Viernes, 28 de diciembre de 2007
Cuando me levanté por la mañana, tenía el estómago revuelto. Tuve el tiempo justo para llegar al baño. Pasé varios minutos al lado del retrete, preguntándome si habría comido algo que me había sentado mal o si sería una reacción retardada a la cantidad de alcohol que había bebido el día de Navidad.
Fue mientras estaba allí sentada, en el suelo embaldosado, temblando, cuando me acordé. Ese día salía de la cárcel.
Solo eran las cinco pasadas, y fuera todavía estaba oscuro. Cuando fui capaz de levantarme, me lavé los dientes e intenté volver a la cama, pero no lo logré. Mis pies giraron hacia la puerta del piso.
Sabía que estaba cerrada, pero aun así tenía que comprobarlo. Mientras la revisaba seis veces, una-dos-tres-cuatro-cinco-seis, me decía a mí misma que estaba cerrada. La había cerrado la noche anterior. Recordaba haberla cerrado. Recordaba haberla comprobado. Recordaba haber estado comprobándola durante no sabía cuántas puñeteras horas. Aun así, podría no estar cerrada, podía haber cometido un error. ¿Y si la volví a abrir, sin darme cuenta? ¿Y si algo iba mal con la comprobación, y yo no estaba prestando atención?
Otra vez. A empezar de nuevo desde el principio.
Hoy noto su presencia con intensidad. Puedo olerlo, notarlo en el aire. Recuerdo cómo me sentía esperando a que volviera, consciente de que no podía hacer nada en absoluto para escapar, no tenía sentido correr, no tenía sentido luchar. Era más fácil rendirse.
¿Y ahora?
Acabé con la puerta, pero seguía teniendo la sensación de que lo había hecho mal.
Tendría que volver a empezar. Tenía los pies helados y la piel de gallina por todo el cuerpo. Debería haber ido a por un jersey, ponerme unos calcetines. Sin embargo, nada iba bien. La puerta podría estar abierta de par en par, con él al otro lado, esperando. Esperando a que yo cometiera un error.
La volví a revisar, concentrándome. Mi respiración comenzaba a acelerarse y el corazón empezaba a golpearme el pecho. No podía quitarme de la cabeza la imagen de él justo al otro lado de la puerta, esperando a que dejara de hacer las comprobaciones, esperando a que me alejara para poder aprovecharse de ello.
La cosa estaba mal, muy mal. Tenía el teléfono en la cocina, Stuart se encontraba en el trabajo y, en cualquier caso, todavía no lo había visto ni había hablado con él desde aquel mensaje… No podía alejarme de la puerta, ni siquiera podía llegar hasta la habitación.
«Solo una vez», me dije con severidad. «Una vez más y listo. Una vez más y será seguro alejarse de la puerta». Intenté respirar hondo, intenté inspirar más allá de los jadeos, traté de retener el aire, intenté pensar en la voz de Stuart.
Acabé varias comprobaciones y paré.
Estaba empezando a sentirme más tranquila, mi respiración se ralentizaba. Aproveché para ir a la habitación mientras podía, sin mirar hacia las cortinas, y me metí directamente en la cama. Tenía el estómago revuelto y estaba temblando de frío. El despertador decía que eran las siete y veinte. Dos horas, solo en la puerta.
Me levanté de la cama, cogí unos calcetines y la sudadera de capucha y me fui a la cocina para volver a encender la calefacción. Busqué el teléfono y llamé a la oficina. Nunca había faltado un día por enfermedad desde que había empezado a trabajar allí, pero ese día iba a tener que ser la excepción. De ninguna manera iba a ser capaz de salir de casa.
Conseguí dejar las comprobaciones durante media hora, hasta que decidí que tenía que abrir las cortinas y eso me hizo volver a empezar. Por suerte, tuve que parar a las ocho para preparar la obligatoria taza de té.
Me senté en el sofá con mi taza de té y cogí el libro que estaba leyendo. Era uno de los títulos sobre TOC que Stuart me había recomendado. Uno de los capítulos aconsejaba identificar todas las obsesiones, todas las reglas, y hacer un listado por orden de importancia. Alcancé la agenda y cogí un trozo de papel y un bolígrafo.
Me llevó mucho tiempo, tuve que exprimirme mucho el cerebro y tachar todo varias veces para volver a empezar, pero al final la lista quedó así:
Compulsiones
1. Comprobar la puerta
2. Comprobar las ventanas y las cortinas
3. Comprobar la puerta de la calle
4. Comprobar el cajón de la cocina
Evitar
1. Ropa roja
2. Policía
3. Lugares llenos de gente
Orden
1. Horas del té
2. Hacer la compra en días pares
3. Contar los pasos
La puerta de la calle debería estar en primer lugar, sin duda. Pero el caso era que, desde que Stuart se había mudado, tenía la sensación de que de alguna manera había logrado delegar esa responsabilidad en él, en cierto modo. Me pregunté si podría ir saliendo poco a poco de aquel pozo descargando en sus hombros parte de la responsabilidad y si, en cierta manera, era injusto.
Miré el reloj: las ocho y media.
¿A qué hora soltaban a la gente en las cárceles? ¿Estaría ya fuera? ¿Qué aspecto tendría? ¿Seguiría teniendo dinero? ¿Adónde iría?
Cerré los ojos e intenté pensar en otra cosa.
¿Cuánto tardaría? ¿Cuánto tardaría en encontrarme? Intenté imaginármelo saliendo de la cárcel, yendo a algún sitio, a casa de algún amigo, tal vez, bien sabía Dios que seguramente seguía teniendo un montón. Puede que encontrara a alguien más, a otra chica. Tal vez el tiempo que había estado dentro lo había hecho cambiar. Tal vez no viniera a buscarme nunca.
Ya me estaba mintiendo a mí misma.
Iba a venir a por mí, solo era cuestión de tiempo.
Volví al baño justo a tiempo para vomitar de nuevo. Ya no me quedaba nada dentro, salvo dolor.