Domingo, 7 de diciembre de 2003

El domingo por la mañana fuimos a dar un paseo a la playa de Morecambe. Hacía un frío glacial, el viento levantaba la arena y nos daba con ella en la cara, haciendo que me picara y que me lloraran los ojos. Mi cabello volaba dibujando formas disparatadas.

Me puse de cara al viento y obligué al pelo a quedarse detrás de mi cabeza, retorciéndolo sobre sí mismo y sujetándolo con un nudo. No aguantaría mucho, pero por el momento valdría.

Él volvió a cogerme de la mano.

—Estás preciosa. —Tuvo que gritar por encima del ruido del viento. Caminamos hasta donde las olas rompían sobre la arena y nuestros pies dejaron huellas húmedas. Cogí una concha, translúcida y brillante por el agua salada.

Mi cabello se estaba soltando de nuevo. Las nubes sobre nuestras cabezas corrían por el cielo, oscureciéndose, amenazando lluvia. Me desaté el fino pañuelo de algodón del cuello y lo desenredé del abrigo mientras el viento lo barría al tiempo que yo intentaba estirarlo. Lo enrosqué alrededor del pelo, intentando atarlo, mientras el viento me lo impedía y se reía de mis esfuerzos.

—Lee —grité. Estaba tirando guijarros en la espuma.

Me oyó y volvió a donde yo estaba, pero no esperó a que hablara. Me rodeó la cara con las manos y me besó. Tenía la boca cálida y sabía a sal. Dejé el pelo por imposible y este voló alrededor de nosotros, justo en el mismo momento en que el pañuelo, que me había olvidado que tenía en la mano, alzó el vuelo y se elevó en el aire como un pájaro escuálido.

Lee me soltó y lo persiguió mientras yo me quedaba allí, riendo. El sonido se escapó de mis labios antes incluso de que yo pudiera oírlo. El pañuelo bajaba y subía y giraba en diferentes direcciones, mientras los flecos de los extremos ondeaban como locos.

Aterrizó en la arena húmeda y espumosa, como sabía que sucedería, y él me lo trajo de vuelta, colgando de un dedo, frío, desamparado y chorreando.

Nos rendimos al viento y volvimos andando de la mano hacia el pueblo. Los aromas de la costa eran demasiado tentadores y nos metimos en una tienda de patatas fritas. El silencio cuando la puerta se cerró a nuestras espaldas fue casi ensordecedor. Compramos una ración de patatas para compartir y nos sentamos con las mejillas encendidas en la mesa de formica al lado de la ventana, mirando a través de la condensación cómo la gente pasaba dando extraños tumbos, con los abrigos y los pantalones azotados por el viento.

—Ojalá todos los días fueran como hoy —dije.

Lee me observó pensativo, como solía hacer.

—Deberías dejar el trabajo —dijo.

—¿Qué?

Se encogió de hombros.

—Deja el trabajo. Así, cuando tenga un día libre, podremos pasarlo juntos haciendo cosas como esta.

Me eché a reír.

—¿Y de qué se supone que voy a vivir?

—Yo tengo dinero de sobra. Podríamos irnos a vivir juntos.

Al principio creí que bromeaba, pero no era así.

—A mí me encanta mi trabajo.

Aquello le hizo reír.

—Si siempre te estás quejando.

—Aun así, no me gustaría dejarlo. Gracias de todos modos. Es tentador.

Fuera, un coche de policía pasó a cámara lenta. Se detuvo delante de la tienda de al lado, pero no se bajó nadie.

—Me pregunto qué estarán haciendo —dije.

Me miró a los ojos con aquella brillante mirada azul.

—¿Qué? —pregunté, sonriendo.

—Tengo que contarte una cosa. —Cogió otra patata frita y la masticó, con los ojos todavía clavados en mí.

—Dime —dije, pensando que aquello no sonaba nada bien.

—Pero que quede entre tú y yo. ¿Vale?

—Sí, claro.

No sé de qué creí que se trataba. Simplemente sabía que iba a ser algo más que lo cambiaría todo. Aquel momento tenía ese gusto, el gusto del antes y el después, como si se avecinara el final de una etapa y el comienzo de otra.

Mi cabello pendía alrededor de mi cara y mis hombros, áspero y pegajoso del salitre del viento, lleno de arena, enmarañado por el aire en una densa nube pegajosa, como algodón de azúcar castaño oscuro. Él extendió el brazo e intentó peinármelo con la mano, pero no fue capaz. Aquello le hizo reír.

Volvió a mirar hacia la calle, al coche de policía que estaba aparcado fuera y a la lluvia que había empezado a azotar la ventana. A continuación volvió a mirarme y me tomó una mano entre las suyas.

—Es solo que te quiero —dijo—. Nada más.

El corazón se me aceleró, por supuesto que sí, y desde entonces cada vez que lo miraba y lo recordaba diciendo aquello el corazón me daba un vuelco y todo lo que había en mí quería sonreír y gritarlo a los cuatro vientos.

Pero había algo más. No conseguía quitarme de la cabeza que había estado a punto de decirme algo más, algo completamente diferente, algo malo y que, en el último momento, había cambiado de opinión.