C70

Fury estaba sentada en el sillón cuando Bryce regresó del bar. En el mismo sitio donde se había acostumbrado a ver a Hunt.

Bryce lanzó sus llaves sobre la mesa junto a la puerta, soltó a Syrinx sobre su amiga y dijo:

—Hola.

—Hola a ti —dijo Fury y vio a Syrinx de una manera que lo hizo detenerse en seco. Lo hizo sentar su peludo trasero en la alfombra, movía la cola de león y esperó hasta que ella se dignara a saludarlo a él. Fury lo hizo después de un instante y le acarició las orejas sedosas y dobladas.

—¿Qué pasa? —dijo Bryce y se quitó los tacones, rotó sus pies adoloridos unas cuantas veces y buscó en su espalda para abrir el zíper de su vestido. Dioses, era increíble no tener dolor en la pierna, ni siquiera un poco. Caminó hacia su recámara antes de que Fury pudiera responder, sabiendo que la alcanzaría a oír de todas maneras.

—Tengo noticias —dijo Fury con despreocupación.

Bryce se quitó el vestido y suspiró cuando se quitó el sostén y luego se puso unos pantalones suaves y una camiseta vieja. Se recogió el cabello en una coleta.

—Déjame adivinar —dijo desde la recámara mientras metía los pies en unas pantuflas—. Por fin te diste cuenta de que usar negro siempre es aburrido y quieres que te ayude a encontrar ropa de persona normal.

Rio en voz baja.

—Tonta.

Bryce salió de su recámara y Fury la vio con esa mirada rápida de asesina. Tan diferente a la de Hunt.

Incluso cuando ella y Fury salían de fiesta, Fury nunca perdía esa frialdad. Ese cálculo y distancia. Pero la mirada de Hunt…

Bloqueó esa idea. La comparación. El fuego que rugía en sus venas se encendió.

—Mira —dijo Fury y se puso de pie del sillón—. Voy a salir unos días antes a la Cumbre. Así que pensé que deberías saber algo antes de que me vaya.

—¿Que me quieres y que me escribirás con frecuencia?

—Dioses, eres lo peor —dijo Fury y se pasó la mano por el peinado liso. Bryce extrañaba la larga coleta que su amiga había usado en la universidad. El nuevo look hacía que Fury se viera aún más letal—. Desde que te conocí en esa tonta clase, has sido lo peor.

—Sí, pero te encanta —dijo Bryce y se dirigió al refrigerador.

Resopló.

—Mira, te voy a decir esto, pero primero quiero que me prometas que no vas a hacer nada estúpido.

Bryce se quedó congelada con la mano en la puerta del refrigerador.

—Como me has dicho con mucha frecuencia, estúpida es mi segundo nombre.

—Lo digo en serio esta vez. Ni siquiera creo que se pueda hacer nada, pero necesito que me lo prometas.

—Lo prometo.

Fury estudió su cara y luego se recargó contra el mueble de la cocina.

—Micah regaló a Hunt.

El fuego en sus venas se apagó y se convirtió en cenizas.

—¿A quién?

—¿A quién crees? A la puta de Sandriel es a quien.

Ella no podía sentir los brazos, las piernas.

—Cuándo.

—Dijiste que no harías ninguna estupidez.

—¿Pedir detalles es estúpido?

Fury sacudió la cabeza.

—Esta tarde. El idiota sabía que darle Hunt a Sandriel era peor castigo que crucificarlo en público o meter su alma en una caja y lanzarlo al mar.

Lo era. Por tantas razones.

Fury continuó:

—Ella y los otros ángeles se dirigirán a la Cumbre mañana en la tarde. Y me dijeron de buena fuente que cuando termine la reunión la semana entrante, ella regresará a Pangera para seguir lidiando con los rebeldes de Ophion. Y se llevará a Hunt.

Y él nunca volvería a ser libre. Lo que Sandriel le haría… Se lo merecía. Se merecía todo lo que le hiciera, carajo.

—Si estás tan preocupada de que vaya a hacer algo estúpido, ¿por qué me lo dijiste? —dijo Bryce.

Fury la estudió de nuevo con la mirada oscura.

—Porque… pensé que deberías saberlo.

Bryce devolvió su atención al refrigerador. Lo abrió.

—Hunt cavó su propia tumba.

—Entonces ustedes dos no…

—No.

—Pero tienes su aroma.

—Vivimos en este departamento juntos durante un mes. Es normal.

Había pagado una enorme cantidad de marcos de plata para que eliminaran su sangre del sillón. Junto con todos los rastros de lo que había sucedido ahí.

Una mano pequeña y fuerte azotó la puerta del refrigerador. Fury la miró furiosa.

—No me mientas, Quinlan.

—No te estoy mintiendo —Bryce permitió que su amiga viera su verdadero rostro. El que le había descrito su padre. El que no se reía y no le importaba nadie ni nada—. Hunt es un mentiroso. Me mintió a mí.

—Danika hizo cosas horribles, Bryce. Lo sabes. Siempre lo supiste y te reías, mirabas hacia otro lado. No estoy tan segura de que Hunt mintiera sobre eso.

Bryce le enseñó los dientes.

—Ya lo superé.

—¿Qué superaste?

—Todo —abrió la puerta del refrigerador otra vez y empujó a Fury para quitarla del camino. Para su sorpresa, Fury la dejó—. ¿Por qué no regresas a Pangera y me ignoras otros dos años?

—No te ignoré.

—Cómo carajos no —escupió Bryce—. Hablas con June todo el tiempo, pero evades mis llamadas y apenas te dignas a responder a mis mensajes.

—June es diferente.

—Sí, lo sé. La especial.

Fury parpadeó.

—Casi moriste esa noche, Bryce. Y Danika murió —la asesina tragó saliva—. Te di drogas…

—Yo compré ese risarizoma.

—Y yo compré el buscaluz. No me importa un carajo, Bryce. Me acerqué demasiado a todas ustedes y suceden cosas malas cuando hago eso con la gente.

—¿Pero puedes seguir hablando con Juniper? —Bryce sintió que se le cerraba la garganta—. ¿Yo no valía la pena el riesgo para ti?

Fury se enojó.

—Juniper y yo tenemos algo que no es de tu estúpida incumbencia —Bryce intentó no quedarse con la boca abierta. Juniper nunca había siquiera implicado, nunca había sugerido—. No podría dejar de hablar con ella así como no podría arrancarme mi puto corazón, ¿está bien?

—Está bien, está bien —dijo Bryce y exhaló—. El amor lo puede todo.

Qué puta mala pata que Hunt no se había dado cuenta de eso. O se había dado cuenta, pero había elegido a la arcángel que todavía era dueña de su corazón y su causa. Qué puta mala pata que Bryce de todas maneras había sido lo suficientemente estúpida para creer tonterías sobre el amor y permitirle que la cegara.

La voz de Fury se quebró:

—Tú y Danika eran mis amigas. Eran estos dos pinches cachorritos que entraron corriendo en mi vida perfectamente en orden y luego una de ustedes murió masacrada —Fury le mostró los dientes—. Y. Yo. No. Pude. Con. Eso.

—Yo te necesitaba. Te necesitaba aquí. Danika murió, pero fue como si te hubiera perdido a ti también —Bryce no siguió luchando contra el ardor en sus ojos—. Te alejaste como si no hubiera pasado nada.

—No fue así —Fury exhaló—. Carajo, ¿Juniper no te dijo nada? —ante el silencio de Bryce, volvió a maldecir—. Mira, ella y yo hemos estado trabajando con mis pedos, ¿está bien? Sé que estuvo mal que me desapareciera así —se pasó los dedos por el cabello—. Es que todo… todo está más jodido de lo que crees, Bryce.

—Como sea.

Fury ladeó la cabeza.

—¿Debo llamar a Juniper?

—No.

—¿Esto será igual que hace dos inviernos?

—No.

Juniper le debía haber contado sobre aquella noche en la azotea. Se contaban todo, al parecer.

Bryce tomó un frasco de mantequilla de almendra, le quitó la tapa y metió una cuchara.

—Bueno, pues diviértete en la Cumbre. Nos vemos en otros dos años.

Fury no sonrió.

—No me hagas arrepentirme de haberte dicho todo esto.

Ella miró a los ojos a su amiga.

—Ya lo superé —repitió.

Fury suspiró.

—Está bien —su teléfono vibró y lo volteó a ver. Luego dijo—: Regresaré en una semana. Veámonos entonces, ¿está bien? Tal vez sin gritarnos.

—Claro.

Fury se fue caminando hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral.

—Todo mejorará, Bryce. Sé que los últimos dos años han sido una mierda, pero las cosas van a mejorar. Yo he estado en esa situación y te prometo que van a mejorar.

—Está bien —agregó Bryce porque la cara normalmente fría de Fury expresaba preocupación—. Gracias.

Fury tenía el teléfono al oído desde antes de cerrar la puerta.

—Sí, voy en camino —dijo—. Bueno, ¿por qué no te callas la puta boca y me dejas conducir para que pueda llegar a tiempo, pendejo?

A través de la mirilla de la puerta, Bryce la vio subirse al elevador. Luego cruzó la habitación y vio desde la ventana que Fury se subía a un automóvil negro elegante, pisaba el acelerador a fondo y salía rugiendo hacia las calles.

Bryce vio a Syrinx. La quimera movió su pequeña colita de león.

Habían regalado a Hunt. Al monstruo que él odiaba y temía más que a todo lo demás.

Ya lo superé —le dijo a Syrinx.

Miró el sillón y casi podía ver a Hunt sentado ahí, con la gorra de solbol al revés, viendo un partido en la televisión. Casi podía ver su sonrisa cuando la miraba por encima del hombro.

Ese fuego que rugía en sus venas se detuvo… y cambió de dirección. No perdería a otro amigo.

En especial no a Hunt. Nunca a Hunt.

No importaba lo que hubiera hecho, qué y a quién hubiera elegido, aunque esta fuera la última vez que lo viera… no permitiría que eso sucediera. Se podía ir al Averno después, pero haría esto. Por él.

Syrinx lloriqueó, caminó en un círculo, y sus garras hicieron ruido en el piso de madera.

—Le prometí a Fury no hacer nada estúpido —dijo Bryce mirando el tatuaje marcado de Syrinx—. No dije que no haría algo inteligente.