Epílogo

El gato blanco con ojos como ópalos azules estaba sentado en una banca en el Parque del Oráculo y se lamía la pata delantera.

—Sabes que no eres un gato real, ¿verdad? —le preguntó Jesiba Roga con un chasquido de la lengua—. No tienes que lamerte.

Aidas, el Príncipe de las Profundidades, levantó la cabeza.

—¿Quién dice que no disfruto lamerme?

La diversión le sacó una sonrisa a Jesiba, pero miró hacia el parque tranquilo, los enormes cipreses que todavía brillaban con el rocío.

—¿Por qué no me dijiste sobre Bryce?

Él movió sus garras.

—No confío en nadie. Ni siquiera en ti.

—Pensé que la luz de Theia se había extinguido para siempre.

—Yo también. Pensé que se habían asegurado de que ella y su poder murieran en el último campo de batalla bajo la espada del príncipe Pelias —sus ojos brillaron con una ira antigua—. Pero Bryce Quinlan porta su luz.

—¿Puedes distinguir la diferencia entre la luzastral de Bryce y la de su hermano?

—Nunca olvidaré el brillo y tono exacto de la luz de Theia. Sigue siendo una canción en mi sangre.

Jesiba lo estudió un momento y luego frunció el ceño.

—¿Y Hunt Athalar?

Aidas se quedó en silencio porque a su lado pasó un peticionario con la esperanza de llegar antes de las multitudes que llenaban el Parque del Oráculo y el Templo de Luna desde que los portales se habían abierto en las Puertas de cuarzo, cuando las bestias del Foso se aprovecharon de eso. Las que lograron regresar estaban sufriendo el castigo de uno de los hermanos de Aidas. Él regresaría pronto para ayudarle.

Aidas dijo al fin:

—Creo que el padre de Athalar estaría orgulloso.

—Sentimental de tu parte.

Aidas se encogió de hombros lo mejor que pudo con su cuerpo felino.

—Puedes estar en desacuerdo, por supuesto —dijo y saltó de la banca—. Tú conocías mejor al hombre —sus bigotes vibraron y ladeó la cabeza—. ¿Qué hay de la biblioteca?

—Ya la cambié de lugar.

Él sabía que no debía preguntar dónde la había ocultado, así que sólo dijo:

—Bien.

Jesiba no volvió a hablar hasta que el príncipe del Averno estuvo a unos metros de distancia.

—No nos jodas esta vez, Aidas.

—No planeo hacerlo —dijo él y empezó a desaparecer en el espacio entre reinos, el Averno una canción oscura que lo llamaba a casa—. No cuando las cosas están a punto de ponerse tan interesantes.