C05

El hecho de que tendría una cita con Connor en unos días no significaba que debía comportarse.

Así que, dentro del santuario del Cuervo Blanco, Bryce saboreó todos y cada uno de los deleites que éste ofrecía.

Fury conocía al dueño, Riso, ya sea por el trabajo o por lo que fuera que hiciera en su vida personal. Por lo tanto, nunca tenían que esperar en fila. El exótico metamorfo de mariposa siempre tenía un gabinete abierto para ellas.

Ninguno de los meseros sonrientes y vestidos de muchos colores que les trajeron sus bebidas parpadeó al ver las líneas de polvo blanco brillante que Fury acomodó con un movimiento de la mano; tampoco se inmutaron con las nubes de humo que brotaban en ondas de los labios de Bryce cuando inclinaba la cabeza hacia atrás y reía viendo la bóveda de espejos del techo.

Juniper tenía una clase en la academia de baile al amanecer, así que se abstuvo del polvo, el humo y el alcohol. Pero eso no evitó que se ausentara unos veinte minutos con un hada de pectorales musculosos que vio la piel color café oscuro, el rostro exquisito, el cabello largo y negro y las piernas largas que terminaban en pezuñas delicadas y casi le rogó a la fauna de rodillas que lo tocara.

Bryce se limitó a sentir el pulso de la música y la euforia brillar por su sangre más rápido que un ángel proveniente del cielo, al sudor que se deslizaba por su cuerpo mientras se contorsionaba en la antigua pista de baile. Apenas iba a poder caminar mañana, tendría sólo medio cerebro funcional pero, carajo… más, más, más.

Riendo, llegó a la mesa baja de su gabinete privado situado entre dos pilares derruidos; riendo, se arqueó hacia atrás mientras una de sus uñas rojas soltaba su contenido polvoso en una fosa nasal y se dejó caer en la banca de cuero oscuro; riendo, bebió agua y vino de saúco y dando traspiés regresó a la multitud que bailaba.

La vida era buena. La vida era jodidamente buena; no podía esperar un puto minuto para hacer el Descenso con Danika y hacer esto hasta que la tierra se redujera a polvo.

Encontró a Juniper bailando entre una manada de sílfides que celebraban el Descenso exitoso de una amiga. Sus cabezas plateadas estaban adornadas con diademas hechas de varitas fluorescentes de colores neón llenas de la luzprístina designada para su amiga, la cual había generado cuando completó con éxito el Descenso. Juniper había logrado robarse un halo luminoso y, mientras bailaba con Bryce y entrelazaban sus dedos, su cabello brillaba con luz azul.

La sangre de Bryce latía al ritmo de la música, como si ella estuviera hecha sólo para esto: el momento cuando se convertía en notas y ritmos y bajos, cuando se convertía en una canción encarnada. Los ojos brillantes de Juniper le informaron a Bryce que ella entendía, que ella siempre había entendido la libertad y dicha y liberación particulares que surgían del baile. Como si sus cuerpos estuvieran tan llenos de sonido que apenas pudieran contenerlo, que apenas pudieran soportarlo, y que sólo el baile podía expresarlo, saciarlo, honrarlo.

Machos y hembras se reunieron a observarlas, sus miradas lujuriosas cubrían la piel de Bryce como sudor. Cada uno de los movimientos de Juniper se sincronizaba con los de ella sin siquiera un asomo de titubeo, como si ellas fueran pregunta y respuesta, sol y luna.

La silenciosa y bonita Juniper Andrómeda: la exhibicionista. Incluso mientras bailaba en el corazón sagrado y antiguo del Cuervo, era dulce y tranquila, pero brillaba.

O tal vez era todo el buscaluz que Bryce había ingerido vía nasal.

El cabello se le pegaba al cuello sudoroso, tenía los pies completamente entumidos debido al ángulo pronunciado de sus tacones, la garganta destrozada por gritar las canciones que sonaban en el club.

Logró enviar unos cuantos mensajes a Danika junto con un video, porque apenas podía leer lo que le estaban enviando de todas maneras.

Mañana le iría del carajo si se presentaba al trabajo sin poder leer.

El tiempo se hizo más lento y sangró. Aquí, bailando entre los pilares y sobre las rocas desgastadas del templo renacido, el tiempo no existía para nada.

Tal vez se quedaría a vivir aquí.

Renunciaría a su trabajo en la galería y viviría en el club. Podrían contratarla para bailar en una de las jaulas de metal que colgaban del techo de cristal, bastante elevadas sobre las ruinas del templo que formaban la pista de baile. Seguro no podrían decir su mierda sobre el tipo de cuerpo equivocado. No, le pagarían por hacer lo que amaba, lo que la hacía sentirse viva más que cualquier otra cosa.

Sonaba como un plan razonable, pensó Bryce más tarde al ir caminando con torpeza por su propia calle, aunque no recordaba haber salido del Cuervo, ni haberse despedido de sus amigas, ni cómo había llegado hasta aquí. ¿Taxi? Había gastado todos sus marcos en las drogas. A menos que alguien hubiera pagado…

Daba igual. Pensaría en eso mañana… en caso de que pudiera dormir. Quería mantenerse despierta, bailar para pinche siempre. Sólo que… cómo le dolían los putos pies. Y los tenía casi negros y pegajosos

Bryce se detuvo frente a la puerta de su edificio y gimió al desabrocharse los zapatos y tomarlos en la mano. Una contraseña. Su edificio requería una contraseña para entrar.

Bryce se quedó viendo el teclado como si fuera a abrir los ojos y decirle la clave. Algunos edificios sí lo hacían.

Mierda. Miiierda. Sacó el teléfono y la pantalla brillante parecía quemarle los ojos. Intentó entrecerrarlos y alcanzó a distinguir varias docenas de alertas de mensaje. No distinguía bien unos de otros y sus ojos intentaban sin éxito enfocar lo suficiente para poder leer una sola letra que tuviera sentido. Aunque lograra de alguna manera llamar a Danika, su amiga le iba a arrancar la cabeza.

El chirrido del timbre del edificio encabronaría a Danika aún más. Bryce dudó temerosa, saltando de un pie al otro.

¿Cuál era la contraseña? La contraseña, la contraseña, la contraseñaaaaa…

Ah, ahí estaba. Escondida en un bolsillo trasero de su mente.

Ingresó alegremente los números y escuchó el zumbido cuando se abrió el cerrojo con un sonido débil y metálico.

Frunció el ceño al sentir el olor desagradable del cubo de las escaleras. Ese maldito conserje. Ya se arreglaría con el idiota. Lo empalaría con estos tacones inútiles y baratos que le habían destrozado los pies…

Bryce puso uno de sus pies descalzos en las escaleras con una mueca de dolor. Esto iba a ser doloroso. Como caminar en vidrio.

Dejó que los tacones cayeran en el piso de loseta, murmuró una ferviente promesa de regresar por ellos mañana y con ambas manos se asió del barandal metálico pintado de negro. Tal vez podría montarse en el barandal y arrastrarse hacia arriba.

Dioses, qué peste. ¿Qué comía la gente en este edificio? O, para el caso, ¿a quién se comían? Con suerte, no se comían a las medias hadas borrachas y drogadísimas que no lograban subir las escaleras.

Si Fury había adulterado el buscaluz, carajo, Bryce la mataría.

Resopló por la gracia que le hizo pensar en siquiera intentar matar a la famosa Fury Axtar y continuó arrastrándose hacia arriba, escalón por escalón.

Pensó en dormir en el descanso del segundo nivel, pero la peste era abrumadora.

Tal vez tendría suerte y Connor todavía estaría en el departamento. Y entonces vaya que tendría suerte.

Dioses, quería buen sexo. Sexo sin limitaciones, sexo de gritar a todo pulmón. Sexo de romper la cama. Sabía que Connor sería así. Más que eso. Iría mucho más allá de lo físico con él. Honestamente podría terminar de fundir lo que le quedaba de cerebro esa noche.

Por eso había sido una cobarde, por eso estaba evitando pensar en ello desde el momento en que se asomó por su puerta hacía cinco años, cuando vino nada más a saludar a Danika y a conocer a su nueva compañera de departamento y sólo… se miraron fijamente.

Tener a Connor viviendo a cuatro puertas de distancia durante el primer año había sido el peor tipo de tentación. Pero Danika le había dado la orden de mantenerse lejos hasta que Bryce se le acercara a él y, a pesar de que todavía no habían formado la Jauría de Diablos, Connor obedeció. Por lo visto Danika había retirado la orden esta noche.

La hermosa y malvada Danika. Bryce sonrió mientras continuaba medio arrastrándose hacia el descanso del tercer piso, se logró equilibrar y sacó las llaves de su bolso, que había logrado conservar por una especie de milagro. Dio unos cuantos pasos tambaleantes por el pasillo que compartían con otro departamento.

Danika iba a estar tan encabronada. Tan enojada de que Bryce no sólo se hubiera divertido sin ella, sino también de que se hubiera puesto en tal estado que no podía recordar cómo leer. Ni la contraseña de acceso al edificio.

La luz prístina parpadeante le ardía tanto en los ojos que hizo que los entrecerrara de nuevo casi por completo. Caminó por el pasillo. Debería darse una ducha, si lograba recordar cómo funcionaban las perillas. Lavarse los pies entumidos y asquerosos.

En especial después de que pisara un charco frío debajo de una tubería que goteaba en el techo. Se estremeció, apoyó una mano en la pared y continuó avanzando.

Mierda. Demasiadas drogas. Ni siquiera su sangre hada podía limpiarlas con la rapidez necesaria.

Pero ya había llegado a su puerta. Llaves. Sí… ya las tenía en la mano.

Eran seis. ¿Cuál era la suya? Una abría la galería, una abría los diversos tanques y jaulas en los archivos, una abría la jaula de Syrinx, una era para la cadena de su motoneta, una era la de su motoneta… y una era para la puerta. Esta puerta.

Las llaves de latón tintinearon y se mecieron, reflejando las lucesprístinas y luego se mezclaron con el metal pintado del pasillo. Se le resbalaron de los dedos flojos y cayeron haciendo ruido en la loseta.

Mieeeerda —la palabra fue una larga exhalación.

Apoyó una mano en el marco de la puerta para evitar caer de sentón y se agachó para recoger las llaves.

Algo frío y mojado tocó las puntas de sus dedos.

Bryce cerró los ojos y se concentró en que el mundo dejara de girar. Cuando los abrió, enfocó la vista en la loseta frente a la puerta.

Rojo. Y el olor… no era la peste de antes.

Era sangre.

Y la puerta del departamento estaba abierta.

El cerrojo estaba destrozado y la perilla desprendida.

Hierro, la puerta era de hierro y estaba encantada con los mejores hechizos disponibles para mantener fuera a invitados no deseados, atacantes y magia. Esos hechizos fueron lo único que Bryce había permitido que Danika comprara por ella. No quiso saber cuánto habían costado porque sabía que tal vez era el doble del salario anual de sus padres.

La puerta ahora parecía un trozo de papel arrugado.

Parpadeó rapidamente y se incorporó. Malditas drogas en su sistema, maldita Fury. Le había prometido que no habría alucinaciones.

Bryce nunca volvería a contaminar su cuerpo con esas drogas, jamás. Le diría a Danika en cuanto amaneciera. Nunca más. Nunca. Más.

Se frotó los ojos y el rímel se le corrió en las puntas de los dedos. Los dedos llenos de sangre…

La sangre seguía ahí. La puerta destrozada también.

—¿Danika? —dijo con voz ronca. Si el atacante seguía ahí dentro…—. ¿Danika?

La mano sangrienta, la suya, empujó la puerta doblada para abrirla más.

La oscuridad le dio la bienvenida.

El olor a cobre de la sangre y ese olor a putrefacción la golpearon.

Todo su cuerpo se contrajo, cada uno de sus músculos se puso en alerta y todos sus instintos le gritaban que corriera, corriera, corriera.

Pero sus ojos de hada se acostumbraron a la oscuridad y revelaron el departamento.

Lo que quedaba de él.

Lo que quedaba de ellos.

Ayuda, tenía que conseguir ayuda, pero…

Entró al departamento destrozado.

—¿Danika? —la palabra era un sonido crudo y resquebrajado.

Los lobos habían peleado. No quedaba un solo pedazo de mobiliario intacto, que no estuviera rasgado o roto.

Tampoco había un cuerpo intacto. Lo único que quedaba eran pedazos amontonados.

—DanikaDanikaDanika…

Tenía que llamar a alguien, tenía que gritar para pedir ayuda, tenía que llamar a Fury, o a su hermano, a su padre, necesitaba a Sabine…

La puerta de la recámara de Bryce estaba destrozada y el umbral pintado de sangre. Los carteles de ballet colgaban hechos jirones. Y sobre la cama…

Sabía en sus huesos que no era una alucinación, lo que yacía en su cama, sabía en sus huesos que lo que se desangraba en su pecho era su corazón.

Danika estaba ahí. Hecha pedazos.

Y al pie de la cama, por toda la alfombra desgarrada y en pedazos más pequeños, como si hubiera muerto defendiendo a Danika… supo que eso era Connor.

Supo que el montón justo a la derecha de la cama, el más cercano a Danika… eso era Thorne.

Bryce se quedó mirando. Mirando.

Tal vez el tiempo se detuvo. Tal vez estaba muerta. No podía sentir su cuerpo.

Se escuchó el eco de un golpe metálico proveniente del exterior. No del departamento, del pasillo.

Se movió. El departamento se deformaba, se encogía y se expandía como si estuviera respirando. El piso subía con cada inhalación, pero Bryce logró moverse.

La pequeña mesa de la cocina estaba hecha pedazos. Tomó una de las patas de madera y la envolvió con sus dedos temblorosos y cubiertos de sangre. La levantó por encima de su hombro y se asomó hacia el pasillo.

Tardó un par de parpadeos en despejar su vista. Esas malditas drogas…

La puerta oxidada del ducto de la basura estaba abierta y cubierta de sangre que olía a lobo y unas huellas que no eran humanas manchaban el piso de loseta en dirección a las escaleras.

Era real. Parpadeó una y otra vez, meciéndose en la puerta…

Real. Eso significaba…

Como si fuera una espectadora, se vio a sí misma lanzarse hacia el pasillo.

Se vio azotando contra la pared frente a ella, rebotando y después poniéndose de pie para bajar corriendo por las escaleras.

Quien fuese el responsable de la matanza debió haberla oído llegar y se escondió en el ducto de la basura, esperando para atacarla o escaparse desapercibido…

Bryce corrió por las escaleras y una niebla blanca y brillante le cubrió la vista. Arrasó con toda inhibición e hizo caso omiso de todas las alertas.

La puerta de vidrio al final de las escaleras ya estaba rota. La gente gritaba afuera.

Bryce saltó desde el último descanso.

Sintió cómo le tronaron las rodillas y cómo se doblaron cuando cayó. Los pies descalzos se le iban destrozando con el vidrio del piso del vestíbulo de entrada. Luego se lastimó más al salir por la puerta y hacia la calle, buscando…

A su derecha, la gente ahogaba gritos. Otros daban alaridos. Los automóviles estaban detenidos; los conductores y pasajeros veían en dirección a un callejón angosto entre el edificio y la construcción vecina.

Sus rostros se deformaron y estiraron, retorciendo su horror para convertirlo en algo grotesco, algo extraño y primigenio y…

Esto no era una alucinación.

Bryce corrió al otro lado de la calle, siguiendo los gritos, la peste

Su aliento le desgarraba los pulmones, pero continuó a toda velocidad por el callejón, esquivando montones de basura. No sabía qué estaba persiguiendo, pero no le llevaba mucha ventaja.

¿Dónde estaba, dónde estaba?

Todos sus pensamientos lógicos eran como un listón que flotaba sobre su cabeza. Los leyó, como si estuviera siguiendo la información en el tablero de noticias de la casa de bolsa que estaba al costado de un edificio en el DCN.

Un vistazo, aunque no pudiera matarlo. Sólo un vistazo para poder identificarlo, por Danika…

Bryce salió del callejón y llegó a la transitada avenida Central. La calle estaba llena de gente que huía y de automóviles que hacían sonar sus bocinas. Saltó por encima de los cofres de los autos, los escaló uno tras otro, cada movimiento tan ágil como uno de sus pasos de baile. Salto, giro, arco… su cuerpo no le falló. No mientras seguía la peste putrefacta de la criatura hacia otro callejón. Y otro y otro.

Estaban ya casi llegando al Istros. Un gruñido y un rugido rasgaron el aire delante de ella. Provenían de otro callejón conectado que era más como un nicho sin salida entre dos edificios de ladrillo.

Levantó la pata de la mesa, deseando haber llevado la espada de Danika. Se preguntó si Danika siquiera habría tenido tiempo de desenfundarla…

No. La espada estaba en la galería, donde Danika no hizo caso a la advertencia de Jesiba y la dejó en el armario. Bryce dio la vuelta en la esquina del callejón.

Había sangre en todas partes. En todas partes.

Y la cosa a medio callejón… no era vanir. No uno que ella hubiera visto antes.

¿Un demonio? Una especie de fiera con piel lisa y gris, casi translúcida. Caminaba sobre cuatro extremidades largas y delgadas, pero parecía vagamente humanoide. Y estaba comiéndose a alguien más.

A… a un malakh.

La sangre cubría la cara del ángel, empapaba su cabello y ocultaba las facciones hinchadas y golpeadas que quedaban abajo. Sus alas blancas estaban abiertas y rotas, su cuerpo poderoso arqueado en agonía mientras la bestia le desgarraba el pecho con sus fauces llenas de colmillos transparentes y cristalinos que se clavaban con facilidad en la piel y el hueso…

Bryce no pensó, no sintió.

Se movió, veloz como le había enseñado Randall, brutal como él le había hecho aprender.

Golpeó la cabeza de la criatura con la pata de la mesa con tanta fuerza que se oyó el crujido del hueso y la madera.

El golpe lo separó del ángel y la criatura giró hacia ella, sus patas traseras se retorcieron a sus espaldas mientras que sus patas delanteras —brazos— raspaban líneas en el empedrado del callejón.

La criatura no tenía ojos. Nada más planos lisos de hueso sobre dos hendiduras profundas: su nariz.

Y la sangre que le brotaba de la frente… era transparente, no roja.

Bryce jadeó y el malakh gimió una especie de súplica sin palabras mientras la criatura la olfateaba.

Ella parpadeó y parpadeó, concentrándose para que el buscaluz y el risarizoma se salieran de su sistema, intentando hacer que la imagen frente a ella dejara de estar borrosa…

La criatura se lanzó al ataque. No hacia ella, sino hacia el ángel. De regreso al pecho y el corazón que estaba intentando alcanzar. La presa más grande.

Bryce avanzó rápido y volvió a blandir la pata de la mesa. Sintió en la palma de la mano el dolor de las vibraciones de la pata al chocar contra el hueso. La criatura rugió y se abalanzó sobre ella a ciegas.

Ella lo esquivó, pero sus colmillos afilados y transparentes le rasgaron el muslo cuando giraba para alejarse.

Gritó, perdió el equilibrio y blandió la pata hacia arriba cuando la criatura volvía a saltar, esta vez hacia su garganta.

La madera destrozó los dientes transparentes. El demonio aulló, tan fuerte que sus oídos de hada casi se reventaron y ella se atrevió a parpadear un instante…

Se escuchó el sonido de garras sobre roca y luego nada.

Daba la vuelta por la esquina del edificio de ladrillos donde estaba recargado el malakh. Podía seguirlo por las calles, podía mantenerlo a la vista suficiente tiempo para que llegara el Aux o la 33ª…

Bryce se atrevió a dar un paso pero escuchó el gemido del ángel otra vez. Tenía la mano contra el pecho y presionaba con debilidad. No con suficiente fuerza para evitar que brotara la sangre de la mordedura mortal. A pesar de su poder de sanación rápido, aunque ya hubiera hecho el Descenso, las heridas eran lo suficientemente grandes para ser fatales.

Alguien gritó en una calle cercana cuando la criatura saltó entre edificios.

Ve, ve, ve.

La cara del ángel estaba tan golpeada que apenas era más que un trozo de carne hinchada.

La pata de la mesa cayó en un charco de sangre del ángel cuando Bryce se lanzó hacia él, intentando controlar su propio grito por la herida lacerante que tenía en el muslo. Alguien le había vertido ácido en la piel, en los huesos.

Una oscuridad insoportable, impenetrable, la recorrió y cubrió todo su interior.

Pero presionó la mano contra la herida del ángel intentando no sentir la carne mojada y desgarrada, los picos que formaba el esternón destrozado. La criatura estaba intentando comerse su corazón…

—Teléfono —jadeó—. ¿Tienes un teléfono?

El ala blanca del ángel estaba tan desgarrada que era básicamente un cúmulo de astillas rojas. Pero se movió un poco para dejar a la vista el bolsillo de sus jeans negros. El bulto cuadrado dentro.

No supo ni cómo logró sacar el teléfono con una mano. El tiempo seguía atorándose, se aceleraba y se detenía. El dolor le perforaba la pierna con cada respiración.

Pero tomó el aparato negro y brillante en las manos golpeadas y empezó a marcar el número de emergencias con tal fuerza que casi se rompió las uñas rojas.

Una voz masculina respondió al primer timbre.

—Rescate de Ciudad Medialuna…

—Ayuda —dijo con voz entrecortada—. Ayuda.

Una pausa.

—Señorita, necesito que me especifique dónde está, cuál es la situación.

—En la Vieja Plaza. Río, cerca del río, cerca de la calle Cygnet… —pero eso era donde ella vivía. Estaba a varias cuadras de distancia. No sabía en qué calles estaba—. Por favor, por favor, ayuda.

La sangre del ángel le empapó el regazo. A ella le sangraban las rodillas raspadas.

Y Danika estaba.

Y Danika estaba.

Y Danika estaba.

—Señorita, necesito que me diga dónde está, podemos enviar lobos a la escena en un minuto.

Entonces ella sollozó y los dedos sin fuerza del ángel le rozaron la rodilla lastimada. Como si quisiera consolarla.

—Teléfono —logró decir e interrumpió al hombre al teléfono—. Su teléfono, rastréenlo, rastréenos. Encuéntrenos.

—Señorita, usted…

Rastreen este teléfono.

—Señorita, necesito un momento para…

Ella abrió la pantalla principal del teléfono y presionó varias veces en su desesperación hasta que ella misma encontró el número.

—112 03 0577.

—Señorita, los registros…

¡112 03 0577! —gritó al teléfono. Una y otra vez—. ¡112 03 0577! ¡112 03 0577!

Era todo lo que podía recordar. Ese estúpido número.

—Señorita… santos dioses —la línea se entrecortó—. Ya van para allá —logró decir en una exhalación el hombre.

Intentó preguntarle sobre las heridas del ángel, pero ella dejó caer el teléfono porque las drogas volvieron a tirar de ella, la jalaban y se tambaleó. El callejón se deformó y onduló.

La mirada del ángel se cruzó con la de ella, estaba tan llena de agonía que Bryce pensó que así debía verse su propia alma.

La sangre seguía brotando ente sus dedos. No se detuvo.