Como sería la última oportunidad que tendría Wicked de ganar dinero conmigo, decidieron que mi última película fuese la producción de mayor presupuesto que jamás habían intentado. Se llamó Dreamquest (En busca de un sueño) y era una historia de aventura del estilo de Chronicles of Narnia[38] recargada de efectos especiales y sin las alegorías bíblicas. La historia hablaba del intento de una mujer por salvar las fantasías masculinas. Sería dirigida, por cierto, por mi ex marido Rod.
La gente siempre se pregunta si para mí era difícil acostarme en la pantalla con tíos a los que no amaba. La verdad es que me resulta mucho más arduo hacerlo con los tíos con los que estoy saliendo. Puedo racionalizar el sexo si debo hacerlo, pues se trata de trabajo y me desconecto mentalmente a mí misma. Pero hay pocos tíos que puedan soportar imaginarse (y mucho menos saber que otros lo están viendo) a otro hombre penetrando a la persona que aman, empujando mientras ella grita del mismo modo que ellos la oyen gritar en su dormitorio. De modo que para mí, el desafío de tener sexo en cámara se produce cuando sé que, a causa de eso, alguien que amo podría estar sufriendo.
Y así fue como mi fugaz período de tranquilidad cotidiana llegó a un abrupto final. Y estalló el infierno. Jay era tan inflexible acerca de que no me acostase con nadie en pantalla que hizo que Jordan a su lado pareciese un swinger. Incluso sacó del marco la foto mía que tenía en su mesilla y la reemplazó por la foto de Chasey Lain.
Un día, mientras íbamos a cenar en su Range Rover, me fastidió tanto que le di una patada con mi tacón al limpiaparabrisas lo bastante fuerte como para hacer añicos el cristal. Siempre me ha dado por patear, y en ese período con Jay también atravesé con mi pie un aparato de TV y el cristal de una puerta. Estaba siempre rompiendo cosas. El único problema es que por lo general eran cosas mías.
Cuando volví a la casa tras haberme marchado hecha una furia después de una de nuestras peleas acerca de la película, me encontré con que Jay había cambiado el código de seguridad de los portales. Así que me quité los zapatos de tacón, trepé por la cerca y corrí cincuenta metros hasta la puerta del frente, pero mi llave no entraba en la cerradura. Les había echado cemento de contacto. Telefoneé a Jay exigiéndole que me dejase pasar para recoger mi ropa e irme de una vez por todas.
Se negó y amenazó con matar a mis perros y quemar mi ropa. Luego puso en cajas todas mis pertenencias, destruyendo al hacerlo la mayoría de mis vestidos, y los abandonó en el camino de entrada. Reuní lo que pude y volé a Los Ángeles.
Hubiera dado todo por no tener que hacer esa última película, o por haberla completado mientras estaba de gira con Nikki. Pero me había comprometido. Después de tantos años y todas las películas, se suponía que las cosas serían para mí más sencillas, no más duras. Mientras me hallaba en la habitación del hotel esperando a que se iniciase el rodaje, me telefoneó Jay.
—¡Hostia! ¿Qué quieres? —espeté.
—Escucha —respondió—. Esta vez no vamos a tener una gran pelea.
—Vale.
—Iré hasta allí y te pasaré a buscar. Y entonces te haré pagar por esto. No permitiré que nada de esto vuelva a suceder.
—¿Qué coño te ocurre?
—Se acabó, cariño. Será mejor que empieces a correr, criatura.
Estuvimos dos horas al teléfono. La conversación fue tan brutal que dormí llorando. Jay estaba tan herido que le temblaba la voz. Y la suya no era una herida de llanto, sino una herida de cólera. No supe con seguridad si nuestra relación podría sobrevivir a aquello.
Al día siguiente, en el set, Joy me trató con gran dulzura. Pensaba que si podía convertir el rodaje en una gran experiencia, quizá me quedaría en Wicked. No había aceptado el hecho de mi partida, y que por primera vez en muchos años no había confiado en ella. Joy no tenía la menor idea de lo que yo estaba viviendo. Rod, por su parte, seguía en la cima de su estatus como director pero tocaba fondo como ser humano. Había estado saliendo con la más reciente de las chicas de Wicked, Stephanie Swift, y mi único consuelo en el set era verla diciéndole que se callase del mismo modo que yo solía hacerlo.
Para Rod, como para cualquier director, hacer la película perfecta era mucho más importante que cualquier otra cosa. Y dado que mi situación traumática con Jay se interponía en mi desempeño, hizo cuanto pudo por sabotear la relación.
—Deja de fastidiarme —no cesaba de decir—. No durarás seis meses más con ese tío. Esta película seguirá siendo vista por siempre. Así que hagámosla lo mejor posible.
Incluso las cosas en apariencia accidentales que sucedían en el estudio adquirían un significado especial, fuera que Rod me pusiese en una escena lésbica junto a Asia Carrera o que sin querer usasen pintura de laca en lugar de brillo al maquillarme el rostro. Me sentía tan mal después de mi única escena de sexo chico-chica que no dejé de gastar pañuelos desechables cada vez que iba a mi camerino. No quería seguir adelante. Intenté previamente cualquier excusa posible para evitar la escena. Sugerí incluso utilizar una doble, algo que en mi opinión habría funcionado si alguien se hubiese tomado la molestia de probar.
Y luego todas las células de mi cuerpo empezaron a gritar: «¡Huye!». No quería irme a casa. Sabía que si volvía a Phoenix estallaría una tormenta. Pero me había pasado el año anterior escapando. Y no me permitiría seguir haciéndolo. No caería de nuevo en la trampa de recoger mis cosas y nunca volver la vista atrás que parecía constituir mi destino biológico. Así que reuní todas mis reservas de coraje y subí al avión rumbo a Phoenix. Jay me había dicho que no vendría a buscarme, así que tomé un taxi.
Cuando abrí la puerta de nuestra casa, él estaba sentado en el sillón, mudo. Tal como había estado mi padre cuando volví a casa tras el paseo en barco con Jack. Me senté en una silla frente a él y nos estudiamos con la mirada, en silencio. A cada segundo que pasaba, yo sentía su cólera formándose como una tetera a punto de hervir.
Después de una hora, él me miró por fin a los ojos y dijo suavemente, pero con días de veneno reprimido temblando en su voz:
—¿Cómo… es… posible… que… seas… tan… puta?
Una vez que esa palabra sale de la boca de un hombre, pierdo cualquier cosa parecida a la racionalidad. Al cabo de unos instantes ambos éramos una enorme masa de gritos y maldiciones.
Cuando mi volumen ya no pudo superar el suyo, me puse violenta. Empecé a destrozar cosas. Di patadas, derribé objetos, hice trizas todo aquello que pude alcanzar sin una escalera. Creo que, en forma inconsciente, estaba convencida de que si yo me enfadaba él se distraería. Si yo me ponía loca o me lastimaba la mano golpeando una pared, podría desconcentrarlo y lograr que intentase tranquilizarme o cuidarme en lugar de maldecirme por haber seguido adelante con la película.
Cuando se marchó de la casa, cogí el teléfono y acordé un tour de baile de tres semanas. Al menos me había esforzado por hablar con él cara a cara tratando de que la relación funcionase. Ahora era el momento de darme por vencida y entregarme a mi instinto de recoger las cosas y partir. Quizá regresase a Los Ángeles antes de que él volviese a poner un pie en la casa.
Durante el tour, me alojé en los hoteles más caros, alquilé Ferraris en todas las ciudades y sumé más de cuarenta mil dólares en mis tarjetas de crédito. Pero, por primera vez, ganar dinero no me alegró. No sabía qué hacer. La respuesta a mis problemas era tan obvia que se me escapaba. Era como intentar hallar una gorra perdida que siempre había estado sobre mi cabeza, pues lo único que podía hacerme sentir feliz y completa otra vez era estar con Jay. No me lo sacaba de la mente. Me sentía por completo triste y quebrada sin él. Después del modo inmaduro en que él había afrontado la situación de la película, la razón no me aconsejaba volver a su lado. Pero el amor no es una decisión intelectual. No puedes buscarlo, retenerlo ni huir de él. Llega y se va según sus propias salvajes inclinaciones, completamente ajeno a nuestro control. Lo único que podemos hacer es reconocerlo cuando lo sentimos, y disfrutarlo mientras dura (sea durante un día o durante toda la vida). Yo intentaba combatirlo porque, al igual que la mayoría de las personas, me había enseñado a mí misma a temerle al amor, pues me hacía sentir vulnerable.
Una tarde, reuní el valor para coger el teléfono y llamar a Jay.
—¿Sabes una cosa, cielo? —anuncié—. Estoy cansada de escapar. Quiero volver a casa.
Y él dijo:
—Sí, es hora de que vengas a casa.
Cancelé mi último bolo y cogí un vuelo esa misma noche. Cuando lo vi, corrí a sus brazos y nos aferramos con fuerza. Me sentí segura. Su ira se había ido convirtiendo en resignación, luego en aceptación, y por fin en amor. Era como si todo lo que nos había sucedido en las últimas seis semanas le hubiese ocurrido a otras dos personas por completo diferentes.
Nos fuimos a casa y hablamos sobre todo. En mi ausencia, también él había comprendido que me amaba lo suficiente como para desear que la relación funcionase. Y enterarse de que también yo había sufrido mucho le había ayudado, con el tiempo, a sanar su orgullo herido. Conversamos no sólo acerca de la película, sino también sobre nuestra lucha por el control, la tendencia a huir, e incluso los platos sucios y lo largo que tenía el cabello… que debía pasar por las tijeras.
Nunca antes me había sentado para tener una conversación tan racional y productiva con un novio. Al concluir, ambos habíamos llegado a comprender cuáles era los límites del otro. Aquella noche no me fui a la cama alborozada, sino resignada a mi destino. Pues sin importar cuán duramente lo hubiera intentado los meses previos, no me había sido posible mancillar mi amor por ese tío.