Martes, 22 de abril de 2008
Me desperté sobresaltada, pasando de estar dormida a totalmente despierta en cuestión de segundos. El corazón me latía con fuerza. ¿Qué sucedía?
Stuart se revolvió a mi lado y levantó una mano, la posó en mi brazo y me hizo tumbarme de nuevo suavemente.
—Eh —murmuró—. Vuelve a dormir.
—He oído algo —dije.
—Estabas soñando.
Me pasó un brazo alrededor de la cintura. Volví a tumbarme muy quieta, con el corazón todavía acelerado. Otro ruido, como el anterior. Un golpe.
Silencio absoluto, solo el ruido de mi corazón y de la respiración de Stuart. Nada más.
Algo no iba bien. No había manera de que me volviera a dormir. Me levanté de la cama, intentando no volver a despertarlo, me puse una camiseta y un pantalón corto. Descalza, salí a hurtadillas del dormitorio.
El piso estaba a oscuras. Dirigí la vista hacia la puerta de la entrada. Ella me devolvió una mirada sólida, silenciosa, reconfortante. La habitación de la parte delantera brillaba con las luces anaranjadas de las farolas de abajo, que iluminaban el techo. Me agaché y me senté en uno de los alféizares bajos de las ventanas, mientras miraba hacia la calle.
Estaba completamente en silencio, ni un movimiento, ni un coche. Ni siquiera un gato. El único sonido era el zumbido distante de un avión, con las luces que parpadeaban como estrellas en el cielo naranja oscuro.
Estaba pensando en volver a la cama cuando lo volví a oír. Un golpe. Un ruido sordo y apagado, como si algo blando cayera desde muy alto.
Era en algún lugar de la casa, abajo. Allá abajo.
Pensé en despertar a Stuart. Mis niveles de ansiedad eran elevados, debían de estar entre el setenta y el ochenta. Me temblaban los dedos y las rodillas me fallaron al levantarme. Esperé a oír algo más. Nada.
Joder, no podía quedarme así el resto de mi vida. Iría a ver qué pasaba.
Caminé descalza hasta la puerta y, tras unos instantes de duda, la abrí. La escalera estaba oscura, hacía frío y subía aire desde los pisos inferiores. Esperé a que el corazón dejara de latir con tanta fuerza. Me dije a mí misma que no había nada de qué preocuparse. Era nuestra casa. Solo estábamos Stuart y yo, nadie más. Iría a echar un vistazo.
Bajé y dejé la puerta de Stuart abierta. La única luz que había era la que entraba abajo por la puerta del portal y un pálido resplandor procedente de la ventana del rellano. Por lo demás, estaba oscuro.
Cuando estuve delante de la puerta de mi piso, me detuve y esperé, mientras escuchaba. Nada en absoluto.
Aquello era ridículo.
Bajé, escalón por escalón, poniendo los pies en los extremos para que no crujieran. La corriente de aire se había intensificado, ya era casi una brisa. Se me erizó el vello de la nuca. El ambiente era frío y viciado: olía a tierra húmeda. Olía a la tierra de las tumbas.
Podía ver la puerta de la calle, firmemente cerrada. No había rastro de que la hubieran abierto.
Entonces, de pronto, oí un golpe cercano.
No fue muy fuerte, pero sí lo suficiente para sobresaltarme. Me agaché para poder ver a través del pasamanos la puerta del piso de la señora Mackenzie.
La puerta estaba abierta. De par en par.
Me quedé petrificada donde estaba y miré hacia la negra extensión de oscuridad que era el interior del piso. El ruido que había oído era como el de la puerta de una alacena al cerrarse. Resonando en el piso vacío. Había alguien dentro.
Respirando lo más profunda y lentamente que podía, intenté concentrarme, pensar. Aquello era una locura. No podía haber nadie dentro. Y, si lo había, se estaba moviendo a tientas en la oscuridad. ¿Por qué no encendía la luz? Me abracé las rodillas y esperé a que el pánico disminuyera. Por supuesto, habría sido más fácil y más rápido volver al piso de arriba, llamar a gritos a Stuart y ponerme a comprobar mi propio piso para asegurarme de que estaba a salvo. Pero había bajado yo sola todas las escaleras y no iba a rendirme ahora.
—¿Cathy?
Aquella voz a mis espaldas, justo a mis espaldas, me sobresaltó y me hizo gritar. Grité más alto y con más fuerza de lo que creía que era posible.
—Eh, soy yo, no pasa nada.
—Qué coño…
—Cathy, lo siento, no quería asustarte.
Estaba temblando de pies a cabeza, pegada a la pared del fondo, señalé la puerta abierta y el piso oscuro como la boca de un lobo.
—He oído… He oído…
—No pasa nada. Venga, respira hondo.
Además de muerta de miedo, estaba furiosa.
—¿Pero qué coño…? —dije cuando fui capaz de hablar—. ¿Por qué demonios no me dijiste nada? Casi haces que me dé un puñetero ataque al corazón.
Se encogió de hombros.
—Creí que tal vez eras sonámbula.
—No he sido sonámbula en mi puta vida.
—Bueno, ¿entonces qué estás haciendo?
Miré hacia la puerta. Si había alguien dentro, era probable que lo hubiéramos asustado. Solo mi grito debía de haber despertado a media calle.
—Oí ruidos y bajé a echar un vistazo. Mira, la puerta está abierta. Y yo la cerré con llave, joder. La cerré y la comprobé. Y ahora está abierta.
Emitió un sonido de desaprobación, un sonido de «Oh, no, ya empezamos otra vez», y me quitó de en medio. Bajó al piso de abajo y encendió la luz. Ambos parpadeamos y nos protegimos los ojos de aquel resplandor repentino. El umbral de la puerta seguía allí silencioso, negro y vacío. Podía ver unos cuantos centímetros de alfombra de exuberante estampado.
Stuart me miró con cara de estar aburrido de la vida y se quedó de pie en la puerta.
—¿Hola? —gritó—. ¿Hay alguien ahí?
Nada, ni un ruido. Entró.
—Ten cuidado —dije.
Al cabo de unos instantes, las luces del piso se encendieron. Me arrastré escaleras abajo. De pronto, con las luces encendidas, todo parecía menos amenazador.
Stuart estaba en el salón de la señora Mackenzie, de pie al lado del sofá, en calzoncillos y descalzo.
—Aquí no hay nadie —dijo—. ¿Lo ves?
Todavía sentía aquel aire.
—Mira —respondí.
El cristal de atrás de la puerta de la cocina estaba roto y había un trozo de cristal en forma de cuña de unos treinta centímetros de largo hecho añicos en el suelo. A través del hueco entraba el olor del jardín y la brisa nocturna exhaló su frescor sobre la piel de mis piernas.
—No te acerques más —dijo—, podrías cortarte en los pies. —E, ignorando su propio consejo, se acercó más aún—. Hay pelo en la parte de arriba del cristal. Parece que el zorro ha estado entrando aquí.
—Otra vez el maldito zorro —dije—. ¿Y crees que usó un martillo para romper la ventana?
Se irguió y cruzó el suelo de la cocina hacia mí, evitando el cristal roto.
—Aquí no hay nadie —dijo—. Vámonos arriba.
Cerramos la puerta de un portazo. Stuart no me dejó comprobarla. El cerrojo había encajado en su sitio, ambos lo habíamos oído. Volvimos arriba y Stuart se metió de nuevo en la cama. Yo me senté en la cocina con las luces encendidas, tomando una taza de té. Todavía me temblaban las manos, pero aun así me sentía bastante tranquila. No me podía creer que realmente lo hubiera hecho, que hubiera bajado las escaleras en plena noche, que hubiera abandonado el lugar seguro, que hubiera dejado la cama de Stuart para salir por la puerta y bajar las escaleras.
A pesar del cristal roto, a pesar de que estaba claro que alguien había entrado en el piso de la señora Mackenzie —y no precisamente un zorro ni cualquier otro animal, tenía que haber sido una persona—, me sentía tranquila, libre y serena.
Y seguía enfadada. No solo porque se me hubiera acercado sigilosamente por la espalda, no solo porque me hubiera hecho gritar, alertando así a quienquiera que estuviera dentro del piso, sino porque él creía que había sido yo. Creía que yo había abierto la puerta del piso. No lo había dicho, pero lo veía en sus ojos.
Estaba empezando a dudar de mí, como Claire había hecho, y Sylvia y luego la policía, el juez, los médicos, todos.
***
No me volví a acostar. Encendí la televisión y me quedé despierta hasta que se hizo de día, en parte viéndola y en parte practicando en pensar en Lee. Ya estaba tensa, así que no parecía difícil ir un paso más allá y poner a prueba los límites de mis niveles de ansiedad.
Me lo imaginé entrando en el piso de la señora Mackenzie. Me lo imaginé viviendo allá abajo, en la oscuridad, escuchándonos a Stuart y a mí en el piso de arriba, oyéndonos hablar, oyéndonos hacer el amor. Pensé en él y en lo que podría estar tramando.
Cuando por fin se hizo de día, tenía lágrimas en la cara. No estaba asustada y mi respiración era regular. Definitivamente, controlar el pánico se estaba volviendo cada vez más fácil.
Cuando oí que Stuart se levantaba, fui a preparar la tetera.
Le llevé una taza de té.
—¿Estás bien? —preguntó arrastrando las palabras, con voz soñolienta.
—Sí, estoy bien.
—Lo siento —dijo—. Siento haberte asustado anoche.
—No pasa nada.
—Llamaré más tarde a la inmobiliaria para que envíen a alguien a arreglar el cristal roto. Y para que pongan otro cerrojo en la puerta. ¿Vale?
—Claro. Voy abajo a arreglarme para ir a trabajar.
Stuart me tocó el brazo.
—¿Ya? Vuelve a la cama.
—Son casi las siete. Te veo esta noche, ¿vale?
Le di un beso. Él se dio la vuelta en la cama para dormir cinco minutos más y en ello estaba cuando bajé las escaleras para ir a mi propio piso. La necesidad de empezar a comprobarlo todo aún seguía ahí, pero ahora la reprimía siempre. En lugar de revisar las ventanas y las puertas, de comprobar si las cortinas estaban exactamente como las había dejado, comprobaba otras cosas.
Si Stuart, Alistair o cualquier otra persona me preguntara por qué lo hacía, por qué lo comprobaba todo, no habría sido capaz de explicárselo. Nadie más se daría cuenta de las cosas que yo me daba cuenta, de las pequeñas señales de que Lee había estado allí. La puerta estaba siempre cerrada, como la había dejado, pero eso no quería decir nada. No podía explicar por qué sabía que había estado allí mientras yo no estaba.
Simplemente, lo sabía.