C78

No podía nadar.

Syrinx no podía nadar. No tenía cómo salir, cómo liberarse del nøkk…

Desde abajo, Bryce sólo alcanzaba a ver las patas desesperadas y frenéticas de Syrinx que luchaba por mantenerse en la superficie.

Micah salió por la puerta de las escaleras del tanque. Su poder la golpeó un instante después.

La volteó y la sostuvo boca abajo en las escaleras alfombradas. Con la espalda expuesta a él.

Ella se retorcía, el dolor que iba desapareciendo de su pierna era secundario al adormecimiento que iba avanzando por su sangre. Syrinx se estaba ahogando, estaba…

Micah se paró sobre ella. Ella estiró un brazo… hacia el estante. Sus dedos adormecidos recorrieron los títulos. Sobre el número divino; Los muertos vivientes; El libro de los alientos; La reina de las muchas caras…

Syrinx seguía moviéndose desesperadamente, seguía luchando…

Y entonces Micah le lanzó una descarga de llama blanca y ardiente directo a la espalda. Al Cuerno.

Ella gritó, aunque el fuego no quemaba sino más bien la tinta lo absorbía, un poder rotundo la llenaba y la llama se convertía en hielo y crujía por su sangre como glaciares en movimiento.

El aire de la habitación pareció desaparecer, más y más denso…

Luego explotó con una onda violenta. Bryce gritó, escarcha en las venas la quemaba en una agonía que la carcomía. Arriba, se rompió un vidrio. Luego nada.

Nada. Ella tembló en el piso, el hielo la hacía estremecerse y las llamas ardientes la recorrían en espasmos.

Micah miró a su alrededor. Esperó.

Bryce apenas podía respirar, temblando mientras esperaba que se abriera un portal, que apareciera un agujero a otro mundo. Pero no pasó nada.

La decepción brilló en la mirada de Micah y dijo:

—Interesante.

La palabra le dijo suficiente: lo volvería a intentar. Y otra vez. No importaba si ella estaba viva o si era un montón de carne molida. Su cuerpo de todas maneras tendría la tinta del Cuerno, el Cuerno mismo. Él llevaría su cadáver por todas partes hasta que encontrara la manera de abrir un portal a otro mundo.

Ella lo había deducido unas horas después del ataque del kristallos en los muelles, cuando se vio en el espejo. Y empezó a sospechar que el tatuaje de su espalda no estaba en ningún alfabeto que ella conociera porque no era un alfabeto. No de Midgard. Volvió a buscar en todos los lugares que Danika había visitado la última semana y se dio cuenta de que no habían ido al salón de tatuajes. Luego se dio cuenta de que no tenía el amuleto y había sufrido un ataque. Justo como el kristallos había atacado a en el parque, después de haber tocado la chamarra de Danika en la galería. Tocó el aroma de Danika, lleno del Cuerno.

Bryce se esforzó y se levantó contra la fuerza invisible del poder de Micah. Rozó el lomo morado de un libro.

Syrinx, Syrinx, Syrinx…

—Tal vez quitar el Cuerno de tu cuerpo sea más eficiente —murmuró Micah. Un cuchillo se liberó de la funda que tenía en el muslo—. Me temo que esto te va a doler.

El dedo de Bryce se enganchó en el lomo del libro. Por favor.

No se movió. Micah se arrodilló sobre ella.

Por favor, le suplicó al libro. Por favor.

El libro se acercó a sus dedos.

Bryce sacó el libro de su estante y abrió sus páginas.

Una luz verdosa estalló desde el libro. Justo hacia el pecho de Micah.

Lo lanzó hacia atrás por la biblioteca, directo hacia la puerta abierta del baño.

Hacia el sitio donde Lehabah esperaba en las sombras de la puerta, con un libro pequeño en sus propias manos, que abrió para liberar otra descarga de poder contra la puerta y cerrarla.

El poder del libro produjo un silbido sobre la puerta del baño y la selló con firmeza. La cerró con el arcángel dentro.


Ruhn no había despertado esa mañana esperando ver morir a su hermana.

Y su padre… El padre de Ruhn no dijo nada ante el horror que se desarrollaba frente a sus ojos.

Bryce se quedó en los escalones unos instantes mientras su pierna seguía sanando y vio cómo se cerraba la puerta del baño. Hubiera sido gracioso, la idea de encerrar a un casi-dios en un baño, de no ser porque era tan pinche aterrador.

Detrás de Ruhn se escuchó una voz estrangulada.

—Ayúdala.

Hunt. Los músculos de su cuello se tensaban, luchando contra el control de Sandriel. Hunt la estaba mirando al gruñir:

Ayúdala.

A pesar del poder de los libros que sellaba la puerta metálica del baño no mantendría a Micah encerrado mucho tiempo. Minutos, si acaso. Y el sinte en el sistema de Bryce… ¿Cuánto tiempo tenía antes de convertirse en jirones sangrientos?

Lehabah se apresuró para acercarse a Bryce justo cuando Hunt volvió a gruñirle a Sandriel:

Detenlo.

No importaba que, incluso a velocidades inhumanas, le tomaría a Sandriel una hora llegar allá. Treinta minutos en helicóptero.

Se escuchó un sonido de alguien ahogándose cuando Sandriel reforzó su poder para silenciar la voz de Hunt.

—Éste es territorio de Micah. No tengo autoridad para intervenir en sus asuntos.

Athalar todavía logró decir con los ojos oscuros encendidos:

Vete. Al. Carajo.

Todos los triarii de Sandriel fijaron su atención letal en Hunt. Pero a él no parecía importarle nada. Nada le importaba mientras escuchaba a Bryce decirle a Lehabah jadeando:

Enciende el sistema de alimentación del tanque.

La herida de su pierna se cerró gracias al sinte que recorría su sangre. Y luego Bryce se levantó y corrió.

La puerta del baño se sacudió. Ella ni siquiera volteó a ver mientras corría, todavía cojeando, hacia las escaleras del tanque. Recogió el cuchillo del piso. El cuchillo de Micah.

Ruhn tuvo que recordar respirar cuando Bryce llegó a las escaleras, se arrancó un pedazo de la camisa rota y lo ató a su muslo para sostener ahí el cuchillo. Una funda improvisada.

Declan cambió a la cámara que estaba sobre el tanque, el agua que salpicaba por la rejilla. Un cuadrado de un metro en el centro se abrió en la oscuridad, la pequeña plataforma con una cadena anclada a la parte superior del tanque. Lehabah flotaba cerca de los controles.

—No lo está atacando —lloró la duendecilla—. Syrie está inmóvil, está muerto…

Bryce se arrodilló y empezó a respirar rápido y profundo. Rápido, rápido, rápido.

—¿Qué está haciendo? —preguntó la reina Hypaxia.

—Está hiperventilando —murmuró Tharion—. Para tener más aire en los pulmones.

—Bryce —suplicó Lehabah—. Es un…

Pero entonces Bryce inhaló una última vez muy profundo y se sumergió bajo la superficie.

En la cueva del nøkk. La plataforma de alimentación bajó con ella, la cadena se desenroscó hacia la oscuridad, y pasó de prisa al lado de Bryce. Ella se sostuvo de los eslabones de metal y nadó hacia abajo, abajo, abajo…

Bryce no tenía magia. No tenía fuerza ni inmortalidad que la protegieran. No contra el nøkk en el tanque, no contra el arcángel que en cosa de un minuto saldría de ese baño. No contra el sinte que terminaría con su vida si lo demás no lo hacía.

Su hermana, su hermana imprudente y salvaje, sabía todo eso y de todas maneras fue a salvar a su amigo.

—Es su Prueba —murmuró Flynn—. Ésta es su puta Prueba.