Cogí el vuelo en Los Ángeles a las siete de la mañana del lunes siguiente, vistiendo botas de cowboy, pantalones cortos boxer masculinos enrollados hacia arriba, una blusa diminuta que apenas cubría mis muy naturales pechos y una gorra de béisbol de los Yankees vuelta al revés. Nunca antes había tenido un rol de modelo femenina sin tener cerca a Vanessa o a Jennifer. Así que me vestí teniendo una única idea en la mente: hacer que los hombres exclamasen «¡Dios mío!», tropezasen con las cosas, chocasen sus coches y deseasen apuñalarse a sí mismos en el corazón.

Mi taxista olía a leche cortada. Durante todo el trayecto hacia el estudio, sus ojos pequeños y brillantes no se despegaron del espejo retrovisor, explorándome en detalle. Cuando el cretino finalmente llegó al estudio, un pequeño edificio industrial junto a un paso a nivel de la autopista 405, una guapa joven de cabellos castaños se acercó corriendo en mi dirección, gritando mi nombre con acento inglés.

—Soy Emma Nixon —informó con una amplia sonrisa—. Soy tu maquilladora.

Como de costumbre, cada vez que estoy nerviosa o en una situación nueva, me convertí en el ratoncillo. Hurgué en mi bolso para pagarle al taxista y repentinamente comprendí que, en medio de mi ansiedad por la sesión de fotos, me había abstraído por completo y había olvidado mi billetera en el avión. Miré a Emma, avergonzada, y le expliqué lo sucedido.

Tampoco ella tenía dinero en efectivo, así que le dijo al taxista que le firmaría un cheque.

—Vale —respondió él volviéndose hacia mí—. Pero ella podría pagarme de otra forma.

Sin duda imaginó que yo era una puta y, pensando de forma retrospectiva, no lo culpo por ello.

De pronto Emma perdió toda su dulzura:

—¿De verdad, jodido cabrón? —le espetó—. ¡Eso ya lo veremos!

Alzó el teléfono móvil que tenía en la mano y marcó el número de la empresa Yellow Taxi. Al cabo de diez minutos, el conductor había huido librándonos de nuestra deuda. No me fue fácil creer cuán confiada en sí misma era esa chica. Cuando yo estaba en mi elemento, en el club de strip-tease, podía enfrentarme a cretinos como aquél. Pero todavía no había llegado a hacerme valer de ese modo en el mundo real.

Una vez que pasó la excitación, Emma me sentó en su sillón de maquillaje y me examinó.

—No estás facilitando mi trabajo —advirtió riendo. En su opinión me veía como una auténtica pueblerina.

Emma dijo que Suze había visto las fotos que Julia le había enviado y se había sentido inmediatamente atraída ante la perspectiva de una rubia fresca y novata. Mientras Emma se ocupaba de mi rostro, empezaron a llegar las otras chicas. Eran tan ruidosas y seguras de sí mismas que parecían ser todas amigas entre sí. Sentí como si volviera a mi primer día en el Crazy Horse. Pero los clientes que me verían allí serían Suze y los jefes de redacción y editores de las revistas masculinas más importantes del país. Era el momento crucial: si yo no les gustaba, debería buscarme otro sueño.

Una vez que Emma concluyó con mi rostro apenas conseguí reconocerme: por primera vez en mi vida me veía como una mujer. Y esa mujer parecía sexy, confiada y sofisticada. Era Jenna Jameson. Y me gustó muchísimo más que Jenna Massoli.

El estudio consistía básicamente en una cama con cuatro columnas en medio de una fría habitación de hormigón. Un puñado de chicas se habían envuelto ya seductoramente en las sábanas de satén.

—Mírate —me dijo Suze—. Eres como un pequeño brote dorado.

Esparcidas por el edificio había fotos tomadas a algunas de las mujeres más atractivas del planeta, y todas ellas exhibían lo mejor de sí. Deposité en Suze toda mi confianza. A diferencia del fotógrafo de Julia Parton, quien era tan pasivo que yo no tenía la menor idea de si le agradaba o no, Suze me brindó una respuesta inmediata. Aprendí enseguida cuánto mejor es trabajar con un fotógrafo expresivo y conversador. Y como Suze era una mujer y hablaba con encantador acento británico, podía permitirse decirme cosas que, salidas de labios de un hombre, le habrían valido que lo estrangulase.

—Tú sí que tienes un coño vicioso, ¿no, brotecito? —me lanzaba al tiempo que pedía que me encorvase un poco más—. ¡Tú, sucio pequeño coño! ¡Venga, ponte más caliente! ¡Sabes que quieres ser una putilla, pequeña mamona! ¡Muy bonito, muy bonito!

A veces era muy difícil evitar reírme. Pero quería mostrarle a Suze mi clavel, pues ella me hacía sentir increíblemente cómoda y sensual.

Tal y como me había ocurrido en mi sesión con Julia, para mantener todo mi cuerpo en foco e iluminado, fue preciso que me doblase y contorsionase en todo tipo de posiciones extravagantes que debían aparentar ser muy naturales. Pero en esta ocasión debí mantener dichas posiciones durante mucho más tiempo y esperar a que midiesen la luz, cogiesen una Polaroid y constatasen la luz una vez más antes de siquiera tomar la primera foto. Me hallaba físicamente tan fuera de forma debido a mi poco saludable estilo de vida, que mis rodillas podrían haber empezado a crujir durante una pose y mi espalda podría haber estallado de dolor al estar inclinada tanto tiempo. Pero yo era consciente de que si me movía incluso una pulgada se enfadarían, pues deberían volver a medir la luz. Además, todas las otras chicas, que estaban posando con tan poco esfuerzo aparente, quedarían perplejas. Deseaba complacer a Suze con todas mis fuerzas, de modo que si era necesario permanecería con las rodillas sobre mi cabeza durante veinte minutos seguidos, por más que mi columna vertebral amenazase con quebrarse.

Me cambiaron de ropa unas quince veces a fin de conseguir en una sola sesión portadas para tantas revistas diferentes como fuera posible. Y en cada conjunto de fotos, aprendí lentamente a transmitir sensualidad en un medio nuevo, alejado de las luces opacas del Crazy Horse Too. Quería ser tan buena frente a la cámara como ante los clientes del club de strip-tease.

Tras la sesión, Emma se ofreció para conducirme hasta el motel donde me alojaría. Subimos a su Porsche convertible, que la hizo parecer todavía más guay ante mis ojos, y me llevó hasta mi hotel, un Burbank de mala muerte llamado Posada de los Vagabundos. Me dirigí al escritorio de la recepción, pues por más que Suze había dejado pagada mi habitación adujeron necesitar mi tarjeta de crédito. Yo carecía tanto de tarjeta de crédito como de dinero, de modo que se negaron a entregarme una llave. Tenía sólo dieciocho años y nunca antes había viajado sola fuera de mi pueblo natal. Ignoraba por completo adónde ir en esa puta ciudad.

Salí del hotel arrastrando mi enorme maleta y observé pasar el tráfico mientras reflexionaba sobre mi jodida situación. De pronto volvió a aparecer Emma. Había regresado con su coche para asegurarse de que todo estuviese bien. Debí de haber dado una impresión patética aquella mañana en el taxi.

—¿Qué sucede? —preguntó al verme allí de pie con lágrimas en los ojos—. ¿Estás bien?

—No me permitieron entrar a la habitación —vociferé.

Nuevamente, Emma me rescató y logró que me admitieran en ese grasiento motel. Ni siquiera me importaron las pequeñas chinches chupadoras de sangre que poblaban las sábanas, ni las cucarachas que se escurrían cada vez que encendía las luces. Apenas sí pude dormir aquella noche. Mi mente se revolvía se excitación y adrenalina pensando en el día anterior. Me preocupaba haberles causado demasiados problemas a las personas que podrían convertirme en una estrella o (si ellas querían) ignorarme y lograr que me fuera de la ciudad.

Al segundo día, Suze me fotografió sola y luego me condujo a la playa, donde deseaba que posase con otras dos chicas, una joven menuda llamada Erin y una modelo experimentada llamada Shayla LaVeaux, que tenía aspecto de estar a punto de devorarme. No contábamos con permiso para tomar fotos allí, de modo que Suze nos alejó de los moradores de la playa utilizando enormes sábanas blancas. Para las tomas, nos pidió que nos untásemos entre nosotras con aceite. Mientras lo hacíamos, le dijo a Erin que vertiese un poco directamente sobre mi ding-ding. Me eché hacia atrás.

—Yo que tú no haría eso —advertí—. Se infectará.

—Muy bien —suspiró Suze.

Yo estaba segura de que ella se decepcionaría o me excluiría de la sesión por haber dicho eso. No podía creer que Suze hubiese accedido tan pronto. Nunca antes había intentado hacer valer mi opinión. Pero me sentí bien al hacerlo. Era bueno cada tanto. Quizá incluso pudiese solicitar la vez siguiente que me hospedasen en un puto motel un poco más agradable.

Y así comenzó todo. Me despertaba a las cinco cada mañana y estaba en el estudio a las siete para el maquillaje. De no haber sido tan joven, mi rostro se habría visto horrible tras tanta privación de sueño. Pese a ser una gran persona y una fotógrafa talentosa, pronto comprendí que Suze es también una usurera. Su especialidad son las chicas jóvenes e inexperimentadas (por ejemplo como yo), quienes están tan felices de contar con una oportunidad de posar que harían cualquier cosa. Me fotografió hasta que yo estuve medio muerta.

La paga fue de trescientos dólares diarios, pero en ocasiones ella se hacía espacio para organizar tres sesiones diferentes por día. Y yo no tenía la menor idea de cuánto ganaba ella por las fotos o de a cuántas publicaciones se las estaba vendiendo. En teoría yo iba a estar en Los Ángeles durante dos días, pero ella me retuvo allí una semana, fotografiándome sin descanso. No me hubiese extrañado que se colase en mi habitación de hotel y siguiese retratándome. Probablemente el motivo por el que yo le gustaba tanto era que le había demostrado gran gratitud y no me había quejado ni en una sola oportunidad. Si Suze hubiese querido que hiciese equilibrio en un solo pie al borde de un precipicio lo habría hecho, pues por fin mi sueño se estaba convirtiendo en realidad.

Al tercer día, Suze organizó una sesión excéntrica con diez chicas en una amplia mansión. Mientras me sentaba en el sillón del maquillaje, observé llegar una tras otra a las demás bellezas con una variedad de aspectos, humores y estados. Todas parecían preguntarse qué estaba haciendo una niña como yo en un set lleno de mujeres. Y yo estaba con mi humor de ratoncillo, ensimismada y enmudecida como de costumbre. De todos modos, cuando Emma acabó de maquillarme todas las otras chicas empezaron a mirarme de una forma diferente. No podían creer la transformación. De pronto, me había convertido en una competidora.

En el exterior de la mansión había una opulenta fuente escupiendo agua a decenas de metros. Estaba en los escalones de mármol charlando con Emma cuando una rubia de largo pelo lacio y las más hermosas pecas se nos acercó.

—¡Hola, guapas! —gorjeó.

Luego se dirigió a mí:

—¿Cómo te llamas?

—Mmm… Jenna.

—Yo soy Nikki, Nikki Tyler. Debes de ser una de las chicas nuevas de Suze.

Me pareció increíble al principio que una modelo se hubiese rebajado a reconocer mi presencia. Nikki era muy extrovertida y yo estaba obsesionada con sus pecas. A lo largo de las diferentes poses, como la clásica en la que colocas a todas las chicas desnudas en una hilera sobre sillas reclinables y obtienes una toma de sus traseros juntos, Nikki se mantuvo a mi lado, me brindó sus consejos y me inundó de chismes sobre las otras modelos. A medida que avanzaba el día, y gracias al apoyo de Nikki, empecé a sentirme lo bastante cómoda como para transmitir mi personalidad en las fotos. Mis ojos brillaron, se intensificó mi energía e incluso comencé a sugerir poses. Y cuanto más me relajaba y me expresaba, más me alentaba Suze con profundas y sentidas alabanzas como «¡Así, eso es, putita roñosa!». Como a causa de mis años bailando durante la adolescencia yo poseía una gran flexibilidad, podía torcer las piernas y la espalda en formas que eran imposibles para las otras modelos, inspirando a Suze, que bautizó con mi nombre más de una pose, como la apertura de piernas Jameson (Jameson Split), en la que mantenía mi cuerpo en equilibrio sobre la parte superior de la espalda con las piernas extendidas, el culo al aire y mi cabeza descansando sobre una pierna.

En la excitación del momento, por supuesto, pensé que Nikki era dulce conmigo porque yo era la novata. Yo era demasiado ingenua como para percatarme de que ella era tan bisexual como largo es el día y estaba lista para pasar a los hechos. Cuando nos emparejamos para una toma de chica sobre chica, ella prosiguió besándome los labios por más que la cámara había dejado de disparar, y sin importarle que el contacto íntimo entre las modelos estuviese prohibido. Por algún motivo, su actitud no me incomodó ni me inquietó. Sólo pensé que era muy enérgica. Ella, por su parte, era licenciada en psicología y sabía exactamente lo que hacía. No estaba siendo lo bastante sexual como para emitir señales de alarma, pero tampoco lo bastante distante como para que no se me ocurriese la idea.

Hacia el final del día ya estaba mareada, pues sabía que destacaba entre las otras chicas por más que ellas tuviesen mayor experiencia. La vida se repetía a sí misma. Me agradaba lanzarme a esos mundos nuevos en los que parecía no encajar o en los que ignoraba tantas cosas, sobre todo cuando acababa descubriendo en mí un talento natural que me sorprendía.

Al concluir la sesión fotográfica, Nikki regresó a su disfraz de chica amable y apacible (gafas con marco redondo de concha, mono y cola de caballo) y me ofreció llevarme a mi hotel.

—¿Dónde te estás hospedando? —indagó.

—En la Posada de los Vagabundos —respondí.

—¡No! —gritó Nikki pisando los frenos—. ¡No me dirás que te han puesto ahí! ¡Ése no es lugar para una chica! Vendrás a alojarte conmigo. Y no quiero escuchar ninguna objeción.

Jaque al rey. Juego, set, partido: Nikki Tyler.

Cómo… hacer el amor igual que una estrella del porno
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