Lunes, 19 de noviembre de 2007
Después de lo del sábado, me daba la sensación de que veía a Stuart todo el rato. Cuando me fui a trabajar el lunes por la mañana, él también se iba a trabajar. Tenía aspecto de necesitar un afeitado urgente y varias horas más de sueño.
—Buenos días, Cathy —dijo al verme.
—Hola —respondí—. ¿Te vas a trabajar?
—Sí. Me da la sensación de que acabo de llegar, pero al parecer he estado durmiendo desde entonces.
Lo observé mientras me decía adiós con la mano breve y apáticamente y cerraba la puerta a mis espaldas, empujándola y haciéndola vibrar para comprobarla. Me quedé delante de la puerta un momento para darle la oportunidad de desaparecer calle arriba doblando la esquina, antes de comprobarla yo misma. Estaba cerrada. Firmemente cerrada. La volví a comprobar.
El martes lo oí subir las escaleras cuando acababan de dar las once. Hasta sus pasos parecían exhaustos. Me pregunté qué tipo de trabajo tendría que era tan agobiante.
Esta mañana, abrió la puerta de la calle justo cuando yo estaba comprobando la puerta de mi piso. Lo oí subir las escaleras a mis espaldas, pero continué la revisión hasta el último momento; de hecho, iba con retraso.
—Buenos días —dijo alegremente—. ¿Cómo estás hoy?
Tenía mucho mejor aspecto.
—Bien. ¿Y tú? ¿No vas en sentido contrario?
Él sonrió.
—¿Yo? No. Hoy es mi día libre. Vengo de la tienda de comprar unos cruasanes. —Levantó la bolsa de la compra por si yo necesitaba una prueba de dónde había estado—. Voy a dedicarme a zanganear y a hincharme a comer. Supongo que no querrás uno.
Debí de parecer aterrada por un instante, porque sonrió y añadió:
—Aunque supongo que te vas a trabajar…
—Sí —respondí, tal vez un poco demasiado ansiosa—. Puede que en otra ocasión.
Él sonrió de nuevo y me guiñó el ojo con picardía.
—Te tomo la palabra.
Miró más allá de mí.
—¿Le pasa algo a tu puerta?
—¿A mi puerta?
—¿No cierra bien?
Todavía tenía la mano sobre el pomo.
—Ah…, sí. Se… Se queda un poco atascada a veces, nada más. —Le di un tirón.
«Oye, lárgate, por favor», repetía mentalmente, pero él no se daba por aludido. Al final tuve que despedirme y dejar la puerta del piso sin comprobar.
Aunque la pequeña compensación era que, desde que Stuart se había mudado, no había encontrado la puerta cerrada sin llave ni una sola vez.