Hunt se quedó en las barracas del Comitium esa noche. Bryce ya había perdido la cuenta de cuántas horas habían trabajado: primero toda la noche, luego durante todo ese día despejado y al fin hasta el anochecer. En ese momento ya estaba tan agotada que él le ordenó a Naomi que la llevara a casa. Y tal vez le ordenó también que la vigilara porque, con la luz grisácea del amanecer, pudo ver que había una figura alada todavía en la azotea vecina y un vistazo a la habitación de Hunt le reveló que su cama seguía tendida.
Pero Bryce no se concentró en todo el trabajo que habían hecho el día anterior, ni el que quedaba por hacer. Reorganizar el liderazgo de la ciudad, las Travesías para los muertos, y esperar el gran aviso: qué arcángel sería asignado por los asteri para gobernar Valbara.
Las probabilidades de que fuera alguien decente eran bajas o nulas, pero Bryce tampoco se concentró en eso al salir a las calles todavía poco iluminadas. Syrinx iba tirando de su correa y ella se puso el nuevo teléfono en el bolsillo. Había desafiado al destino ayer, así que tal vez los dioses le darían algo más y convencerían a los asteri que enviaran a alguien que no fuera un psicópata.
Como mínimo, ya no habría tratos de muerte para Hunt. No tenía nada que pagar. No, ahora sería un miembro libre y verdadero de los triarii, si así lo deseaba. Todavía tenía que decidir.
Bryce saludó a Naomi y ella le respondió con un movimiento de la mano. Ayer había estado demasiado cansada para objetar a que le pusieran una guardia, porque Hunt no confiaba en que los asteri, su padre, ni ninguno de los demás interesados en el poder se mantuvieran lejos de ella. Después de que Syrinx hizo sus necesidades, intentó seguir su camino a casa, pero ella le indicó a la quimera que aún no regresarían al departamento.
—Todavía no es hora del desayuno —le dijo y se dirigió al río.
Syrinx aulló molesto, pero caminó con ella, olisqueando todo a su paso hasta que apareció la ancha banda del Istros, el andador vacío a esta hora. Tharion le había hablado ayer y prometió todo el apoyo de la Reina del Río para los recursos que necesitaran.
Bryce no se había atrevido a preguntar si ese apoyo se debía a que era la hija bastarda del Rey del Otoño, un hada Astrogénita o la portadora del Cuerno de Luna. Tal vez por todo.
Bryce se sentó en una de las bancas de madera a lo largo del muelle y vio el Sector de los Huesos oculto entre la neblina en movimiento de la ribera opuesta. Los mer se habían hecho presentes… habían ayudado a muchos a escapar. Incluso las nutrias habían tomado a los residentes más pequeños de la ciudad y los habían llevado hacia la Corte Azul. La Casa de las Muchas Aguas había demostrado su lealtad. Los metamorfos también.
Pero las hadas… CiRo tenía el menor daño de toda la ciudad. Las hadas tenían el menor número de víctimas. No era de sorprenderse ya que sus escudos fueron los primeros en encenderse. Y no habían abierto para permitir la entrada a nadie.
Bryce bloqueó ese pensamiento. Syrinx saltó a la banca a su lado; las uñas de la bestia hicieron ruido contra la madera y luego la quimera se sentó junto a ella. Bryce sacó su teléfono de su bolsillo y le escribió a Juniper, Dile a Madame Kyrah que estaré en su siguiente clase de baile.
June le respondió casi de inmediato.
¿La ciudad acaba de sufrir un ataque y estás pensando en eso? Pero unos segundos después, añadió:
Lo haré.
Bryce sonrió. Durante varios minutos, ella y Syrinx permanecieron en silencio viendo cómo la luz se transformaba del gris a un azul claro. Y luego un hilo dorado de luz apareció a lo largo de la superficie tranquila del Istros.
Bryce desbloqueó su teléfono. Y leyó ese mensaje final de Danika, esas palabras felices, por última vez.
La luz empezó a extenderse sobre el río, lo convirtió en oro.
Bryce sintió que le picaban los ojos y sonrió suavemente. Luego leyó las últimas palabras que Connor le había escrito.
Mándame un mensaje cuando hayas llegado a tu casa.
Bryce empezó a escribir. La respuesta le había tomado casi dos años exactos.
Estoy en casa.
Envió el mensaje al éter y deseó que encontrara su camino a través del río dorado y hacia la isla cubierta de niebla más allá.
Y luego borró los mensajes. También borró los mensajes de Danika. Con cada movimiento de su dedo, sintió que su corazón se hacía más ligero, que ascendía con el sol.
Cuando los terminó de borrar, cuando los liberó, se puso de pie y Syrinx saltó al pavimento a su lado. Ella empezó a dirigirse a casa cuando un destello al otro lado del río capturó su atención.
Por un instante, sólo uno, el alba despejó la niebla alrededor del Sector de los Huesos. Reveló una orilla con pastos. Unas colinas serenas más allá. No una tierra de roca y oscuridad, sino de luz y verdor. Y en esa hermosa costa, sonriéndole…
Un regalo del Rey del Inframundo por haber salvado la ciudad.
Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas cuando vio las figuras casi invisibles. Seis, porque la séptima ya nunca volvería al haber entregado su eternidad. Pero la figura más alta, parada en el centro, con la mano extendida para saludar…
Bryce se llevó la mano a la boca y les envió un beso.
Tan rápido como se había abierto, la niebla se volvió a cerrar. Pero Bryce continuó sonriendo todo el camino hasta llegar a su departamento. Su teléfono vibró y apareció el mensaje de Hunt, Estoy en casa, ¿dónde estás?
A ella le costó trabajo contestar porque Syrinx tiraba de la correa.
Salí a pasear a Syrinx. Llegaré en un minuto.
Bien. Estoy haciendo el desayuno.
La sonrisa de Bryce casi le partió la cara en dos y aceleró el paso. Syrinx casi se echó a correr. Como si él, también, supiera lo que los esperaba. Quién los esperaba.
Había un ángel en su departamento. Lo cual significaba que debía ser cualquier día de la semana. Lo cual significaba que ella tenía dicha en su corazón y fijó la vista en el camino que se abría frente a ella.