C60

—Es poco probable —dijo Hunt una hora después desde su lugar junto a ella en el sillón. Ella le había dado todos los detalles de su teoría más reciente y él arqueó las cejas con cada palabra que salía de la boca de Bryce.

Bryce buscó entre los documentos en el sitio web de Industrias Redner.

—Danika trabajó de medio tiempo en Redner. Rara vez quería hablar sobre lo que hacía ahí. Alguna especie de división de seguridad —abrió la página de ingreso—. Tal vez sigue sirviendo su vieja cuenta del trabajo y tenga todos sus encargos.

A ella le temblaron un poco los dedos al escribir el usuario de Danika, que había visto tantas veces en el teléfono en el pasado: dfendyr.

Dfendyr… defender. Nunca se había percatado de eso hasta este momento. Las palabras duras de Fury resonaron en su mente. Bryce no les hizo caso.

Escribió una de las claves patéticas de Danika: 1234567. Nada.

—De nuevo —dijo Hunt con cautela—, es poco probable —se recargó en los cojines—. Nos iría mejor si insistimos con Danaan en encontrar el Cuerno, y no seguir la pista de esta droga.

Bryce le replicó:

—Danika estaba involucrada con esto del sinte y nunca dijo una palabra. ¿No crees que es raro? ¿No piensas que podría haber algo más aquí?

—Tampoco te dijo la verdad sobre Philip Briggs —dijo Hunt con precaución—. Ni que había robado el Cuerno. No decirte cosas podría ser lo normal.

Bryce escribió otra contraseña. Luego otra. Y otra.

—Necesitamos el panorama completo, Hunt —dijo ella e intentó de nuevo. Ella necesitaba el panorama completo—. Todo está vinculado de alguna forma.

Pero todas las contraseñas fallaron. Todas las combinaciones usuales de Danika.

Bryce cerró los ojos y empezó a mover el pie de arriba a abajo en la alfombra mientras recitaba:

—Tal vez el Cuerno podría sanar con el sinte en una dosis suficientemente grande. La magia sintética tiene sal de obsidiana en sus ingredientes. El kristallos puede invocarse con sal de obsidiana… —Hunt permaneció en silencio mientras ella lo pensaba—. El kristallos fue criado para buscar el Cuerno. El veneno del kristallos puede cancelar la magia. La medibruja quiere un poco de veneno para probar si es posible crear un antídoto para el sinte con su magia o algo.

—¿Qué?

Ella abrió los ojos.

—Ruhn me dijo.

Le contó la petición medio en broma de Ruhn de que consiguieran más veneno para llevarle a la medibruja.

A Hunt se le ensombreció la mirada.

—Interesante. Si el sinte está a punto de convertirse en una droga letal callejera… deberíamos ayudarla a conseguir el veneno.

—¿Y qué hay del Cuerno?

Él apretó la mandíbula.

—Lo seguiremos buscando. Pero si el uso de esta droga se dispara… no sólo en esta ciudad, sino en todo el territorio, en el mundo… ese antídoto es vital —miró su cara con cuidado—. ¿Cómo podemos conseguir un poco de veneno para ella?

Bryce exhaló.

—Si invocamos un kristallos…

—No correremos ese riesgo —gruñó Hunt—. Encontraremos una manera de conseguir ese veneno.

—Yo puedo controlarme…

Yo no puedo controlarme, Quinlan. No si tú estás en peligro.

Las palabras de Hunt se propagaron entre ambos. La emoción relucía en los ojos del ángel si ella se atreviera a leer lo que expresaban.

Pero el teléfono de Hunt vibró y él levantó la cadera del sillón para sacarlo del bolsillo trasero de sus pantalones. Miró la pantalla y sus alas se movieron y se pegaron un poco más a su cuerpo.

—¿Micah? —se atrevió ella a preguntar.

—Unos asuntos de la legión —murmuró él y se puso de pie—. Tengo que salir un momento. Naomi me relevará —hizo una señal hacia la computadora—. Sigue intentando si quieres pero pensemos Bryce antes de hacer cualquier cosa drástica para conseguir ese veneno.

—Sí, sí.

Al parecer eso fue suficiente para que Hunt se fuera, pero no sin antes despeinarla un poco e inclinarse para decirle rozándole la curva de la oreja:

—JJ estaría orgullosa de ti.

Ella sintió que los dedos de los pies se le enroscaban en las pantuflas y así se quedaron mucho tiempo después de que él se fue.

Después de intentar otras opciones de contraseñas, Bryce suspiró y apagó la computadora. Estaban acercándose… a la verdad. Lo podía sentir.

¿Pero estaría lista para ella?


Su periodo llegó a la mañana siguiente como un maldito tren que arrasaba con su cuerpo, lo cual Bryce decidió que era adecuado, dada la fecha.

Entró a la estancia y vio a Hunt haciendo el desayuno con el pelo todavía despeinado. Pero él se tensó un poco al sentir que ella se acercaba. Luego volteó y la recorrió con la mirada. Su olfato sobrenatural no se perdía de nada.

—Estás sangrando.

—Cada tres meses, como reloj.

Las hadas de sangre pura rara vez tenían periodos; las humanas lo tenían una vez al mes… ella de alguna manera había quedado en un lugar intermedio.

Se sentó en un taburete frente al mueble de la cocina. Un vistazo a su teléfono le mostró que no tenía mensajes de Juniper ni de Fury. Ni siquiera un mensaje de su mamá para regañarla por no haber ido a la cita con la medibruja.

—¿Necesitas algo? —dijo Hunt y le extendió un plato de huevos y tocino. Luego una taza de café.

—Tomé algo para los cólicos —dio un sorbo a su café—. Pero gracias.

Él gruñó y volteó para servirse su propio desayuno. Se quedó al otro lado del mueble y dio varios bocados antes de decir:

—Más allá del sinte y el antídoto, creo que el Cuerno es lo que vincula todo. Deberíamos concentrarnos en buscarlo. No ha habido asesinatos desde el guardia del templo, pero dudo que la persona haya desistido de la búsqueda si ya le dedicó tanto trabajo. Si conseguimos el Cuerno, me parece que el asesino nos ahorrará el trabajo y vendrá directo a nosotros.

—O tal vez ya encontraron dónde lo escondió Danika —dijo ella y dio otro bocado—. Tal vez están esperando a la Cumbre o algo.

—Tal vez. Si ése es el caso, entonces tenemos que averiguar quién lo tiene. De inmediato.

—Pero ni siquiera Ruhn puede encontrarlo. Danika no dejó ni una pista sobre dónde lo escondió. Ninguna de sus últimas ubicaciones parecen ser sitios probables para ocultarlo.

—Entonces tal vez hoy regresemos al principio. Ver todo lo que hemos averiguado y…

—Hoy no puedo —dijo ella. Se terminó su desayuno y llevó el plato al fregadero—. Tengo juntas hoy.

—Reprográmalas.

—Jesiba necesita que sean hoy.

Él la vio fijamente, como si supiera con exactitud lo que no estaba diciendo, pero por fin asintió.

Ella no hizo caso a la decepción y preocupación de su cara, ni a su tono, cuando dijo:

—Está bien.


Lehabah suspiró.

—Estás siendo mala hoy, BB. Y no le eches la culpa a tu periodo.

Sentada frente a la mesa en el corazón de la biblioteca de la galería, Bryce se masajeaba las sienes con el pulgar y el índice.

—Lo siento.

Su teléfono estaba oscuro y quieto sobre la mesa a su lado.

—No invitaste a Athie acá abajo a almorzar.

—No necesito esa distracción.

La mentira fue fácil. Hunt tampoco le había dicho nada sobre la otra mentira, que Jesiba estaba viendo las cámaras el día de hoy y que tenía que quedarse en la azotea.

Pero a pesar de necesitarlo, de necesitar a todos, a cierta distancia el día de hoy, y a pesar de decir que no podía buscar el Cuerno, llevaba varias horas revisando documentos sobre el Cuerno. No había nada en ellos, sólo la misma información, una y otra vez.

Se percató de un ligero sonido de rasguños por toda la biblioteca. Bryce acercó la tableta de Lehabah y subió el volumen de las bocinas para que la música ahogara ese ruido.

Se escuchó un golpe fuerte y rabioso. Por el rabillo del ojo vio al nøkk salir nadando y su cola translúcida azotarse por las aguas oscuras.

Música pop: ¿quién hubiera pensado que ahuyentaría así a la criatura?

—Me quiere matar —susurró Lehabah—. Lo puedo notar.

—Dudo que seas un platillo muy satisfactorio —dijo Bryce—. Ni siquiera un bocado.

—Él sabe que si me sumerjo en agua moriré en un segundo.

Era otra manera de torturar a la duendecilla, se dio cuenta Bryce poco después de llegar a la galería. Una manera en que Jesiba mantenía a Lehabah controlada aquí abajo, enjaulada dentro de una jaula, igual que los demás animales que estaban en este espacio. No había mejor manera de intimidar a una duendecilla de fuego que tener cerca un tanque de quinientos mil litros enfrente.

—A ti también te quiere matar —susurró Lehabah—. Tú lo ignoras y él odia eso. Puedo ver la rabia y el hambre en sus ojos cuando te ve, BB. ten cuidado cuando lo alimentes.

—Siempre soy cuidadosa.

La compuerta para alimentarlo era demasiado pequeña para él, de cualquier manera. Y como el nøkk no se atrevía a sacar la cabeza del agua por miedo al aire, si se abría la compuerta y la plataforma estaba sumergida en el agua la única amenaza eran sus brazos. Pero se mantenía en el fondo del tanque, oculto entre las rocas, cuando ella echaba la carne y dejaba que flotara despacio al fondo.

Quería cazar. Quería algo grande, jugoso y asustado.

Bryce miró el tanque oscuro, iluminado por tres reflectores integrados en él.

—Jesiba se aburrirá de él pronto y se lo regalará a un cliente —le mintió a Lehabah.

—¿Por qué nos colecciona? —susurró la duendecilla—. ¿No soy también una persona? —señaló el tatuaje en su muñeca—. ¿Por qué insisten en esto?

—Porque vivimos en una república que ha decidido que las amenazas a su orden establecido merecen ser castigadas… y castigadas con tal severidad que cualquier otro que piense en rebelarse lo piense dos veces.

Sus palabras fueron inexpresivas. Frías.

—¿Alguna vez has pensado cómo sería… sin los asteri?

Bryce le miró como advertencia.

—Cállate, Lehabah.

—Pero, BB…

Cállate, Lehabah.

Había cámaras en todas partes en esta biblioteca y todas tenían micrófonos. Sólo las podía ver Jesiba, sí, pero hablar de eso aquí…

Lehabah flotó hacia su silloncito.

—Athie hablaría conmigo de esto.

—Athie es un esclavo que no tiene mucho que perder.

—No digas esas cosas, BB —siseó Lehabah—. Siempre hay algo que perder.


Bryce estaba de muy mal humor. Tal vez estaba sucediendo algo con Ruhn o Juniper. Hunt la había visto revisar su teléfono varias veces en la mañana, como si esperara una llamada o un mensaje. No había llegado ninguno. Al menos, por lo que él pudo notar de camino a la galería. Y a juzgar por la mirada distante y severa de su rostro cuando salió justo antes de la puesta del sol, no había llegado ningún mensaje durante el día tampoco.

Pero ella no se dirigió directo a casa. Fue a la panadería.

Hunt se mantuvo en las azoteas cercanas, mirándola entrar hacia la tienda color verde agua y luego salir tres minutos después con una caja blanca entre las manos.

Luego se dirigió hacia el río, esquivando a trabajadores, turistas y compradores que disfrutaban la tarde. Si estaba consciente de que la iba siguiendo, no parecía importarle. Ni siquiera levantó la vista una sola vez cuando se dirigió a una banca de madera en el andador a lo largo de la orilla del río.

La puesta de sol pintaba de dorado la niebla que velaba el Sector de los Huesos. A unos cuantos metros por el camino pavimentado, se veían los arcos oscuros del Muelle Negro. No había familias dolientes debajo de ellos el día de hoy esperando el barco de ónix para que se llevara su ataúd.

Bryce se sentó en la banca que veía al río y la Ciudad Durmiente, con la caja de la panadería a su lado, y volvió a revisar su teléfono.

Harto de esperar a que ella se dignara a hablarle sobre lo que le carcomía la mente, Hunt aterrizó en silencio a su lado y se sentó junto a ella, con la caja entre ambos.

—¿Qué pasa?

Bryce miraba hacia el río. Se veía agotada. Como esa primera noche que la había visto en el centro de detención de la legión.

Ella no lo volteó a ver cuando respondió:

—Danika habría cumplido veinticinco años hoy.

Hunt se quedó inmóvil.

—Es… Hoy es el cumpleaños de Danika.

Ella miró el teléfono a su lado.

—Nadie se acordó. Ni Juniper ni Fury… ni siquiera mi mamá. El año pasado se acordaron pero… supongo que fue sólo esa vez.

—Les podrías haber preguntado.

—Sé que están ocupadas. Y… —se pasó la mano por el cabello—. Para ser honesta, pensé que se acordarían. Quería que se acordaran. Aunque fuera un mensaje que dijera algo tonto como la extraño o lo que fuera.

—¿Qué hay en la caja?

—Cuernitos de chocolate —dijo ella con voz ronca—. Danika siempre los pedía en su cumpleaños. Eran sus favoritos.

Hunt miró la caja y luego a ella. Después el Sector de los Huesos al otro lado del río. ¿Cuántos cuernitos la había visto comer en estas semanas? Tal vez en parte porque la conectaban con Danika de la misma manera que la cicatriz del muslo. Cuando la volvió a mirar se dio cuenta de que tenía los labios apretados y temblorosos.

—Es horrible —dijo ella con voz grave—. Es horrible que todo el mundo simplemente… sigue con sus vidas y la olvida. Esperan que yo la olvide. Pero no puedo —se frotó el pecho—. No puedo olvidar. Y tal vez es una puta pendejada haberle comprado unos cuernitos de cumpleaños a mi amiga muerta. Pero el mundo siguió como si ella nunca hubiera existido.

Él la vio un buen rato. Luego dijo:

—Shahar fue eso para mí. Nunca había conocido a nadie como ella. Creo que la amé desde el momento en que la vi en su palacio, aunque ella estaba tan por encima de mí que bien podría haber sido la luna. Pero ella también me vio. Y por alguna razón, me eligió. De todos, ella me eligió a mí —movió la cabeza y las palabras le salieron agudas a medida que se escapaban de esa caja donde las había mantenido encerradas tanto tiempo—. Hubiera hecho lo que fuera por ella. Hice todo por ella. Lo que me pedía. Y cuando todo se fue al Averno, cuando me dijeron que había terminado, me negué a creerlo. ¿Cómo podía ella ya no estar? Era como decir que el sol ya no estaba. Simplemente… no quedaba nada si ella ya no estaba —se peinó con las manos—. Esto no será consuelo, pero me tomó unos cincuenta años creerlo al fin. Que se había terminado. Y de todas maneras, incluso ahora…

—¿Todavía la amas tanto?

Él la miró detenidamente y sin titubeos.

—Después de que murió mi madre, me perdí en mi dolor. Pero Shahar, ella me ayudó a salir de eso. Me hizo sentir vivo por primera vez. Consciente de mí mismo, de mi potencial. Siempre la amaré aunque sea sólo por eso.

Ella miró hacia el río.

—Nunca me había dado cuenta —murmuró ella— de que tú y yo somos espejos.

Él tampoco. Pero recordó una voz. Te ves como me siento todos los días, le dijo cuando lo estaba bañando después del último trabajo que hizo para Micah.

—¿Eso es malo?

Ella sonrió a medias.

—No. No lo es.

—¿No tienes problema de ser la gemela emocional del Umbra Mortis?

El rostro de ella se volvió a poner serio.

—Así te llaman, pero no es quien eres.

—¿Y quién soy?

—Un fastidio —su sonrisa era más brillante que el sol que se ponía tras el río. Él rio pero ella agregó—: Eres mi amigo. Que ve televisión basura conmigo y soporta mis pendejadas. Eres la persona a quien no tengo que explicarle nada, no cuando es importante. Ves todo lo que soy y no sales huyendo.

Él le sonrió, dejó que eso le transmitiera todo lo que se iluminaba en su interior al escuchar sus palabras.

—Eso me gusta.

El color le pintó las mejillas a Bryce, pero exhaló y volteó a ver a la caja.

—Bueno, Danika —dijo—. Feliz cumpleaños.

Quitó la cinta adhesiva y abrió la caja.

Su sonrisa desapareció. Cerró la caja antes de que Hunt pudiera ver lo que estaba dentro.

—¿Qué pasa?

Ella sacudió la cabeza e intentó apartar la caja pero Hunt la tomó primero, la puso sobre su regazo y la abrió.

Dentro había media docena de cuernitos acomodados con cuidado en una pila. Y el de arriba estaba decorado con chocolate con una palabra: Basura.

No fue la palabra odiosa lo que le rompió el alma. No, era la manera en que temblaban las manos de Bryce, la manera en que su cara se puso roja y contrajo la boca en una línea delgada.

—Tírala —susurró ella.

No había rastro del desafío leal y la rabia. Sólo dolor teñido de cansancio y humillación.

La mente de Hunt se silenció. Un silencio terrible.

—Tírala, Hunt —susurró ella de nuevo. Las lágrimas brillaban en sus ojos.

Así que Hunt tomó la caja. Y se puso de pie.

Sabía quién lo había hecho. Quién había alterado el mensaje. Quién le había gritado esa misma palabra, basura, a Bryce la otra semana cuando salieron de la Madriguera.

—No —le rogó Bryce. Pero Hunt ya iba volando.


Amelie Ravenscroft estaba riendo con sus amigos, bebiendo una cerveza, cuando Hunt entró como una detonación en el bar de Moonwood. La gente gritó y retrocedió, la magia destellaba.

Pero Hunt la vio a ella. Vio cómo se le formaban las garras cuando se rio de él. Puso la caja de pan en la barra de madera con precisión cuidadosa.

Una llamada al Aux le había dado la información sobre el paradero de la metamorfa. Y Amelie parecía haberlo estado esperando, o al menos a Bryce, porque se recargó contra la barra y dijo con desdén:

—Vaya, pero si es…

Hunt la sostuvo del cuello contra la pared.

Los gruñidos e intentos de ataque de su jauría contra el muro de relámpagos que él lanzó eran el ruido de fondo. El miedo brillaba en los ojos grandes y sorprendidos de Amelie mientras Hunt le gruñía en la cara.

Pero le dijo con suavidad:

—No le volverás a hablar, no volverás a acercarte a ella, ni siquiera volverás a pensar en ella —envió suficiente poder de sus relámpagos a través de su mano para asegurarse de que el dolor le recorriera el cuerpo a la metamorfa. Amelie intentaba respirar—. ¿Me entiendes?

La gente tomó sus teléfonos, para llamar a la Legión 33ª o al Auxiliar.

Amelie le rasguñó las muñecas y le pateaba las espinillas con las botas. Él apretó más su cuello. Los relámpagos se envolvieron alrededor de su garganta.

—¿Me entiendes?

Su voz era gélida. Totalmente tranquila. La voz del Umbra Mortis.

Un hombre se acercó a su vista periférica. Ithan Holstrom.

Pero Ithan miraba a Amelie y dijo con una exhalación:

—¿Qué hiciste, Amelie?

Hunt respondió gruñendo todavía mirando a Amelie a la cara:

—No te hagas tonto, Holstrom.

Entonces Ithan vio la caja de pan sobre la barra. Amelie intentaba liberarse pero Hunt la mantuvo en su sitio mientras su Segundo abría la tapa y miraba dentro. Ithan preguntó en voz baja:

—¿Qué es esto?

—Pregúntale a tu Alfa —dijo Hunt.

Ithan se quedó completamente inmóvil. Pero lo que estuviera pensando no era asunto de Hunt, no ahora que estaba concentrado en la mirada abrasadora de Amelie. Le dijo:

—La dejarás por la puta paz. Para siempre. ¿Entendiste?

Amelie parecía querer escupirle pero él le lanzó otro rayo de poder, como un latigazo interno. Ella hizo una mueca de dolor y emitió grito siseo ahogado. Pero asintió.

Hunt la soltó de inmediato pero su poder la mantuvo pegada a la pared. La miró, luego a su jauría. Luego a Ithan, cuya expresión había pasado del horror a algo más cercano al dolor cuando se dio cuenta de qué día era y comprendió lo que había sucedido, al menos recordó quién siempre comía cuernitos de chocolate.

Hunt concluyó:

—Son todos patéticos.

Y luego se fue. Se tardó un rato en volar de regreso a casa.

Bryce lo estaba esperando en la azotea. Con el teléfono en la mano.

—No —le estaba diciendo ella a alguien en el teléfono—. No, ya regresó.

—Bien —escuchó decir a Isaiah, sonó como si fuera a decir otra cosa pero Bryce terminó la llamada.

Bryce se abrazó.

—Eres un puto idiota.

Hunt no lo negó.

—¿Está muerta Amelie?

Había miedo, miedo real, en su rostro.

—No —la palabra salió de él retumbando, acompañada de un relámpago.

—Tú… —ella se frotó la cara—. Yo no…

—No me digas que soy un alfadejo o posesivo y agresivo o el término que sea que uses.

Ella bajó las manos y su rostro se veía demacrado por el temor.

—Te vas a meter en muchos problemas por esto, Hunt. No hay forma de que no…

Era miedo por él. Terror por él.

Hunt cruzó la distancia que los separaba. La tomó de las manos.

—Tú eres mi espejo. Tú misma lo dijiste.

Él estaba temblando. Por alguna razón, él estaba temblando mientras esperaba que ella respondiera.

Bryce miró sus manos, envueltas en las de él, y respondió:

—Sí.


A la mañana siguiente, Bryce le envió un mensaje a su hermano. ¿Cuál es el número de tu medibruja?

Ruhn se lo envió de inmediato, sin hacer ninguna pregunta.

Bryce habló a su consultorio un minuto después, con las manos temblorosas. La medibruja de voz hermosa podía recibirla… de inmediato. Así que Bryce no se dio tiempo para reconsiderarlo y se puso sus shorts para correr, una camiseta y le envió un mensaje a Jesiba:

Tengo una cita médica esta mañana. Llegaré a la galería a la hora del almuerzo.

Encontró a Hunt haciendo el desayuno. Él arqueó las cejas al ver que ella lo miraba.

—Sé dónde podemos conseguir el veneno de kristallos para las pruebas del antídoto de la medibruja —dijo.