C81

El tiempo se deformó y se prolongó.

Hunt tuvo la clara sensación de caer de espaldas, aunque estaba apoyado contra una pared y no había movido un solo músculo.

Pero el café en la taza de la mesa más cercana se inclinó, el líquido empezó a mecerse, mecerse, mecerse de un lado al otro…

La muerte de un arcángel, de un poder mundial, podía retumbar por el tiempo y el espacio. Un segundo podía durar una hora. Un día. Un año.

Así que Hunt lo vio todo. Vio los movimientos lentos, interminables, de todos en la habitación, la sorpresa que recorrió la sala, la rabia de Sandriel, el rostro pálido e incrédulo de Pollux, el terror de Ruhn…

La bala Matadioses todavía se clavaba en el cráneo de Micah. Seguía retorciéndose por el hueso y la masa encefálica, arrastrando el tiempo a su paso.

Luego Bryce se paró en la ventana rota de la oficina. Con una espada en las manos.

La espada de Danika, debía haberla dejado en la galería el último día de su vida. Y Bryce la había guardado en la oficina de Jesiba, donde llevaba dos años oculta. Hunt vio cada detalle de la expresión de Sabine, sus pupilas que se dilataban, el flujo de su cabello rubio al ver la reliquia perdida de su familia…

Bryce saltó desde la ventana hacia la sala de exhibición debajo. Hunt vio cada movimiento de su cuerpo, cómo se arqueaba al levantar la espada sobre su cabeza para luego dejarla caer al mismo tiempo que su cuerpo.

Y podría haber jurado que el antiguo acero había cortado el aire. Y luego a Micah.

Bryce la encajó y le abrió la cabeza en dos. Con la espada le trazó un sendero en el cuerpo. Lo partió en dos. Sólo la espada de Danika serviría para esta tarea.

Hunt saboreó esos últimos momentos de su vida, antes de que el sinte se apoderara de ella. ¿Sería la primera señal? ¿Esa locura, esa rabia pura y frenética?

Bryce. Su Bryce. Su amiga y… todo lo que tenían que era más que eso. Ella era de él y él de ella y él se lo debería haber dicho, debería habérselo dicho en el vestíbulo del Comitium, que ella era la única persona que importaba, la única que importaría jamás, y que él la volvería a encontrar, aunque le tomara mil años, la encontraría y harían todo lo que Sandriel había dicho para burlarse.

Bryce seguía saltando, seguía cortando el cuerpo de Micah. La sangre llovía hacia arriba.

En tiempo normal, habría salpicado. Pero en esta existencia deformada, la sangre del arcángel ascendía como pequeñas burbujas de rubí, bañaba la cara de Bryce, llenaba el grito de su boca.

En esta existencia deformada, él percibía cómo el sinte sanaba todas las partes laceradas y lastimadas de Bryce mientras ella iba cortando a Micah. Lo cortó a la mitad.

Aterrizó en la alfombra verde. Hunt esperaba escuchar el crujir de sus huesos. Pero su pantorrilla había sanado. El último don del sinte antes de destrozarla. Pero en sus ojos… no veía esa locura que los nublara, no veía un frenesí autodestructivo. Sólo venganza fría y brillante.

Las dos mitades del cuerpo de Micah cayeron separadas y Bryce volvió a moverse. Otro pase. A través de su torso. Y luego otro en su cabeza.

Las luces rojas de la alarma seguían repicando, pero no había manera de no ver la sangre en Bryce. La camisa blanca ahora era roja. Pero sus ojos seguían despejados. El sinte todavía no había tomado el control.

Hypaxia murmuró:

—El antídoto está funcionando. Está funcionando en ella.

Hunt se tambaleó. Le dijo a la bruja:

—Pensé que sólo le habías enviado veneno.

Hypaxia no apartó sus ojos de la pantalla.

—Averigüé cómo estabilizar el veneno sin estar presente y le… le envié el antídoto a ella. Sólo… por si acaso.

Y habían visto a Bryce bebérselo como una botella de whiskey.

El antídoto había tardado casi tres minutos en destruir todo el sinte en la clínica de Hypaxia. Ni Hunt ni la bruja apartaron la vista de Bryce suficiente tiempo para contar los minutos hasta que desapareciera el sinte de su cuerpo por completo.

Bryce caminó tranquila a la bodega. Sacó un contenedor de plástico rojo. Y echó todo un galón de gasolina sobre el cadáver desmembrado del gobernador.

—Carajo —susurró Ruhn una y otra vez—. Carajo.

El resto de la habitación no se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte. Ni siquiera Sandriel encontró palabras al ver a Bryce tomar un paquete de cerillos del cajón en el escritorio.

Encendió uno y lo lanzó sobre el cuerpo del gobernador.

Las flamas estallaron. Los encantamientos de protección contra el fuego de los objetos de arte a su alrededor destellaron.

No habría posibilidad de salvación. De sanación. No para Micah. No después de lo que le había hecho a Danika Fendyr. A la Jauría de Diablos. A Lehabah.

Bryce miró el fuego, tenía la cara todavía salpicada de la sangre del arcángel. Y, al fin, levantó la vista. A la cámara. Al mundo que observaba.

La venganza encarnada. El corazón herido de la ira. No se inclinaría ante nadie. Los relámpagos de Hunt se encendieron al ver esa cara brutal y hermosa.

El tiempo se aceleró, las flamas devoraron el cuerpo de Micah y convirtieron sus alas en cenizas. Lo escupieron como ceniza.

Las sirenas se escucharon afuera de la galería y el Auxiliar llegó al fin.

Bryce cerró la puerta cuando vio aparecer las primeras unidades de hadas y lobos.

Nadie, ni siquiera Sandriel, dijo una palabra cuando Bryce sacó la aspiradora de la bodega. Y borró el último rastro de Micah del mundo.