Eran apenas las diez de la mañana y el martes ya se había ido a la mierda.
Con una sonrisa forzada en el rostro, Bryce esperó junto a su escritorio de palo fierro en la sala de exhibiciones de la galería mientras la pareja de hadas veía el lugar.
Un sonido elegante de violines se escuchaba por las bocinas ocultas en el espacio de doble altura recubierto de madera. Era el movimiento inicial de una sinfonía que ella encendió en cuanto sonó el timbre. A juzgar por la vestimenta de la pareja —ella con una falda marrón plisada y blusa de seda blanca, él con un traje gris— dudaba que apreciaran el bajo rítmico de su mezcla matutina para hacer ejercicio.
Pero habían estado viendo el arte ya por diez minutos, lo cual era suficiente tiempo para que ella se acercara amable a preguntar.
—¿Están buscando algo en particular o sólo están viendo?
El hombre hada rubio, que aparentaba más edad de lo habitual para su especie, hizo un ademán que indicaba que no y condujo a su compañera al exhibidor más cercano: un relieve de mármol parcial de las ruinas de Morrah, obtenido de un templo destrozado. La pieza era más o menos del tamaño de una mesa de centro y un hipocampo encabritado llenaba casi todo el espacio. Hace muchos años, las criaturas mitad caballo, mitad pez habían vivido en las aguas cerúleas del mar Rhagan en Pangera hasta que las guerras antiguas habían terminado con ellos.
—Sólo viendo —respondió el hada con frialdad y su mano se detuvo en la delgada espalda de su acompañante mientras estudiaban las olas talladas con detalle preciso, era sorprendente.
Bryce se obligó a sonreír de nuevo.
—Tómense su tiempo. Estoy a sus órdenes.
La mujer hada asintió para dar las gracias, pero él hizo un gesto desdeñoso para desestimar su pregunta. Su compañera frunció el ceño con desagrado.
El silencio en la pequeña galería se volvió palpable.
Bryce había deducido desde el momento en que entraron por la puerta que el hada estaba aquí para impresionar a su acompañante, ya fuera comprando algo ridículamente costoso o fingiendo que podría. Tal vez era una pareja arreglada y estaban probando las aguas antes de comprometerse más.
Si Bryce hubiera sido hada de sangre pura, si su padre la hubiera reconocido como su hija, tal vez habría tenido que pasar por algo similar. Ruhn, en especial con su estatus de Astrogénito, algún día tendría que someterse a un matrimonio arreglado, cuando una joven considerada adecuada para continuar su preciado linaje real apareciera.
Ruhn podría tener unos cuantos hijos antes, pero no serían reconocidos como realeza a menos de que su padre eligiera ese camino. A menos que ellos lo merecieran.
La pareja de hadas pasó junto al mosaico del patio del alguna vez majestuoso palacio Altium y luego estudiaron la intrincada caja de jade que había pertenecido a una princesa en una tierra lejana del norte.
Jesiba se encargaba de la mayoría de sus adquisiciones de arte y por eso solía estar fuera con tanta frecuencia, pero Bryce misma había rastreado y comprado varias piezas. Para luego revenderlas por una considerable ganancia.
La pareja había llegado a un par de estatuas de fertilidad de Setmek cuando volvió a sonar el timbre de la entrada.
Bryce miró el reloj en su escritorio. Todavía faltaban tres horas para la cita con el cliente de la tarde. Tener varias personas viendo la galería era algo excepcional por los notables precios tan elevados del arte en este lugar, pero tal vez tendría suerte y vendería algo hoy.
—Disculpen —murmuró Bryce. Pasó agachándose junto al enorme escritorio y abrió la pantalla para ver la transmisión de la cámara exterior en la computadora. Apenas había presionado el icono cuando volvió a sonar el timbre.
Bryce vio quién estaba en la acera y se quedó congelada. Este martes de verdad ya se había jodido.
La fachada del edificio de arenisca de dos pisos, ubicado a una cuadra del río Istros, no tenía ventanas. Apenas una placa de bronce a la derecha de la pesada puerta de hierro le indicaba a Hunt Athalar que era un negocio.
El letrero de Antigüedades Griffin estaba labrado con letras gruesas y arcaicas, las palabras adornadas debajo con un par de ojos de búho, como desafiando a los compradores a entrar. Un interfono con un botón de bronce a juego estaba debajo.
Isaiah, con su traje y corbata de costumbre, había estado viendo el interfono tanto tiempo que al fin Hunt intervino con su voz lenta:
—No tiene ningún hechizo, lo sabes.
A pesar de la identidad de su dueña.
Isaiah lo miró de reojo y se ajustó la corbata.
—Debí haber bebido una segunda taza de café —murmuró antes de presionar el botón metálico con un dedo. Se alcanzó a escuchar un zumbido débil desde el otro lado de la puerta.
Nadie abrió.
Hunt observó el exterior del edificio en busca de una cámara oculta. No vio ningún rastro. La más cercana, de hecho, estaba montada en la puerta de cromo del refugio antibombas a media cuadra de distancia.
Hunt volvió a fijarse en la fachada de arenisca. No era posible que Jesiba Roga no tuviera cámaras cubriendo cada centímetro del lugar, tanto dentro como fuera.
Hunt dejó salir un chispazo de su poder, una pequeña lengüeta de relámpago para comprobar si había campos energéticos.
Casi invisible en la mañana soleada, el relámpago rebotó en un encantamiento que cubría la roca, el cemento, la puerta. Era un hechizo frío y astuto que parecía reírse con delicadeza de cualquier intento por entrar.
Hunt murmuró:
—Roga no se anda con rodeos, ¿verdad?
Isaiah volvió a presionar el timbre, con más fuerza de la necesaria. Tenían sus órdenes: tan urgentes que hasta Isaiah, a pesar de la falta de café, estaba más impaciente de lo normal.
Aunque también podría deberse al hecho de que Isaiah había estado trabajando fuera hasta las cuatro de la mañana. Hunt no le había preguntado al respecto. Había escuchado a Naomi y a Justinian hablando de algo en la habitación común y se estaban preguntando si este nuevo novio significaría que al fin Isaiah estaba olvidando el pasado.
Hunt no se molestó en decirles que no había puta manera. No cuando Isaiah obedecía a Micah solamente por el generoso salario semanal que Micah les daba a todos, cuando la ley establecía que los esclavos no merecían un salario. El dinero que Isaiah había acumulado podría comprar la libertad de alguien más. Así como la mierda que hacía Hunt para Micah servía para comprar la propia.
Isaiah tocó el timbre una tercera vez.
—Tal vez no esté.
—Aquí está —dijo Hunt. El olor de ella había permanecido en la acera, lila y nuez moscada y algo que no podía reconocer del todo, como el brillo de las primeras estrellas al anochecer.
Dicho y hecho, un momento después, una voz femenina y sedosa que sin dudarlo no pertenecía a la dueña de la galería se escuchó por la bocina del interfono.
—No ordené ninguna pizza.
A pesar de que intentó suprimirla, a pesar del reloj mental que seguía contando los segundos, Hunt soltó una risotada.
Isaiah reacomodó sus alas blancas, se esforzó por dibujar una sonrisa encantadora en su rostro y le habló al interfono.
—Somos de la 33ª Legión. Estamos aquí para ver a Bryce Quinlan.
La voz se hizo más cortante.
—Estoy con unos clientes. Regresen más tarde.
Hunt estaba seguro de que «regresen más tarde» quería decir «váyanse al carajo».
La sonrisa encantadora de Isaiah se notaba un poco más forzada.
—Esto es un asunto urgente, señorita Quinlan.
Un murmullo suave.
—Lo siento, pero tendrán que hacer una cita. ¿Les queda bien en… tres semanas? Tengo libre el veintiocho de abril. Los puedo apuntar para el mediodía.
Bueno, no se podía negar que tenía huevos, pensó Hunt.
Isaiah adoptó una posición más firme. Era la posición típica de pelea de la legión, algo que les habían enseñado a fuerza de sangre y golpes desde sus primeros días como soldados de infantería.
—Me temo que necesitamos hablar en este momento…
No recibieron respuesta. Como si simplemente se hubiera alejado del interfono.
El gruñido de Hunt hizo que el pobre fauno que venía caminando a sus espaldas saliera corriendo por la calle. Sus pezuñas delicadas iban haciendo sonidos fuertes en el empedrado.
—Es una chica fiestera y mimada. ¿Qué esperabas?
—No es estúpida, Hunt —lo contradijo Isaiah.
—Todo lo que he visto y oído me indica lo contrario.
Lo que había visto cuando hojeó su expediente hacía dos años, combinado con lo que había leído esa mañana y las fotografías que había revisado, le pintaba un retrato que le decía con precisión cómo se daría la reunión de esta mañana. Era una pena para ella que las cosas estaban a punto de ponerse mucho más serias.
Hunt movió la barbilla hacia la puerta.
—Veamos si siquiera hay un cliente ahí dentro.
Caminó al otro lado de la calle y se recargó en un automóvil azul que estaba ahí estacionado. Algún borracho había utilizado el cofre como lienzo para pintar con aerosol un pene gigante e innecesariamente detallado… con alas. Supo que era una burla del logo de la 33ª con su espada alada. O tal vez el logo reducido a su verdadero significado.
Isaiah también lo vio y rio un poco cuando siguió a Hunt y se recargó en el auto.
Pasó un minuto. Hunt no se movió ni un centímetro. No apartó la mirada de la puerta de hierro. Tenía mejores cosas que hacer con su día que ponerse a jugar jueguitos con una niñita mimada, pero las órdenes eran órdenes. Después de cinco minutos, un sedán negro brillante se acercó y la puerta de hierro se abrió.
El conductor hada del automóvil, que valía más de lo que la mayoría de las familias humanas verían en toda su vida, salió del auto. En un parpadeo llegó al otro lado del vehículo y abrió la puerta trasera del pasajero. De la galería salieron dos hadas, un hombre y una mujer. Cada respiración de la hermosa mujer irradiaba la seguridad natural adquirida a través de una vida de riqueza y privilegios.
Alrededor de su cuello delgado había una hilera de diamantes, cada uno del tamaño de la uña de Hunt. Valía lo mismo que el automóvil, o más. El hombre se metió al sedán con el rostro tenso y azotó la puerta antes de que el chofer la pudiera cerrar por él. La mujer adinerada sólo se apresuró por la calle, con el teléfono al oído, quejándose con quien estuviera al otro lado de la línea No más citas a ciegas, por el amor de Urd.
La atención de Hunt regresó a la puerta de la galería donde estaba una mujer de curvas pronunciadas y cabello rojo.
Hasta que el automóvil dio vuelta en la esquina Bryce dirigió su mirada hacia ellos.
Inclinó la cabeza y una cortina de su cabello sedoso se deslizó sobre el hombro de su vestido blanco entallado. Luego sonrió de oreja a oreja. Les hizo una señal de saludo con la mano. El delicado amuleto dorado alrededor de su cuello reflejaba la luz.
Hunt se separó del vehículo estacionado y avanzó hacia ella. Sus alas grises se abrieron ampliamente.
Un destello de los ojos color ámbar de Bryce indicó que había visto a Hunt desde su tatuaje hasta las puntas de sus botas agresivas. Su sonrisa se hizo más grande.
—Nos vemos en tres semanas —dijo con alegría y azotó la puerta.
Hunt cruzó lo que quedaba de calle en un par de pasos. Un auto se detuvo con un rechinar de neumáticos, pero el conductor no era tan estúpido como para hacer sonar su bocina. No en ese momento que podía ver los relámpagos envolviendo el puño de Hunt cuando golpeaba el botón del interfono.
—No me hagas perder el puto tiempo, Quinlan.
Isaiah dejó que pasara el conductor casi histérico antes de llegar al lado de Hunt. Entrecerró sus ojos color marrón. Pero Bryce respondió con dulzura.
—A mi jefa no le gusta que haya legionarios en su tienda. Lo siento.
Hunt golpeó la puerta de hierro con el puño. El mismo golpe hubiera destrozado automóviles, roto paredes y astillado huesos. Y eso sin la ayuda de la tormenta que recorría sus venas. El hierro ni siquiera vibró; el relámpago rebotó en él.
Al Averno con las amenazas, entonces. Iría a la yugular, tan profundo y certero como cualquiera de sus habilidades físicas. Así que Hunt dijo al interfono:
—Estamos aquí para hablar de un asesinato.
Isaiah se encogió un poco y miró a su alrededor para confirmar si alguien más habría oído.
Hunt se cruzó de brazos y el silencio se difundió.
Luego la puerta de hierro hizo un pequeño ruido, se escuchó un clic y se abrió unos cuantos centímetros.
Justo en el puto blanco.
A Hunt le tomó un instante ajustar su vista al entrar de la luz del sol al interior más oscuro y aprovechó ese primer paso dentro de la galería para registrar todos los ángulos y salidas y detalles.
Los pisos estaban cubiertos con una alfombra gruesa color verde pino que iba de pared a pared, todo recubierto de madera, en la sala de exhibición de dos pisos. Había nichos con exposiciones de arte con iluminación tenue en todos los extremos de la habitación: trozos de frescos antiguos, pinturas y estatuas de vanir tan extrañas y poco comunes que ni siquiera Hunt conocía sus nombres.
Bryce Quinlan estaba recargada en el gran escritorio de palo fierro situado en el centro del espacio, su vestido blanco como la nieve ajustado a cada curva generosa.
Hunt sonrió con tranquilidad y mostró todos sus dientes.
Esperó: el momento en que se diera cuenta de quién era. Esperó a que ella retrocediera un poco, que buscara el botón de pánico o la pistola o lo que fuera que pensaba la salvaría de alguien como él.
Pero tal vez era estúpida, después de todo, porque la sonrisa que le esbozó no era salvo fingida en extremo. Distraída, golpeteaba la superficie de madera con sus uñas rojas.
—Tienen quince minutos.
Hunt no le dijo que esta junta quizá tardaría mucho más que eso.
Isaiah se dio la vuelta para cerrar la puerta, pero Hunt sabía que ya estaba cerrada. Al igual que sabía, gracias a la inteligencia recopilada por la legión a lo largo de los años, que la pequeña puerta de madera detrás del escritorio llevaba a la oficina de Jesiba Roga, donde una ventana interna de piso a techo tenía vista a la sala de exhibición donde estaban, y que la simple puerta de hierro a su derecha llevaba a otro piso lleno de cosas que los legionarios no se suponía que debieran encontrar. Los hechizos colocados en esas dos puertas tal vez eran más fuertes que los del exterior.
Isaiah dejó escapar uno de sus suspiros sufridos.
—Anoche hubo un asesinato en las afueras del Mercado de Carne. Creemos que conocías a la víctima.
Hunt registró todas las reacciones que pasaron por el rostro de Bryce, quien se mantenía sobre el borde del escritorio: cómo se abrieron sus ojos de manera casi imperceptible, la pausa que hizo con las uñas, el parpadeo que sugería que tenía una lista corta de posibles víctimas y ninguna de las opciones era buena.
—¿Quién? —fue lo único que dijo con voz tranquila.
El difusor cónico al lado de la computadora liberaba vapor que flotaba a su lado con el olor brillante y limpio de la menta. Por supuesto que ella era una de esas conversas de la aromaterapia, engañada para que diera sus marcos a cambio de la promesa de sentirse más feliz, o de ser mejor en la cama, o de conseguir otro medio cerebro que hiciera juego con la mitad que ya tenía.
—Maximus Tertian —le respondió Isaiah—. Tenemos informes de que tuviste una junta con él en el entrepiso VIP del Cuervo Blanco dos horas antes de su muerte.
Hunt podría haber jurado que los hombros de Bryce se relajaron un poco.
—Maximus Tertian está muerto —dijo ella. Ellos asintieron y Bryce ladeó la cabeza—. ¿Quién lo hizo?
—Eso es lo que estamos intentando averiguar —dijo Isaiah con tono neutro.
Hunt había oído hablar de Tertian, un patán vamp que no aceptaba un no como respuesta y cuyo padre rico y sádico le había enseñado bien. Y lo protegía de cualquier consecuencia de su atroz comportamiento. Si Hunt era honesto, Midgard estaba mejor sin él. Excepto por el dolor de cabeza que ahora tendrían que soportar cuando el padre de Tertian se enterara de que su hijo favorito había sido asesinado… La junta de hoy sería apenas el comienzo.
Isaiah continuó:
—Tal vez fuiste de las últimas personas en verlo con vida. ¿Nos puedes decir paso a paso cómo fue tu encuentro con él? Cualquier detalle es importante.
Bryce miró a los dos.
—¿Ésta es su manera de intentar averiguar si yo lo maté?
Hunt sonrió ligeramente.
—No pareces demasiado afectada por la muerte de Tertian.
Los ojos color ámbar se deslizaron hacia él con un destello de irritación.
Lo admitiría: muchos machos harían cosas execrables por alguien con su apariencia.
En alguna ocasión, él había hecho ese tipo de cosas por Shahar. Ahora tenía el halo tatuado en la frente y el tatuaje de esclavo en la muñeca por ese motivo. Sintió una presión en el pecho.
Bryce dijo:
—Estoy segura de que alguien ya les dijo que Maximus y yo nos separamos enojados. Nos reunimos para cerrar un negocio de la galería y cuando terminamos, pensó que tenía derecho a un poco de… tiempo personal conmigo.
Hunt la entendía a la perfección. Se alineaba con todo lo que había escuchado sobre Tertian y su padre. También le daba una buena cantidad de motivo.
Bryce continuó:
—No sé dónde fue después del Cuervo. Si lo mataron en las afueras del Mercado de Carne, asumo que se dirigía hacia allá para comprar lo que quería de mí.
Palabras frías y agudas.
La expresión de Isaiah se endureció.
—¿El comportamiento de anoche fue distinto al que tuvo en otras reuniones?
—Sólo interactuamos a través de correos electrónicos y por teléfono, pero yo diría que no. La de anoche fue nuestra primera reunión en persona y actuó tal como su comportamiento previo indicaría.
Hunt preguntó:
—¿Por qué no se reunieron aquí? ¿Por qué en el Cuervo?
—A él le parecía emocionante actuar como si nuestro negocio fuera secreto. Dijo que no confiaba que mi jefa no estuviera grabando la reunión, pero en realidad sólo quería que la gente lo notara, que lo vieran haciendo negocios. Tuve que darle los documentos en un folio de las cuentas del lugar y él lo intercambió por el suyo, ese tipo de cosas —miró a los ojos a Hunt—. ¿Cómo murió?
La pregunta era directa y no sonrió ni parpadeó. Era una chica acostumbrada a que le respondieran, que la obedecieran, que hicieran su voluntad. Sus padres no eran adinerados, o eso decía su expediente, pero su departamento a quince cuadras de distancia sugería una riqueza exorbitante. Por este trabajo o por alguna otra cosa oculta que se le había escapado hasta a los legionarios más observadores.
Isaiah suspiró.
—Esos detalles están clasificados.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo ayudarles. Tertian y yo hicimos el negocio, se pasó de listo y se fue.
Todos los fragmentos de video y los informes de los testigos oculares del Cuervo confirmaban esta información. Pero no estaban ahí por eso. Habían ido ahí por otra razón.
Isaiah dijo:
—¿Y cuándo se presentó el príncipe Ruhn Danaan?
—Si ya lo saben todo, ¿para qué se molestan en hablar conmigo? —no esperó que le dieran una respuesta y continuó—. Saben, ustedes ni siquiera me dijeron sus nombres.
Hunt no podía leer su expresión, el lenguaje corporal relajado. No habían iniciado contacto desde aquella noche en el centro de detención de la legión, y ese día ninguno de ellos se había presentado. ¿Siquiera habría registrado sus rostros en su estupor lleno de drogas?
Isaiah se acomodó las impecables alas blancas.
—Yo soy Isaiah Tiberian, comandante de la 33ª Legión Imperial. Él es Hunt Athalar, mi…
Isaiah titubeó, como si se diera cuenta de que hacía muchísimo tiempo no habían tenido que presentarse con alguna especie de rango. Entonces Hunt le hizo un favor a Isaiah y completó:
—Su mano derecha.
Si Isaiah estaba sorprendido de escucharlo, su rostro tranquilo de niño bonito no lo delató. Isaiah era, en esencia y conjunto, su superior en los triarii y en la 33ª, aunque la mierda que Hunt hacía para Micah causaba que respondiera directamente al gobernador.
A pesar de todo, Isaiah nunca mencionaba el rango. Como si recordara aquellos días antes de la Caída y quién había estado al mando entonces.
Como si eso siquiera importara ahora un carajo.
No, lo único que importaba de toda esta mierda era que Isaiah había matado al menos a tres docenas de Legionarios Imperiales aquel día en monte Hermon. Y Hunt ahora llevaba la carga de pagar todas y cada una de esas vidas a la República. Para cumplir con el trato que hizo con Micah.
Los ojos de Bryce se fijaron un instante en sus frentes, en los tatuajes que ahí lucían. Hunt se preparó para el comentario burlón, para cualquiera de los comentarios estúpidos que la gente todavía hacía sobre la Legión Caída y su rebelión fracasada. Pero ella se limitó a decir:
—Entonces… ¿ustedes dos investigan delitos juntos? Pensé que eso era el terreno del Auxiliar. ¿No tienen mejores cosas que hacer en la 33ª que jugar a los amiguitos policías?
Isaiah, al parecer nada divertido al ver que había una persona en la ciudad que no se postraba a sus pies, dijo con un poco de rigidez:
—¿Alguien puede confirmar dónde estabas después de salir del Cuervo Blanco?
Bryce le sostuvo la mirada a Isaiah. Luego miró a Hunt de reojo. Y él seguía sin poder leer la máscara de aburrimiento de su cara cuando se levantó del escritorio y dio unos pasos deliberados hacia ellos antes de cruzarse de brazos.
—Nada más mi portero… y Ruhn Danaan, pero eso ya lo sabían.
Cómo alguien podía caminar con unos tacones de ese tamaño le intrigaba. Cómo alguien podía respirar en un vestido así de ajustado también era un misterio. Era lo suficientemente largo como para cubrir el área del muslo donde tendría la cicatriz de aquella noche hacía dos años; es decir, en dado caso de que no le hubiera pagado a una medibruja para que se la borrara. Para alguien que era claramente se tomaba la molestia de vestirse bien, no dudaba que se lo hubiera mandado quitar de inmediato.
A las chicas fiesteras no les gustaban las cicatrices que afectaban cómo se veían en traje de baño.
Las alas blancas de Isaiah se reacomodaron.
—¿Dirías que Ruhn Danaan es un amigo?
Bryce se encogió de hombros.
—Es un primo lejano.
Pero al parecer estaba tan interesado como para entrar sin invitación a la sala de interrogatorios hace dos años. Y luego había estado en el bar VIP anoche. Si era así de protector con Quinlan, eso quizá sería un muy buen motivo. Aunque Ruhn y su padre convertirían el interrogatorio en una pesadilla.
Bryce sonrió con agudeza, como si también recordara ese dato.
—Que se diviertan hablando con él.
Hunt apretó la mandíbula, pero ella empezó a caminar hacia la puerta principal, ondeando la cadera como si supiera con precisión lo espectacular que era su trasero.
—Un momento, señorita Quinlan —dijo Isaiah. La voz del comandante era tranquila pero autoritaria.
Hunt ocultó su sonrisa. Ver a Isaiah enojado siempre era un buen espectáculo. Siempre y cuando no fuera en contra de uno.
Quinlan todavía desconocía esto cuando miró por encima de su hombro.
—¿Sí?
Hunt la miró cuando Isaiah al fin pronunció la verdadera razón de su pequeña visita.
—No nos enviaron aquí nada más para preguntarte dónde habías estado.
Ella hizo un ademán hacia la galería.
—¿Quieren comprar algo bonito para el gobernador?
Hunt esbozó una sonrisa.
—Es curioso que lo menciones. Viene en camino en este momento.
Un parpadeo lento. De nuevo, no había rastro ni olor de miedo.
—¿Por qué?
—Micah nos dijo que consiguiéramos información sobre ti de anoche que nos aseguráramos de que estuvieras disponible y que tuvieras a tu jefa en la línea.
Dada la poca frecuencia con la que Hunt debía participar en las investigaciones, le sorprendió mucho recibir esa orden. Pero considerando que él e Isaiah habían estado ahí esa noche en el callejón, supuso que eso los convertía en los mejores candidatos para liderar este tipo de asuntos.
—Micah viene para acá —dijo ella y tragó saliva.
—Estará aquí en diez minutos —dijo Isaiah. Hizo un movimiento hacia el teléfono—. Sugiero que le hables a tu jefa, señorita Quinlan.
Ella empezó a respirar con un poco de dificultad.
—¿Por qué?
Hunt al fin soltó la bomba.
—Porque las heridas de Maximus Tertian eran idénticas a las que presentaban Danika Fendyr y la Jauría de Diablos.
Molidos y desmembrados.
Ella cerró los ojos.
—Pero… Philip Briggs los mató. Invocó a ese demonio para que los matara. Y está en prisión —su voz se hizo más tensa—. Lleva dos años en prisión.
En un sitio peor que la prisión, pero eso no venía al caso.
—Lo sabemos —dijo Hunt y mantuvo cualquier reacción fuera de su expresión.
—No pudo haber matado a Tertian. ¿Cómo puedes invocar a un demonio desde la cárcel? —dijo Bryce—. Él… —tragó saliva y se detuvo. Tal vez se dio cuenta de por qué venía Micah. Varias personas que ella había conocido habían sido asesinadas, todas en cuestión de horas de haber interactuado con ella.
—Ustedes creen que Briggs no lo hizo. No mató a Danika y su jauría.
—No lo sabemos con certeza —interrumpió Isaiah—. Pero los detalles específicos de cómo murieron nunca se dieron a conocer al público, así que tenemos buenos motivos para pensar que éste no fue el delito de un imitador.
Bryce preguntó sin más:
—¿Ya se reunieron con Sabine?
Hunt respondió:
—¿Y tú?
—Hacemos lo posible por mantenernos alejadas una de la otra.
Era tal vez la única cosa inteligente que Bryce Quinlan había decidido hacer. Hunt recordó el veneno de Sabine cuando la vio por la ventana en la sala de observación y no dudaba que Sabine sólo estuviera esperando que pasara suficiente tiempo para que la muerte prematura y desafortunada de Quinlan fuera considerada una simple casualidad.
Bryce regresó a su escritorio sin acercarse a ellos. Había que reconocerle que sus pasos permanecieron tranquilos y sólidos. Tomó el teléfono sin siquiera voltear a verlos.
—Esperaremos afuera —ofreció Isaiah.
Hunt abrió la boca para protestar, pero Isaiah le lanzó una advertencia con la mirada.
Bien. Él y Quinlan podrían pelear después.
Con el teléfono tan apretado que sus nudillos estaban blancos, Bryce escuchó cómo sonaba el otro lado de la línea. Dos veces. Luego…
—Buenos días, Bryce.
El corazón de Bryce latía en sus brazos, sus piernas, su estómago.
—Hay dos legionarios aquí —tragó saliva—. El Comandante de la 33ª y… —exhaló—. El Umbra Mortis.
Ella había reconocido a Isaiah Tiberian, salía en las noticias de la noche y en las columnas de chismes con tal frecuencia que no había manera de no reconocer al apuesto comandante de la 33ª.
Y había reconocido también a Hunt Athalar, aunque nunca aparecía en la televisión. Todos sabían quién era Hunt Athalar. Había oído hablar de él incluso de niña en Nidaros, cuando Randall le hablaba sobre sus batallas en Pangera y susurraba cuando mencionaba a Hunt. El Umbra Mortis. La Sombra de la Muerte.
En esa época, el ángel no trabajaba para Micah Domitus y su legión sino para la arcángel Sandriel: había llegado con su 45ª Legión. Los rumores decían que su trabajo era cazador de demonios. Y peor.
Jesiba refunfuñó.
—¿Por qué?
Bryce no dejó de apretar el teléfono.
—Maximus Tertian fue asesinado anoche.
—Solas flamígero…
—De la misma manera que Danika y la jauría.
Bryce bloqueó todas las imágenes borrosas y respiró el aroma penetrante y tranquilizador de los vapores de menta que emanaban del difusor en su escritorio. Había comprado el estúpido cono de plástico dos meses después de que asesinaran a Danika pensando que no podía hacer daño intentar algo de aromaterapia durante las largas horas silenciosas del día, cuando sus pensamientos revoloteaban y descendían para comérsela desde dentro. Para finales de la semana, ya había comprado otros tres y los había puesto por toda su casa.
Bryce respiró.
—Al parecer es posible que Philip Briggs no haya matado a Danika.
Durante dos años, una parte de ella se había aferrado a eso: que en los días tras el asesinato habían encontrado suficiente evidencia para encarcelar a Briggs, quien quería deshacerse de Danika por haber descubierto su círculo de rebeldes terroristas. Briggs lo había negado pero todo se sumaba en su contra: lo habían descubierto comprando sales negras de invocación en las semanas previas a su arresto inicial, al parecer como combustible para una nueva arma terrible.
Que un demonio de nivel de Foso hubiera sido el responsable de asesinar a Danika, que hubiera requerido esa sal negra mortífera para invocarlo a este mundo, no podía ser coincidencia. Parecía bastante claro que Briggs había sido liberado, había conseguido la sal negra, había invocado al demonio y lo había soltado sobre Danika y la Jauría de Diablos. Había atacado al soldado de la 33ª que estaba patrullando en el callejón y cuando terminó su ataque, Briggs lo había enviado de regreso al Averno. Aunque nunca lo confesó, ni dijo cuál era la raza, seguía siendo una verdad que nadie había visto al demonio en dos años. Desde que Briggs estaba en la cárcel. Caso cerrado.
Durante dos años, Bryce se había aferrado a esos hechos. Que a pesar de que su mundo se había destrozado, la persona responsable se encontraba tras las rejas. Para siempre. Merecedor de todos los horrores que sus carceleros le provocaran.
Jesiba dejó escapar una exhalación muy larga.
—¿Los ángeles te acusaron de algo?
—No —no del todo—. El gobernador viene en camino.
Otra pausa.
—¿Para interrogarte?
—Espero que no —le gustaba tener todas las partes del cuerpo donde las tenía—. Quiere hablar contigo también.
—¿El padre de Tertian sabe que está muerto?
—No lo sé.
—Necesito hacer algunas llamadas —dijo Jesiba, un poco para ella misma— antes de que llegue el gobernador.
Bryce entendió bien lo que quería decir: para que el padre de Maximus no se presentara en la galería exigiendo respuestas. Culpando a Bryce por su muerte. Sería un cochinero.
Bryce se limpió las palmas sudorosas en los muslos.
—El gobernador llegará pronto.
El sonido de un golpeteo suave se escuchó en la puerta de hierro de los archivos y luego se oyó la voz suave de Lehabah:
—¿BB? ¿Estás bien?
Bryce puso la mano sobre el micrófono del teléfono.
—Regresa a tu puesto, Lele.
—¿Esos dos eran ángeles?
Bryce apretó los dientes.
—Sí. Regresa abajo. Que Syrinx se mantenga en silencio.
Lehabah suspiró con tal fuerza que se alcanzó a oír a través de los quince centímetros de hierro. Pero la duendecilla de fuego no habló más, lo cual sugería que ya había regresado a los archivos debajo de la galería o bien estaba escuchando del otro lado de la puerta. A Bryce no le importaba, siempre y cuando ella y la quimera se mantuvieran en silencio.
Jesiba preguntó:
—¿Cuándo llega Micah aquí?
—En ocho minutos.
Jesiba pensó.
—Está bien.
Bryce intentó no quedarse con la boca abierta ante el hecho de que Jesiba no pidiera más tiempo, en especial cuando estaba en juego algo como la muerte de un cliente.
Pero incluso Jesiba sabía que no se podía jugar con un arcángel. O tal vez había logrado encontrar un poco de empatía en cuanto al asesinato de Danika. En definitivo no lo había demostrado cuando le ordenó a Bryce que regresara a trabajar dos semanas después de la muerte de Danika o la convertiría en un cerdo.
Jesiba dijo:
—No necesito recordarte que te asegures de que todo esté cerrado.
—Revisaré todo dos veces.
Sin embargo, se había asegurado de eso incluso antes de que los ángeles entraran a la galería.
—Entonces ya sabes qué hacer, Quinlan —dijo Jesiba con el sonido de movimiento de sábanas o ropa en el fondo. Se escucharon dos voces de machos refunfuñando en protesta. Luego la línea se cortó.
Bryce exhaló y se puso en movimiento.