Viernes, 21 de mayo de 2004
A las cuatro de esta tarde, seré libre.
Mis ojos se abrieron por la mañana y Lee estaba profundamente dormido a mi lado, con las pestañas abiertas en abanico sobre la mejilla como el ala de un pájaro. Estaba guapísimo y tranquilo, como si no fuera capaz de hacer daño a nadie.
Era ridículamente temprano, pero ya no estaba cansada… La cabeza me bullía por la energía de los nervios. Me sentía como si estuviera a punto de salir al escenario del Royal Albert Hall, o de llevar a cabo un audaz robo de joyas. Había planeado el día con irritante minuciosidad, por si sucedía algo inesperado.
Antes de acostarme por la noche le había dicho que al día siguiente iba a ir temprano a trabajar; que tenía una reunión por la tarde y que necesitaba prepararla. No parecía ni preocupado ni receloso, de hecho creo que apenas me estaba escuchando. De momento, todo iba bien.
Las seis menos cuarto. Me levanté lo más silenciosamente que pude, desesperada por no despertarlo. Me metí en el baño para vestirme, me puse el traje azul marino y unos zapatos de tacón bajo, la misma ropa de la semana anterior.
Quería desayunar algo, pero tenía el estómago tan revuelto que creí que sería capaz de vomitar.
Iba a vomitar.
Llegué al baño de abajo justo a tiempo, cuando un vómito acuoso me estaba saliendo ya por la boca. Madre mía, debía de estar más nerviosa de lo que creía. Me enjuagué la boca con agua fría. Las manos me temblaban un poco.
Mi rutina estaba cuidadosamente pensada para que fuera idéntica a la de un día normal de trabajo, aunque Lee siguiera durmiendo arriba. Me recogí el pelo en un pulcro moño en la parte trasera de la cabeza. Me maquillé, bebí un vaso de agua, lo lavé y lo dejé en el escurridor. Tras pensarlo un momento, enjuagué un cuenco limpio de cereales y una cuchara y los puse también en el escurridor.
Cogí el bolso y las llaves, puse el abrigo largo sobre un brazo y, con cuidado, cerré la puerta de la calle detrás de mí. Eran casi las seis y media.