Desde que tengo memoria siempre se me repite la misma pesadilla: soy perseguida a lo largo de un enorme caserón abandonado. Hay alguien exactamente detrás de mí, pero no puedo ver quién es. Me escondo en un armario. Estoy aterrorizada. Mi corazón estalla contra mi pecho. Sé que él está allí fuera, a unos pasos. Intento contener la respiración para que no me escuche. Pero no puedo dejar de jadear. Es ensordecedor. Sé que si él me oye abrirá la puerta y me atrapará. Pero no puedo hacer ninguna otra cosa para calmar mi miedo. Él se aproxima. Ya me ha oído. Se acabó. Voy a morir.
Y entonces despierto. Hasta el día de hoy nunca he podido reconocer a mi perseguidor. Saber que alguien que quiere lastimarte está tan cerca y que ya te has rendido es la peor sensación del mundo.
También sueño con tsunamis. Estoy sentada en la playa y veo la ola alzarse ante mí. Se eleva miles de metros en el cielo. No hay escapatoria. Rompe sobre mí y me sobrecoge. Puedo sentir el agua fluyendo hacia mis pulmones. Siempre despierto con sensación de ahogo. En otras pesadillas estoy luchando con alguien, pero yo me muevo como si estuviese bajo el agua y soy incapaz de dar un golpe. En mis sueños estoy perpetuamente a punto de cagarla. También sueño que se muere papá.
Lo que conecta todos estos sueños es que en ellos siempre estoy sola, asustada e impotente. Desde que lo recuerdo, ése ha sido mi paisaje nocturno. Y he tomado en mi vida muchas decisiones con la intención de escapar de él: ¿acaso la fama me ayudará a dormir mejor?, ¿o estar casada detendrá mis pesadillas? Lo cierto es que nada ha dado resultado. Todas las decisiones supuestamente seguras que tomé han acabado asustándome más. Y cuantas más veces me equivocaba, con mayor frecuencia despertaba llorando. Papá no había podido consolarme. Jack no había podido consolarme. Nikki no había podido consolarme. Rod no había podido consolarme. Nadie podía.
Por supuesto que yo debería haberme consolado a mí misma. Y la de abandonar a Rod fue la primera decisión propia que tuve el coraje de tomar… sin volver corriendo a casa de papá. Estaba harta de los jodidos vampiros de Los Ángeles. Las únicas personas en las que confiaba eran Steve y Joy. Y me habían incluido ambos en sus listas negras por rehuir compromisos, discutir con Rod y hacer escándalos en el set. El presupuesto de las películas que hacíamos había ascendido desde los veinte mil dólares hasta los doscientos mil, y la presión por lograr un rodaje ordenado aumentaba en consonancia. Me era preciso escapar de Los Ángeles, de Rod y de las películas.
Así que, cuando desperté en la Posada de los Vagabundos aquella mañana, decidí tomarme unas vacaciones de todo aquello. Telefoneé a una agencia llamada Lee Network y convine un bolo de baile en el club Miami Gold. No deja de ser curioso que ofrecerme para un bolo de baile fuese la idea que yo tenía de unas vacaciones.
Al día siguiente conduje hasta LAX, volé a Miami e ingresé en el hotel Fontainebleau de South Beach. Me sentía otra vez libre, como la antigua Jenna. Rod no se me pasó por la mente ni en una sola ocasión. Después de todo lo que había atravesado en relaciones pasadas, me había instruido a mí misma para reprimir cualquier emoción que sentía por una persona (fuese amor u odio) si eso era preciso para protegerme.
Durante el día, me echaba con mi bikini G-string en la piscina del hotel y aprovechaba para broncearme, al tiempo que me entretenía observando cómo los hombres mayores me miraban sobre el hombro de sus iracundas esposas. No conocía ni a una sola persona en toda la ciudad, pero eso no me importó. Podía iniciar conversaciones con cualquiera y acabarlas cuando me aburría. Había allí fuera un mundo demasiado grande, y a mí me faltaba todavía mucho por aprender y experimentar.
Por las tardes bailaba en el Miami Gold, cosechando miles y miles de dólares. Era un trabajo sencillo y despreocupado: tan sólo abrirme de piernas y sonreír. Entre los shows, mataba el tiempo buscando un grupo amigable con el cual sentarme y pedir unos tragos en su mesa. Una noche acabé en la mesa de tres tíos llamados Wonky, Juan y Jordan. Juan y Wonky parecían un dúo de cómicos profesional y no dejaban de hacer bromas, pero Jordan no pronunciaba palabra. Se limitaba a sentarse como empollando en su silla, sin prestarme tampoco a mí la menor atención. Era colombiano y tenía ojos oscuros sin llama, grandes labios sensuales y cuerpo de jugador de fútbol americano. Siempre me habían atraído mucho los hombres latinos, desde mi primer horrible beso con César; así que intenté hablarle a Jordan mientras sus amigos pedían otra ronda de tragos. No pareció interesado. Por entonces yo lo ignoraba, pero su reticencia no se debía a su falta de interés sino a su falta de experiencia.
Así y todo, en medio de mi ignorancia, comprendí que tenía que esforzarme un poco más para seducirlo. Me puse de pie, le cogí una mano y lo saqué de su asiento. Su mano era cálida y tomó la mía con fuerza. El hecho de sentir su calor me aceleró el corazón. Hacía mucho tiempo que yo no me sentía atraída por un hombre de un modo tan impulsivo.
Lo llevé a mi vestidor entre bastidores. Había allí una silla plegable en la sala por otra parte vacía y espejada. Le señalé la silla y él se sentó, absorto. Entonces me senté en el suelo, abrí las piernas y hundí los tacos de mis zapatos en la alfombra. Con un dedo me quité la braga de mi G-string. Entonces eché la cabeza hacia atrás y arqueé la espalda, proyectando mis pechos al aire. Me puse el dedo medio derecho en la boca y lo saqué de allí con lentitud. Entonces llevé mi mano entre mis piernas, me abrí los labios del coño con el índice y el anular y froté mi dedo medio por la abertura hasta que me inundé de fluidos.
Jordan estaba clavado en su silla. Su cuerpo parecía como si quisiese salir de la habitación en estado de pánico, pero sus ojos no iban a ninguna parte. Era evidente que nunca antes había visto algo parecido. Y cuanto más horrorizado estaba, más deseos sentía yo de mostrárselo todo.
Llevé mi dedo medio hasta mi clítoris y empecé a frotarlo con suavidad, describiendo rápidos círculos. A medida que cada ola de placer inundaba mi cuerpo, mi espalda se arqueaba hacia atrás y yo subía y bajaba la pelvis. Me preocupaba por exagerar todos los movimientos para beneficio de Jordan, cerrando los ojos, humedeciéndome los labios y gimiendo con sutileza. Quería calentarlo tanto que se corriese en sus pantalones. Con mi mano izquierda me bajé el sostén y mi pecho izquierdo saltó a la libertad. Froté el pezón en círculos cada vez más estrechos hasta que estuvo tan duro que cada poro de mi areola parecía un verdadero mástil. Entonces hundí el índice de mi mano derecha en mi coño tan profundamente como pude y luego lo quité, lustroso. Me lo llevé a la boca, lo chupé hasta limpiarlo con la punta de mi lengua y lo puse sobre mi clítoris. En la frente de Jordan se formaban gotas de sudor. Con ambas manos a pleno ritmo, me olvidé de Jordan y me concentré en mi propio placer.
La primera contracción me produjo un estremecimiento en las piernas. La segunda envió un torrente de euforia a mi estómago. La tercera liberó una bandada de mariposas en mi pecho. Y la cuarta hizo que todo mi ser se encendiera en llamas. Dejé escapar un gemido que me hizo sentir que todo el club y todo mi cuerpo se ponían rígidos. Luego me desplomé. Ya me resultaba imposible pensar en seguir viéndome sexy. Mi cuerpo estaba fuera de control. Mi mano derecha permaneció sobre mi clítoris, frotando y frotando mientras yo me debatía entre espasmos bajo la influencia de un orgasmo tan largo como aquellos que solía tener en la infancia con los chorros del jacuzzi de mi vecino.
Cuando todo hubo acabado, me puse de pie, me arreglé el pelo y acompañé a Jordan al salón principal. No dije ni una palabra y él ignoraba qué debía decir.
Regresé al escenario, bailé con una energía sexual mayor y más cruda que nunca y, hacia el final de la noche, le di mi número telefónico a Juan y le pedí que se lo entregase a Jordan. Nunca antes había acosado a un cliente de forma tan evidente. Pero, a la vez, nunca antes me había sentido tan libre. Jamás se me había presentado la oportunidad de gozar por completo de mi sexualidad, pues durante todo mi desarrollo estaba saliendo con Jack.
Al día siguiente, Juan y Jordan telefonearon. Los invité a venir al hotel, pero sólo vino Jordan. Fue una buena estrategia de su parte.
Nos relajamos en la piscina y pedimos daiquiris. Me atrajo de inmediato. Era muy distinto a todos los tíos con los que yo había estado antes. Y probablemente eso se debía a que yo me había movido durante casi toda mi vida adulta en un mundo de dueños de clubes de strip-tease, directores porno y alcahuetes con maleta. Jordan no era gritón ni desagradable, no sentía la necesidad de alardear ni demostrar nada y era inconsciente de lo guapo que era. No estaba fingiendo nada. No actuaba. Y por ese motivo me sentí cómoda, me pareció que podía permitirme bajar la guardia y ser yo misma sin preocuparme de que él esperase algo de mí.
Sólo conversamos durante horas y nos llevamos muy bien. Procedíamos de mundos diferentes. Él no sabía nada sobre mi estilo de vida: todavía vivía con sus padres y llevaba una existencia sencilla, feliz y despreocupada. Yo sentí que volvía a conectarme con el mundo real a través suyo. Con Rod, todo era trabajo, el porno ocupaba toda mi vida. Necesitaba poder escapar y lograr un equilibrio.
Aquella noche, después de la cena, lo llevé a mi habitación. Fue una noche deliciosa. Abrí la ventana y la luz de la luna cruzando el océano nos iluminó como con un pincel. La habitación era preciosa, amplia y brillante. Todo parecía perfecto. Pero existía un único problema: Jordan no podía conseguir la erección: todavía sentía miedo de mí. Nos acostamos uno junto al otro desnudos y hablamos del tema. Resultó ser que él sólo se había acostado en toda su vida con otras tres chicas. Me pareció excitante. Y entonces supe por qué lo había perturbado tanto al masturbarme en el suelo frente a él.
Le dije que no se preocupase y decidí que lo mejor era no intentar que lograse la erección para que no se sintiese humillado. Como compensación, me chupó y acarició durante horas enteras. De verdad empezaba a gustarme ese tío. Al fin me rendí a él hasta que nos dormimos.
Desperté en medio de la noche y lo descubrí acechando sobre mí con una gran sonrisa en el rostro. Tenía sus cabellos negros aplastados contra la frente a causa del sudor y su dura polla dentro de mí. Me estaba follando. No podría decir si había estado horas intentando conseguir la erección o si tan sólo se había despertado con una erección matinal prematura.
Al segundo en que yo empecé a responder, sin embargo, se corrió. El pobre tío sólo duró un par de minutos.
Al final de la semana, cuando concluyó mi bolo en el club, decidí quedarme con él en Miami durante otras dos semanas. No me esperaba nada en Los Ángeles y Jordan me ofrecía el esparcimiento que me era necesario: era un hombre normal, me hacía sentir cómoda, me proporcionaba mi espacio. Era la completa antítesis de aquel estilo de vida que tanto me irritaba.
Telefoneé a Joy y le dije:
—Volveré a Los Ángeles para recoger mis cosas y mudarme a Florida.
—Estás loca —replicó ella—. ¿Qué piensas hacer?
—Obedeceré a mi corazón y me mudaré a Florida.
—¿Y qué harás con tu contrato? Te quedan por filmar dos películas ¿Nos abandonarás así como así?
—No, seguiré con vosotros —aseguré—. Sólo deseo interrumpir un poco mi agenda y brindarme un tiempo para mí misma. Así que me limitaré a volar para las películas.
—Muy bien, nena. Haz lo que debas hacer. Cuídate y relájate.
Pude notar la desilusión en la voz de Joy. Ella me había ayudado a construir mi carrera y ahora sentía que me estaba perdiendo. Aunque era consciente de que mi decisión no era la correcta, no pronunció la menor palabra de crítica pues, en última instancia, le importaba más mi salud mental que mi contrato.
Lejos de Los Ángeles la vida parecía mucho más simple. Comprendí que a lo largo de toda mi vida adulta yo había mantenido el control: había estado en mi poder simplificar o complicar mi existencia. Pero le había cedido ese poder a otras personas. Recuperarlo era tan sencillo (y tan arduo) como dar un paso atrás y forzar un cambio decisivo.
Mi estancia en Los Ángeles sólo se prolongó durante un día. Volví a mi casa, recogí el resto de mis pertenencias y volé a Miami. Esperándome en el buzón estaba el contrato de E! Channel. Pero nunca tuve siquiera la oportunidad de firmarlo. El E! Channel fue adquirido por Comcast, que no quería tener bajo su plantilla a una estrella porno. Así que retiraron la oferta.
Con varias semanas solo para pensar sobre nuestro fugaz matrimonio, Rod comprendió que la había cagado. Había creído que me tenía asegurada y así me había perdido. Estuvo persiguiéndome por toda la casa, diciéndome cuánto me amaba y rogándome que me quedase. Se le enrojecieron los ojos y le falló la voz. Por una vez pareció que se portaría como un hombre y golpearía la pared. Pero ya era muy tarde.
En mi mente tenía preparada una respuesta: «Sólo has de culparte a ti mismo. Te di tu oportunidad. Yo misma te suplicaba hasta llorar que me abrazases en la cama y tú me decías que me fuese al demonio. ¿Ves cuál ha sido el resultado? Te odio con toda el alma».
Pero no dije una palabra. No ataqué ni uno solo de sus puntos débiles, por más que él me los había dejado todos bien a la luz. Como la mayoría de los hombres, no comprendió lo que había tenido hasta que lo perdió. Ya me habían torturado demasiado su falta de afecto, sus gritos, su adicción al trabajo, a la que recurría para ocultar su propia inseguridad. Rod sentía por dentro que no me merecía. Y ahora había conseguido con su comportamiento que aquello se volviese una profecía. Obtenía lo que se merecía: me marcharía.