Antes de volver a Miami fui a ver al doctor Garth. Era uno de los hombres más populares de Los Ángeles, pues proporcionaba un servicio a cada mujer que se lo solicitase: no suministrando calmantes en forma indiscriminada, sino una perfecta cirugía plástica.
En el set de Dangerous Tides, además de todas las otras cosas que habían funcionado mal, mi pecho izquierdo había empezado a encapsularse, lo que ocurre cuando se forman tejidos cicatrizantes y se ponen tiesos alrededor del implante.
Lo primero que me comentó el doctor Garth al verme fue:
—No me sorprende. Tu implante es demasiado grande para tu caja torácica.
Así que pedí turno para ir al día siguiente a que me extrajesen el tejido cicatrizado. Ya que iba a estar allí, le pedí que me hiciese un implante menor con algo más de peso, pues los viejos del doctor Canadá asomaban hacia arriba como flotadores. Jill Kelly me llevó al consultorio y me permitió pasar el período de recuperación en su casa.
Yo había conocido a Jill en el estudio cuando ambas participábamos en el rodaje de Cover to Cover. Era una chica fuerte, hermosa y dominadora, y yo moría de deseos de conocerla, pero no tenía el valor de acercarme a ella. Nos conocimos por fin, años más tarde, en un club de strip-tease de Las Vegas llamado Bob’s Classy Lady (La Señorita Pija de Bob). Pero eso ocurrió sólo porque la confundí con Janine Lindemulder. Jill había empezado a desnudarse en escena a los dieciocho, pero un año, en el Consumer Electronics Show, conoció a Tiffany Million, que la llevó con ella a la industria.
Cuando Jill entraba a Bob’s con su novia P. J. Sparxx, le dije:
—Hola, Janine.
Ella me corrigió y, aunque me sentí como una idiota, nació entonces una amistad por respeto mutuo. Éramos las únicas dos chicas que habían sido tomadas en serio por la industria. Así que comenzamos a salir juntas aquí y allá, y de inmediato supe que Jill era una persona en la cual podría confiar para que me cuidase (sin ningún interés secundario) mientras se componían mis pechos.
No recuerdo demasiado lo que sucedió tras la cirugía, pues me colmé de Vicodin para combatir el dolor. Sin embargo, recuerdo a Jill hablando por teléfono con un tío llamado Jay, el cabrón jefe dueño del estudio Sterling, donde yo había rodado varias de mis películas. Cuando Jill le contó que me tenía recuperándome en su cama, él bromeó:
—¿Puedo ir a abusar de ella mientras está inconsciente?
Los tíos son unos cretinos.
Mi pechos sanaron con rapidez. Cuando me los miré en el espejo, una gran sonrisa apareció en mi rostro. Estaban perfectos. Aun así, seguía arrepintiéndome de habérmelos operado en primer término. Ya tenía grandes pechos naturales, pero en esta industria una chica debe ser más impactante que la realidad. El problema es que los implantes grandes son un imán para los cretinos y un auténtico impedimento para la mayor parte de las actividades físicas. Es por eso por lo que nunca se ve a estrellas porno retiradas jugando al golf.
Cuando los tíos hablan con una chica, le preguntan si sus pechos son naturales y qué talla de sostén usan. Pero cuando las chicas hablan entre ellas, la pregunta es siempre: «¿Cuántos centímetros cúbicos tienes?». Mis implantes eran sólo de 400cc, pero como mis pechos ya eran muy grandes, parecían como de 900cc.
Cuando volví a casa después de la cirugía, Jordan estaba furioso. Creo que las chicas con frecuencia experimentan saliendo con distintos tipos de tíos, para ver con cuál funcionan mejor. Un tío dominante y posesivo que me quería ver como un ama de casa descalza y embarazada no cuadraba con mi poco saludable ambición de éxito. Hace falta hallar una clase muy especial de hombre para que pueda convivir con el hecho de que la mujer que ama se acuesta con otros hombres ante las cámaras como medio de vida. Y todavía no he conocido a ese hombre.
Vivimos juntos con gran malestar durante unas pocas semanas, hasta que mi agente telefoneó para preguntarme si estaba dispuesta a hacer unos pocos bolos de baile en San Francisco con Jill Kelly. Salté de alegría ante la oportunidad de librarme de Jordan. Y Jordan, por cierto, no quiso dejarme partir, porque no le gustaba la idea de que bailase en el escenario junto a otra chica. En realidad, estaba celoso de ella, por más que nunca le había hablado acerca de las mujeres con quienes salía.
Finalmente llegamos a un acuerdo y él viajó conmigo como un chaperón con maleta. Nuestro primer show fue en el Teatro O’Farrell, que era el peor sitio posible para llevar a Jordan. El club carecía de normas: las chicas se masturbaban con dildos en el escenario y, en los cuartos traseros, se tiraban a los tíos sin problemas. La audiencia estaba tan agotada que nuestro show no provocó el menor impacto. Éramos demasiado convencionales y blandos para ellos. Pero no para Jordan.
Cuando volví a mi camerino, él notó que había lápiz labial en mi G-string. Era evidente que Jill, sin darse cuenta, había apoyado los labios encima. Al instante de verlo, el rostro de Jordan se puso rojo, se le hincharon las venas del cuello y gritó golpeando la puerta con su puño con terrible estruendo.
—¡Eres una jodida puta! —aulló—. ¿Cómo has podido? Recoge tus cosas, pues nos marchamos. Se acabaron los bailes. ¿Me oyes? ¡Se acabó!
Miré a Jill, que estaba boquiabierta. No dijo ni una palabra, pero sus ojos lo comunicaban todo: ¿cómo podía yo permitir que un tío me tratase así?
Sin embargo, Jordan tenía razón. Se había acabado. Habíamos acabado. Una vez más, yo había permitido que un hombre me controlase y, en el proceso, había perdido por completo mi autoestima. Miré al futuro y me imaginé cómo sería la vida si elegía seguir junto a él. Me vi a mí misma en esa pequeña casa en Miami, con críos corriendo a mi alrededor y un marido barrigón con una camiseta mugrienta exigiéndome más salsa de cebolla para sus bocadillos. Y comprendí que estaba tirando mi carrera por la borda para beneficio de un tío que no me brindaba absolutamente nada a cambio, ni emocional, ni física ni económicamente.
Cuando regresamos a Miami, le dije que tenía que irme a la Video Software Dealers Association (Asociación de Distribuidores de Vídeos de Sexo Blando) en Las Vegas… sola. Aunque todavía faltaba un mes para la convención, sentí que tenía que escapar de allí. Y lo cierto es que no tenía la intención de volver. Partí hacia el aeropuerto con cierta anticipación, así que pude pasar previamente por una tienda de tatuajes. Quería cubrir el nombre de Jordan con flores, algo no muy distinto de una lápida, pero conservé las palabras «chica loca». No había duda de que seguían siendo adecuadas.
Aunque Jordan no podía adaptarse a mi estilo de vida, en alguna forma se había vuelto adicto al mismo. Por algún motivo que nunca sabré ni podré comprender, pocos meses después de nuestra ruptura empezó a trabajar para Jill Kelly, lo que me sorprendió mucho considerando la escena de la que ella había sido testigo. Jill lo contrató para cuidarle la casa y luego se convirtió en su agente de gira. Acabó saliendo con una de las chicas que lo habían contratado (por más que ella estaba casada). Todavía sale (y administra los negocios) de chicas de la industria.
Nuevamente sin hogar, volví al sitio que mejor conocía: el sofá de Nikki. Pero nuestras circunstancias habían cambiado: por una vez, ella me necesitaba más que yo a ella.
Nikki se había mudado a la casa de Lyle en Irvine. Era la primera vez que yo veía a Lyle desde que ambos habíamos entrado en la industria y apenas pude reconocerlo. Llevaba puesta una camiseta mugrienta con el cuello estirado y lleno de agujeros. Sus jeans colgaban sueltos rodeando su cintura, sostenidos por un cinturón de soga. Las venas de su cuello se hinchaban constantemente y sus ojos amables parecían ahora enfadados con el mundo. En otros tiempos, él me había conducido en su coche a todas partes; ahora ya no habría estado tan segura de subirme con él al volante. Estaba paranoico, temperamental y adicto a todo, desde el crack hasta los esteroides.
Cinco años de vida dura habían degradado al Lyle que yo conociera. Yo me había sentido perdida muchas veces, pero nunca durante un período tan prolongado. Era como ver una realidad alternativa: de no haber vivido ya mi período de fiestas y excesos cuando vivía con Jack, yo habría cometido todos los errores en los que él parecía haber incurrido. La autoestima de Lyle estaba hecha pedazos y responsabilizaba de sus fracasos e insuficiencias a todos los que lo rodeaban. Para permanecer en este negocio es preciso que poseas una base sólida, pues serás cuestionado diariamente por todos: incluso por ti mismo. Y si caes en la trampa y empiezas a odiar lo que eres, entonces te destruirás a ti y a todos los que tengas cerca. Así que, en resumen, Lyle se había convertido en un cretino hijo de puta.
Día tras día miraba a ese hijo de puta coger el dinero de Nikki, acusarla de estafarlo y perder los estribos sin motivo alguno. Llegó el punto en que Nikki tuvo que esconder sus joyas para que él no las robase. Nunca en mi vida había visto a alguien sometido a un abuso semejante.
Una noche, mientras yo estaba en el sillón, lo escuché gritándole a Nikki, que lloraba. Entonces sentí un fuerte crujido, como si una bola de nieve dura y congelada se hubiese estrellado contra un edificio. Fui a ver si Nikki estaba bien y los encontré en el lavabo. Ella se hallaba agachada en un rincón y él se cernía sobre ella amenazante, con los codos agitándose hacia uno y otro lado. Sentí que mi pecho se tensaba y me invadía el horrible e impotente pánico que solía sentir con Jack. No estaba dispuesta a permitir que lo mismo le sucediese a la chica que amaba.
Corrí al lavabo y me aferré a sus piernas derribándolo. No me guiaba con la lógica. Sencillamente no me importaba si él me golpeaba o no, pero no lo hizo. Yo había sido como una hermana para Lyle. Y en algún punto, en lo más profundo de su mente, debió de recordarlo.
A la mañana siguiente, Lyle se había marchado. Pasaron seis días y no había regresado. Fue entonces cuando telefoneó la empresa de alquiler de coches Avis. Al parecer, Lyle había alquilado un Pontiac Grand Am utilizando el nombre de Nikki y luego lo había vendido.
—¡Dios mío! —exclamó Nikki al colgar—. ¿Qué voy a hacer?
—Vas a recoger tus cosas en este preciso instante —repliqué— y no permitirás que ese psicótico sepa adónde irás.
—No puedo, Jenna —lloró Nikki—. No puedo marcharme.
—Yo compartiré contigo otro apartamento —le dije—. Al fin y al cabo, necesito vivir en algún sitio.
De repente, con esas palabras, se me aclaró la mente. Supe exactamente lo que deseaba.
—Hagamos que las cosas vuelvan a ser como antes —propuse efusiva—. Podemos volver a empezar nuestras vidas, sólo tú y yo. Y esta vez podemos tomar todas las decisiones correctas. Y podemos tomarlas juntas… sin tíos.
Teníamos tanto miedo de que Lyle volviese a la casa que recogimos cuanto había en ese piso en un día. Si él nos pescaba abandonándolo, no me cabía duda de que la habría matado y yo no habría podido hacer nada para impedirlo.
Mientras conducíamos hasta Hollywood, no dejé de pensar en el antiguo Lyle. Gracias a su amabilidad y su generosidad yo había podido salir adelante. El Lyle que yo había conocido no parecía capaz de tratar a una mujer del modo que lo había hecho con Nikki. Juré no volver a confiar nunca en un hombre. Debí de haber escuchado el mensaje que el mundo no dejaba de enviarme: los hombres sirven para ganar pasta con ellos, para administrar las cosas y para el sexo, para ser gozados sólo si tienes un escudo de plomo alrededor del corazón.
Nikki y yo hallamos un piso de dos ambientes con un desván que yo proclamé que sería mi habitación, pero nunca llegué a dormir ahí. Todas las noches me colaba en la cama de Nikki y charlábamos hasta dormirnos abrazadas. Volvíamos a ser las mejores amigas. Sin embargo, nunca tuvimos sexo: nuestra relación ya había superado esa etapa.
Sin Jordan ni Lyle, entramos en una segunda fase de nuestras vidas. Nikki había sido bulímica en su adolescencia, así que tomaba Prozac para ayudarse a mantener la estabilidad. Sin embargo, eso no bastaba. Así que empezó a automedicarse con vodka (que bebía puro) y un ligero toque de Vicodin. Encontramos a un doctor que nos proporcionaba botellas gigantes llenas de quinientas de esas malditas píldoras blancas. Dado que era una medicación bajo receta, no parecía ser tan malo como el crack o la metanfetamina. Y yo había disfrutado de esa droga cuando la tomaba tras mi reducción mamaria, así que empecé a consumir una que otra píldora en ocasiones especiales. Luego comencé a beber vodka cada tanto. Y fue entonces cuando la vida malsana hizo una nueva aparición.
Siempre me había parecido que lo que peor le hacía a mi vida eran los hombres. Pero el problema con los tíos, en última instancia, era siempre una cuestión de control: quién lo tenía y cómo decidía emplearlo. Todo eso no era nada comparado con el problema en el que nos metimos Nikki y yo. Con ella existía un problema de control de una magnitud diferente: estábamos ambas fuera de control. Día tras día me hundía cada vez más, recorriendo el camino de regreso a la Jenna de Las Vegas. Pero ahora me sentía confiada. La mitad de la población masculina del país se estaba masturbando conmigo, y yo me reía de ellos al ver mi cuenta bancaria. Nadie más iba a jodernos, ni a Nikki ni a mí. Así que se lo hicimos saber a todos los que se nos cruzaban. Y a cambio nos dieron el mote que merecíamos: el infierno en tacones altos.