C87

—No —decía Ruhn una y otra vez—. No, no

Pero Hunt no escuchaba nada. No sentía nada. Todo se había derrumbado en su interior en el momento que ella colgó.

Bryce saltó la cerca que rodeaba la Puerta y se detuvo frente a su enorme arco. Ante el terrible vacío negro que estaba del otro lado.

Un ligero resplandor blanco empezó a brillar a su alrededor.

—¿Qué es eso? —murmuró Fury.

Parpadéo, empezó a brillar con más fuerza en la noche.

Suficiente para iluminar sus manos delgadas que sostenían una luz brillante y pulsante frente a su pecho.

La luz venía de su pecho, había salido de él. Como si hubiera vivido en su interior desde siempre. Bryce tenía los ojos cerrados, la expresión serena.

El cabello le flotó sobre la cabeza. A su alrededor también flotaron trozos de escombro. Como si la gravedad hubiera dejado de existir.

La luz que sostenía era tan intensa que hacía que el resto del mundo se viera en tonalidades grises y negras. Poco a poco, abrió los ojos y el ámbar brilló en ellos como los primeros rayos puros del amanecer. Una sonrisa suave y secreta se posó en sus labios.

Sus ojos se elevaron hacia la Puerta frente a ella. La luz en sus manos resplandeció con más fuerza.

Ruhn cayó de rodillas.

—Soy Bryce Quinlan —le dijo a la Puerta, al vacío, a todo el Averno detrás. Su voz era serena, sabia y risueña—. Heredera de las hadas Astrogénitas.

El suelo desapareció bajo los pies de Hunt cuando la luz de las manos de Bryce, la estrella que había sacado de su corazón destrozado, brilló tan fuerte como el sol.


Danika estaba arrodillada en el asfalto, con las manos entrelazadas detrás de su cabello ensangrentado. Las dos heridas de bala en su pierna habían dejado de sangrar, pero Bryce sabía que las balas seguían alojadas en el muslo. El dolor de hincarse debió ser insoportable.

Puta perrale escupió el metamorfo de áspid y abrió el tambor de su pistola con precisión brutal. Las balas ya venían en camino, en cuanto su socio las encontrara, cargaría esa pistola.

La agonía en el brazo de Bryce era secundaria. Todo era secundario a esa pistola.

La motocicleta ardía a diez metros de distancia. El rifle había caído muy lejos entre los matorrales áridos. Por la carretera se veía un tráiler con el motor encendido y la caja de cargamento llena de animales aterrados en camino a dioses sepan dónde.

Habían fracasado. Su intento intrépido de rescate había fracasado.

Los ojos de caramelo de Danika se encontraron con los del metamorfo. El líder de este círculo horrible de traficantes. El responsable de este momento, del instante en que había ocurrido la balacera a ciento sesenta kilómetros por hora y la situación se había tornado en su contra. Danika iba conduciendo la motocicleta con un brazo y sostenía la pierna de Bryce con el otro para ayudarle a mantenerse estable mientras disparaba el rifle. Bryce había eliminado dos sedanes de los áspides llenos de hombres odiosos que querían lastimar y vender esos animales. Iban acercándose al tráiler cuando el hombre frente a ellas había logrado disparar a las llantas de la motocicleta.

La motocicleta se volteó y Danika reaccionó con la velocidad de un lobo. Envolvió su cuerpo alrededor de Bryce. Y recibió lo más fuerte del golpe.

Su piel lacerada, la pelvis fracturada, todo gracias a eso.

Brycemurmuró Danika mientras las lágrimas le escurrían por la cara ahora que la realidad de su error empezaba a quedarle clara—. Bryce, te amo. Y lo siento.

Bryce negó con la cabeza.

Yo no lo siento.

Era la verdad.

Y luego llegó el socio del metamorfo de áspid con las balas en la mano. El sonido cuando cargó la pistola hizo eco en los huesos de Bryce.

Danika lloró.

Te amo, Bryce.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellas. Le abrieron un agujero al corazón de Bryce.

Te amorepitió Danika.

Danika nunca le había dicho esas palabras a ella. Ni una sola vez en los cuatro años de la universidad. Ni una sola vez a nadie. Bryce lo sabía. Ni siquiera a Sabine.

En especial no a Sabine.

Bryce vio las lágrimas rodar por la cara feroz y orgullosa de Danika. En el corazón de Bryce se abrió un candado. Su alma.

Cierra los ojos, Danikadijo con suavidad. Danika sólo la miró.

Sólo por esto. Sólo por Danika haría esto, arriesgaría esto.

La grava alrededor de Bryce empezó a vibrar. Empezó a ascender por el aire. Los ojos de Danika se abrieron como platos. El cabello de Bryce empezó a flotar como si estuviera bajo el agua. En el espacio exterior.

El metamorfo de áspid terminó de cargar la pistola y apuntó a la cara de Danika. Su colega se rio detrás de él.

Bryce siguió viendo a Danika a los ojos. No apartó la mirada y dijo de nuevo:

Danika, cierra los ojos.

Temblando, Danika obedeció. Cerró los ojos.

El metamorfo de áspid le quitó el seguro a la pistola y ni siquiera volteó a ver a Bryce y el escombro que flotaba hacia el cielo.

Sí, mejor cierra los ojos perra…

Bryce explotó. Una luz blanca y cegadora brotó de ella, liberada de ese sitio secreto en su corazón.

Justo en los ojos del metamorfo. Él gritó y se arañó la cara. Bryce, resplandeciendo tan fuerte como el sol, se movió.

Olvidó su dolor y, en un instante, ya tenía el brazo del hombre entre sus manos. Lo retorció para que soltara la pistola que cayó en su mano. Otro movimiento y él estaba tirado en el asfalto.

Y le disparó esa bala que era para el corazón de Danika.

Su socio gritaba, estaba de rodillas y se arañaba los ojos. Bryce volvió a disparar.

Él dejó de gritar.

Pero Bryce no dejó de arder. No dejó de arder y corrió hacia la cabina del tráiler para alcanzar al último áspid que intentaba escapar. Danika temblaba en el piso, con las manos sobre la cabeza, los ojos cerrados contra el brillo.

El metamorfo de áspid se dio por vencido con el motor, abandonó la cabina y salió corriendo por la carretera. Bryce apuntó, justo como Randall le había enseñado, y esperó a que el tiro le llegara a ella.

Otro chasquido de la pistola. El hombre cayó.

Bryce resplandeció un momento más y el mundo quedó empapado de una luz cegadora.

Despacio, con cuidado, ella guardó la luz en su interior. La ahogó, el secreto que ella y sus padres habían guardado por tanto tiempo. Que no le habían dicho a su padre biológico, ni a los asteri, ni a Midgard.

Ni a Ruhn.

La luz pura de una estrella… de otro mundo. De un tiempo muy, muy antiguo. El don de las antiguas hadas, renacido. Luz, pero nada más que eso. No era como el don de los asteri, que poseían el poder bruto de las estrellas. Sólo luz.

Eso no significaba nada para ella. Pero los dones del Astrogénito, el título, siempre habían significado algo para Ruhn. Y esa primera vez que lo conoció tenía la intención de compartir su secreto con él. Él había sido amable y estaba contento de encontrar una nueva hermana. Ella supo de inmediato que podía confiarle esta cosa secreta, oculta.

Pero luego vio la crueldad de su padre. Vio cómo ese don del Astrogénito le daba a su hermano apenas un poco de ventaja contra ese puto monstruo. Vio el orgullo que su hermano negaba pero que sin duda sentía al ser el Astrogénito, bendecido y elegido por Urd.

No pudo decirle la verdad a Ruhn. Incluso cuando se distanciaron, lo ocultó. Nunca se lo diría a nadie… a nadie. Excepto a Danika.

Los cielos azules y los olivos volvieron a aparecer, el color regresó al mundo cuando Bryce ocultó la última parte de la luz de estrella dentro de su pecho. Danika seguía temblando en el asfalto.

Danikadijo Bryce.

Danika bajó las manos de su cara. Abrió los ojos. Bryce esperó a que apareciera el terror que su madre le había advertido que surgiría si alguien se enterara de su secreto. La luz extraña y terrible que venía de otro mundo.

Pero en la cara de Danika sólo había asombro.

Asombro… y amor.


Bryce se paró frente a la Puerta, con la estrella que había mantenido oculta en su corazón y dejó que la luz se acumulara. La dejó salir de su pecho, sin ataduras y pura.

A pesar del vacío tan cercano, a pesar de estar frente al Averno, una extraña sensación de tranquilidad se abrió paso por su cuerpo. Durante tanto tiempo había mantenido esta luz en secreto, había vivido aterrada de que alguien lo averiguara que, a pesar de todo, sintió alivio.

Hubo tantas veces en las últimas semanas que había estado segura de que Ruhn al fin lo descubriría. Le parecía que su absoluto desinterés por aprender sobre el primer Astrogénito, el príncipe Pelias y la reina Theia, era ya casi sospechoso. Y cuando él puso la Espadastral sobre la mesa de la biblioteca de la galería y había empezado a vibrar y a brillar, ella tuvo que retroceder para controlar su instinto de tocarla, de responder a su canción silenciosa y hermosa.

Su espada… era su espada. Y de Ruhn. Y con esa luz en sus venas, con la estrella que dormía dentro de su corazón, la Espadastral la había reconocido no como realeza o un hada merecedora, sino como familia. Familia de quienes la habían forjado hacía tantos años.

La sangre llamaba. Incluso el veneno del kristallos en su pierna no había podido apagar la esencia de quien era. Había bloqueado su acceso a la luz, pero no lo que tenía grabado en la sangre. El momento en que expulsó el veneno, cuando los labios de Hunt tocaron los suyos esa primera vez, sintió que había despertado de nuevo. Que se había liberado.

Y ahora ahí estaba, la luzastral se acumulaba en sus manos.

Era un don inútil, había decidido de niña. No podía hacer gran cosa aparte de cegar a la gente, como había hecho a los hombres de su padre cuando venían siguiéndolos a ella, su madre y Randall, como había sucedido con el Oráculo, cuando la vidente se asomó a su futuro y sólo vio luz brillante, como había hecho con esos traficantes asptúpidos.

La arrogancia inmutable de su padre y su engreimiento habían evitado que se diera cuenta después de su visita al Oráculo. El hombre era incapaz de imaginar que alguien que no fuera de sangre hada pura pudiera tener una bendición del destino.

Bendición, como si este don la convirtiera en algo especial. No era así. Era un poder antiguo y nada más. No tenía interés en el trono o el palacio que venían con él. Ninguno.

Pero Ruhn… Él podía haber afirmado lo contrario, pero la primera vez que le contó sobre su Prueba, cuando se ganó la espada de su antiguo lugar de descanso en Avallen, ella vio cómo brillaba su rostro con orgullo de haber podido sacar la espada de su funda.

Así que le permitió conservarlos, el título y la espada. Trató de abrir los ojos de Ruhn sobre la verdadera naturaleza de su padre varias veces, aunque eso hizo que su padre la odiara aún más.

Hubiera mantenido este secreto ardiente y brillante en su interior hasta el día de su muerte. Pero se dio cuenta de que tenía que hacerlo por su ciudad. Por este mundo.

Los últimos restos de luz salieron de su pecho y sostuvo toda la luz entre las palmas de sus manos.

Nunca lo había hecho antes, nunca había sacado la estrella entera. Sólo había brillado y cegado, pero nunca había invocado el centro brillante de su interior. Sintió que las rodillas le temblaban y apretó los dientes por el esfuerzo de mantener la luz en su lugar.

Al menos había hablado una última vez con Hunt. No pudo creer que él hubiera contestado. Pensaba que la llamada se iría directamente al buzón de voz donde le diría todo lo que quería. Las palabras que todavía no le había dicho en voz alta.

No se permitió pensar en eso cuando dio el paso final hacia el arco de cuarzo de la Puerta.

Era Astrogénita, y el Cuerno vivía en ella, reparado y ahora lleno de su luz.

Esto tenía que funcionar.

El cuarzo de la Puerta era el conductor. Un prisma. Podía tomar la luz y el poder y refractarlos. Ella cerró los ojos y recordó los arcoíris que habían adornado esta Puerta el último día de la vida de Danika, cuando habían visitado juntas el lugar. Cuando habían pedido sus deseos.

Esto tenía que funcionar. Un último deseo.

Ciérrate —murmuró Bryce, temblando.

Y lanzó su luzastral hacia la roca transparente de la Puerta.