A la mañana siguiente, Bryce estaba sentada en el escritorio de recepción de la sala de exhibición de la galería, viendo su lista de los últimos lugares donde había estado Danika, cuando sonó su teléfono.
—El negocio con el leopardo salió bien —le dijo a Jesiba como saludo. Había terminado de arreglar todos los documentos hacía una hora.
—Necesito que subas a mi oficina y me envíes un archivo de mi computadora.
Bryce hizo un gesto de hartazgo e hizo un esfuerzo por no responder con voz cortante De nada. Le preguntó a la hechicera:
—¿No tienes acceso?
—Me aseguré de que no estuviera en la red.
Bryce inhaló y se puso de pie. La pierna le punzaba un poco y caminó hacia la pequeña puerta en la pared adyacente al escritorio. Una mano en el panel de metal junto a ella hizo que los hechizos se desactivaran y la puerta se abrió de par en par para revelar una escalera alfombrada hacia el piso superior.
—Cuando quiero que se haga algo, Bryce, lo debes hacer. Sin preguntas.
—Sí, Jesiba —dijo Bryce entre dientes mientras subía las escaleras.
Estar esquivando las manos del metamorfo de leopardo el día anterior le había dejado un dolor en su pierna lastimada.
—¿Te gustaría ser un gusano, Bryce? —ronroneó Jesiba y su voz se transformó en algo muy parecido a la voz rasposa de un segador.
Al menos Jesiba no era uno de ellos, aunque Bryce sabía que la hechicera trataba con ellos seguido en la Casa de Flama y Sombra. Gracias a los dioses que ninguno de ellos se había presentado en la galería.
—¿Te gustaría ser un escarabajo pelotero o un ciempiés?
—Preferiría ser una libélula —dijo Bryce.
Entró a la pequeña oficina lujosa del piso superior. Una de las paredes era un panel de vidrio por el que se veía el piso de exhibición de la galería debajo. El material era absolutamente insonorizado.
—Ten cuidado con lo que me pidas —continuó Jesiba—. Te darás cuenta de que tu boquita insolente se callaría muy rápido si te transformo. No tendrías voz para nada.
Bryce calculó la diferencia de horario entre Lunathion y las costas occidentales de Pangera y se dio cuenta de que tal vez Jesiba venía de regreso de cenar.
—Ese vino tinto de Pangera es potente, ¿verdad?
Ya casi había llegado al escritorio de madera cuando se encendieron las lucesprístinas. Una hilera de luces iluminaba la pistola desarmada que colgaba en el muro detrás del escritorio; el rifle Matadioses brillaba como el día en que lo habían forjado. Podría haber jurado que un ligero zumbido irradiaba del oro y el acero, como si la pistola legendaria y letal todavía estuviera vibrando después de disparar.
La ponía nerviosa que estuviera aquí, a pesar de que Jesiba la había desarmado en cuatro pedazos y la había montado como una obra de arte detrás de su escritorio. Cuatro pedazos que todavía podían ensamblarse con facilidad, pero eso era un consuelo para sus clientes aunque servía para recordarles quién mandaba.
Bryce sabía que la hechicera nunca les decía sobre la bala de oro labrada de quince centímetros que estaba en la caja fuerte junto a la pintura en el muro de la derecha. Jesiba se la había enseñado una vez y la dejó leer las palabras grabadas en la bala: Memento Mori.
Las mismas palabras que aparecían en el mosaico en el Mercado de Carne.
Parecía melodramático, pero una parte de ella se había maravillado al verlos, la bala y el rifle, tan raros que sólo existían unos cuantos en Midgard.
Bryce encendió la computadora de Jesiba y escuchó a la mujer darle más instrucciones antes de enviarle el archivo. Bryce iba a medio camino por las escaleras de regreso cuando le preguntó a su jefa.
—¿Has escuchado algo nuevo sobre el Cuerno de Luna?
Una pausa larga y contemplativa.
—¿Tiene algo que ver con esa investigación que estás haciendo?
—Tal vez.
La voz fría y grave de Jesiba sonó como la personificación de la casa a la que pertenecía.
—No he escuchado nada.
Luego colgó. Bryce apretó los dientes y regresó a su escritorio en el piso de exhibición.
Lehabah la interrumpió con un susurro al otro lado de la puerta de hierro.
—¿Ya puedo ver a Athie?
—No, Lele.
Había mantenido su distancia esta mañana. Qué bueno.
Mira hacia donde duela más.
Tenía su lista de los lugares donde había estado Danika. Por desgracia, sabía lo que debía hacer a continuación. Cuando despertó esa mañana ya estaba ansiosa porque lo tenía que hacer. Su teléfono sonó en su mano apretada y Bryce se preparó para escuchar la queja de Jesiba de que había hecho algo mal con el archivo, pero era Hunt.
—¿Sí? —dijo al contestar.
—Hubo otro asesinato —dijo Hunt con voz tensa… fría.
Ella casi dejó caer el teléfono.
—Quién…
—Todavía me están dando la información. Pero fue como a diez cuadras de aquí, cerca de la Puerta en la Vieja Plaza.
El corazón le latía con tanta velocidad que apenas logró decir con un resto de aliento:
—¿Hubo testigos?
—No. Pero vayamos allá.
Le temblaban las manos.
—Estoy ocupada —mintió.
Hunt hizo una pausa.
—No estoy jugando, Quinlan.
No. No, no podía hacerlo, soportarlo, ver eso de nuevo…
Bryce se obligó a respirar, casi inhaló directamente los vapores de menta del difusor.
—Va a venir un cliente…
Él tocó con fuerza a la puerta de la galería y selló su destino.
—Ya nos vamos.
Todo el cuerpo de Bryce estaba tenso hasta el punto de casi temblar cuando ella y Hunt se acercaron a las magibarreras que bloqueaban el callejón a unas cuantas cuadras de la Puerta de la Vieja Plaza.
Intentó respirar para evitarlo, intentó todas las técnicas que había leído y escuchado acerca de controlar su miedo, esa sensación de náusea que sentía se hundía en su estómago. Ninguna de ellas funcionó.
Ángeles, hadas y metamorfos caminaban por el callejón, algunos en sus radios o teléfonos.
—Un corredor encontró los restos —dijo Hunt cuando la gente empezaba a separarse para dejarlo pasar—. Creen que pasó en algún momento anoche —dijo. Luego agregó con cautela—: La 33ª sigue trabajando para identificar a la víctima, pero por la ropa, parece como una acólita del Templo de Luna. Isaiah ya está preguntando a las sacerdotisas del templo si alguien falta.
Todos los sonidos se convirtieron en un zumbido ensordecedor. No recordaba del todo cómo había llegado ahí.
Hunt caminó alrededor de la magibarrera que bloqueaba la escena del crimen de la vista, se asomó a lo que había detrás y maldijo. Volteó a ver a Bryce muy rápido, como si se diera cuenta de a qué la estaba metiendo de nuevo, pero era demasiado tarde.
La sangre salpicaba los ladrillos del edificio, formaba charcos en las rocas cuarteadas del suelo del callejón y salpicaba los lados del basurero. Y junto al basurero, como si alguien los hubiera vaciado de una cubeta, había restos de una masa roja. Una túnica desgarrada estaba al lado del montón de carne.
El zumbido se convirtió en un rugido. Su cuerpo se disoció aún más.
Danika aullando de risa, Connor guiñándole el ojo, Bronson y Zach y Zelda y Nathalie y Thorne todos muertos de risa…
Luego nada salvo una masa roja. Todos ellos, todo lo que habían sido, todo lo que ella había sido con ellos, se convirtió en montones de masa roja.
Muertos, muertos, muertos…
Una mano la tomó del hombro. Pero no era la de Athalar. No, Hunt seguía en el mismo sitio con la cara dura como piedra.
Se encogió un poco cuando Ruhn le dijo al oído:
—No tienes que ver esto.
Esto era otro asesinato. Otro cuerpo. Otro año.
Una medibruja estaba arrodillada junto al cuerpo y su varita vibraba con luzprístina en sus manos, intentando volver a reconstruir el cuerpo, a la niña.
Ruhn tiró de ella para alejarla, hacia la barrera y hacia el aire fresco detrás…
El movimiento la liberó. Hizo que el zumbido en sus oídos se detuviera.
Liberó su cuerpo de la mano de Ruhn y no le importó quién la viera, no le importó que él, como líder de las unidades del Aux de las hadas, tuviera el derecho a estar ahí.
—No me toques, carajo.
Ruhn apretó la boca. Pero miró por encima de su hombro a Hunt.
—Eres un pendejo.
A Hunt le brillaron los ojos.
—Le advertí cuando veníamos para acá lo qué vería —dijo. Agregó con algo de remordimiento—: No pensé que fuera así de malo.
Él le había advertido, ¿no? Ella estaba tan perdida que casi no había escuchado lo que decía Hunt cuando venían en camino. Tan aturdida como si hubiera inhalado un montón de buscaluz. Hunt agregó:
—Es una adulta. No tiene que esperar a que tú decidas qué es lo que puede manejar —movió la cabeza en dirección a la salida del callejón—. ¿No deberías estar investigando? Te llamaremos si te necesitamos, principito.
—Vete al carajo —le dijo Ruhn mientras las sombras se entrelazaban en su cabello. Otras personas empezaban a notar lo que pasaba.
—¿No crees que es más que una coincidencia que una acólita fuera asesinada justo después de que visitamos el templo?
Sus palabras no se registraron. Nada se registró.
Bryce se alejó del callejón, del grupo de investigadores. Ruhn intervino:
—Bryce…
—Déjame sola —dijo en voz baja y continuó caminando.
No debería haber permitido que Athalar la presionara para venir, no debería haber visto esto, no debería haber tenido que recordar.
Antes se hubiera ido directo al estudio de danza. Hubiera bailado y se hubiera movido hasta que su mundo volviera a tener sentido. Siempre había sido su refugio, su manera de darle sentido al mundo. Antes siempre iba al estudio cuando tenía un día de mierda.
Hacía dos años que no pisaba un estudio. Había tirado a la basura toda su ropa y zapatos de baile. Sus mochilas. La que estaba en el departamento estaba llena de sangre de todas maneras, de Danika, de Connor y de Thorne en toda la ropa de la recámara, y en su segunda bolsa, de Zelda y de Bronson porque estaba colgando junto a la puerta. Patrones de sangre como…
Un olor de lluvia le rozó la nariz y Hunt empezó a caminar a su lado. Y ahí estaba. Otro recuerdo de aquella noche.
—Oye —dijo Hunt.
Oye, le había dicho, hace mucho tiempo. Ella era un desastre, un fantasma, y él había estado ahí, arrodillado a su lado, esos ojos oscuros e ilegibles cuando dijo Oye.
Ella no le había dicho… que recordaba aquella noche en la sala de interrogatorio. Y no tenía nada ganas de decírselo ahora.
Si tenía que hablar con alguien, explotaría. Si tenía que hacer cualquier cosa en este momento, se sumergiría en una de esas iras primigenias de hada y…
La vista se le empezó a nublar, sus músculos se tensaron, le dolía, las puntas de sus dedos se curvaron como si se estuviera imaginando que destrozaba a alguien…
—Camina para que se te pase —murmuró Hunt.
—Déjame sola, Athalar.
No podía verlo. No podía soportarlo, ni a su hermano ni a nadie. Si el asesinato de la acólita había ocurrido debido a su presencia en el templo, ya fuera como una advertencia o porque la chica hubiera visto algo relacionado con el Cuerno, le habían provocado la muerte por accidente… Sus piernas continuaron moviéndose, más y más rápido. Hunt no le perdió el paso.
No iba a llorar. No se disolvería en un montón de lágrimas hiperventiladas en la esquina de la calle. No gritaría ni vomitaría ni…
Después de otra cuadra, Hunt dijo con aspereza:
—Yo estuve ahí esa noche.
Ella siguió caminando, sus tacones iban comiéndose el pavimento.
Hunt preguntó:
—¿Cómo sobreviviste al kristallos?
Él sin duda había estado viendo el cuerpo y se preguntaba eso. ¿Cómo le había hecho ella, una patética mestiza, para sobrevivir cuando un vanir de sangre pura no lo había logrado?
—No sobreviví —contestó entre dientes.
Cruzó la calle y le dio la vuelta a un automóvil que estaba esperando en el cruce.
—Él se fue.
—Pero el kristallos tenía atrapado a Micah, le desgarró el pecho…
Ella casi se tropezó con la acera y volteó a verlo con la boca abierta.
—¿Ése era Micah?