Sábado, 22 de mayo de 2004
La puerta se abrió de golpe con tal fuerza que me sobresaltó e hizo que me quedara a medio gritar.
Lo que vino a continuación me pilló totalmente desprevenida: su puño se dirigió hacia mi cara a toda velocidad, me golpeó en el pómulo y salí disparada hacia atrás. La parte trasera de mi cabeza, todavía delicada, chocó contra el suelo mientras me desplomaba.
Aturdida, fui incapaz de moverme por unos instantes pero, de todos modos, no tuve tiempo para pensar en mi siguiente movimiento. Me agarró del pelo y me arrastró hacia atrás y me hizo ponerme de rodillas, aunque tambaleándome, antes de volver a pegarme más fuerte. Esa vez su puño entró en contacto con mi nariz y noté que la sangre empezaba a brotar de ella, al tiempo que veía con ojos aturdidos cómo se iba formando un ruidoso charquito sobre la alfombra gris. Sentí náuseas mientras sollozaba y me dieron arcadas.
—¡Cierra la puta boca! —gritó—. ¿Qué coño crees que haces, gritando así?
—Déjame marchar —dije en voz baja, suplicándole.
—De eso nada, Catherine. Ahora no.
Esta vez me estremecí antes de que me golpeara el ojo derecho y el puente de la nariz. Me puse la mano encima, intentando protegerlo, y él me la quitó y me la puso en el suelo. Observé cómo se ponía de pie sobre mis dedos y oí un crujido.
Contuve un grito, mientras el dolor me recorría como una puñalada.
—No, por favor, Lee…, no sigas. Por favor.
—Quítate la ropa.
Levanté la vista hacia él. Tenía una sensación rara en el ojo derecho, no lograba enfocar.
—No, no… Por favor.
—Quítate la puta ropa, asquerosa zorra estúpida. Quítatela ya.
Sentada, me quité la chaqueta de los hombros. La mano derecha no me funcionaba bien y los dedos empezaban a hincharse. Al cabo de un rato se le acabó la paciencia y me la quitó él, arrancándomela de los hombros doloridos. La blusa la rasgó directamente. Luego me arrastró para ponerme en pie y me arrancó un mechón de pelo que tiró sobre la alfombra, antes de limpiarse la mano en la parte de atrás de los pantalones y bajarme la falda.
Entonces se detuvo. Pensar en él me revolvía el estómago, pero aun así levanté la cabeza. Quería ver sus ojos, ver si podía descubrir qué pretendía hacerme.
Intenté con todas mis fuerzas enfocar su cara. La mirada lasciva. Dios mío. Joder…, lo estaba disfrutando. De verdad se lo estaba pasando bien.
Mientras lo miraba, metió la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y sacó el cuchillo, la navaja de mango negro y hoja curvada que tenía parte de sierra, de unos 12 centímetros de largo.
Volví a recuperar la voz y supliqué y rogué hasta que esta se convirtió en un gemido:
—No, no, no, Lee… No, por favor, no…
Extendió el brazo hacia delante y deslizó la hoja bajo el tejido de mis bragas por un lado, cortando la tela con un sonido claro y seco. Sentí el frío de la hoja sobre mi piel desnuda. No podía moverme. Hizo lo mismo con el otro lado. Metió la mano entre mis piernas, agarró la tela y tiró de ella.
Luego dio un paso atrás y me examinó.
—Estás horrible —dijo, con una sonrisa en la voz.
—Sí —respondí. Lo sentía.
—Has perdido tanto peso que eres un puto esqueleto.
Me encogí de hombros imperceptiblemente.
—Estás condenadamente flaca. Me gustabas antes, cuando tenías algo de carne. Eras tan guapa, tan impresionante que no podía dejar de mirarte, ¿lo sabías?
Me encogí de nuevo de hombros. Mi ojo derecho estaba empezando a cerrarse y sentía un martilleo en la cabeza. Bajé la vista hacia la sangre que había caído de mi nariz rota delante de mi cuerpo. Había sangre por todas partes. ¿Quién habría pensado que podría salir tanta de una sola nariz?
Él suspiró ostensiblemente.
—Así no te puedo follar. No eres ni remotamente atractiva, ¿sabes?
Asentí.
Dio media vuelta y salió de la habitación, pero antes incluso de que me diera realmente cuenta de que se había ido, ya estaba de vuelta con algo en la mano, algo rojo. Me lo tiró y resbaló por mi piel desnuda como un beso, de tan suave que era.
—Póntelo.
El vestido rojo. Busqué la abertura, lo introduje por mi cabeza, conteniendo las lágrimas mientras lo deslizaba sobre el cuerpo.
Levanté la vista hacia él e intenté sonreír. Traté de parecer seductora.
De nuevo el dorso de su mano, esa vez sobre la boca. Me caí al suelo y el dolor era tan intenso, tan absoluto, que sentí que me reía. Iba a morir allí, y no podía parar de reírme.
Entonces él se puso encima de mí, me separó las piernas a la fuerza gruñendo por el esfuerzo y tiró del vestido hasta la cintura. Oí cómo se rompía, lo que pareció excitarle aún más.
Lo peor de todo era que no olía a alcohol. Esa vez ni siquiera estaba borracho, no tenía excusa.
Me quedé allí tumbada, sonriendo para mis adentros, mientras él resoplaba y me embestía, arremetiendo contra mí una y otra vez, pensando en que el dolor, el dolor que sentía por todo el cuerpo desde las rozaduras en carne viva que tenía alrededor de las muñecas, pasando por los dedos rotos, la nariz, la cabeza, el ojo derecho, el corte en la comisura del labio que sangraba —me estaba bebiendo la sangre, saboreándola, casi deseando que hubiera más—, era gracioso de cojones. ¡Y tan irónico! Había estado a punto de subirme a un avión para irme a Nueva York, me había molestado para nada. Podía haberme quedado allí, podía haberme encerrado a mí misma en mi propio cuarto de invitados y esperar lo inevitable.
El dolor de él follándome con violencia, de todas las formas posibles, en cierto modo no era peor que todo el resto. Después de todo, ya lo había sufrido antes. Mientras me estuviera violando, no estaría haciendo nada más. No estaría matándome.