues le había pedido que me lo comprase. ¡Se sintió tan decepcionado conmigo! Yo sólo lloré y lloré. Me sentía tan destrozada por haber decepcionado a papá que me dormí abrazada a una fotografía suya. En mi mente, aquello era lo peor que yo podía haber hecho. Papá era un policía y yo era una criminal. Yo era como los tíos que papá perseguía. Y recuerdo que al despertar papá me abrazaba y me acariciaba como diciéndome que me calmase, que ya había pasado todo.
Larry: Y así era. Nunca le di tanta importancia.
Jenna: Siempre sentí que tenía que protegerte, evitar que sufrieses más, pues sabía cómo habías padecido la muerte de mamá. Así que me propuse ser la más fuerte de la familia, y cuando sucedía algo malo me lo guardaba todo dentro.