La ciudad empezaba a quedarse en silencio. Cada vez que Declan revisaba el audio en otro distrito, los gritos habían disminuido más, cortados uno por uno.
No por la calma ni la salvación, eso lo sabía Hunt.
Los vacíos de las Puertas seguían abiertos. La puesta de sol había dado paso a un cielo amoratado y violeta. Cuando cayera la noche de verdad, podía imaginar el tipo de horrores que enviaría el Averno. El tipo de horrores a quienes no les gustaba la luz, que habían sido criados y habían aprendido a cazar en la oscuridad.
Bryce seguía ahí afuera. Un error, un paso en falso, y estaría muerta.
No habría sanación, no habría regeneración. No sin haber hecho el Descenso.
Ella llegó al borde de la Vieja Plaza. Pero no corrió hacia un sitio seguro. No, parecía estar corriendo hacia la Puerta del Corazón, donde el flujo de demonios se había detenido. Como si el Averno en realidad estuviera esperando que empezara la noche para iniciar el segundo ataque.
Hunt sintió que su corazón iba a estallar cuando ella se detuvo a media cuadra de la Puerta. Cuando se metió al nicho de un refugio cercano. Iluminada por la lámpara de luzprístina montada en su exterior, se deslizó hacia el suelo con la espada en una mano.
Hunt conocía esa posición, ese ángulo de la cabeza.
Un soldado que había peleado bien en una batalla dura. Un soldado exhausto pero que se tomaría este momento, este último momento, para reunir fuerzas antes de hacer su último intento.
Hunt enseñó los dientes a la pantalla:
—Levántate, Bryce.
Ruhn sacudía la cabeza, el terror le demacraba la cara. El Rey del Otoño no decía nada. No hacía nada mientras veía a su hija en la transmisión que Declan tenía en la pantalla principal.
Bryce buscó en su camisa para sacar el teléfono. Las manos le temblaban tanto que casi no podía sostenerlo. Pero presionó un botón en la pantalla y se lo llevó al oído. Hunt sabía qué era eso también. Su última oportunidad de despedirse de sus padres, de sus seres amados.
Se escuchó un timbre en la sala de conferencias. De la mesa del centro. Hunt miró a Jesiba pero su teléfono estaba inactivo. El de Ruhn también. Todos se quedaron en silencio cuando Sandriel sacó el teléfono de su bolsillo. El teléfono de Hunt.
Sandriel lo miró con expresión sorprendida. A Hunt le daba vueltas la cabeza.
—Dale el teléfono —dijo Ruhn en voz baja.
Sandriel se quedó viendo la pantalla. Decidiendo.
—Que le des el puto teléfono —le ordenó Ruhn.
Sandriel, para sorpresa de Hunt, lo hizo. Con manos temblorosas, él contestó.
—¿Bryce?
En la transmisión de las cámaras pudo ver sus ojos muy abiertos.
—¿Hunt? —su voz se oía destrozada—. Pe… pensé que la llamada se iría a correo de voz.
—Pronto llegará ayuda, Bryce.
El terror absoluto de su cara cuando vio lo último que quedaba de luz de sol lo devastó.
—No, no, ya será demasiado tarde.
—No lo será. Necesito que te pongas de pie, Bryce. Que vayas a un lugar más seguro. No te acerques más a esa Puerta.
Ella se mordió el labio, temblando.
—Sigue abierta…
—Ve a tu departamento y espera ahí hasta que llegue la ayuda.
El terror y el pánico en su cara encrudecieron y se transformaron en algo más tranquilo al escuchar su orden. Se concentró. Bien.
—Hunt, necesito que llames a mi mamá.
—No empieces a despedirte…
—Necesito que llames a mi mamá —dijo en voz baja—. Necesito que le digas que la amo y que todo lo que soy lo soy por ella. Su fortaleza y su valentía y su amor. Y que siento mucho todo lo que la hice pasar.
—No sigas…
—Dile a mi papá —el Rey del Otoño se quedó inmóvil y miró a Hunt—. Dile a Randall —aclaró Bryce— que estoy muy orgullosa de llamarlo mi padre. Que él es el único quien me importó siempre.
Hunt podría jurar que el rostro del Rey del Otoño reflejó algo parecido a la vergüenza. Pero Hunt le imploró:
—Bryce, necesitas ir a un sitio más seguro, ahora.
Ella no lo hizo.
—Dile a Fury que lamento haber mentido. Que le habría dicho la verdad tarde o temprano —del otro lado de la habitación las lágrimas corrían por la cara de la asesina—. Dile a Juniper… —la voz de Bryce se entrecortó—. Dile que gracias por… esa noche en la azotea —se tragó un sollozo—. Dile que ahora sé por qué evitó que saltara. Fue para que pudiera llegar aquí… a ayudar hoy.
A Hunt se le rompió el corazón por completo. Él no sabía, no había adivinado que las cosas se habían puesto tan mal para ella…
Por la devastación pura que se pudo ver en la cara de Ruhn, su hermano tampoco lo sabía.
—Dile a Ruhn que lo perdono —dijo Bryce y empezó a temblar otra vez. Las lágrimas corrían por la cara del príncipe.
—Lo perdoné hace mucho —dijo Bryce—. Sólo que no sabía cómo decírselo. Dile que lamento haber ocultado la verdad pero que sólo lo hice porque lo amo y no quería quitarle nada. Siempre será el mejor de los dos.
La agonía en el rostro de Ruhn se convirtió en confusión.
Pero Hunt no podía soportarlo. No podía escuchar una palabra más de esto.
—Bryce, por favor…
—Hunt —todo el mundo se quedó en silencio—. Estaba esperándote.
—Bryce, corazón, ve a tu departamento y dame una hora y…
—No —susurró ella y cerró los ojos. Se puso la mano sobre el pecho. Sobre su corazón—. Estaba esperándote… aquí dentro.
Hunt no pudo evitar llorar entonces.
—Yo también te estaba esperando a ti.
Ella sonrió y volvió a sollozar.
—Por favor —le suplicó Hunt—. Por favor, Bryce. Tienes que irte ahora. Antes de que entren más.
Ella abrió los ojos y se puso de pie cuando ya caía la noche de verdad. Vio la Puerta a media cuadra.
—Te perdono por la estupidez del sinte. Por todo. Nada importa. Ya no.
Terminó la llamada y apoyó la espada de Danika contra la pared del nicho del refugio. Colocó el teléfono con cuidado en el piso junto a la espada.
Hunt se paró de su asiento de un salto.
—BRYCE…
Ella corrió hacia la Puerta.