C19

Bryce se echó la bolsa de lona al hombro y miró a la Reina Víbora.

—Bonito atuendo.

La metamorfa serpentina sonrió y dejó a la vista sus dientes blancos y brillantes, también sus colmillos apenas demasiado alargados. Y demasiado delgados.

—Bonito guardaespaldas.

Bryce se encogió de hombros mientras los ojos de la serpiente se arrastraban por cada centímetro del cuerpo de Hunt.

—No le sirve mucho la cabeza, pero le sirve lo que le tiene que servir.

Hunt se quedó inmóvil. Pero los labios morados de la mujer se curvaron hacia arriba.

—Nunca he oído que alguien describa así a Hunt Athalar, pero estoy segura de que el general lo aprecia.

Al escuchar el título casi olvidado, Hunt apretó la mandíbula. Sí, es probable que la Reina Víbora estuviera viva durante la Caída. En ese caso, conocería a Hunt no como uno de los triarii de la 33ª ni como la Sombra de la Muerte, sino como el General Hunt Athalar, Alto Comandante de las legiones de la arcángel Shahar.

Y Bryce lo había estado engañando por dos días. Miró por encima de su hombro y se dio cuenta de que Hunt estaba observando a la Reina Víbora y a los cuatro hombres hada a su lado. Eran desertores de la corte de su padre, asesinos entrenados no nada más en armas, sino también en la especialidad de la reina: venenos y ponzoñas.

Ninguno de ellos se dignó a reconocer su presencia.

La Reina Víbora ladeó la cabeza y su peinado con bordes afilados se movió como seda negra. En el piso de abajo, los clientes seguían su camino, sin saber que su gobernante les había concedido la gracia de su presencia.

—Parece que han estado de compras.

Bryce se encogió un poco de hombros.

—Buscar ofertas es uno de mis pasatiempos. Tu reino es el mejor lugar para hacerlo.

—Pensé que tu jefa te pagaba demasiado bien como para que te rebajaras a investigar un buen precio. Y a usar sales.

Para mantener su corazón tranquilo, Bryce se obligó a sonreír, plenamente consciente de que la mujer podría detectarlo. Podía saborear el miedo. Quizá podría saborear qué tipo de sal llevaba en la bolsa que colgaba de su hombro.

—Sólo por que gano dinero no significa que me deban estafar.

La Reina Víbora la miró primero a ella y luego a Hunt.

—Escuché que ustedes dos han sido vistos paseando juntos por la ciudad.

Hunt gruñó.

—Es información clasificada.

La Reina Víbora arqueó una ceja negra y bien delineada. El pequeño lunar que tenía justo debajo de la comisura del ojo se movió apenas. Sus uñas pintadas de dorado brillaron cuando metió la mano al bolsillo de su overol y sacó un encendedor incrustado de rubíes que formaban la silueta de una víbora áspid en posición de ataque. Un momento después apareció un cigarrillo entre sus labios morados y, mientras observaban en silencio, sus guardias vigilaban cada respiración que daba al encenderlo e inhalar profundo. El humo brotó de esos labios oscuros y dijo:

—Las cosas se están poniendo interesantes estos días.

Bryce giró hacia la salida.

—Sí. Vámonos, Hunt.

Uno de los guardias se paró frente a ella, casi dos metros de gracia y musculatura de hada.

Bryce se detuvo y Hunt casi chocó con ella. Su gruñido fue tal vez la primera y única advertencia al hada. Pero el guardia sólo dedicó una mirada vacía y entregada a su reina. Era probable que fuese adicto al veneno que ella secretaba y que repartía entre su círculo cercano.

Bryce miró por encima del hombro a la Reina Víbora, todavía recargada en el barandal, todavía fumando ese cigarrillo.

—Es un buen momento para los negocios —apuntó la reina—, cuando los jugadores clave convergen para la Cumbre. Tantas élites de la clase gobernante, todos con sus propios… intereses.

Hunt estaba tan cerca de la espalda de Bryce que podía sentir el temblor que recorría el cuerpo poderoso del ángel y podría haber jurado que sintió un relámpago cosquillearle la columna. Pero él no dijo nada.

La Reina Víbora extendió una mano hacia el pasillo detrás de ella y sus uñas doradas centellearon bajo las luces.

—A mi oficina, por favor.

—No —dijo Hunt—. Ya nos vamos.

Bryce dio un paso hacia la Reina Víbora.

—Después de usted, Majestad.

Empezaron a seguir a la reina. Hunt venía muy alterado a su lado pero Bryce mantuvo la mirada en el peinado brillante de la mujer frente a ellos. Sus guardias iban un poco atrás, suficiente para que Hunt considerara que podía decirle en voz baja:

—Esto es una idea terrible.

—En la mañana te quejaste de que no estaba haciendo nada de valor —le dijo Bryce mientras entraban por un arco y bajaban por unas escaleras. Desde abajo se escuchaban rugidos y gritos—. Y ahora que estoy haciendo algo, ¿también te quejas? —espetó—. Decídete, Athalar.

Él volvió a apretar la mandíbula. Pero miró su bolsa, el bloque de sal que pesaba dentro de ella.

—Compraste la sal porque sabías que iba a atraer su atención.

—Tú me dijiste que nos tomaría semanas conseguir una cita con ella. Decidí saltarnos toda esa mierda.

Le dio unos golpecitos a la bolsa y la sal sonó hueca debajo de su mano.

—Por las tetas de Cthona —murmuró él y negó con la cabeza.

Salieron de la escalera hacia un nivel inferior con paredes de concreto sólido. Detrás de ellos, el rugido de la arena de pelea hacía eco en el corredor. Pero la Reina Víbora siguió deslizándose y pasó de largo unas puertas de metal oxidado. Hasta que abrió una puerta sin ninguna marca y entró sin siquiera mirar atrás. Bryce no pudo evitar sonreír con petulancia.

—No te veas tan satisfecha, carajo —refunfuñó Hunt—. Es posible que no salgamos de aquí vivos.

Cierto.

—Yo haré las preguntas.

—No.

Se miraron el uno al otro con ojos llenos de furia y Bryce podría haber jurado que vio un relámpago en el semblante de Hunt. Pero ya habían llegado a la puerta que daba a…

Ella estaba esperando la opulencia lujosa de Antigüedades Griffin oculta detrás de esa puerta: espejos dorados y divanes de terciopelo, cortinas de seda y un escritorio de roble tallado tan viejo como la ciudad misma.

No este… cochinero. Era apenas mejor que el almacén de un bar de mala muerte. Había un escritorio de metal maltratado que ocupaba la mayor parte del espacio atiborrado, una silla morada y raspada detrás, con montones de relleno saliéndose por la esquina superior, y la pintura color verde pálido estaba descarapelada en varios puntos de las paredes. Eso sin mencionar la mancha de agua que decoraba el techo y que se veía peor por la parpadeante luzprístina fluorescente. Contra una de las paredes había unas repisas llenas con todo tipo de cosas, desde archivos, cajas de licor hasta pistolas desechadas; del otro lado había una pila de cajas de cartón más alta que ella.

Un vistazo a Hunt y Bryce supo que él estaba pensando lo mismo: ¿la Reina Víbora, ama del inframundo, temida experta en venenos y gobernadora del Mercado de Carne, llamaba a esta pocilga oficina?

La mujer se deslizó a su silla y entrelazó los dedos encima del desorden de documentos tirados por todo el escritorio. Una computadora que tenía más o menos veinte años de antigüedad, coronada por una pequeña estatua de Luna, parecía una roca gorda frente a la Reina. El arco de la diosa apuntaba a la cara de la metamorfa.

Uno de sus guardias cerró la puerta y eso hizo que Hunt deslizara su mano hacia su cadera aunque Bryce ya se había sentado en una de las sillas baratas de aluminio.

—No es tan elegante como el negocio de tu jefa —dijo la Reina Víbora al percibir la incredulidad en la expresión de Bryce—, pero funciona.

Bryce no se molestó en aceptar que este espacio quedaba muy por debajo de lo adecuado para una metamorfa serpentina cuya figura de serpiente era una cobra blanca como la luna con escamas que brillaban como ópalos, y cuyos poderes se rumoraba eran… diferentes. Algo extra que se mezclaba con su veneno, algo extraño y antiguo.

Hunt tomó la otra silla para sentarse a su lado pero primero le dio la vuelta para poder acomodar sus alas. Los rugidos que les llegaban desde la arena de pelea hacían vibrar el piso de concreto bajo sus pies.

La Reina Víbora encendió otro cigarrillo.

—Estás aquí para preguntarme sobre Danika Fendyr.

Bryce mantuvo una expresión neutra. Había que reconocerle a Athalar que él también.

Hunt dijo con cautela:

—Estamos intentando obtener una idea más clara de todo.

Los ojos sorprendentes de la mujer se cerraron un poco con placer.

—Si eso es lo que quieren decir, entonces claro —el humo serpenteó de sus labios—. Pero les ahorraré las mentiras. Danika era una amenaza para mí en más maneras de las que quizá conozcan. Pero era lista. Nuestra relación era de trabajo —otra inhalación—. Estoy segura de que Athalar me puede dar la razón en esto —dijo con voz lenta y se ganó una mirada de advertencia de parte de él—, pero para que las cosas se hagan, a veces el Aux y la 33ª tienen que trabajar con aquellos de nosotros que habitamos en las sombras.

Hunt dijo:

—¿Y Maximus Tertian? Lo mataron en las afueras de tu territorio.

—Maximus Tertian era un llorón mimado pero nunca sería tan estúpida como para buscar un pleito con su padre de esa manera. Lo único que ganaría sería un dolor de cabeza.

—¿Quién lo mató? —preguntó Bryce—. Escuché que tú sacaste a tu gente. Algo sabes.

—Sólo una precaución —se pasó la lengua por los dientes inferiores—. Las serpientes podemos saborear cuando algo está a punto de pasar. Como una especie de carga en el aire. La puedo sentir ahora… por toda esta ciudad.

Los relámpagos de Hunt gruñeron en la habitación.

—¿No pensaste en advertirle a nadie?

—Le advertí a mi gente. Mientras el problema no pase por mi distrito, no me importa lo que suceda en el resto de Lunathion.

Hunt dijo:

—Muy noble de tu parte.

Bryce volvió a preguntar:

—¿Quién crees que mató a Tertian?

Ella se encogió de hombros.

—¿En serio? Es el Mercado de Carne. Esas cosas pasan. Seguro vino para conseguir drogas y ése es el precio que pagó.

—¿Qué tipo de drogas? —preguntó Bryce.

Hunt interrumpió:

—El reporte toxicológico decía que no tenía drogas en su sistema.

—Entonces no puedo ayudarles —dijo la metamorfa—. Mi teoría es tan buena como las de ustedes.

Bryce no se molestó en preguntar si tendrían videos de las cámaras porque la 33ª ya debería haberlas revisado.

La Reina Víbora sacó algo de un cajón y lo colocó en el escritorio. Una memoria externa.

—Mis coartadas de la noche que mataron a Tertian y de los días antes y durante los asesinatos de Danika y su jauría.

Bryce no tocó el pequeño aparato de metal, apenas del tamaño de un lápiz de labios.

Los labios de la Reina Víbora volvieron a curvarse.

—Estaba en el spa la noche del asesinato de Tertian. Y en cuanto a Danika y la Jauría de Diablos, uno de mis asociados hizo una fiesta de Descenso para su hija esa noche. Se convirtió en tres días de… bueno, ya lo verán.

—¿Esta memoria contiene videos de ti en una orgía de tres días? —exigió saber Hunt.

—Avísame si te parece excitante, Athalar —la Reina Víbora volvió a dar una fumada a su cigarrillo. Sus ojos verdes se movieron hacia el regazo de Hunt—. He sabido que eres bastante bueno cuando dejas de ser adusto por un rato.

Oh, por favor. Hunt enseñó los dientes con un gruñido silencioso y Bryce dijo:

—Haciendo a un lado la orgía y las habilidades de Hunt en la cama, tienes un vendedor de sal en este mercado —dijo con un golpecito a la bolsa que tenía en las rodillas.

La Reina Víbora apartó la mirada de Hunt que todavía gruñía y le dijo a Bryce con sequedad:

—Yo no uso lo que vendo. Aunque no creo que tú vivas bajo esa regla allá en tu galería elegante —guiñó un ojo—. Si alguna vez te hartas de arrastrarte por esa hechicera, ven a buscarme. Tengo un establo de clientes que se arrastrarían por ti. Y pagarían por hacerlo.

La mano de Hunt en su hombro se sentía caliente.

—Ella no está a la venta.

Bryce se movió para que él la soltara y le lanzó una mirada de advertencia.

La Reina Víbora dijo:

—Todos, General, están a la venta. Nada más averigua el precio —el humo salió de su nariz, un dragón echando flamas—. Dame un par de días, Athalar, y encontraré el tuyo.

La sonrisa de Hunt era algo de belleza letal.

—Tal vez yo ya sé cuál es el tuyo.

La Reina Víbora sonrió.

—Eso espero —apagó el cigarrillo y miró a Bryce a los ojos—. Te daré un consejo profesional para tu pequeña investigación —Bryce se tensó por el tono de burla—. Mira hacia donde duela más. Ahí es donde siempre están las respuestas.

—Gracias por el consejo —dijo Bryce entre dientes.

La metamorfa tronó sus dedos con puntas doradas como si nada. La puerta de la oficina se abrió y los hombres hada adictos al veneno se asomaron.

—Ya terminamos —dijo la Reina Víbora y encendió su reliquia de computadora—. Asegúrense de que salgan.

Y que no se queden por aquí a indagar.

Bryce se echó el bloque de sal al hombro y Hunt tomó la memoria para guardarla en su bolsillo.

El guardia fue lo suficientemente listo como para apartarse y dejarlos pasar cuando Hunt empujó a Bryce hacia la puerta. Bryce avanzó tres pasos antes de que la Reina Víbora dijera:

—No subestimes la sal de obsidiana, Quinlan. Puede traer lo peor de lo peor del Averno.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Pero Bryce sólo levantó una mano para despedirse por encima del hombro y salió al pasillo.

—Bueno, al menos estaré entretenida, ¿no?


Salieron enteros del Mercado de Carne, gracias a los cinco putos dioses, en especial la mismísima Urd. Hunt no estaba del todo seguro de cómo habían logrado alejarse de la Reina Víbora sin que les llenara el abdomen de balas envenenadas pero… Frunció el ceño a la mujer de cabello rojo que ahora estaba inspeccionando su motoneta blanca para ver que no estuviera dañada. Hasta el casco estaba intacto.

Hunt dijo:

—Le creo —de ninguna manera vería el video de esa memoria. Se lo enviaría directo a Viktoria—. No creo que tenga nada que ver con esto.

Quinlan y Roga, sin embargo… todavía no las tachaba de su lista mental.

Bryce sostuvo el casco con la parte interna del codo.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces esto nos trae de regreso al principio. —Tuvo que controlar las ganas de caminar imaginándose su deuda de muertes todavía en los miles.

—No —respondió Bryce—. No es así.

Ató la bolsa de sal en el pequeño compartimento ubicado en la parte trasera de su motoneta.

—Dijo que buscáramos donde dolía más para encontrar las respuestas.

—Sólo estaba diciendo alguna tontería con mala intención para confundirnos.

—Es probable —dijo Bryce y se puso el casco. Luego levantó el visor para dejar a la vista sus ojos color ámbar—. Pero tal vez tenía razón sin querer. Mañana… —cerró los ojos—. Tengo que pensar un poco mañana. En la galería o Jesiba se va a poner furiosa.

Él se sentía intrigado y preguntó:

—¿Crees tener una pista?

—Todavía no. Pero sí una dirección general. Es mejor que nada.

Él movió la barbilla hacia el compartimento de su motoneta.

—¿Para qué es la sal de obsidiana?

Debía tener un uso para ella. Aunque él rezaba que no fuera tan tonta como para usarla.

Bryce se limitó a decir sin expresión:

—Para sazonar mis hamburguesas.

Bien. Él solo se había prestado para eso.

—¿Cómo pudiste pagar esa sal, a todo esto?

Dudaba que ella tuviera diez mil marcos de oro de sobra en su cuenta de banco.

Bryce cerró el zíper de su chamarra.

—Lo cargué a la cuenta de Jesiba. Gasta más dinero en productos de belleza al mes, así que dudo que lo note.

Hunt no tenía idea cómo responder a eso, así que apretó los dientes y la miró sobre su vehículo.

—Sabes, una motoneta es una cosa muy estúpida que conducir antes de hacer el Descenso.

—Gracias, mami.

—Deberías tomar el autobús.

Ella sólo ladró una risa y salió disparada hacia la oscuridad.