Sábado, 20 de marzo de 2004

Lee tenía el sábado libre y volvimos a Morecambe. A mí no me apetecía, pero era mejor que quedarse en casa. Todavía tenía la cara sensible y la mejilla me dolía cuando presionaba con los dedos, pero nadie más se habría dado cuenta nunca. Se las había arreglado para golpearme lo suficientemente fuerte como para saltarme los dientes sin dejar ni una sola marca.

Hacía calor, el sol brillaba en un cielo sin nubes. Estaba abarrotado y nos llevó mucho tiempo encontrar sitio para aparcar. Al final volvimos andando hacia la ciudad por el paseo. Él me agarraba la mano mientras caminábamos. Seguía poniéndome nerviosa cuando él estaba cerca.

—Siento lo del otro día —dijo. Era la primera vez que lo mencionaba.

—¿El qué? —pregunté.

—Ya lo sabes.

—Quiero que lo digas. —Puede que sonara demasiado desafiante, pero allí me sentía más a salvo, paseando con otras personas, con familias, con niños en bici, que en mi propia casa.

—Siento lo de la discusión.

—Lee, me pegaste.

Se quedó realmente sorprendido.

—No.

Dejé de andar y lo miré cara a cara.

—¿Estás de broma? Me cruzaste la cara.

—Yo creía que te habías caído —dijo—. De todos modos, lo siento.

Probablemente sería lo más que iba a conseguir. Seguimos andando un rato. Yo ya había entrado lo suficiente en calor como para quitarme el jersey. La marea estaba baja y el mar, tan lejos que apenas podía verlo más allá de la extensión de arena.

—Lee, yo también lo siento —dije.

Se llevó mi mano a la boca para poder besarla.

—Sabes que te quiero —dijo.

A pesar de todo, su mirada y aquella vacilante media sonrisa casi a punto estuvieron de volver a embaucarme.

—Esto no está bien. No puedo seguir así. Me das miedo, Lee. Ya no quiero estar contigo. Esto no nos hace bien a ninguno de los dos, ¿no te parece?

Vi que una nube le atravesaba la cara. No era rabia. No, no era eso. ¿Tal vez decepción? Creí que me iba a soltar la mano, pero en lugar de ello me la agarró con más fuerza.

—No —dijo tranquilamente—. No hagas eso. La última vez te arrepentiste.

—Sí. Pero desde entonces han pasado muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Para empezar, me has pegado. Y has hablado con Claire y con Sylvia de mí. Cree que me estoy volviendo loca, Lee. No es justo. Es mi mejor amiga y la has puesto en mi contra.

—¿Qué? —dijo, y dejó escapar una breve carcajada—. ¿Eso te ha dicho?

Noté el escozor de las lágrimas en los ojos. No quería llorar, no allí. Me senté en uno de los bancos. Él se sentó a mi lado y volvió a cogerme la mano.

—¿Te dijo por qué tenía su número de teléfono? Me lo dio aquella noche, en el Spread Eagle. Se acercó a mí en la barra y me pidió que la invitara a una copa, mientras tú estabas por ahí tirándote a uno cualquiera. La invité y me puso la mano en el culo y me lo apretó, luego me metió un trozo de papel en el bolsillo de la chaqueta y me dijo que la llamara si me aburría.

—No te creo.

—Sí —dijo tranquilamente—. Claro que me crees, porque sabes cómo es.

Me froté la mejilla furiosamente con el dorso de la mano.

—Ven aquí —dijo suavemente, atrayéndome hacia él para abrazarme—. No llores. No pasa nada.

Me estrechó dulcemente entre sus brazos y apoyé la cabeza en su hombro. Sus dedos recorrieron mi pelo, apartándomelo de la cara.

—No tienes por qué tener miedo, Catherine. No deberías tener miedo. La culpa la tiene ese trabajo de locos. Siento haberte asustado.

Me aparté de él para poder mirarlo a los ojos.

—¿Y si llamara a la policía, Lee? ¿Y si les contara lo que has hecho?

—Lo más probable es que enviaran a alguien a tomar declaración, luego lo archivarían y no pasaría nada más.

—¿De verdad?

—O eso o se produciría una larga investigación interna y yo perdería mi trabajo y mi pensión.

Me acarició con un dedo la barbilla y limpió la última lágrima.

—Tengo algo para ti —dijo—. Quiero que te lo quedes, pase lo que pase.

Era un anillo, dentro de una caja de terciopelo negro. Un anillo de platino con un gran diamante que brillaba y centelleaba bajo la luz del sol. No quería ni tocarlo, pero él lo apretó contra mi mano.

—Sé que está siendo un comienzo difícil, pero las cosas mejorarán, te lo prometo. En unos cuantos meses, pediré un traslado para algún puesto un poco menos estresante, que me permita estar más en casa. Por favor, dime que te lo pensarás. ¿Catherine? ¿Al menos te lo pensarás?

Me lo pensé. Pensé en lo que debería hacer para evitar que volviera a pegarme, en llegar a casa a tiempo, en avisarlo si iba a algún sitio sin él, en ponerme lo que él quería que me pusiera y en hacer exactamente lo que él me decía.

—Vale —dije—. Me lo pensaré.

Entonces me besó, bajo el sol brillante, y le dejé que lo hiciera.

Siempre había pensado que las mujeres que seguían con una pareja que las maltrataba debían de ser tontas. Al fin y al cabo, tenía que haber un momento de lucidez en el que se dieran cuenta de que las cosas habían dado un giro equivocado, que de repente les diera miedo estar con su pareja. Desde luego, ese era el momento de dejarlo. De largarse sin mirar atrás, siempre lo había pensado. ¿Por qué habrías de quedarte? Además, había visto entrevistas a mujeres en programas de televisión que decían cosas como «No es tan fácil» y yo siempre pensaba: «Sí ES tan fácil, solo tienes que irte, solo tienes que alejarte».

Además de ese momento de lucidez, un momento que yo ya había tenido, se ha producido otro nuevo en el que me he dado cuenta de que marcharse no era una opción tan sencilla, después de todo. Yo lo había intentado y había cometido el error de invitarlo a volver. El hecho de seguir enamorada de él, de aquel lado dulce y vulnerable que seguía en algún rincón de su interior, solo era parte de ello: estaba también el miedo atroz a lo que él sería capaz de hacer si yo hacía algo que lo provocara.

Ya no era cuestión de marcharse. Era cuestión de correr. Era cuestión de huir.