Viernes, 15 de febrero de 2008
Me tomé la tarde del viernes libre para la primera cita con Alistair. Creía que estaría más nerviosa de lo que estaba. Esperé en la planta de arriba de la Leonie Hobbs House, pensando en el día de Navidad.
Esa vez en la clínica había más gente, varias personas aguardaban para pasar a la consulta, aunque esperaba que no todas fueran pacientes de Alistair. Había varios gabinetes y un tráfico continuo de gente entrando y saliendo. Hoy no había ni rastro de Deb ni de su pendiente en el labio; tras el mostrador de recepción del primer piso había una señora cómodamente sentada de cincuenta y pico años con el pelo de un color gris como el de los barcos acorazados y una placa identificativa de la Seguridad Social sujeta a una chaqueta de punto azul marino que pregonaba que su nombre era Jean.
No habló conmigo, se limitó a preguntarme cómo me llamaba. No miraba a los ojos a nadie de la sala de espera, se limitaba a mantener la vista clavada en la pantalla del ordenador y en el bolígrafo que estaba sujeto a la mesa por una cadena larga y fina.
—¿Cathy?
Me puse en pie de un salto y fui por el pasillo hacia la única puerta abierta, a través de la cual Alistair debía de haber huido antes de que pudiera verlo.
—Entra, entra. ¿Cómo estás, querida? Me alegro de volver a verte.
La bienvenida fue tan efusiva que casi esperaba que diera un salto para besarme en la mejilla, aunque, por suerte para ambos, no lo hizo. Estaba sentado en un sillón de cuero cerca de un segundo sillón y un sofá. Tenía buen aspecto, sonrió y me indicó que me sentara.
Me decanté por el sillón.
—Hola de nuevo —dije—. ¿Llegaste bien a casa el día de Navidad?
—Sí. Conseguí coger un taxi en vuestra calle, me sorprendió encontrar uno tan fácilmente. Un gran tío. Gracias, me lo pasé fenomenal. Y fue maravilloso conocerte, después de haber oído hablar tan bien de ti a Stuart.
Empezaba a sentirme un poco débil.
—Muy bien —empezó Alistair—. Le he echado un vistazo a tu evaluación. Te atendió el doctor Parry, ¿me equivoco?
—No.
—¿Y te recetó un ISRS?
—Sí.
—Bien, bien. ¿Y llevas tomándotelo, veamos, casi dos semanas?
—Más o menos.
—Es cierto que tardan un poco en hacer efecto, a veces. Puede que pase algún tiempo antes de que lo notes.
—Al menos no me han atontado. Era lo que más me preocupaba.
—No, no tienen nada que ver con ningún medicamento que hayas tomado antes, a juzgar por tu historial. Es mucho más adecuado. La verdad es que creo que debe de haber sido horrible. Me refiero a la última vez que te trataron.
No respondí.
—En realidad no debería hacer ningún comentario, pero… hum. En fin. Tengo la impresión, querida, de que aquí están coexistiendo dos problemas. Tu evaluación indica claramente que sufres un TOC, y el nivel del mismo es lo que podríamos llamar de moderado a severo, según la Escala Yale-Brown para el Trastorno Obsesivo Compulsivo, la lista Y-BOCS. Ahora bien, el doctor Parry ha apuntado, y yo me inclinaría a corroborarlo, que también tienes muchos síntomas que recuerdan más al TEPT, es decir, al trastorno de estrés postraumático. Los síntomas del mismo pueden ser similares a los del TOC en términos de estrés, pero incluyen elementos como recuerdos recurrentes, pesadillas, una respuesta de sobresalto excesivo y ataques de pánico.
Pasó las páginas de sus notas.
—Y creo que has estado sufriendo todo ello desde…
—Sí. Supongo.
—¿Dirías que ha empeorado?
—Empeora y mejora. Es decir, me llevé un buen susto a principios de diciembre. Tuve varios ataques de pánico graves y pesadillas durante una semana o dos después de ello. Y el TOC también empeoró. Luego las cosas mejoraron un poco. Más tarde, en Nochebuena sucedió otra cosa que los volvió a provocar y de nuevo todo volvió a ir fatal una temporada. Ahora mismo no estoy tan mal.
Alistair asentía, mientras se daba golpecitos en su gran barriga con veneración, como si en su interior hubiera un bebé en lugar de, simplemente, su cena.
—Se trata de la perniciosa semilla de la duda, ¿verdad? Sabes perfectamente que la llave de la puerta está echada, que la espita del gas está cerrada, que el interruptor está apagado, pero todavía sigue existiendo esa duda y tienes que volver y comprobarlo de nuevo…
Revolvió sus papeles y escribió unas cuantas líneas de garabatos en lo que parecía un manoseado pedazo de papel de borrador.
—La buena noticia es que la terapia que podemos llevar a cabo te ayudará tanto con el TOC como con el TEPT. Tienes que estar dispuesta a trabajar en ello en casa, tú sola, y cuanto más preparada estés para trabajar en ello, mejor será el resultado. Es probable que haya algunos contratiempos por el camino, pero con un poco de tiempo y esfuerzo serás capaz de mejorar. ¿De acuerdo?
Asentí.
—Empecemos por el principio. ¿Puedes contarme un poco cómo eras de niña?
Le conté, al principio lentamente, la triste historia, aproximándome, aunque parecía no llegar nunca, al momento en que había conocido a Lee, el momento en que mi precaria vida se desvió hacia el borde del abismo. Eso vendría más tarde.
Tenía una hora y media para la primera sesión, la semana siguiente sería una hora, y así una vez a la semana a menos que yo creyera que necesitaba más. Había aceptado intentar algunas cosas en casa. Iba a hacer algo llamado «exposición y prevención de respuesta». Muy sensatamente, aquello consistía en exponerme al peligro percibido para luego esperar a que la ansiedad remitiera sin llevar a cabo ninguna de las comprobaciones ni de los rituales que normalmente me ayudaban a reducir la ansiedad. En teoría, la ansiedad se reduciría por sí sola. Tenía que hacerlo una y otra y otra vez.
Aunque era un poco escéptica, prometí darle una oportunidad.
Mi teléfono sonó cuando aún me faltaba un kilómetro para llegar a casa, aproximadamente. Las calles estaban tranquilas, solo había el tráfico típico de la salida de los colegios. Estaba pensando en aprovechar lo que quedaba de tarde para ir a correr, aunque ya se estaba haciendo de noche.
—¿Sí?
—Hola, soy yo. ¿Cómo te ha ido?
—Bien. No ha estado mal. ¿Eso es lo que tú haces?
—Más o menos. La verdad es que no es muy difícil, ¿verdad?
—Supongo que no, si lo haces todos los días. No dejo de pensar en lo aburrido que debe de ser tener que escuchar todo eso.
—En absoluto. Todos somos diferentes, no lo olvides. Todos llegamos a ese punto difícil desde una dirección diferente. ¿Qué estás haciendo?
—Voy a casa para hacer tres veces las comprobaciones. ¿Por qué?
—¿Puedo llamarte más tarde? Voy a llevar a mi padre al centro de jardinería. Solo quería que…, que supieras que estaba pensando en ti.
—Si quieres te llamo yo. Cuando acabe de revisar. ¿Te parece bien?
—Eso sería perfecto. Tendré el teléfono a mano.
No podía dejar de pensar en algo de lo que había hablado con Alistair: la Teoría A y la Teoría B. Tenía que reflexionar sobre ello. Teoría A: que si por casualidad no lograba comprobar el piso correctamente, alguien entraría en él. Pero no una persona cualquiera. Lee entraría y yo no me daría cuenta de que lo había hecho. Que de verdad corría verdadero peligro si no conseguía hacer las comprobaciones a conciencia. Teoría B: que, en realidad, comprobar una vez la puerta era suficiente y que revisarla una y otra vez no hacía que esta fuera más segura, por lo tanto la única razón para comprobarla era que estaba extremadamente preocupada por si corría peligro. Las dos teorías eran opuestas y era imposible que ambas fueran ciertas. La teoría racional era, por supuesto, la Teoría B: el hecho de comprobarlo todo una y otra vez no implicaba que estuviera más segura que si solo lo revisaba una.
Aunque aceptase que la Teoría B era posible, ¿cómo podía estar segura de que era cierta? La única manera de saberlo, según Alistair, era llevar a cabo una especie de experimento científico para ver cuál de las dos teorías se mantenía a flote y cuál caía por su propio peso al analizarla.
Era muy obvio adónde llevaba eso. Lo comprobaría todo menos veces y no sucedería nada malo, luego era una pérdida de tiempo total y absoluta revisar todo una y otra vez y debería dejar de hacerlo cuanto antes.
Yo no era gilipollas, aunque sabía que era una pérdida de tiempo. Pero eso no hacía que dejara de hacerlo.
Y lo que me preocupaba más que nada era que, en realidad, ese «experimento científico» no tenía en cuenta que mis temores no se basaban en ningún ridículo peligro inventado.
Se basaban en el hecho de que Lee estaba ahí fuera, en algún sitio, buscándome.
Eso suponiendo que no me hubiera encontrado ya.