Lunes, 22 de diciembre de 2003

Último lunes antes de Navidad, compras nocturnas, el sprint final antes del gran cierre de dos días por los festivos.

Eran las seis y media y el centro de la ciudad seguía abarrotado. Me cambié de ropa en el trabajo, me vestí para salir por la noche con las chicas y bajé al centro a buscar un regalo para Lee antes de quedar con ellas en el Cheshire. Él había estado trabajando toda la semana, no en el River, sino en ese otro trabajo sin nombre que lo alejaba de mí durante días seguidos y lo escupía de vuelta del otro lado exhausto y, de vez en cuando, de mal humor.

En John Lewis rebusqué entre las camisas de hombre, tratando de encontrar algo que fuera con él, algo que resaltara el azul de sus ojos.

Estaba totalmente abstraída en el momento, soñando con la Navidad, tarareando Santa Baby, la canción que estaba sonando al volumen mínimo audible, cuando una figura apareció delante de mí y se detuvo.

Levanté la vista y vi que era Lee, con aire triunfante.

Di un chillido mientras él me estrujaba en un abrazo de oso antes de obsequiarme con un beso largo, largo. Sabía a menta.

—Creía que estabas trabajando —le dije cuando estuvimos sentados ante la mesa de una cafetería, instantes después.

—Y estoy trabajando —dijo—. Solo es un pequeño descanso, nada más.

La cafetería estaba en silencio, solo estábamos nosotros, una pareja joven sentada cerca de la puerta, una mayor con una tetera y dos personas cenando pescado con patatas allá, al lado de los grandes ventanales que daban a las luces de Navidad de High Street. Detrás del mostrador, los empleados limpiaban las encimeras y envolvían cosas en film transparente.

—Anoche te eché de menos —dijo—. No podía dejar de pensar en ti. Y en tu coño húmedo.

Sentí que me ruborizaba y miré alrededor. No había nadie lo suficientemente cerca para oírlo, pero, aun así, no había bajado la voz.

—¿Ahora estás húmeda? —preguntó, sin apartar los ojos de los míos.

No pude contenerme.

—Estoy en ello.

Él se recostó en la silla y bajó la vista hacia su regazo. Estaba empezando a sentirme un poco mareada. Me incliné hacia delante, sobre la mesa, seguí su mirada y vi lo que esperaba ver.

—Lee, en serio. Aquí no.

Por un momento pensé que se iba a negar y a obligarme a meter la mano bajo la mesa, pero en lugar de ello suspiró y se volvió a sentar erguido.

—¿Entonces adónde vas, vestida así?

—He quedado con Louise y Claire en el Cheshire.

Siguió mirándome hasta que, al final, me eché a reír.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¿Has encontrado algo que te guste? En las tiendas, digo.

—Eso es cosa mía.

—Has estado en un montón de ellas. En Burton, en Marks, en Principles, en Next, ahora aquí…

—¿Me has estado siguiendo?

Se encogió de hombros, pero de pronto su sonrisa traviesa regresó. No tenía muy claro si se estaba burlando de mí.

—Digamos que soy uno de los muchos hombres que han estado fantaseando contigo y esa falda esta noche.

—Bueno, al menos eres el afortunado que puede jugar con lo que hay dentro —dije.

Se bebió el resto del café y se levantó.

—Tengo que volver al trabajo —dijo, antes de dejar caer la cabeza y besarme en la boca con fuerza—. No vuelvas tarde a casa.

La pareja de ancianos que había al lado de la ventana principal se pusieron de pie, haciendo chirriar las sillas y poniendo en orden bolsas y más bolsas de compras, mientras una mujer con el uniforme de la cafetería se acercaba y se ofrecía a llevarse la bandeja.

Me quedé sentada un momento, con la taza de café entre las manos, preguntándome si de verdad quería ir al Cheshire, después de todo, cuando de pronto él volvió a aparecer y se quedó de pie como un muro de ladrillo separándome del resto de la cafetería.

—Quítate las bragas —dijo.

Levanté la vista hacia él.

—Estás de broma.

—No estoy de broma. Quítatelas. Nadie te verá.

Con el menor movimiento posible, tiré de la falda hacia arriba y recogí las bragas hacia abajo, hacia las rodillas, me las bajé hasta los tobillos y las saqué lo más rápido que pude, para hacer una bola con ellas dentro del puño.

—Dámelas —dijo él, extendiendo la mano.

—¿Para qué? —Pero se las tendí de todos modos.

Deslizó la mano en el bolsillo de la chaqueta y volvió a besarme, esa vez con suavidad.

—Buena chica.

Yo me quedé sentada muy quieta, con las rodillas pegadas la una a la otra, mirando al frente hasta que estuve segura de que se había ido, luego me deslicé hasta el extremo del asiento y me puse de pie. Me sentía mareada, asustada y excitada, todo al mismo tiempo.

Ya bastaba de compras. Cogí la primera camisa azul que vi, la llevé al mostrador y la pagué.

Durante todo el camino por High Street hacia el Cheshire, fui esquivando a la gente que estaba de compras, evitando colas de gente que esperaba autobuses, notando el frescor del aire nocturno bajo la falda, con una sensación que en diferentes circunstancias habría sido agradable, mientras pensaba todo el rato que, probablemente, él me estaría vigilando. Me preguntaba si aquello sería una prueba. ¿Se suponía que debía descubrirlo? Intenté escudriñar las caras, mirar dentro de las tiendas y en los callejones con disimulo, pero por lo visto no lo conseguí. A pesar de lo raro que me parecía, de lo equivocado que era llevar puesta en diciembre una minifalda sin ropa interior, no podía negar que todavía me sentía juguetona por su inesperada aparición y en parte deseaba haberlo agarrado bajo la mesa cuando había tenido la oportunidad.