C96

Rigelus, la Mano Brillante de los asteri, le había hablado a su casa. A Bryce le temblaban tanto las manos que casi no podía mantener el teléfono junto a su oreja.

—Vimos tus acciones del día de hoy y queremos extenderte nuestra gratitud —dijo la voz rítmica.

Ella tragó saliva y se preguntó si el más poderoso de los asteri de alguna manera sabía que estaba envuelta en una toalla y que su cabello goteaba en la alfombra.

—¿De… nada?

Rigelus rio suavemente.

—Has tenido un día muy intenso, señorita Quinlan.

—Sí, Su Brillantez.

—Fue un día lleno de muchas sorpresas, para todos.

Sabemos lo que eres, lo que hiciste.

Bryce obligó a sus piernas a moverse, a dirigirse a la estancia. Donde Hunt estaba parado en la puerta de su recámara, pálido. Sus brazos colgaban a sus costados.

—Para mostrarte la profundidad de nuestra gratitud, quisiéramos hacerte un favor.

Ella se preguntó si los misiles de azufre también habían sido un favor. Pero dijo:

—No es necesario…

—Ya está hecho. Confiamos en que te resulte satisfactorio.

Ella sabía que Hunt podía escuchar la voz en el teléfono cuando se acercó.

Pero él le mostró la muñeca. Su muñeca tatuada con una C sobre la marca del esclavo.

Liberado.

—Yo… —Bryce tomó la muñeca de Hunt y luego miró su cara. Pero no vio dicha ahí, no cuando escuchó la voz en la línea y entendió quién le había dado su libertad.

—También confiamos en que este favor sirva como un recordatorio para ti y para Hunt Athalar. Es nuestra voluntad que permanezcan en la ciudad y vivan sus vidas en paz y tranquilidad. Que usen el don de sus ancestros para ser felices. Y que no uses el otro don que tienes tatuado en tu cuerpo.

Usa tu luz sólo como truco curioso y nunca, jamás, uses el Cuerno.

Tal vez era la idiota más grande de Midgard, pero preguntó:

—¿Qué hay de Micah y Sandriel?

—El gobernador Micah actuó por su cuenta y amenazó con destruir ciudadanos inocentes de este imperio con su estrategia arbitraria contra el conflicto rebelde. La gobernadora Sandriel se ganó su merecido por haber sido tan laxa con el control sobre sus esclavos.

La mirada de Hunt reflejaba su miedo. También en la de ella, estaba segura. Nada era nunca así de sencillo, así de simple. Tenía que haber alguna trampa.

—Hay, por supuesto, asuntos sensibles, señorita Quinlan. Asuntos que, de hacerse públicos, resultarían en muchos problemas para todos los involucrados.

Para ti. Te destruiremos.

—A todos los testigos de ambos acontecimientos se les han notificado las posibles consecuencias —dijo Rigelus.

—Está bien —susurró Bryce.

—Y sobre la desafortunada destrucción de Lunathion, aceptamos toda la responsabilidad. Sandriel nos informó que la ciudad había sido evacuada y enviamos a la Guardia Asteriana para eliminar la infestación de demonios. Los misiles de azufre fueron el último recurso con la intención de salvarnos a todos. Fue increíblemente afortunado que tú encontraras una solución.

Mentiroso. Antiguo y horrendo mentiroso. Había encontrado el chivo expiatorio perfecto: un muerto. La rabia que cruzó la cara de Hunt le dijo que él también compartía su opinión.

—Tuve mucha suerte —logró decir Bryce.

—Sí, tal vez por el poder en tus venas. Un don así puede tener consecuencias tremendas si no se maneja con sabiduría —una pausa, como si estuviera sonriendo—. Confío en que aprenderás a manejar tanto tu fuerza inesperada como la luz dentro de ti con… discreción.

No te salgas de tu carril.

—Lo haré —murmuró Bryce.

—Bien —dijo Rigelus—. ¿Piensas que sea necesario que me ponga en contacto con tu madre, Ember Quinlan, para pedirle también su discreción?

La amenaza centelleó como un cuchillo. Un paso fuera de la línea y ya sabían dónde atacar primero. Las manos de Hunt formaron puños.

—No —dijo Bryce—. No sabe sobre los gobernadores.

—Y nunca lo sabrá. Nadie más lo sabrá jamás, Bryce Quinlan.

Bryce tragó saliva.

—Sí.

Una risa suave.

—Entonces tú y Hunt Athalar tienen nuestra bendición.

La llamada se cortó. Bryce se quedó viendo el teléfono como si fueran a brotarle alas y fuera a salir volando por el departamento.

Hunt se dejó caer en el sillón y se frotó la cara.

—Vivan con discreción y normalidad, mantengan la boca cerrada, nunca usen el Cuerno y no los pinche mataremos a ustedes y a todos sus seres amados.

Bryce se sentó en el brazo del sillón.

—Matas a unos cuantos enemigos, ganas el doble a cambio —gruñó Hunt.

Ella ladeó la cabeza:

—¿Por qué tienes puestas las botas?

—Isaiah me necesita en el Comitium. Está hasta el cuello con ángeles que quieren desafiar su autoridad y necesita apoyo —arqueó la ceja—. ¿Quieres venir a jugar Malvado Matón conmigo?

A pesar de todo, a pesar de que los asteri estaban observando y todo lo que había ocurrido, Bryce sonrió.

—Tengo el atuendo perfecto.


Bryce y Hunt dieron dos pasos en la azotea antes de que ella percibiera el olor familiar. Se asomó por el borde del edificio y vio quién iba corriendo por la calle. Miró a Hunt y él la tomó en sus brazos y la bajó hacia la acera. Tal vez ella inhaló su aroma profundo y su nariz rozó la fuerte columna de su cuello.

La caricia de Hunt en su espalda un momento antes de dejarla sobre el piso le comunicó que él había sentido cuando ella lo olió. Pero entonces Bryce ya estaba parada frente a Ruhn. Frente a Fury y a Tristan Flynn.

Fury apenas le dio un instante antes de saltar sobre ella y abrazarla con tanta fuerza que le crujieron los huesos.

—Eres una idiota con mucha suerte —dijo Fury riendo suavemente—. Y una perra inteligente.

Bryce sonrió y su risa se le atoró en la garganta cuando Fury se apartó. Pero le llegó una idea a la cabeza y buscó su teléfono… ah, cierto, se había quedado en algún lugar de esta ciudad.

—Juniper…

—Está a salvo. Voy a ir con ella ahora —Fury le apretó la mano y le asintió a Hunt—. Bien hecho, ángel.

Y con eso, su amiga salió corriendo y se perdió en la noche.

Bryce volteó a ver a Ruhn y Flynn. El último sólo la podía ver con la boca abierta. Pero Bryce miró a su hermano, inmóvil y silencioso. Tenía la ropa tan desgarrada que ella pudo deducir el mal estado en el que estaba antes de que la luzprístina lo curara. Probablemente había peleado para abrirse paso en la ciudad.

Entonces Ruhn empezó a hablar:

—Tharion se fue a ayudar a los evacuados a regresar de la Corte Azul, Amelie fue a la Madriguera para asegurarse de que los cachorros estuvieran bien, pero casi… estábamos a un kilómetro cuando oí la Puerta de Moonwood. Te oí hablar a través de ella, quiero decir. Había tantos demonios, no pude llegar, pero luego escuché a Danika y estalló toda esa luz y…

Se detuvo, tragó saliva. Sus ojos azules brillaban bajo las luces de la calle. El amanecer todavía quedaba lejos. Una brisa proveniente del Istros le despeinó el cabello. Y las lágrimas que tenía en los ojos, el asombro en su mirada, hicieron que Bryce se lanzara hacia él. Abrazó a su hermano y lo apretó con fuerza.

Ruhn no titubeó y la abrazó también. Temblaba tanto que ella supo que estaba llorando.

Unos pasos le indicaron que Flynn se había apartado para darles privacidad. Un olor a cedro le sugirió que Hunt se había elevado para esperarla.

—Pensé que habías muerto —dijo Ruhn y su voz temblaba tanto como su cuerpo—. Como diez putas veces, pensé que habías muerto.

Ella rio.

—Me alegra decepcionarte.

—Cállate, Bryce.

Tenía las mejillas empapadas cuando miró a Bryce a los ojos.

—¿Estás segura… estás bien?

—No lo sé —admitió ella.

Ruhn estaba preocupado pero ella no le dio información específica, no después de la llamada de Rigelus. No con todas las cámaras a su alrededor. Ruhn la miró con una mueca de comprensión. Sí, hablarían sobre esa extraña y antigua luz de estrella en sus venas en otro momento. Sobre lo que significaba para ambos.

—Gracias por venir por mí.

—Eres mi hermana —dijo Ruhn sin preocuparse por hablar en voz baja. Había orgullo en su voz. Y eso le pegó a ella justo en el corazón—. Por supuesto que iba a venir a salvarte el pellejo.

Ella le dio un golpe en el brazo, pero la sonrisa de Ruhn se volvió precavida.

—¿Fue en serio lo que le dijiste a Athalar? ¿Sobre mí?

Dile a Ruhn que lo perdono.

—Sí —respondió sin titubear ni un instante—. Todo fue en serio.

—Bryce —la cara de Ruhn se tornó solemne—. ¿De verdad pensaste que me importaba más la mierda del Astrogénito que ? ¿En serio crees que me importa quién de los dos es?

—Somos ambos —dijo ella—. Esos libros que leíste decían que había sucedido antes.

—No me importa un carajo —dijo él con una ligera sonrisa—. No me importa si me llaman príncipe o Astrogénito o el elegido o como sea —la tomó de la mano—. Lo único que quiero que me digan ahora es tu hermano —agregó con suavidad—. Si estás de acuerdo.

Ella le guiñó el ojo y sintió que el corazón se le apretaba hasta dolerle.

—Lo pensaré.

Ruhn sonrió antes de volver a ponerse serio.

—Sabes que el Rey del Otoño va a querer reunirse contigo. Prepárate.

—¿Tener este poder tan sofisticado no significa que ya no tengo que obedecer a nadie? Y sólo porque te perdoné a ti eso no significa que lo vaya a perdonar a él.

Eso no lo haría nunca.

—Lo sé —dijo Ruhn con los ojos radiantes—. Pero necesitas estar alerta.

Ella arqueó la ceja y se guardó la advertencia.

—Hunt me dijo sobre la lectura de mentes.

Lo había mencionado brevemente, junto con el resumen de lo que había sucedido en la Cumbre y todo lo que había pasado, cuando iban subiendo a la azotea.

Ruhn miró hacia la azotea donde estaba Hunt.

—Athalar tiene una bocota.

Que a ella le gustaría poner a trabajar en varias partes de su cuerpo, pensó, pero no lo dijo. No necesitaba que Ruhn vomitara en su ropa limpia.

Ruhn continuó:

—Y no es lectura de mentes. Sólo… conversación de mentes. Telepatía.

—¿Nuestro papito querido lo sabe?

—No.

Y luego su hermano le dijo en su mente.

Y así me gustaría que permaneciera.

Ella se sorprendió.

Qué miedo. Por favor mantente fuera de mi mente, hermanito.

Con gusto.

Sonó el teléfono de Ruhn y, cuando vio la pantalla, dijo:

—Tengo que contestar.

Claro, porque todos tenían que ponerse a trabajar para arreglar esta ciudad… empezando por atender a los muertos. La enorme cantidad de Travesías sería… No quería ni pensarlo.

Ruhn dejó que el teléfono sonara otra vez.

—¿Puedo visitarte mañana?

—Sí —dijo ella sonriendo—. Agregaré tu nombre a la lista de invitados.

—Sí, sí, pinche popular —fingió una expresión de fastidio y respondió la llamada—. Hola, Dec.

Se alejó hacia donde lo esperaba Flynn y le sonrió a Bryce como despedida.

Bryce miró hacia la azotea al otro lado de la calle. Donde el ángel seguía esperándola, una sombra contra la noche.

Pero ya no la Sombra de la Muerte.