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A veces me planteo qué demonios hago aquí. Lo admito.
Aunque he venido a Italia a experimentar el placer, la idea me dio un cierto pánico durante las primeras semanas que pasé aquí. Francamente, el placer en estado puro no es mi arquetipo cultural. A lo largo de muchas generaciones, lo que más se ha valorado en mi familia es la seriedad. Los antepasados de mi madre eran inmigrantes suecos, unos granjeros dispuestos a luchar contra el placer a patadas y, a juzgar por las fotos, capaces de aniquilarlo con sus botas claveteadas. (Mi tío los llamaba «los bueyes»). Los ancestros de mi padre eran puritanos ingleses, gente relajada y juerguista donde la haya. Mirando el árbol genealógico de mi padre, que se remonta hasta el siglo XVII, aparecen ancestros puritanos con nombres como Diligencia y Docilidad.
Mis padres tienen una pequeña granja en la que nos criamos mi hermana y yo, que sabemos hacer las labores propias del campo. Nos enseñaron a ser formales, responsables, las mejores de la clase y las cuidadoras de niños más organizadas y eficaces de la ciudad; es decir, dos réplicas en miniatura de nuestra laboriosa madre —enfermera y granjera—, dos navajas suizas nacidas para la multifuncionalidad. He vivido muy buenos momentos con mi familia, me he reído mucho con ellos, pero teníamos las paredes empapeladas de listas de cosas pendientes y no he visto ocioso a ninguno de mis parientes jamás en la vida.
Lo que es verdad es que los estadounidenses son incapaces de disfrutar del placer por las buenas. Estados Unidos valora el entretenimiento, pero eso no implica que valore el placer. Los americanos dedican miles de millones de dólares a la industria del entretenimiento, que incluye desde el cine porno hasta los parques temáticos, pasando por la mismísima guerra, pero eso no es exactamente lo mismo que el disfrute silencioso. Los estadounidenses trabajan más y mejor que nadie e invierten en ello más horas estresantes que ningún otro país actual. Pero, como señala Luca Spaghetti, todo indica que lo hacemos porque nos gusta. Unas estadísticas alarmantes indican que muchos norteamericanos están más contentos y se sienten más realizados en la oficina que en casa. Obviamente, todos acabamos trabajando demasiado y nos quemamos y no nos queda otra que pasarnos el fin de semana entero en pijama, comiendo cereales directamente de la caja y viendo la tele en estado levemente comatoso (que es lo contrario de trabajar, sí, pero no es exactamente lo mismo que el placer). La verdad es que los estadounidenses no saben estar sin hacer nada. Por eso existe ese estereotipo americano tan triste: el del ejecutivo estresado que se va de vacaciones, pero no consigue relajarse.
Una vez pregunté a Luca Spaghetti si los italianos que se van de vacaciones tienen el mismo problema.
—¡Qué va! —me dijo—. Nosotros somos los maestros del bel far niente.
Ésta es una expresión estupenda. Bel far niente significa «la belleza de no hacer nada». Ahora bien, el pueblo italiano ha sido un pueblo trabajador, sobre todo esos sufridos obreros llamados braccianti (porque sólo contaban con la fuerza bruta de sus brazos —braccia— para salir adelante en la vida). Pero, incluso con ese hacendoso telón de fondo, el bel far niente es el ideal de todo italiano que se precie. La belleza de no hacer nada es la meta de todo tu trabajo, el logro final por el que más te felicitan. Cuanto más exquisita y placenteramente domines el arte de no hacer nada, más alto habrás llegado en la vida. Y no necesariamente tienes que ser rico para experimentarlo, además. Hay otra expresión italiana maravillosa: l’arte d’arrangiarsi, el arte de sacar algo de la nada. La capacidad de convertir un puñado de ingredientes sencillos en un banquete o un puñado de amigos selectos en un fiestón. Para hacer esto lo importante no es ser rico, sino tener el talento de saber ser feliz.
En mi caso, sin embargo, el gran obstáculo que me impedía disfrutar plenamente del placer era el profundo sentido de culpa que tenía por mi educación puritana. ¿Realmente me merezco este placer? Eso también es muy americano: no tener claro que nos hemos ganado el derecho a la felicidad. Una de las consignas de la publicidad estadounidense consiste en decir al consumidor indeciso que «Sí, que tú te mereces darte esta alegría tan especial. ¡Esta cerveza Bud es para ti! ¡Hoy te has ganado un descanso! ¡Porque tú lo vales! ¡Has trabajado mucho, tío!». Y el consumidor indeciso va y dice: ¡Sí! ¡Gracias! ¡Voy a comprarme seis latas de cerveza, maldita sea! ¡Y hasta puede que me compre doce! Y entonces se coge el consiguiente colocón. Seguido del típico remordimiento. Seguro que estas campañas de publicidad no funcionarían igual de bien en Italia, donde la gente ya sabe que tiene derecho a pasarlo bien en la vida. Si a un italiano se le dice eso de «Hoy te mereces un descanso», probablemente te conteste: ¿Sí? ¡No me digas! Pues voy a tomarme ese descanso al mediodía y así puedo ir a tu casa a acostarme con tu mujer.
Por eso, cuando dije a mis amigos italianos que había ido a su país para disfrutar de cuatro meses de puro placer, la idea no les pareció nada rara. Complimenti! Vai avanti! Enhorabuena, como dirían ellos. Adelante. Date el placer. Tú misma. Ni uno solo me dijo: «Hay que ver lo irresponsable que eres» o «Qué lujo tan egoísta». Pero, aunque los italianos me han dado permiso para disfrutar a tope, no acabo de conseguirlo. Durante las primeras semanas que pasé en Italia mi cerebro protestante hacía sinapsis sin parar, ávido de encontrar una labor provechosa. Quería abordar el placer como los deberes del cole o como un gigantesco proyecto científico. Me hacía preguntas del tipo: «¿Qué se hace para maximizar el placer más eficazmente?». Llegué a plantearme pasar todo el tiempo que estuviera en Italia metida en la biblioteca, haciendo un estudio sobre la historia del placer. O entrevistar a una serie de italianos que hubieran experimentado mucho placer en su vida y preguntarles qué habían sentido y escribir un reportaje sobre ese tema. (¿A doble espacio y con márgenes de tres centímetros tal vez? ¿Para entregarlo el lunes por la mañana a primera hora?).
Al ver que la única pregunta que se me ocurría era «¿Cómo definiría yo el placer?» y teniendo en cuenta que estaba en uno de los pocos países cuyos habitantes me iban a dejar explorar ese tema tranquilamente, todo cambió. Todo se volvió… delicioso. Lo único que tenía que hacer era preguntarme a mí misma todos los días por primera vez en mi vida: «¿A ti qué te gustaría hacer hoy, Liz? ¿Qué sería un placer para ti en este momento?». Sin tener que amoldarme a los horarios de nadie y no teniendo ninguna obligación propia, esta pregunta se había destilado hasta convertirse en algo absolutamente unipersonal.
Una vez que me di a mí misma permiso plenipotenciario para disfrutar de mi experiencia, fue interesante descubrir lo que no quería hacer en Italia. Como es un país donde el placer se manifiesta por doquier, me iba a faltar tiempo para catarlo todo. Hay que decidir en cuál de los placeres se va a basar la tesis doctoral, por así decirlo, para no abrumarse. Teniendo esto en cuenta, me salté la moda, la ópera, el cine, los coches de lujo y el esquí alpino. Ni siquiera me empeñé en ver mucho arte. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero no fui a un solo museo durante los cuatro meses que pasé en Italia. (Uf, un momento, que es peor aún. Tengo que confesar que sí que fui a un museo: el Museo Nacional de la Pasta, en Roma). Descubrí que lo único que quería de verdad era comer comida maravillosa y hablar todo el italiano maravilloso que pudiera. Y ya está. Así que, en realidad, elegí un tema doble para mi tesis: el idioma y la comida (haciendo hincapié en el gelato).
La cantidad de placer que obtuve comiendo y hablando fue inestimable pese a su sencillez. A mediados de octubre hubo un par de horas que vistas desde fuera pueden parecer una tontería, pero que atesoro entre las más felices de mi vida. Cerca de mi apartamento, a un par de calles de distancia, descubrí un mercado que se me había escapado hasta entonces. Me acerqué a un diminuto puesto de verduras donde una mujer italiana y su hijo vendían un surtido selecto de sus productos: unas hojas de espinaca magníficas, tan verdes que casi parecían algas; unos tomates de un rojo tan sangriento como los intestinos de una vaca, y unas uvas de color champán de piel tan tersa como los leotardos de una corista.
Elegí un manojo de espárragos esbeltos y relucientes. Logré preguntar a la mujer, en un italiano decente, si podía llevarme sólo la mitad de esos espárragos. Al vivir sola, le expliqué, con eso me bastaba. Sin pestañear me quitó de las manos el manojo de espárragos y lo dividió en dos partes. Le pregunté si tenía el puesto en el mismo sitio todos los días y me contestó que sí, que estaba en ese mismo sitio desde las siete de la mañana. Su hijo, que era muy guapote, me miró con gesto guasón y dijo: «Bueno, algunas veces consigue llegar a las siete…». Todos nos reímos. La conversación entera fue en italiano, un idioma del que meses atrás no hablaba ni una palabra.
Volví a pie a mi apartamento y me hice un par de huevos —morenos, frescos— pasados por agua. Les quité la cáscara y los puse en un plato junto a los siete tallos de espárrago (tan finos y crujientes que no me hizo falta ni hervirlos). También le añadí al plato unas aceitunas, los cuatro pedazos de queso de cabra que había comprado el día anterior en la formaggeria de abajo y dos lonchas de salmón rosado y aceitoso. De postre, el hermoso melocotón —aún tibio de estar bajo el sol romano— que me había regalado la mujer del puesto de verduras. Pasé un buen rato sintiéndome incapaz de tocar aquel manjar, porque mi almuerzo era una obra maestra, la materialización del arte de sacar algo de la nada. Finalmente, después de asimilar la belleza de aquel plato, me senté en el parqué limpio de mi salón, en un sitio donde daba el sol, y me comí hasta el último bocado, con los dedos, mientras leía en el periódico el artículo en italiano que me tocaba ese día. Rezumaba felicidad por todas las moléculas de mi cuerpo.
Hasta que —como me pasaba a menudo durante los primeros meses de mi viaje siempre que me daba un arrebato de felicidad— se me disparó la alarma de la felicidad. Oí la voz de mi exmarido hablándome en tono despreciativo: ¿O sea, que lo has abandonado todo por esto? ¿Por esto has tirado a la basura nuestra vida? ¿Por unos espárragos esmirriados y un periódico en italiano?
Le contesté en voz alta.
—Para empezar, siento decirte que eso ya no es asunto tuyo —le solté—. Pero te diré que la respuesta a tu pregunta es… «sí».