Miércoles, 7 de mayo de 2008

Durante otras dos semanas, todo fue bien. Había sido la inauguración oficial del nuevo almacén y todos los supervisores y empleados que habíamos contratado estaban ocupados habituándose a la rutina y haciéndolo realmente bien. El director general nos envió una carta dándonos las gracias a todos por nuestro duro trabajo.

Acudía semanalmente a terapia con Alistair y me esforzaba en reducir las comprobaciones a cero. Lo había conseguido unas cuantas veces. Si revisaba algo, eran las cosas que podían estar fuera de sitio en el piso. Pero desde la noche que habíamos encontrado la puerta de la señora Mackenzie abierta, no había vuelto a pasar nada. Ni ruidos por las noches, ni pruebas de que él o alguna otra persona hubieran estado en el piso. Nada de nada.

Stuart había estado ocupado acabando su proyecto de investigación y trabajando hasta tarde en él antes de volver a casa. Yo había estado durmiendo en mi piso para que él pudiera descansar tranquilo al llegar. Total, que apenas lo había visto en una semana.

Caroline y yo estábamos disfrutando de una taza de té y de una conversación, algo para lo que no habíamos tenido demasiado tiempo durante las últimas semanas. Me estaba preguntando por Stuart cuando recibí un mensaje de texto: «C, ya no recuerdo cómo era estar en casa. Intentando tener el fin de semana libre. Te quiero. Bss, S».

Al cabo de pocos minutos, me sonó el teléfono del trabajo. Creía que sería Stuart, pero no fue así. Para mi sorpresa, era Sylvia.

—Hola —dijo—. Siento llamarte al trabajo, pero no sé el número de tu casa. —Su voz sonaba extraña, como con eco, y se oía el tráfico de fondo.

—No pasa nada. ¿Cómo estás?

—Bien —dijo—, solo tengo un minuto. ¿Puedes quedar conmigo para comer hoy?

—Estoy un poco liada, Sylvia.

—Por favor. No te lo pediría si no fuera importante.

Miré el calendario de la mesa: tenía una reunión a las dos de la tarde, pero debería estar de vuelta mucho antes.

—Venga, vale. ¿Dónde quieres que nos veamos?

—En John Lewis, en Oxford Street. En la cafetería de la cuarta planta. ¿La conoces?

No era un sitio típico para quedar con Sylvia, pero aquella voz me resultaba muy familiar: siempre esperaba que la gente le siguiera el ritmo, que se reuniera con ella en su mundo, como si el planeta girara demasiado despacio a su alrededor.

—Ya la encontraré.

—¿A las doce?

—Haré lo que pueda.

—Nos vemos, entonces. Y Catherine…, gracias.

Acabó la frase con voz ahogada, sin que dejara de parecer que hablaba desde una caverna o algo así, y colgó.

Pensé en ello toda la mañana. Tenía la sensación de que se trataba de una trampa, pero de las inteligentes. No debería tener miedo de quedar con nadie en un lugar así: era un sitio muy expuesto, lleno de gente, con un montón de entradas y salidas, donde era imposible que Lee me atrapara y difícil que me siguiera a la entrada o a la salida. A menos que ella le ayudara. Si me hubiera vuelto a invitar a su casa, no habría aceptado.

Volví a pensar en aquella soleada mañana de domingo, de hacía tantas semanas, cuando la había pillado por sorpresa y probablemente a él también. No veía dónde podía estar escondido en aquel piso, pero había algo en la forma de actuar de Sylvia en el oscuro y frío interior de la casa que me hacía estar segura de que él estaba escuchando, de que se encontraba allí.

En cualquier caso, fuera una trampa o no, iba a ir.

En el exterior de la oficina, donde teníamos aire acondicionado, hacía un calor sorprendente. El sol brillaba y las calles estaban llenas de oficinistas que se dirigían hacia los parques y los espacios verdes para tomar un poco el sol. Recorrí tres calles, cruzando un par de veces, y luego, por capricho, cogí un solitario taxi. No sabía por qué. Si Sylvia quería verme, estaba claro que él sabía adónde iba, si me estaba vigilando. Con toda probabilidad, estaría ya en John Lewis, esperándome. Quizá aquel encuentro pretendía ser su manera de reunirnos para una especie de charla civilizada en territorio neutral. No tenía miedo, pero sí me sentía más intranquila de lo habitual: estaba inquieta, como si fuera al encuentro de algo terrible e impredecible.

Allí sentada, disfruté de la brisa que entraba a través de la ventana abierta mientras el taxi paraba y arrancaba, avanzando por el asfalto. Diez minutos después, me encontraba en una calle secundaria, delante de una de las entradas traseras de los grandes almacenes. Esta era fría y sombría, y la brisa soplaba sobre mis piernas desnudas.

La cafetería de la cuarta planta estaba abarrotada y, después de echar un rápido vistazo a mi alrededor, creí que había llegado antes que ella. Pero, cuando estaba dando media vuelta para irme, la vi levantándose de la silla, alzando la mano a modo de saludo. Estaba sentada justo al fondo, al lado de los baños, pero no era por eso por lo que no la había visto. Llevaba una falda negra, una blusa blanca de manga corta y unos tacones negros. Yo buscaba sus habituales colores vivos de pavo real y allí estaba, vestida casi como una oficinista novata.

—Hola —saludó, ofreciéndome para mi sorpresa los brazos abiertos y la mejilla para que la besara.

—Casi no te reconocía —dije.

—Ah, ¿lo dices por esto? —preguntó, haciendo gala de su cristalina risa—. Me lo acabo de comprar. Tengo que ir a entrevistar al jefe de los servicios legales en un minuto, a veces merece la pena arreglarse un poco. Ya me entiendes.

Ya me había pedido un café y había dos bollos de canela sobre la mesa, esperándonos.

—Como en los viejos tiempos —dijo, mientras me sentaba—. Me recuerda al Paradise Café.

Miré alrededor; no podía imaginarme una cafetería menos parecida al Paradise Café que aquella, pero no dije nada.

—¿Qué, cómo va todo? —preguntó alegremente, mientras masticaba.

—Bien, gracias —respondí. Esperando.

—Al final no consiguió el trabajo. Me refiero a Mike.

Mike.

—No. Lo cierto es que no tenía suficiente experiencia. Es decir, ser el encargado de un bar en España durante dieciocho meses… difícilmente puede ser una experiencia laboral útil para trabajar en un almacén, ¿no?

Me miró fijamente.

—No fue decisión mía, me temo. Se valora todo y, bueno, él no obtuvo tan buena puntuación como los demás. Eso es todo. No podía hacer nada.

Sylvia se encogió de hombros, como para decir que le importaba un bledo, y me observó mientras me tomaba el café. Apenas estaba tibio. Me pregunté cuánto tiempo llevaría allí sentada. Luché contra la necesidad de mirar hacia atrás, por la sala, hacia la entrada de la planta de la tienda. Él estaba allí en algún sitio, estaba segurísima.

—Fui yo —dijo—, por si te lo preguntabas.

—¿Cómo que fuiste tú?

—Fui yo la que le dije cómo encontrarte. Vi el anuncio publicado en el Evening Standard, con tu nombre y los datos de contacto. «Para más información y para obtener un impreso de solicitud, por favor, póngase en contacto con Cathy Bailey…». Pensé que era probable que se tratara de la misma Catherine.

Asimilé aquello durante unos instantes.

—Pues bien, tenías razón. Lo era.

—Lo siento —dijo.

—Ahora ya no importa —dije, sin tener claro todavía a qué parte de aquella inmensa traición se refería—. En fin, ¿y tú cómo estás?

No tuvo la oportunidad de responderme porque, justo entonces, su teléfono, que estaba sobre la mesa entre las dos, sonó. Casi se muere del susto. Lo cogió de un manotazo y respondió con un nervioso «¿Sí?».

Fingí no estar escuchando.

—Sí. No, solo estoy tomando un café con una amiga. —Entonces me miró e intentó sonreír.

—No, no la conoces. ¿Por qué, quieres unirte a nosotras? Vale. No, lo he dejado en el trabajo. ¿Por qué? Vale. Te veo en un rato.

Colgó y pareció casi aliviada.

—Perdona —dijo. Me di cuenta de que estaba pálida, de que su maquillaje no era tan llamativo como el que solía llevar. Era como si la hubieran lavado demasiadas veces en agua caliente. Parecía descolorida.

Quería preguntarle si era él, pero no tenía sentido, ya lo sabía. Llegué a la conclusión de que era una trampa. Quería que yo, por alguna extraña razón, creyera a Sylvia, que confiara en ella. El teléfono, descansando sobre la mesa, estaba pinchado, grabando nuestra conversación.

—Novios —dijo—. Ya sabes cómo son, siempre controlándote.

Me encogí de hombros y sonreí.

—¿Ah, sí?

—En fin —dijo, intentando que sonara alegre—, no puedo entretenerme demasiado. Solo quería saludarte, ver cómo estabas. —Se bebió de un trago el café que le quedaba y dejó el resto del bollo intacto. Cuando se levantó, vi que había perdido peso, incluso en las pocas semanas que habían pasado desde la última vez que la había visto.

—¿Te vas? —pregunté.

—Sí, lo siento. Tengo que hacer esa entrevista. Te llamaré, ¿vale? Cuídate, Catherine.

Su voz era extraña, taciturna, como si se estuviera guardando algo enorme e incontrolable. Por un momento la miré a los ojos y vi algo en ellos que no esperaba encontrar.

Me abrazó, me estrechó entre sus brazos más tiempo del esperado y luego cogió una gran bolsa de Planetbag que estaba metida debajo de la mesa y que parecía contener un revoltijo de tejidos brillantes como joyas y unos zapatos de tacón de charol rojo con una flor de cuadros vichy en cada dedo.

Me quedé mirando cómo se alejaba, esquivando las mesas y desapareciendo entre la multitud de compradores que hacían cola en la caja con bandejas y bolsas de ropa de diseño y sábanas de algodón egipcio.