Domingo, 11 de mayo de 2008

No encontré la nota hasta hoy, nada más y nada menos que cuatro días después de haber quedado con Sylvia en la cafetería. Stuart estaba en el trabajo y yo estaba haciendo la colada.

Metí la mano en el bolsillo de la falda floja, tan minúscula que nunca la habría encontrado de no haber sido porque la fuerza de la costumbre me hacía comprobar todos y cada uno de los bolsillos por si había clínex, antes de meter la ropa en la lavadora.

Me quedé mirándola un momento, consciente de lo que significaba, antes de abrirlo lentamente. Solo tres palabras en mayúsculas que cualquiera podría haber escrito y, aun así, solo podían haber sido escritas por ella.

AHORA TE CREO

Tres palabras garabateadas sobre la parte trasera de un tique de la cafetería de John Lewis, doblado y redoblado.

Al cabo de un par de segundos, caí en la cuenta de lo horrible que era aquello y hasta me pregunté si sería demasiado tarde. Pensé en pasarme por allí, llevármela y huir. ¿Adónde íbamos a ir? Pensé en ir a buscarlo, coger un cuchillo, abordarlo por sorpresa y acabar con todo como deseaba haberlo hecho cuatro años atrás. Pensé en llamar a Stuart al trabajo y preguntarle qué hacer.

Al final hice lo único que, siendo realistas, podía hacer.

Subí al piso de arriba con el móvil y entré en casa de Stuart. Se encontraba silenciosa y vacía sin él. El sol se estaba poniendo sobre los tejados y su cocina se veía bañada en luz dorada. Me senté a la mesa de la cocina y marqué el número.

—¿Podría hablar con la sargento Hollands, por favor? —pregunté cuando cogieron el teléfono.

Tuve que esperar unos minutos hasta que se puso. Entretanto, escuché el ruido de fondo del departamento de Violencia Doméstica de Camden: alguien respondía al teléfono e intentaba tranquilizar a otra persona.

—… intente respirar hondo. No, no se preocupe. Tómese su tiempo. Lo sé…, es muy difícil. En absoluto, para eso estamos aquí.

—¿Sí? ¿Cathy?

Su voz sonaba enérgica y seria. Inmediatamente me pregunté si estaría haciendo lo correcto.

—Siento molestarla. Estoy preocupada por alguien. Una amiga mía. Creo que puede estar en peligro.

***

El Rest Assured estaba muy tranquilo a primera hora de la noche del domingo. Solo había unos cuantos clientes habituales cuidando de sus pintas de cerveza autóctona y hablando del negocio inmobiliario. Llegué pronto, pedí una copa de vino blanco y me senté en el mismo sofá en el que Stuart me había cogido de la mano y me había contado cómo Hannah lo había traicionado. Ambos habíamos recorrido un largo camino desde entonces.

Ella llegó solo diez minutos más tarde de la hora que me había dicho. No sé qué esperaba, pero la reconocí en cuanto entró por la puerta, que estaba abierta para dejar entrar la brisa de la tarde. Vaqueros, camiseta negra, pelo corto y rubio natural, con un corte que en su momento habría recordado a la primera época de Lady Di, pero que era demasiado grueso y fuerte como para mantener la correspondiente raya al lado. Era más baja de lo que me esperaba, pero tenía la constitución de alguien a quien te gustaría tener de tu lado en una discusión.

Fue directa a la barra con tranquilidad y pidió media pinta de algo. Luego se acercó.

—¿Cathy?

Le estreché la mano.

—¿Cómo me ha reconocido?

—Porque estás sola.

Sam echó un vistazo al bar y sugirió que intentáramos ir al jardín. No me había dado cuenta de que había uno, pero allí estaba, al otro lado de una puerta abierta, al fondo del bar. Solo tenía dos mesas, pero hacía la suficiente brisa como para que la temperatura fuera soportable.

—Gracias por quedar conmigo. —A decir verdad, me había sorprendido la buena disposición con la que había aceptado a renunciar a su tarde para oír la historia completa de la pobre Sylvia.

—Perfecto —dijo alegremente—, hace una tarde demasiado agradable para quedarnos encerradas ahí dentro.

Le dio un trago a la cerveza y se pasó la lengua por los labios, antes de mirarme expectante.

Se lo conté todo. Mi amistad con Sylvia, cómo se había enfriado cuando ella se había venido a vivir a Londres y yo intentaba salir de la relación con Lee. Que la había visto en el autobús y que Lee estaba usando su casa como referencia para intentar conseguir trabajo en mi empresa. Luego le conté lo de la visita de aquel fin de semana que había quedado con ella y, finalmente, lo de la nota.

La saqué del bolsillo, sin doblar, y se la pasé. La analizó unos instantes y me la devolvió.

—¿Qué crees que significa? —preguntó.

Mi paciencia flaqueó un poco.

—Bueno, que ahora cree que Lee fue violento conmigo porque le está haciendo lo mismo a ella.

—¿Te ha dicho que tiene una relación con Lee?

—No exactamente.

—¿Te ha dicho que le tiene miedo? ¿O te lo ha insinuado?

—No me lo ha dicho, pero muchas cosas encajan. Cuando me llamó para quedar el martes, lo hizo desde una cabina, no desde el móvil. Lee me pinchaba los teléfonos, por eso sabía que tenía intención de huir, así que seguramente le está haciendo lo mismo a ella. El lugar que eligió para quedar era un sitio público, con muchas entradas y salidas, lo que hace pensar que creía que podrían seguirnos a alguna de las dos hasta allí. Y, cuando la vi, iba vestida de una manera realmente peculiar.

Sam me miró burlonamente. Tenía los ojos de un azul intenso, unos ojos enormes de color azul bebé, aunque estaban enmarcados en una cara que no era en absoluto inocente ni cautivadora.

—Sylvia siempre lleva ropa de colores muy vivos, es como una especie de ave del paraíso, siempre va vestida de amarillo, rosa, morado, turquesa y tonos así. Lleva cosas de seda, cachemir, piel… Nunca se pone nada sencillo, jamás. El martes llevaba una falda negra y una blusa blanca. Me dijo que acababa de comprárselas, que tenía que hacer una entrevista seria y que quería moderarse un poco. Tenía la ropa normal metida en una bolsa de la compra. Pero nunca la había visto hacer eso antes. Creía que su forma de vestir la hacía destacar entre la multitud, por eso lo hacía.

—Entonces, ¿crees que estaba intentando mezclarse con la multitud?

—Exacto. Él debía de estar siguiéndola, como solía hacer conmigo. Y no llevaba bolso, solo la bolsa de la compra.

—¿No llevaba bolso?

—En el momento no se me ocurrió. Pero es probable que él le hubiera puesto un micrófono en él, o un localizador. Sé que todo esto parece una locura. Hasta que vives con alguien así.

Ella se encogió ligeramente de hombros y asintió.

—¿Pero ella no dijo nada de él, de que no era feliz? ¿Aunque no llevara el bolso?

—No. Creo que lo estaba intentando cuando la llamaron al móvil. Di por hecho que era él. Después de eso, se fue de inmediato. Solo habían pasado unos minutos.

—¿Y crees que ella te metió la nota en el bolsillo?

—Era el tique de las bebidas y la comida que había pedido. Mire: la fecha y la hora coinciden con nuestra cita. Debió de escribir la nota antes de que yo llegara.

Sam cogió de nuevo la nota y la observó, no el tique impreso, sino las palabras garabateadas apresuradamente en la parte de atrás. Me pregunté si se le estaría pasando por la cabeza que podía haberlas escrito yo misma.

—Oiga, ¿por qué me iba a creer de repente? Testificó en el juicio que Lee no me había tocado, que yo era una psicópata integral y que me había autolesionado yo solita… ¡Y eso que era mi mejor amiga! ¿Qué puede haber pasado para que, de repente, me crea?

Sam Hollands respiró hondo y exhaló un largo suspiro, echando un vistazo al resto del jardincito antes de inclinarse para acercarse un poco más a mí.

—Llamé a la dirección que me dio antes de venir. No han contestado. Espero que no tengamos nada por lo que preocuparnos, después de esto, pero admito que me preocupa que el señor Brightman esté intentando entrar en contacto con usted, según parece.

—No soy yo la que debería preocuparle —dije descaradamente—. Yo sé exactamente cómo es él y de lo que es capaz.

La agente me sonrió de forma tranquilizadora.

—Haré lo que pueda, ¿de acuerdo? Llevaré a cabo algunas investigaciones, iré a verla, me aseguraré de que está bien. Entretanto, me temo que él no ha hecho nada que podamos considerar acoso y hasta que lo haga no podemos empezar a pensar en pedir una orden de alejamiento para mantenerlo fuera de su camino.

Me encogí de hombros.

—En cuanto a lo de la persona que fingía ser, Mike Newell, me preguntaba si la policía había comprobado en su CV si su amigo de España seguiría dispuesto a fingir que estuvo trabajando allí el pasado año. Aunque eso seguiría sin demostrar que Mike Newell y Lee Brightman son la misma persona.

—Déjemelo a mí —dijo, y se bebió lo que quedaba de la pinta—. Me mantendré en contacto con usted. Y, mientras tanto, me pasaré a ver a su amiga también.

Ella se levantó y se estiró.

—Madre mía, ha sido un día largo.

—¿Ya está fuera de servicio?

Sam asintió y sonrió.

—Sí. Me voy a tomar un curry y me voy a quedar en remojo en la bañera durante un buen rato, creo.

La acompañé hasta el cruce con Talbot Street y le estreché la mano mientras daba media vuelta para ir hacia el metro.

—No se olvide, si necesita ayuda, «Pascua» —dijo.

—No la necesitaré —respondí y la despedí con una sonrisa.

Ya casi era de noche cuando llegué a casa. Seguía sonriendo mientras hacía girar la llave en la cerradura de la puerta de la calle cuando esta se abrió sin tener siquiera necesidad de hacerlo. Alguien había dejado la puerta abierta.

***

La puerta del piso estaba cerrada, tal y como la había dejado, y dentro no había nada fuera de lugar. No había nada fuera de lugar y, aun así, no me sentía tranquila.

Me quedé de pie en medio de la sala, observé a través de las puertas del balcón el jardín que había más allá y los árboles inmóviles, con el aire de dentro viciado y sofocante. Comprobé de nuevo las puertas del balcón, que seguían cerradas a cal y canto, y las abrí de par en par. La brisa que me había refrescado la piel en el jardín del Rest Assured había amainado y, a pesar de que el sol se había puesto ya, hacía todavía más calor.

La cancela del fondo del jardín estaba abierta, medio colgando de las bisagras. Se encontraba así desde un temporal que había tenido lugar en febrero. Le había pedido a la agencia inmobiliaria que la arreglaran y enviaron una vez a alguien que la volvió a poner en su sitio. Aunque no se esmeró demasiado. De todos modos, nadie utilizaba el jardín. De hecho, nunca había visto a nadie más por el sendero que recorría la parte trasera de los jardines, por lo que el hecho de que estuviera medio abierta no era lo que me preocupaba.

No se oía nada, ni una respiración, ni un pájaro, ni un susurro. Pero, aun así, tenía una sensación extraña. El aire era opresivo y pesado y las nubes se estaban amontonando allá arriba.

Me pregunté qué estaría haciendo él, dónde se encontraría, si Sylvia estaría encerrada en el baño, sangrando, esperando a que alguien fuera a salvarla, como Wendy me había salvado a mí.

Wendy me había dicho después que estaba sacando la compra del maletero del coche cuando lo vio salir por la puerta delantera. Dijo que parecía mareado, como si estuviera un poco borracho, cuando entró en el coche y se fue. Pero eso no había sido lo que la había inquietado. Cuando se había girado para sentarse en el asiento del conductor, había visto que tenía las manos y la pechera de la camisa llenas de sangre.

Y, por suerte para mí, él no había cerrado bien la puerta. Cuando estuvo segura de que se había ido, me dijo que la había abierto y que había gritado «¿Hola?» mientras subía las escaleras, para encontrarme tendida en la alfombra del cuarto de invitados. Creyó que ya estaba muerta. En el juicio pusieron la grabación de su llamada al 999. Wendy, que era tan serena, tan tranquila, tan dulce, gritaba pidiendo ayuda y sollozaba por la impresión de encontrarse a alguien desnudo, sangrando por cien sitios diferentes y sin respirar apenas. Se me hizo duro oírlo. Creo que ese debió de ser el último día que conseguí comparecer ante el tribunal… De todos modos, no recuerdo mucho más del juicio.

De pronto, el móvil sonó dentro del bolso, en el sofá, y me hizo dar un salto.

—Hola —dijo Stuart con voz insoportablemente cansada—. Hoy te he echado de menos.

—Y yo. ¿Te falta mucho?

—No. Acabo de escribir unas notas y me voy. ¿Compro algo para cenar de camino?

—Suena bien —dije—. Oye… Voy a salir un momento. Quiero comprobar una cosa en el trabajo.

Percibí el cambio en su tono de voz.

—¿Vas a volver al trabajo?

—Sí, no te preocupes, no tardaré mucho. Seguramente esté de vuelta antes de que llegues a casa.

Se hizo el silencio al otro lado del teléfono.

—Cathy, estás bien, ¿verdad?

—Sí —dije, añadiendo una sonrisa a mi voz—, claro que sí. Solo quiero quitarme esto de en medio para no estar dándole vueltas toda la noche.

—De acuerdo —dijo—. Llévate el móvil.

—Lo haré. Te veo después.

—Te quiero.

—Y yo a ti —dije.

Cuando colgué, me quedé quieta un momento, pensando en lo que había dicho y en cómo podría sonarle a cualquiera que estuviera escuchando. Había evitado hablar con Stuart en mi casa, por si Lee había puesto micrófonos, y por si estaba escuchando. Me pregunté cuánto tiempo podría seguir así.

Encontré un autobús que iba más o menos en la dirección correcta, hacia el sur del río. El tráfico empezaba a ser menos intenso y, cuando llegué a la calle de Sylvia, era totalmente de noche. Caminé desde la parada donde me había apeado, intentando recordar cuál de las calles casi idénticas era la correcta. Había pasado cerca de una hora desde que Stuart me había llamado a casa.

Esta vez, la puerta pintada de negro estaba perfectamente cerrada. Pulsé el timbre del piso 2. Oí que sonaba en la parte de atrás del edificio, pero no hubo respuesta. Esperé un momento y volví a llamar. Miré el reloj: las nueve y diez. ¿Seguro que estaría en casa? La gente solía estarlo los domingos por la noche, hasta en Londres.

Volví a llamar y esa vez el interfono crepitó y respondió. Sin embargo, no era Sylvia, sino otra persona.

—Oiga, es obvio que no está en casa. ¿Por qué no se larga?

—Lo siento —dije—. Se supone que había quedado con ella. ¿Podría dejarme entrar?

No hubo respuesta. El interfono se quedó mudo.

Bueno, no podía quedarme allí sentada toda la noche. Caminé hasta el fondo de la calle, giré a la izquierda y me guie por la punta del gablete de la casa adosada para ir hacia el inevitable callejón que recorría la parte trasera de las casas. Estaba oscuro como la boca de un lobo, sin duda lleno de caca de perro, de cubos de basura volcados y otras porquerías varias, pero al menos allí, en algún sitio, estaba la parte de atrás del piso de Sylvia y el jardín donde nos habíamos sentado a beber sendas tazas de té bajo el sol.

Tras recorrer doscientos diez pasos por aquel escabroso suelo, exactamente el mismo número que había dado desde la fachada de su casa hasta el final de la calle, me topé con una cancela con la parte de abajo cubierta de maleza y con un muro ruinoso. Palpé los ásperos ladrillos, pasé los dedos por la parte de arriba, que me llegaba a la altura del hombro, y trepé por él, arañándome la rodilla mientras intentaba buscar un punto de apoyo con las zapatillas.

Una vez que logré tener los hombros más altos que el muro, pude ver el jardín y las ventanas del piso de abajo, que estaban todas a oscuras. Arriba, en el primer y segundo piso, todas brillaban iluminadas y estaban abiertas de par en par en la cálida noche. Tendría que ser muy sigilosa.

Me subí al muro, balanceé precariamente el trasero sobre la parte superior y pensé qué hacer. Era más que probable que no estuviera en casa. Que se hubiera ido el fin de semana a algún sitio a visitar a algunos amigos, o incluso a Lancaster, a ver a sus padres. Que hubiera escapado de él, tal vez para siempre, como yo nunca había logrado hacer.

O puede que estuviera allí dentro. Con todas las luces apagadas.

Bueno, ya que había llegado hasta ahí, no podía irme sin comprobarlo. Pasé las piernas por encima del lado del muro que daba al jardín con un movimiento de tijera y bajé, arañándome la parte de atrás de las piernas con los ladrillos y maldiciéndome a mí misma por no haberme puesto algo más práctico que un vestido de verano.

Oí voces y risas en el piso de arriba. Algún tipo de música clásica: un piano relajante y melódico. Tal vez estaban celebrando una cena.

Eché a correr por el jardín que las luces del piso de arriba iluminaban como si fuera de día, rogándole a Dios que no eligieran ese momento para mirar por la ventana. Me acordé justo a tiempo del muro bajo que daba al patio, envuelto en sombras.

Cuando se me acostumbraron los ojos a la oscuridad, atisbé por la ventana la sala que estaba al otro lado. Estaba prácticamente como la recordaba: las láminas, el sofá deforme cubierto de chales satinados y los libros y las revistas amontonados de cualquier manera. Más allá del umbral, en la oscuridad, pude distinguir las puertas que había en el pasillo: la del baño a la izquierda y la del dormitorio a la derecha, según recordaba.

Ambas puertas estaban entreabiertas.

Fin del asunto. Estuviera donde estuviera, Sylvia no se encontraba prisionera en su propio domicilio.

Di un paso atrás y el pie bajó un poco más a mis espaldas. Era la rejilla que había sobre las ventanas del piso del sótano. Miré hacia el oscuro pozo que había detrás. Las luces de arriba solo permitían ver el perfil de las ventanas, también en la más completa oscuridad, lo que me hizo estremecerme.

Sintiéndome bastante tonta, eché una carrera hasta el fondo del jardín, mientras esperaba oír un grito en cualquier momento de alguien de arriba que me hubiera visto con las piernas y los brazos desnudos corriendo entre la hierba.

Pero antes de que pudiera volver a tomar aliento, llegué al muro. Parecía mucho más alto desde aquel lado y los ladrillos estaban más igualados. Me iba a costar muchísimo trepar por él. En la cancela que daba al callejón había un brillante candado, así que tampoco me iba a facilitar las cosas. Había un viejo cubo de basura con la tapa metálica a unos centímetros del muro. Estaba vacío, según parecía, aunque no olía demasiado bien. Lo arrastré los centímetros que faltaban por la agreste hierba y lo pegué al muro, mientras los maravillosos sonidos del concierto para piano número 2 de Shostakovich procedentes del piso de arriba ahogaban cualquier chirrido o golpe metálico.

Probé a subirme a la tapa del cubo y este aguantó mi peso. Solo tenía que levantar una pierna, en realidad, y eso fue todo lo que pude hacer, ya que en cuanto me agarré lo mínimo a la parte de arriba de la pared, el cubo de basura se deslizó bajo mis pies y cayó repiqueteando sobre la hierba. Mientras trepaba sobre el muro, la música cesó de repente y oí unas voces preocupadas: «¿Qué ha sido eso?»… «Seguramente no ha sido más que un zorro… No te preocupes, cariño, en serio».

Para entonces yo ya estaba al otro lado del muro, sin aliento, sintiéndome estúpida, preguntándome qué coño hacía escalando muros cuando podía encontrarme en casa con Stuart, quien, a aquellas alturas, debía de estar allí preguntándose cuándo pensaba volver.

Hora de irse. Estuviera donde estuviera Sylvia, al menos lo había comprobado.

Volví a subirme de un salto al único autobús que iba en la dirección adecuada. Me dejó al otro lado del parque, a menos de un kilómetro, y medio andando, medio corriendo volví a Talbot Street. El calor estaba aumentando y el raro estruendo de los truenos lejanos acompañaban mi paseo y amenazaban lluvia.

Recorrí toda la calle, levanté la vista hacia las ventanas de Stuart en el piso de arriba al pasar y me fijé en que las luces estaban encendidas. Había llegado antes que yo a casa. Tuve que controlarme para no entrar directamente y, en lugar de ello, seguir andando hasta el final de la calle y girar a la izquierda para ir a la parte de atrás, al callejón.

Necesitaba pensar.

No había visto ni un alma mientras caminaba desde la parada del autobús; me habían adelantado algunos coches solitarios y un ciclista, pero nadie a pie. Ya nadie caminaba en Londres en esos tiempos, al menos no en los barrios periféricos. No después de oscurecer.

Solo yo.

Algo malo le había pasado a Sylvia. Lo tenía tan claro como mi propio nombre. Parecía muy diferente. Ya no era una persona mordaz, era más callada y tenía una mirada… como de angustia. Creía que él la estaba utilizando para llegar a mí, pero ¿y si yo ya no le interesaba? ¿Y si había encontrado a otra persona a la que controlar?

Eso era lo que estaba pensando, justo hasta el momento en que eché un ojo por el hueco que había entre la cancela y la bisagra de la parte de atrás de casa y vi las cortinas del salón abiertas de par en par y una luz que venía de dentro.

Me quedé parada un momento, petrificada en el sitio. Había estado dentro. Probablemente, seguía allí.

Reflexioné un segundo y me pregunté si debería llamar a Sam Hollands, pero luego pensé que en realidad podría ser Stuart —le había dado una llave—, que habría creído que podía estar abajo y habría decidido ir a echar un vistazo para ver si me encontraba bien. En ese momento, me vibró el teléfono en el bolsillo.

«C, dónde estás? Estás bien? Bss, S».

En aquel momento lo que más deseaba del mundo era verlo. Corrí hasta el final del callejón, dando traspiés sobre el suelo desigual y casi riendo porque él estaba allí y todo iba a salir bien, después de todo.

Regresé a la puerta delantera. Metí la llave en la cerradura, aunque, por alguna razón, ya sabía que no sería necesario. La empujé con la llave dentro y se abrió. Eché el pestillo y lo cerré bien, luego lo comprobé una vez por la fuerza de la costumbre, sintiéndome estúpida y feliz y con ganas de llegar arriba, con ganas de estar con Stuart, con ganas de abrazarlo y olvidar el pasado y pensar solo en el futuro.

En la puerta de mi casa, me detuve a escuchar un momento. Ni un solo sonido. Ni una respiración, ni un susurro.

Metí la llave en la cerradura, la abrí y dejé que la puerta oscilara hasta abrirse. Delante de mí aparecieron la sala y el comedor, ambos a oscuras. La puerta del baño, a mi derecha, estaba abierta y la puerta de la habitación, que era la siguiente, también, y de ella salía luz.

Algo iba terriblemente mal.

Podía olerlo, olerlo a ÉL. Era solo un ligero olor, pero lo reconocí y el corazón se me aceleró al tiempo que me daba un vuelco el estómago. Todavía en el quicio de la puerta, mis pies me llevaron más allá del umbral y cerré la puerta lentamente a mis espaldas.

Debía de estar allí, en el salón.

Intenté imaginar dónde podía haberse escondido, esperando a que llegara a casa.

Avancé un paso por el corredor y otro más hasta que estuve a la altura de la puerta abierta. La lámpara de la mesilla emitía un suave resplandor sobre el suelo dibujando sombras oscuras y alargadas.

Stuart estaba tumbado en la cama y, a todas luces, parecía haberse quedado dormido. Por un momento exhalé y noté que me relajaba un poco, pero había algo poco natural en su postura… y todavía tenía los zapatos puestos. Entonces vi algo rojo sobre la almohada, que se extendía sobre el algodón blanco y que venía de un lado de su cabeza.

Actué antes de pensar.

—¡Stuart! ¡Oh, no! —Acto seguido estaba ya a su lado, levantándole la cabeza con la mano y viendo absolutamente horrorizada que mis dedos se teñían de rojo. Todavía respiraba, a un ritmo regular y superficial.

Oí un ruido a mis espaldas y me quedé helada.

Me levanté lentamente y me di la vuelta.

Él estaba en la puerta de la habitación, cerrándome el paso.

Fue de lo más raro. Aunque el corazón me latía acelerado, aunque sentía náuseas y estaba ligeramente mareada, tenía una extraña sensación de tranquilidad. La reconocí: se trataba de aquella terrible sensación de fatalidad que había sentido justo antes de que me matara la última vez. Por supuesto, entonces no había conseguido rematarme. Si no lo había logrado entonces, tampoco lo lograría ahora. Casi me eché a reír mientras calculaba automáticamente mis niveles de ansiedad: probablemente alrededor de sesenta.

—Señor Newell —dije—, qué amable por su parte pasar a visitarme.

Se echó a reír. Al mismo tiempo, percibí inseguridad en él. No era tan grande como antes, ¿o esa monstruosidad de hombre era una imagen que yo me había creado en mi cabeza? En cualquier caso, tampoco creo que él me reconociera a mí. Era una Catherine muy diferente a la que había dejado atrás.

—No me cae demasiado bien tu nuevo ligue —dijo—. Hemos forcejeado un poco.

—¿Qué quieres?

—Solo hablar.

—Pues vamos.

Para mi sorpresa, me dejó pasar. Eché un vistazo a la puerta de la entrada, preguntándome si podría llegar hasta ella y, al mismo tiempo, consciente de que no iba a dejar a Stuart allí.

Encendí la luz de al lado del sofá y me senté. En el bolsillo de la camisa tenía el móvil. Mientras avanzaba para sentarse enfrente de mí, pulsé el botón del teclado que esperaba que marcara el último número. Lo dejé sonar unos segundos y colgué. Esperaba que le hubiera dado tiempo a sonar al otro lado.

—Tienes buen aspecto —dijo—. Te he echado de menos —añadió. Aquello me horrorizó.

—¿De verdad?

—Por supuesto. He pensado en ti a diario, todos y cada uno de los días. Las cosas nunca debieron acabar así. Todo fue un desastre.

—¿A qué te refieres? —Sentí que la rabia me invadía y hacía que me envalentonara. Intenté valorar mis opciones. ¿Ser buena? ¿O ser mala? ¿Cuál podría proporcionarme más tiempo?

—Deberías habérmelo contado.

—¿Contarte el qué?

—Que estabas embarazada. Deberías habérmelo dicho, Catherine. —Su voz era tranquila, casi dulce.

No me podía creer lo que estaba oyendo.

—¿De qué estás hablando?

—Perdiste al bebé, nuestro bebé. ¿No? Si me lo hubieras dicho…, habría sido muy diferente. Todavía seguiríamos juntos. Seríamos una familia, una familia de verdad.

—¿Quieres decir que no habrías intentado matarme si hubieras sabido que estaba embarazada?

—No habría permitido que fueras tan dura contigo misma. Habría cuidado mejor de ti, te habría conseguido ayuda antes de que todo se convirtiera en esa…

Sacudí la cabeza lentamente.

—¿De verdad crees que fue culpa mía? ¿Te crees tus propias mentiras?

—Vamos, Catherine. Sabes cómo estabas. Claro que fue culpa tuya. Por eso tenía que encontrarte, volver a verte. Para impedir que siguieras haciéndote daño. Para impedir que volvieras a hacerlo. Podríamos hacerlo como es debido, intentar tener un bebé. Podríamos formar una familia.

Me quedé mirándole un momento, casi deseando echarme a reír. Durante los últimos cuatro años me había imaginado de todo, pero, desde luego, eso no.

—Necesito una copa —dije finalmente—, ¿quieres una?

Me miró un momento, mientras aquellos ojos azules lo consideraban.

—Claro.

Fui a la cocina y saqué una botella de vino de la nevera. Estaba pensando en usarla como arma. Creo que él también se dio cuenta, porque se puso de pie y ya iba hacia mí cuando el móvil me sonó en el bolsillo.

Nos miramos. Saqué el móvil y miré la pantalla.

—No lo cojas —dijo, en el preciso instante en que pulsaba el botón para responder.

—¡Hola, Sam! ¿Cómo estás?

La voz de Sam Hollands al otro lado del teléfono, mi salvación. Parecía cansada.

—Tenía una llamada perdida, ¿va todo bien?

—¿Qué tal la Pascua? —pregunté—. Estaba pensando en ti…

Lee me arrebató el teléfono de la mano y lo lanzó contra la pared de la cocina. Se rompió en varios trozos que se esparcieron por el suelo embaldosado.

—Te dije que no lo cogieras. ¿No me has oído? ¿Para variar? —dijo elevando el tono de voz y usando su corpulencia para intentar intimidarme.

—Eso ha sido un poco estúpido —dije—. ¿Y si viene a ver si estoy bien?

Había atravesado la línea. Me cruzó la cara con el dorso de la mano y me caí de espaldas contra la encimera de la cocina. La mejilla me escocía y tenía sangre dentro de la boca. Debería estar asustada. Debería estar aterrorizada. Pero simplemente estaba harta de que aquel hombre controlara mi vida durante tantos años.

—¿Quién era?

—Sam —dije—, creía que me habías oído decirlo. Aunque, claro, como te has cargado el móvil, no tienes manera de comprobar si digo la verdad, ¿no?

Sonrió, satisfecho.

—Sam está en Lancaster, así que no es muy probable que se pase por aquí, ¿verdad?

—Es otra Sam.

Aproveché el momento de relajación para coger la botella de vino por detrás de su cuello y girarla con todas la fuerzas que pude, con un grito de rabia que debió de dejarlo medio sordo. Quería darle en la cabeza, pero le di en el hombro, no lo bastante fuerte como para hacerle daño, pero lo suficiente como para desestabilizarlo. La botella se me resbaló de los dedos y se rompió en el suelo.

Aproveché la oportunidad y corrí hacia el baño, di un portazo y me encerré dentro.

—¡Vete! —grité—. ¡Vete, déjame en paz!

Como si fuera a hacerlo. Solo un segundo después empezó el martilleo, seguido de una pausa, y luego el golpe mientras empujaba la puerta con el hombro. Rebotó sobre los goznes, pero aguantó. No resistiría mucho más.

Cuando la puerta se empotró contra el borde de la bañera con tal estrépito que parecía que se iba a acabar el mundo, estaba preparada para recibirlo. La única arma que tenía era un bote de desodorante, que le eché en la cara mientras sacudía los brazos hacia mí y hacía volar los puños, aunque ninguno de ellos dio en el blanco. Salió de la habitación con las manos sobre el rostro, tosiendo y gritando.

—¡Eres una zorra! ¡Eres una puta zorra, Catherine!

Entretanto, yo también gritaba.

—¿Qué le has hecho a Stuart? ¿Qué le has hecho, cabrón? ¡Eres un mierda!

Le di un empujón al pasar a su lado cuando salí corriendo hacia la cocina, para coger un cuchillo. O lo que fuera. Notaba los dedos como gelatina mientras abría los cajones gimiendo, buscando cualquier cosa, y lo único que pude encontrar fue un pelador de patatas. Lo agarré lo más fuerte que pude y me di la vuelta para enfrentarme a él.

No estaba allí. No se oía nada, salvo el frenético golpeteo de mi corazón y las primeras gotas de lluvia aterrizando fuera, en el balcón, aplastándose contra el cristal. Pasaron varios minutos.

—¡Sal! —bramé—. ¿Dónde estás? ¡Cabrón! ¿Dónde coño estás? Ya no te tengo miedo. ¡Ven aquí, gallina, puto cobarde!

Las manos me temblaban, pero agarraba con fuerza el pelador, blandiéndolo como si se tratara de un cuchillo con un filo de acero de quince centímetros en lugar de un mango de plástico con cinco centímetros de hoja sin afilar.

Si lo hubiera tenido delante, se lo habría clavado. Donde lo pillara, en el cuello, en la cara. Pero no estaba allí.

Bajo la penumbra de la luz que salía de la habitación, miré alrededor, desesperada. Tal vez se hubiera ido por la puerta principal. Eché un vistazo a la cocina y vi otra cosa: el mechero de la cocina de gas. Me guardé el pelador en el bolsillo y cogí el mechero.

—¡Ven aquí! —grité—, ¡¿a qué estás esperando?!

Desde allí podía ver la puerta de la entrada. Estaba ligeramente entornada y por ella se filtraba la luz del pasillo.

—No —susurré para mis adentros, mientras corría hacia la puerta para perseguirlo.

Él estaba detrás del sofá y se levantó de repente, haciéndome tropezar. El bote de desodorante y el mechero se me resbalaron de las manos y cayeron al suelo al tiempo que yo aterrizaba sobre la alfombra con un tremendo golpe.

Se rio con cara de maniaco entre las sombras, con el rostro lleno de lágrimas por el esprái que le había echado en los ojos.

—Conque no tienes miedo, ¿eh? ¿Es eso lo que has dicho? —Estaba sentado a horcajadas sobre mi pecho, mientras yo lo golpeaba con los puños, con todas mis fuerzas, allá donde podía, aunque estaba claro que aquello no le molestaba lo más mínimo.

—¡Suéltame, pedazo de mierda! —susurré—. ¡Suéltame de una puta vez!

Me agarró una de las manos y estaba intentando sujetarme la otra mientras yo le pegaba, le asestaba puñetazos e intentaba darle en los ojos, arañando todo lo que se me ponía por delante. Si me cogía la otra mano, si me ataba, todo habría acabado.

—¿Dónde está Sylvia? —le grité, gruñendo—, ¿qué le has hecho?

Él se rio de nuevo, como si hubiera dicho algo gracioso.

—Sylvia…, madre mía. Digamos simplemente que seguro que no me estará denunciando.

Fuera, los faros de un coche iluminaron la habitación un segundo y vi sus ojos, su mirada, y el miedo casi se apoderó de mí. Hasta entonces no me había asustado. Pero ahora veía que me iba a matar. Y que esa vez iba a ser rápido.

En lugar de lanzarme a por su cara, metí la mano izquierda en el bolsillo y saqué el pelador. Con tanta fuerza como fui capaz de reunir, se lo clavé en el costado y casi automáticamente se desplomó, quitándose de encima, gritando y agarrándose el flanco.

El mango del pelador sobresalía por el lateral. Se giró en redondo para mirarlo y lo tocó con cuidado.

Yo me alejé arrastrándome entre las sombras, palpando la alfombra para encontrar el bote y el suave metal del encendedor. Mis dedos entraron en contacto con ellos justo cuando él me agarraba por el tobillo. Di una patada hacia atrás lo más fuerte que pude y mi zapatilla chocó contra algo que le hizo gritar.

Mientras me volvía, eché el esprái y encendí el mechero.

La llamarada salió disparada hasta el medio de la sala, sobre la figura que estaba tumbada de espaldas. Por un instante vi sus ojos, la sorpresa y el miedo reflejados en ellos antes de apuntar bien en el blanco y darle en plena cara. Y entonces se convirtió en una simple silueta envuelta en llamas, que se caía de espaldas con las manos sobre la cara y los brazos muertos. Creía que se callaría, pero no dejaba de gritar con la boca ardiendo. El sonido que salía de ella era el más terrible que había oído jamás.

A mí también me ardían las manos y conseguí tirar el bote. Me quedé de pie un momento, preguntándome si debería hacer algo, mientras él se desplomaba sobre la alfombra rodando de izquierda a derecha, retorciéndose como si estuviera poseído. Las llamas se apagaron y se quedó allí quieto, con la cara ennegrecida y la camisa hecha jirones.

Dejé escapar un suspiro, un sollozo, cuando oí las pisadas en las escaleras, más ruidosas que la lluvia que martilleaba fuera en la ventana, más ruidosas que la alarma de incendios del techo, que no paraba de pitar, y entonces la puerta se abrió de par en par. Miré hacia atrás, hacia las siluetas que entraban por ella. Solo eran dos, solo dos personas uniformadas…, ¿qué se creían? Pero nunca me había sentido tan agradecida de ver a dos personas en toda mi vida.

Caí de rodillas sobre la alfombra y me eché a llorar.