Un minuto, Athalar y Ruhn estaban hablando. Un minuto, Bryce estaba a punto de ir a hacerlos pedazos por ser unos alfadejos sobreprotectores y por asfixiarla aun a la distancia. Un minuto, sólo intentaba no ahogarse en el peso que había tirado de ella hacia abajo, hacia esa superficie negra demasiado familiar. No había carrera lo que fuera tan larga como para liberarse de eso, para comprarle un respiro de aire.
Al siguiente minuto, sus oídos se ahuecaron y el piso desapareció debajo de sus pies, el techo empezó a llover encima de ella, la gente gritó, la sangre salpicó, el miedo llenó el aire y ella estaba volteando, lanzándose por Juniper…
Un zumbido agudo y constante le llenó la cabeza.
El mundo estaba volteado de lado.
O tal vez era porque ella estaba tirada en el suelo destrozado, desechos y metralla y partes de cuerpos a su alrededor.
Pero Bryce se mantuvo abajo, se mantuvo sobre Juniper quien podría estar gritando…
Ese zumbido agudo no cesaba. Ahogaba todos los demás sonidos. Algo resbaloso y cobrizo en su boca… sangre. Tenía yeso cubriéndole toda la piel.
—Levántate —escuchó la voz de Hunt cortar entre el zumbido, los gritos, los aullidos, y sus manos fuertes se envolvieron alrededor de sus hombros. Luchó contra él para alcanzar a Juniper…
Pero Ruhn ya estaba ahí. La sangre le corría de la sien y ayudó a su amiga a ponerse en pie…
Bryce miró todo el cuerpo de Juniper: tenía yeso y polvo y la sangre verde de alguien más pero no tenía un rasguño, ni un rasguño…
Bryce volteó hacia Hunt tambaleándose y él la tomó de los hombros.
—Tenemos que salir ahora —le estaba diciendo el ángel a Ruhn, ordenando a su hermano como si fuera un soldado raso—. Podría haber más.
Juniper se separó de Ruhn y le gritó a Bryce:
—¿Estás loca?
Sus oídos… los oídos no paraban de zumbarle y tal vez se le estaba saliendo el cerebro porque no podía hablar, al parecer no podía recordar cómo usar sus extremidades…
Juniper le dio un golpe. Bryce no sintió el impacto en su mejilla. Juniper lloraba como si su cuerpo fuera a hacerse pedazos.
—¡Yo ya hice el Descenso, Bryce! ¡Hace dos años! ¡Tú no! ¿Estás demente?
Un brazo cálido y fuerte pasó por enfrente de su abdomen para mantenerla erguida. Hunt dijo con la boca cerca de su oreja:
—Juniper, está conmocionada. Déjala.
Juniper le respondió gritando:
—¡Tú no te metas!
Pero la gente estaba aullando, gritando y todavía seguían cayendo restos de edificio. Los pilares estaban en el piso como árboles caídos a su alrededor. June pareció darse cuenta, percatarse…
Su cuerpo, dioses, su cuerpo no funcionaba…
Hunt no objetó cuando Ruhn les dio una dirección cercana y les dijo que lo esperaran ahí. Estaba más cerca que el departamento de ella pero francamente Hunt no estaba seguro de que Bryce le permitiera acompañarlos y si entraba en shock y él no podía atravesar esos hechizos… Bueno, Micah pondría su cabeza en una lanza frente a las puertas del Comitium si ella moría mientras él la vigilaba.
Quizá lo haría de todas maneras por no haber detectado que el ataque estaba a punto de suceder.
Quinlan no parecía notar que la iba cargando. Era más pesada de lo que aparentaba. Su piel morena estaba cubierta de más músculos de lo que él había calculado. Hunt encontró la casa familiar de columnas blancas a unas cuantas cuadras. La llave que le dio Ruhn abrió una puerta pintada de verde. El vestíbulo cavernoso tenía el olor de otros dos hombres aparte del olor del príncipe. Al presionar el interruptor de la luz pudo ver una gran escalera que parecía haber estado en una zona de guerra, pisos de roble rayados y un candelabro de cristal que colgaba con precariedad.
Debajo de eso: una mesa de beer pong pintada con gran talento, con la imagen un hombre hada gigante tragándose a un ángel entero.
Sin hacer caso a ese insulto particular a su especie, Hunt se dirigió a la sala que estaba a la izquierda de la entrada. Un sillón manchado estaba contra la pared al fondo de la habitación grande, Hunt dejó a Bryce sobre él y se apresuró hacia el bar a mitad de la pared del otro lado. Agua, necesitaba un poco de agua.
Hacía años que no había un atentado en la ciudad… desde Briggs. Había sentido el poder de la bomba mientras ondeaba por el club, destrozando el extemplo y sus habitantes. Dejaría que los investigadores averiguaran exactamente qué había sido pero…
Incluso sus relámpagos no habían llegado con la velocidad necesaria para detenerlo, aunque no hubieran sido mucha protección contra una bomba, no en una emboscada como ésa. Había destruido suficientes cosas en los campos de batalla para saber cómo interceptarlas con su poder, cómo enfrentar muerte con muerte, pero esto no había sido ningún misil de largo alcance disparado desde un tanque.
Había sido plantado en alguna parte del club y se había detonado en un momento predeterminado. Había un puñado de personas que podrían ser capaces de algo así y encabezando la lista de Hunt… estaba Briggs de nuevo. O sus seguidores, al menos porque Briggs seguía tras las rejas en la Prisión Adrestia. Pensaría en esto después, cuando la cabeza no le estuviera dando vueltas y los relámpagos no siguieran tronando en su sangre, hambrientos de un enemigo a destrozar.
Hunt concentró su atención en la mujer sentada en el sillón viendo a la nada.
El vestido verde de Bryce estaba hecho jirones, su piel cubierta de yeso y la sangre de alguien más, su rostro pálido… salvo por la marca roja en su mejilla.
Hunt tomó una bolsa de hielo del congelador debajo del bar y un trapo para envolverla. Puso el vaso de agua en la mesa de madera manchada y luego le dio el hielo a Bryce.
—Te dio un buen golpe.
Los ojos de ámbar se levantaron despacio hacia los suyos. Tenía costras de sangre seca dentro de los oídos.
Después de buscar un poco en la patética cocina y en el baño, encontró más toallas y un botiquín de primeros auxilios.
Se arrodilló en la alfombra gris desgastada frente a ella y apretó sus alas al cuerpo para evitar que se enredaran con las latas de cerveza que estaban por toda la mesa de centro.
Ella seguía mirando a la nada mientras él le limpiaba las orejas sangrientas.
No tenía medimagia como las brujas, pero sabía lo suficiente de sanación en el campo de batalla para evaluar sus orejas arqueadas. El oído de las hadas debía haber hecho que esa explosión fuera algo terrible… y la sangre humana además estaba haciendo más lento el proceso de sanación. Por suerte, no encontró señas de sangrado ni de daño.
Empezó con la oreja izquierda. Y cuando terminó notó que tenía las rodillas muy raspadas, con pedazos de piedra incrustados en ellas.
—Juniper tiene oportunidad de que le den el puesto principal —dijo Bryce al fin con voz rasposa—. La primera fauna de la historia. La temporada de verano empieza pronto. Ella es la suplente de los roles principales en dos de los ballets. Solista en los cinco. Esta temporada es crucial. Si se lastimara, eso podría interferir.
—Ella ya hizo el Descenso. Seguro se recuperará rápido.
Sacó unas pinzas del botiquín.
—De todas maneras.
Bryce refunfuñó un poco cuando él le sacó algunos trozos de metal y piedra de la rodilla. Había caído con fuerza en el piso. A pesar de la explosión en el club, él la había visto moverse.
Se había lanzado directamente sobre Juniper para protegerla de la explosión.
—Esto te va a arder —le dijo mientras veía el frasco de solución sanadora.
Era una medicina elegante y costosa. Era sorprendente que estuviera aquí, ya que el príncipe y sus amigos habían hecho todos el Descenso.
—Pero evitará que se haga una cicatriz —terminó.
Ella se encogió de hombros y se quedó viendo la enorme pantalla oscura de la televisión por encima del hombro de Hunt.
Él le echó la solución en la pierna y ella se movió con brusquedad. Él la tomó de la pantorrilla con suficiente fuerza para mantenerla quieta a pesar de que ella estaba maldiciendo.
—Te lo advertí.
Ella exhaló entre dientes. La orilla de su vestido ya de por sí corto había subido aún más con sus movimientos y Hunt se dijo a sí mismo que sólo había mirado para ver si había otras heridas pero…
La cicatriz ancha y muy visible cortaba a través del muslo suave y demasiado perfecto.
Hunt se quedó inmóvil. Nunca se lo había curado.
Y cada cojeo que él la veía hacer de repente por el rabillo del ojo… No era por sus estúpidos putos zapatos. Sino por esto. Por él. Por sus tontos instintos de campo de batalla para engraparla como un soldado.
—Cuando un hombre está hincado entre mis piernas, Athalar —dijo ella—. Por lo general no está haciendo muecas.
—¿Qué?
Pero sí había registrado sus palabras, justo cuando se dio cuenta de que todavía sostenía su pantorrilla y la piel sedosa rozaba los callos de sus manos. También se dio cuenta de que, en efecto, estaba arrodillado entre sus muslos y se había acercado más a su regazo para ver esa cicatriz.
Hunt retrocedió y no pudo evitar el calor que subió a su cara. Retiró la mano de su pierna.
—Perdón —dijo.
Toda diversión desapareció de la mirada de ella cuando preguntó:
—¿Quién crees que lo hizo… lo del club?
El calor de su piel suave seguía manchándole la palma de la mano.
—No tengo idea.
—¿Podría haber tenido algo que ver con nuestra investigación del caso?
La culpa ya estaba humedeciéndole la mirada y él sabía que el cuerpo de la acólita estaba pasando por su mente.
Él negó con la cabeza.
—No lo creo. Si alguien quisiera detenernos, un balazo en la cabeza es mucho más preciso que volar un club. Podría haber sido también algún rival del dueño del club. O los miembros restantes del Keres buscando reanudar su mierda en la ciudad.
Bryce preguntó:
—¿Crees que tengamos una guerra aquí?
—Algunos humanos así lo quieren. Algunos vanir así lo quieren. Para deshacerse de los humanos, dicen.
—Han destruido partes de Pangera con la guerra allá —dijo ella entre dientes—. He visto los videos.
Lo miró y dejó que su pregunta tácita quedara flotando en el aire. ¿Qué tan mal está?
Hunt nada más dijo:
—Magia y máquinas. Nunca es una buena combinación.
Las palabras ondearon entre ellos.
—Quiero ir a casa —exhaló ella.
Él se quitó la chamarra y se la puso sobre los hombros. Casi la devoró.
—Quiero darme una ducha para limpiarme —insistió ella e hizo un ademán hacia la sangre en su piel desnuda.
—Está bien.
Pero en ese momento se abrió la puerta del vestíbulo. Un par de botas.
Hunt tenía su pistola afuera, oculta junto a su muslo, cuando se dio la vuelta para ver a Ruhn entrar con sombras detrás de él.
—No les va a gustar esto —dijo el príncipe.
Ella quería ir a casa. Quería llamar a Juniper. Quería llamar a su mamá y a Randall sólo para escuchar sus voces. Quería llamar a Fury y saber qué sabía ella, aunque Fury no contestara ni le respondiera a sus mensajes. Quería llamar a Jesiba y obligarla a averiguar qué había pasado. Pero más que nada, quería ir a casa y darse una ducha.
Ruhn, con gesto severo y salpicado de sangre, se detuvo en el arco.
Hunt guardó la pistola en la funda en su muslo antes de sentarse en el sillón junto a ella.
Ruhn fue al bar y llenó un vaso de agua del grifo. Cada movimiento era tenso, las sombras susurraban a su alrededor. Pero el príncipe exhaló y las sombras, la tensión, desaparecieron.
Hunt le ahorró la molestia de exigirle a Ruhn que les explicara.
—Estoy asumiendo que todo esto tiene que ver con quien sea que puso la bomba en el club.
Ruhn asintió y dio un trago de agua.
—Todo apunta a los rebeldes humanos.
Bryce sintió que la sangre se le helaba. Ella y Hunt intercambiaron miradas. Su discusión hacía unos momentos no había estado tan equivocada.
—La bomba entró al club a través de un nuevo líquido explosivo oculto en una entrega de vino. Dejaron su tarjeta en la caja: su propio logo.
Hunt interrumpió.
—¿Alguna conexión potencial con Philip Briggs?
Ruhn dijo:
—Briggs sigue tras las rejas.
Era una manera amable de describir el castigo que el líder rebelde sufría a manos de los vanir en la Prisión Adrestia.
—El resto de su grupo Keres no —dijo Bryce con voz ronca—. Danika fue quien capturó a Briggs la primera vez. Aunque no haya sido quien la mató, sigue preso por sus crímenes rebeldes. Podría haberle instruido a sus seguidores que realizaran este atentado.
Ruhn frunció el ceño.
—Pensé que se habían desbandado, que se habían unido a otros grupos o que habían regresado a Pangera. Pero ésta es la parte que no les va a gustar. Junto al logo en la caja había una imagen grabada. Mi equipo y tu equipo pensaron que era una C deforme por Ciudad Medialuna pero vi los videos del área de almacén antes de que explotara la bomba. Es difícil de distinguir, pero también podría ser una representación de un cuerno curvado.
—¿Qué tiene que ver el Cuerno con la rebelión de los humanos? —preguntó Bryce. Luego se le secó la boca—. Espera. ¿Crees que la imagen del Cuerno haya sido un mensaje para nosotros? ¿Para advertirnos que dejemos de buscar el Cuerno? ¿Como si esa acólita no hubiera sido suficiente?
Hunt dijo en tono reflexivo:
—No puede ser una mera coincidencia que ese club fuera bombardeado justo cuando estábamos ahí. Ni que una de las imágenes de la caja parezca ser el Cuerno mientras estamos en medio de su búsqueda. Antes de que Danika lo capturara, Briggs planeaba volar el Cuervo. La secta Keres ha estado inactiva desde que entró a prisión pero…
—Podrían estar regresando —insistió Bryce—. Buscando retomar lo que Briggs dejó inconcluso o de alguna manera recibiendo instrucciones de él todavía.
Hunt se veía sombrío.
—O fue uno de los seguidores de Briggs desde el principio: la bomba planeada, el asesinato de Danika, esta bomba… Briggs tal vez no sea el culpable pero tal vez sepa quién lo es. Podría estar protegiendo a alguien —sacó su teléfono—. Necesitamos hablar con él.
Ruhn dijo:
—¿Estás mal de la puta cabeza?
Hunt no le hizo caso y empezó a marcar un número mientras se ponía de pie.
—Está en la Prisión Adrestia, así que la petición podría tomar unos días —le dijo a Bryce.
—Bien.
Ella bloqueó el pensamiento de cómo podría ser esta reunión. A Danika le inquietaba el fanatismo de Briggs por la causa humana y rara vez había querido hablar sobre él. Atraparlo junto con su grupo Keres, una rama de la rebelión Ophion principal, había sido un triunfo, una legitimización de la Jauría de Diablos. Pero no había sido suficiente para ganarse la aprobación de Sabine.
Hunt se acercó el teléfono al oído.
—Hola, Isaiah. Sí, estoy bien.
Se fue hacia el vestíbulo y Bryce lo vio alejarse.
Ruhn dijo en voz baja:
—El Rey del Otoño sabe que te involucré en la búsqueda del Cuerno.
Ella levantó los párpados pesados hacia su hermano.
—¿Qué tan encabronado está?
La sonrisa amarga de Ruhn no la consoló.
—Me advirtió del veneno que derramarías en mi oído.
—Debo tomar eso como un cumplido, supongo.
Ruhn no sonrió en esta ocasión.
—Quiere saber lo que harás con el Cuerno si lo encuentras.
—Lo usaré como mi nueva taza personal para los días de partido.
Hunt soltó una risotada al entrar de nuevo a la habitación. Había terminado su llamada. Ruhn exclamó:
—Lo dijo en serio.
—Lo devolveré al templo —dijo Bryce—. No a él.
Ruhn los miró a ambos cuando Hunt volvió a sentarse en el sillón.
—Mi padre dice que como ya te involucré en algo tan peligroso, Bryce, necesitarás un guardián para que se… quede contigo en todo momento. Que viva contigo. Yo me ofrecí como voluntario.
A ella le dolía cada parte del cuerpo.
—Por encima de mi puto cadáver.
Hunt se cruzó de brazos.
—¿Por qué le importa a tu rey si Quinlan vive o muere?
La mirada de Ruhn se volvió fría.
—Yo le pregunté lo mismo. Dijo que cae dentro de su jurisdicción, como media hada, y que él no quiere tener que solucionar ningún desastre. La niña es un riesgo, dijo.
Bryce podía oír los tonos crueles de su padre en cada palabra que imitaba Ruhn. Podía ver su rostro mientras él las pronunciaba. Con frecuencia se había imaginado cómo se sentiría molerle esa cara perfecta a golpes con sus puños. Provocarle una cicatriz como la que tenía su madre en el pómulo: pequeña y delgada, no más larga que una uña, pero un recordatorio del golpe que le había dado cuando su terrible rabia lo había llevado demasiado lejos.
El golpe que ocasionó el escape de Ember Quinlan, embarazada de Bryce.
Maldito. Maldito anciano odioso.
—Así que sólo le preocupa la pesadilla de relaciones públicas que sería la muerte de Quinlan antes de la Cumbre —dijo Hunt con aspereza y con el rostro contraído por el asco.
—No luzcas tan sorprendido —dijo Ruhn y luego se dirigió a Bryce—. Yo soy el mensajero. Considera si es sabio elegir esto como la batalla a pelear con él.
De ninguna manera permitiría que Ruhn viviera en su departamento y le ordenara hacer cosas. En especial con esos amigos que tenía. Ya era bastante difícil trabajar con él en este caso.
Dioses, la cabeza la estaba matando.
—Bien —dijo al fin aunque le hervía la sangre—. Él dice que necesito un guardia, pero no especificó que debías ser tú, ¿cierto?
Ante el silencio tenso de Ruhn, Bryce siguió hablando.
—Eso es lo que pensé. Athalar se quedará conmigo en vez de ti. Orden cumplida. ¿Contento?
—No le va a gustar eso.
Bryce sonrió orgullosa a pesar de lo furiosa que se sentía.
—No dijo quién tenía que ser el guardia. El bastardo debería ser más preciso con sus palabras.
Ni siquiera Ruhn podía discutir eso.
Si Athalar se sorprendió ante la elección de Bryce de compañero de casa, no dejó que se le notara.
Ruhn observó al ángel verlos a los dos, con cuidado.
Mierda. ¿Acaso Athalar empezaba a atar cabos? ¿Que estaban más relacionados de lo que estarían unos primos, que el padre de Ruhn no debería interesarse tanto en ella?
Bryce le dijo a Ruhn con fastidio:
—¿Tú le sugeriste esto a tu padre?
—No —respondió Ruhn.
En cuanto salió del club destrozado, y antes de que se encontrara con ellos, su padre lo había acorralado para saber todo sobre la visita al templo. Aunque juzgando por lo enojado que había estado, era un milagro que Ruhn no estuviera muerto en un callejón.
—Tiene una gran red de espías que ni siquiera yo conozco.
Bryce frunció el ceño pero luego el gesto se transformó en una mueca de dolor cuando se levantó del sillón. Hunt mantuvo una mano cerca de su codo en caso de que ella lo necesitara.
El teléfono de Ruhn sonó y lo sacó de su bolsillo el tiempo necesario para leer el mensaje en la pantalla. Igual con los otros que empezaron a llegar a toda velocidad.
En el grupo que tenían con Flynn, Declan escribió:
¿Qué carajos pasó?
Flynn respondió:
Estoy en el club. Sabine envió a Amelie Ravenscroft como líder de las jaurías del Aux que están levantando escombros y ayudando con los heridos. Amelie dice que te vio salir, Ruhn. ¿Estás bien?
Ruhn respondió para que no llamaran.
Estoy bien. Nos vemos pronto en el club.
Apretó el teléfono en su mano mientras Bryce avanzaba hacia la puerta y en dirección al paisaje del Averno que había del otro lado. Se escuchaban las sirenas con sus luces azules y rojas que se reflejaban en los pisos de roble del vestíbulo.
Pero su hermana se detuvo antes de tomar el picaporte de la puerta y volteó a preguntarle:
—¿Por qué estabas hace rato en el Cuervo?
Y ahí estaba. Si él mencionaba la llamada de Riso, que Ruhn la había estado vigilando, le arrancaría la cabeza de un mordisco. Así que Ruhn mintió un poco:
—Quiero revisar la biblioteca de tu jefa.
Hunt hizo una pausa, un paso detrás de Bryce. Era impresionante, en realidad, verlos a los dos con las expresiones confundidas en sus rostros.
—¿Qué biblioteca? —preguntó ella con cara de inocencia.
Ruhn podría haber jurado que Athalar estaba intentando no sonreír. Pero respondió con seriedad:
—La que todo el mundo dice está debajo de la galería.
—Yo no sabía nada de eso —dijo Hunt encogiéndose de hombros.
—Vete al carajo, Athalar.
A Ruhn le dolía la mandíbula de tanto apretarla. Bryce dijo:
—Mira, entiendo que quieres ser parte de nuestro club de chicos populares, pero hay un proceso muy estricto de autorización para entrar.
Sí, Athalar estaba haciendo un gran esfuerzo por no sonreír.
Ruhn gruñó:
—Quiero ver los libros que están ahí. Ver si me salta algo sobre el Cuerno.
Ella titubeó un poco por el tono de su voz, el dominio que Ruhn le estaba imprimiendo. No se abstendría de usar su rango. No en este asunto.
Aunque Athalar lo miraba con ojos asesinos, Ruhn le dijo a su hermana:
—He revisado ya los Archivos Hada dos veces y… —movió la cabeza—. Sólo puedo pensar en la galería. Así que tal vez haya algo allá.
—Yo lo busqué —dijo ella—. No hay nada sobre el Cuerno más allá de menciones vagas.
Ruhn le sonrió a medias.
—O sea que admites que hay una biblioteca.
Bryce frunció el ceño. Él conocía esa mirada contemplativa.
—Qué.
Bryce se echó el cabello por encima del hombro desgarrado y sucio.
—Haré un trato contigo: tú puedes venir a buscar el Cuerno a la galería y yo ayudaré en todo lo que pueda. Si… —Athalar volteó a verla, la furia en su rostro casi deliciosa. Bryce continuó y asintió hacia el teléfono en las manos de Ruhn— si tú pones a Declan a mi disposición.
—Tendré que decirle sobre este caso, entonces. Y lo que él sabe, Flynn lo sabrá dos segundos después.
—Bien. Diles todo. Pero dile a Dec que necesito información sobre los últimos movimientos de Danika.
—No sé de dónde podría sacar eso —admitió Ruhn.
—La Madriguera tendría la información —dijo Hunt mirando a Bryce con algo parecido a la admiración—. Dile a Emmet que se meta a los archivos de la Madriguera.
Así que Ruhn asintió.
—Está bien. Se lo pediré más tarde.
Bryce le dejó ver su sonrisa falsa.
—Entonces pasa mañana a la galería.
Ruhn tuvo que darse un momento para controlar su sorpresa ante lo fácil que había sido conseguir acceso. Luego dijo:
—Ten cuidado allá afuera.
Si ella y Athalar tenían razón y era un grupo de Keres rebeldes que actuaban por órdenes de Briggs o por su honor… el desastre político podría convertirse en una pesadilla. Y si él no estaba equivocado sobre esa C y fuera en realidad una representación del Cuerno, si este atentado y el asesinato de la acólita fueron advertencias dirigidas a ellos en relación con su búsqueda del artefacto… entonces la amenaza a todos ellos acababa de volverse mucho más mortífera.
Bryce dijo con dulzura antes de continuar:
—Dile a tu papi que lo mando saludar y que puede irse al carajo.
Ruhn apretó los dientes de nuevo y vio cómo eso le provocó otra sonrisa a Athalar. Pendejo alado.
Los dos salieron por la puerta y el teléfono de Ruhn sonó un instante después.
—Sí —dijo.
Ruhn podría haber jurado que escuchó cómo se tensaba su padre antes de decir con voz lenta:
—¿Así es como le hablas a tu rey?
Ruhn no se molestó en responder. Su padre continuó:
—Como no pudiste evitar revelar mis asuntos, deseo que algo quede muy claro respecto al Cuerno —Ruhn se preparó—. No quiero que lo obtengan los ángeles.
—Está bien.
Si Ruhn tenía algo que decir al respecto, nadie tendría el Cuerno. Regresaría al templo con una guardia hada permanente.
—Mantén vigilada a esa niña.
—Con ambos ojos.
—Lo digo en serio, muchacho.
—Yo también —dejó que su padre escuchara el gruñido de sinceridad en su voz. Su padre continuó:
—Tú, como Príncipe Heredero, revelaste los secretos de tu rey a la niña y a Athalar. Tengo todo el derecho de castigarte por esto, sabes.
Adelante quería decirle. Hazlo. Hazme un favor y también quítame mi título ya que estás en eso. El linaje real termina conmigo de todas maneras.
Después de escuchar eso la primera vez a los trece años, Ruhn había vomitado. Lo habían enviado al Oráculo para un vistazo a su futuro, como todas las hadas. El ritual alguna vez se había usado para predecir matrimonios y alianzas. El día de hoy, era más para tener una idea de la carrera de un niño o si se convertiría en alguien en la vida. Para Ruhn, y para Bryce años después, había sido un desastre.
Ruhn le había suplicado al Oráculo que le dijera qué quería decir, si quería decir que moriría antes de poder concebir un hijo o si quería decir que era infértil. Ella nada más repitió sus palabras. El linaje real terminará contigo, príncipe.
Había sido demasiado cobarde y no le había dicho a su rey lo que había averiguado. Así que le dijo una mentira a su padre porque no se sentía capaz de soportar la decepción y la furia del hombre. El Oráculo dijo que yo sería un rey noble y justo.
Su padre se sintió decepcionado, pero sólo porque la profecía falsa no había sido más poderosa.
Así que, claro. Si su padre quería quitarle el título, le estaría haciendo un favor. O incluso estaría cumpliendo con la profecía al fin aunque no estuviera consciente de ello.
Ruhn en verdad se había preocupado una vez sobre su significado: el día que supo que tenía una hermana menor. Pensó que eso podría estar prediciendo una muerte temprana para ella. Pero sus miedos desaparecieron cuando supo que a ella jamás se le reconocería formalmente como parte del linaje real. Para su alivio, ella nunca cuestionó por qué, durante esos primeros años cuando todavía eran cercanos, Ruhn nunca había presionado a su padre para que la aceptara en público.
El Rey del Otoño continuó:
—Por desgracia, el castigo que mereces te dejaría incapacitado para continuar con la búsqueda del Cuerno.
Las sombras de Ruhn se arremolinaron a su alrededor.
—Ya será entonces para otra ocasión.
Su padre gruñó pero Ruhn colgó el teléfono.