Sábado, 22 de mayo de 2004
Minutos después, vino y se llevó el cubo. Lo había usado para frotar ligeramente la alfombra. Ya me ardía la piel de los dedos por la lejía que había en el agua. El trozo de alfombra que había sido frotado estaba cambiando de gris claro a amarillo sucio.
Después de aquello, no volvió en varias horas.
Pasé un rato durmiendo, pero no demasiado. Traté de salir, lo intenté aporreando la puerta, pero esta aguantó. Lo intenté golpeando la ventana, pero daba a la parte de atrás y fuera no había nadie que me viera o que me oyera. Él no había dejado nada en la habitación que pudiera usar como arma o para intentar romper la ventana.
Antes de irme al aeropuerto, en aquella habitación había una cama individual, una mesa con un viejo ordenador, una cómoda con cajones y una pequeña televisión portátil, además de varios objetos más pequeños. Ahora no había nada. La única decoración era la barra de la cortina y las cortinas que colgaban de ella, pero no había absolutamente nada con lo que pudiera romper la barra. Lo intenté tirando de ella hacia abajo, pensando que podía usarla para romper la ventana, pero soportaba sin problemas mi peso, aun balanceándome arriba y abajo.
Tenía sed, me pregunté qué hora sería y de qué día. ¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que había bebido algo? A este ritmo, no duraría mucho. Si se había ido a trabajar, si iba a estar fuera varios días, la deshidratación acabaría antes conmigo.
Intenté pedir ayuda a gritos una y otra vez, tan alto como pude, pero lo único que conseguí fue que se me secara la garganta.
Me senté un rato e intenté pensar en un plan. Me planteé usar las medias para hacer una especie de soga e intentar ponérsela alrededor del cuello cuando entrara en la habitación y asfixiarlo. Ese fue más o menos el mejor plan que se me ocurrió. La sed, el miedo y el hambre hacían que pensar resultara más difícil de lo normal.
Me había palpado la parte de atrás de la cabeza con cuidado y había encontrado un chichón que me dolió tanto al presionarlo ligeramente que casi me muero. El pelo que lo rodeaba estaba apelmazado debido a la sangre seca. Así que me había noqueado. Me pregunté cuánto tiempo habría estado fuera de combate.
Me pregunté si me quedarían fuerzas para enfrentarme a él cuando volviera, y si merecía la pena. Si intentaba atacarlo, él contraatacaría e, indudablemente, me castigaría por intentarlo.
Pero, bueno, no podía quedarme ahí sentada y dejar que hiciera lo que quisiera. Si me mataba, al menos toda esa mierda acabaría de una vez.
Se me pasó por la cabeza atar las medias a la barra de la cortina o hacer jirones las cortinas y colgarme. Pensé en ello con tal detalle que hasta empecé a imaginarme a mí misma y su cara cuando me encontrara. Sería una especie de victoria. Aunque todos mis amigos, sus compañeros de trabajo, todos pensarían que me había suicidado porque estaba deprimida. Él se saldría con la suya, nadie sabría jamás cómo me había tratado. Y se lo haría de nuevo a otra persona.
Entonces cambié de opinión y decidí intentar luchar. Probé con una nueva ronda de gritos.
Y así fue como no lo oí entrar por la puerta de la calle, subir corriendo las escaleras y abrir la puerta del cuarto de invitados, de mi prisión.