La noche en que se estrenó el programa especial de Cannes en E! Channel, yacía en la cama en el apartamento de Steven. Me impresionó verlo. Era la primera vez que lograba algo en mi vida adulta que no implicaba quitarme la ropa. A diferencia de la mayoría de las personas que yo conocí en Los Ángeles, sin siquiera haberlo intentado demasiado yo salía en la tele a escala nacional. No me sentía ya como el pequeño secreto inconfesable de la sociedad. Y para ser del todo honesta, estaba completamente enamorada de mi propia imagen en la pantalla.

—¡Dios mío! —le repetía a Steven—. Realmente parezco una estrella.

Al fin él se volvió hacia mí y, con voz burlona, comentó:

—¿Por qué te empeñas en decir que eres una estrella?

De inmediato algo reaccionó en mi interior.

—¡Eres un cabrón egoísta! —susurré. Me puse de pie, me vestí, dejé su piso y nunca volví a verlo. Me estuviese comportando o no de forma superficial, era uno de los momentos en que más orgullosa me sentía de mí misma y él lo estaba denigrando. No podía permitirme seguir teniendo gente así a mi alrededor. Yo era la única persona que podía permitirse criticarme. Nadie más.

Después de Cannes, mi carrera parecía imparable. Mes tras mes una nueva película mía batía los récords de ventas. Y el zumbido se volvía también mucho más intenso. En cada entrega de premios (Nightmoves, XRCO, FOXE) me concedían los más altos honores. Aparecía casi en cada página de AVN, que había nominado mis películas en prácticamente todas las categorías para sus premios, los más respetados del negocio, e incluso me había pedido que fuese la anfitriona de la ceremonia de entrega de ese año.

Yo tenía muy claro quién quería que me acompañase: mi padre. Se había marchado de Reading y ahora me telefoneaba esporádicamente desde sitios ignotos. Rara vez me daba el número del lugar en el que estaba y yo me abstenía de preguntar. Aún me era desconocido el tipo de problema en que estaba inmerso, pero si los policías llamaban alguna vez a mi puerta, lo mejor era desconocer su dirección. Además, nunca solía llamar para preguntarme cómo me estaba yendo. Sólo hablábamos de él: dónde estaba y si necesitaba dinero para los gastos del traslado.

Así que cuando me telefoneó desde otro teléfono público en algún punto de los extensos Estados Unidos, lo invité a la entrega del premio. A pesar de todo, deseaba que papá me viese vencer. Quería que supiese que yo no era ya una niñita incapaz de cuidarse sola. Quería que viese que yo tenía éxito, era respetada y admirada. Quería que estuviese orgulloso de mí. Que demostrase su interés. Y quizá esperaba también que su aprobación acabase por confirmarle a mi conciencia que mi decisión había sido la correcta al entrar en las películas para adultos.

En los últimos años había hablado con Tony cada pocos meses, un lapso mucho menor que el de mis conversaciones con papá. De niños. Tony y yo habíamos estado notablemente unidos. Charlábamos todos los días, competíamos en concursos de eructos y vivíamos en un mundo de nuestra propia invención. Pero a medida que el trabajo llenaba mi vida y la suya se centraba en ser un buen esposo y padre, crecimos por separado. Cada vez que hablábamos, sólo intercambiábamos hechos: su hijo Gage había empezado a caminar; Selena acababa de pasar por una histerectomía; él estaba empleado como barman en TGIF; nuestra abuela se había recuperado de su doble mastectomía pero ahora tenía cáncer de garganta y le estaban colocando un esófago artificial. Me resultaban incómodas estas conversaciones con Tony. Todo lo que nos decíamos parecía carente de genuina emoción o sinceridad, así que hablábamos cada vez menos. Incluso si era culpa mía, pues yo le había transferido injustamente parte de mi hostilidad hacia mi padre, ese alejamiento me dolía mucho. Después de todo, le debía a Tony los únicos recuerdos felices de mi infancia.

Ante la eventual llegada de mi padre y el cercano show de entrega de premios, me mantuve tan ocupada como pude para no pensar en ambas cosas. Me preocupaba demasiado saber si ganaría, aunque de cualquier modo venir sería un bonito gesto por parte de papá. No quería tener un aspecto patético ni indigno como anfitriona. Sentía una gran carga de presión (que sin duda existía sólo en mi mente) por impresionar a todos. Quería mostrarme divertida, relajada y carismática. No quería avergonzarme a mí misma, y mucho menos a Wicked. Hasta el día de hoy, sigo presionándome a mí misma para ser la persona que todos quieren y esperan que sea.

Compré un destellante conjunto plateado que me llegaba hasta el abdomen, costó cinco mil dólares y me pareció apropiado para una estrella. Y contraté a una maquilladora y un peinador que pasaron seis horas aplicándome extensiones y alzando mi pelo en alguna especie de cola de caballo futurista. En retrospectiva, me veía como un cruce entre Barbara Edén y la bola de espejos de una discoteca.

Al llegar, nos hicieron pasar a papá y a mí a toda prisa detrás del escenario. El primer premio anunciado fue Mejor Escena de Sexo. Y lo siguiente que supe fue que el devorador de atún y yo estábamos en el escenario aceptándolo. Cuando dejaba el estrado, el productor del show me empujó otra vez bajo los reflectores. Tenía que presentar a los siguientes anfitriones, quienes salieron a anunciar el siguiente premio: Estrella Revelación del Año. Mientras hacían eso, aproveché para ir al lavabo. Competía con intérpretes de sexo duro y no había forma de que saliese victoriosa.

Cuando pronunciaron mi nombre salté de nuevo al escenario. Estaba abrumada, abrazando a los presentadores sin haber llegado a lavarme las manos. Recordé haber visto años atrás el discurso de agradecimiento de Savannah. Todos en la industria habían sentido resentimiento por su éxito, así que caminó hasta el escenario y dijo tan sólo: «Idos a tomar por el culo». Por un fugaz instante pensé en hacer lo mismo, sólo porque en la audiencia había muchas chicas que se habían portado maliciosamente conmigo. Pero decidí aceptar el premio con dignidad y se lo agradecí a Steve y a Joy.

Hacia el fin del show, todos debían de estar hartos de verme sobre el escenario. Blue Movie ganó los premios a la Mejor Película del Año, Mejor Edición y Mejor Director, y yo gané también los premios a la Mejor Escena Chico-Chica y a la Mejor Actriz, que tenían gran importancia para mí. El de Estrella Revelación del Año era apenas un premio a una nueva cara bonita, mientras que el de Mejor Actriz implicaba que yo tenía talento (al menos en relación con los demás). Nadie había arremetido con los premios principales del mismo modo que yo en toda la historia del show.

De boca en boca corría la broma de que aquél era el Año de Jenna. El discurso arrogante que había proferido ante Steve Orenstein se estaba convirtiendo en una profecía. Entre bastidores escuché a un par de chicas conversando.

—¿No es sospechoso? —comentaba una—. La eligen como anfitriona y se lleva todos los premios.

—Me pregunto a cuántos tíos habrá tenido que hacerles una mamada —replicó la otra.

En realidad, mi victoria se debía a un esfuerzo inmenso. En un único año, entre Howard Stern y E! Channel, había abierto puertas como nadie más con anterioridad. Pero aunque lo decían por despecho y celos, me dolió. Y todavía me duele escuchar a la gente despreciando mi trabajo.

Al culminar la noche, sentada con todos los premios en mi falda, la cabeza me daba vueltas. Los había derrotado a todos. Y al igual que en los desfiles, lo había conseguido todo sola. Papá sólo había ido a ver el resultado.

Pero aquella vez no me importaba. Ni siquiera pese a que lo había invitado allí expresamente para obtener su aprobación. Descubrí entonces que no necesitaba su elogio ni su participación. El éxito me había proveído de bastante confianza en mí misma. Por fin recorría el gran camino hacia la independencia. Me hallaba en un punto decisivo de la relación con mi padre, pues en ese momento no esperaba que él fuese nada más que lo que era: un tío que me adoraba pero no sabía como exteriorizarlo. Por cierto: él nunca había aprendido a ser padre. Pero había más que aquello. Cuando me dijo lo mucho que me parecía a mi madre sobre el escenario, lo vislumbré todo con claridad: le dolía aproximarse a mí porque le recordaba demasiado a la esposa que había amado y perdido.

Tras la ceremonia el cansancio me impidió celebrarlo. Regresé a mi habitación, cerré la puerta y lloré. «¡Mi vida está en una jodida cima!», pensé, «no me queda ninguna otra posibilidad que descender».

Una curiosa forma de arrogancia se apoderó de mí después de tantos elogios. Empecé a creerme más lista que todos cuantos me rodeaban, lo que ni siquiera de haber sido cierto justificaba mi comportamiento. En el set, actuaba como si fuese la única que sabía qué hacer para vender una película. Sabía qué tipo de sexo había que mostrar, con quién era necesario trabajar y en cuántas escenas tenía que participar. Y si alguien no estaba de acuerdo conmigo, apelaba a mi rango para defender mi postura. Comprendí que todo lo que debía hacer era amenazar con dejar la película o acudir a Steve Orenstein para criticar a un director, y él haría todo cuanto me viniera en gana. Si tienes veintiún años y esa clase de poder, disfrutas empleándolo.

Pero después de contemplarme desde fuera por un tiempo, Steve me llevó aparte y me dijo:

—Jenna, es necesario que entiendas que estás en el foco de la industria, eres una portavoz cuya palabra vale. Mucha gente te mira desde abajo, así que tienes que medir tus palabras. No te estoy pidiendo que te conviertas en otra persona, sino tan sólo que pienses antes de hablar.

Supongo que lo último que alguien esperaría al volverse estrella porno es recibir un sermón sobre cómo ha de comportarse, pero eso es exactamente lo que hizo Steve Orenstein. Y tenía razón. Me percaté de que mi actividad podía fomentar una mala imagen sobre las mujeres, y era del todo importante que me pusiese límites y me convirtiese en un modelo a seguir por las demás.

La oportunidad de convertir en un hecho esa decisión llegó unos días más tarde. Después de los premios AVN y la gran exposición pública que eso implicó, todos deseaban entrevistarme, incluso personas que habían desechado el ofrecimiento tiempo antes. Uno de ellos era Al Goldstein, el editor de la revista Screw, quien por entonces escribía para Penthouse. Joy organizó el encuentro tras el show de entrega de premios y Goldstein vino a presentarse a sí mismo. Era un tío obeso, grasiento y desaseado, y se mostró muy dispuesto a toquetearnos a ambas. Cuando se refería a la entrevista, parecía tirar los tejos para una cita, o estar pidiéndome a cambio del artículo algún tipo de favor sexual. No dijo nada explícitamente, pero ésa fue la impresión que nos dejó a Joy y a mí. Cuando se marchó, ambas nos miramos y dijimos:

—¡De ningún modo!

Si algún periodista me hace sentir incómoda o de algún modo me falta al respeto, cancelo la entrevista. En este negocio es posible ver todos los roles estereotipados que ocupan las mujeres en la sociedad, y es importante dejar de perpetuarlos. Un modo es negarse a admitir que alguien se porte de forma irrespetuosa.

Goldstein nunca me perdonó el haber cancelado la entrevista. Y por eso se convirtió en mi peor enemigo en el negocio. Publicó un panfleto contra mí y contra Joy en la primera plana de Screw, acusándonos prácticamente de todas las ofensas imaginables (y unas pocas inimaginables). Atacó incluso a mi familia. Ése fue un momento crucial pues, hasta entonces, nadie había hablado mal de mí. Yo era la niña dorada de la industria. Al leer el artículo se me partió el alma. Quise rendirme y abandonar el negocio.

Pero mi situación ya iba más allá de Al Goldstein. Me había convertido en la principal atracción de todo aquel circo, e iba a afectar a mi vida de muchas maneras más que las que yo había calculado.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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