Había una loba en la puerta de la galería.
Eso significaba que debía ser jueves, lo que a su vez implicaba que Bryce debía estar verdaderamente pinche cansada si dependía de los movimientos de Danika para saber qué día era.
La pesada puerta de metal de Antigüedades Griffin sonó con el impacto del puño de la loba: un puño que Bryce sabía estaba rematado por uñas pintadas de color morado metálico a las cuales les hacía buena falta una manicura. Un instante después se escuchó el grito de una voz femenina, medio amortiguado a través del acero:
—¡Abre con un demonio, B! ¡Hace un calor de mierda acá afuera!
Sentada frente al escritorio en la modesta sala de exhibición de la galería, Bryce esbozó una sonrisa burlona y retiró el video de la cámara instalada en la puerta principal. Se pasó un mechón de cabello color rojo vino detrás de la oreja puntiaguda y preguntó por el interfono:
—¿Por qué estás cubierta de tierra? Parece como si hubieras estado hozando en un basurero.
—¿Qué carajos quiere decir hozando? —contestó Danika con la cara brillante de sudor mientras posaba su peso en un pie y luego en el otro. Usó una mano mugrienta para limpiar el sudor de su frente y se embarró el líquido negro que tenía salpicado.
—Lo sabrías si alguna vez abrieras un libro, Danika.
Agradecida por el respiro en esta mañana de trabajo tedioso, Bryce sonrió y se levantó del escritorio. No había ventanas en la galería, por lo cual el extenso equipo de vigilancia era su única advertencia de lo que sucedía detrás de los gruesos muros. Incluso con su agudo oído por ser mitad hada, no lograba distinguir mucho más allá de la puerta de hierro salvo por los ocasionales golpes de un puño. Los muros sencillos de arenisca del edificio ocultaban la tecnología avanzada y los hechizos de primer grado que lo mantenían en funcionamiento y también preservaban muchos de los libros resguardados en el archivo del piso de abajo.
Como si tan sólo pensar en el nivel situado debajo de los tacones altos de Bryce la hubiera invocado, una vocecita, proveniente de la puerta del archivo de quince centímetros de grosor ubicada a su lado izquierdo, preguntó:
—¿Es Danika?
—Sí, Lehabah.
Bryce puso la mano en el picaporte de la puerta principal. Los hechizos que tenía zumbaron contra la palma de su mano y se deslizaron como humo sobre su piel dorada llena de pecas. Apretó los dientes para soportar la sensación, aún no se acostumbraba a pesar de que ya tenía un año trabajando en la galería.
Desde el otro lado de la puerta de metal aparentemente sencilla que daba a los archivos, Lehabah advirtió:
—A Jesiba no le gusta que esté aquí.
—A ti no te gusta que esté aquí —corrigió Bryce, y entrecerró sus ojos color ámbar en dirección a la puerta de los archivos y a la diminuta duendecilla de fuego que sabía flotaba justo al otro lado, escuchando como siempre hacía cuando alguien estaba frente a la galería.
—Vuelve a tu trabajo.
Lehabah no respondió, tal vez porque había regresado al piso de abajo para vigilar los libros. Bryce puso los ojos en blanco, abrió la puerta principal de un tirón y la azotó un golpe de calor tan seco en la cara que sintió como si fuera a succionarle la vida. Y el verano apenas comenzaba.
Danika no sólo parecía haber estado hozando en la basura. También olía como si lo hubiera hecho.
Algunos mechones delgados de su cabello rubio platinado, habitualmente una cascada sedosa y lacia, se habían salido de la trenza apretada y larga; las mechas de amatista, zafiro y rosado estaban salpicadas de una sustancia oscura y aceitosa que apestaba a metal y amoniaco.
—Te tardaste —se quejó Danika, y entró con su andar fanfarrón a la galería. La espada que tenía a la espalda subía y bajaba con cada paso. Su trenza se había enredado en la empuñadura de piel desgastada y al detenerse frente al escritorio Bryce se tomó la libertad de desenredarla.
Apenas había terminado de hacerlo cuando los dedos delgados de Danika ya estaban desabrochando las correas que mantenían la espada envainada cruzada contra la piel desgastada de su chamarra de motociclista.
—Necesito dejar esto aquí unas cuantas horas —dijo, quitándose la espada de la espalda y se dirigió al pequeño armario escondido detrás de un panel de madera al otro lado de la sala de exhibición.
Bryce se recargó en el borde del escritorio y se cruzó de brazos. Sus dedos rozaban contra la tela negra y elástica de su vestido entallado.
—Tu bolso del gimnasio ya está apestando el lugar. Jesiba regresará esta tarde y va a tirar tu mierda en el basurero otra vez si sigue aquí.
Eso era el Averno más amigable que Jesiba Roga podía desatar si alguien la provocaba.
Jesiba, una hechicera de cuatrocientos años de edad que había nacido bruja y posteriormente desertado a su gente, se había unido a la Casa de Flama y Sombra y ahora solamente le rendía cuentas al mismo Rey del Inframundo. La Flama y Sombra le iba bien; Jesiba poseía un arsenal de hechizos que rivalizaban con los de cualquier hechicero o nigromante de la más oscura de las Casas. Circulaban rumores de que había transformado gente en animales cuando se irritaba lo suficiente. Bryce nunca se había atrevido a preguntar si los pequeños animales que vivían en docenas de tanques y terrarios en la biblioteca siempre habían sido animales.
Y Bryce intentaba no irritarla nunca. No es que existieran garantías cuando se trataba de los vanir, un grupo que abarcaba a todos los seres de Midgard salvo a los humanos y animales comunes. Incluso el vanir menos peligroso podría ser mortífero.
—La recogeré luego —prometió Danika, y presionó el panel oculto para que se abriera el armario. Bryce le había advertido ya en tres ocasiones que la bodega de la sala de exhibición no era su casillero personal. Sin embargo, Danika siempre alegaba que la galería, localizada en el corazón de la Vieja Plaza, tenía una ubicación más céntrica que la Madriguera de los lobos en Moonwood. Y eso fue todo.
La puerta del armario se abrió y Danika agitó la mano frente a su cara.
—¿Mi bolsa del gimnasio está apestando el lugar? —preguntó, y con la punta de su bota negra movió el costal arrugado que contenía el equipo de baile de Bryce y que ahora estaba entre el trapeador y la cubeta.
—¿Cuándo fue la última vez que lavaste esa maldita ropa?
Bryce frunció el ceño al percibir el hedor de zapatos viejos y ropa sudada que salió de la habitación. Cierto, hace dos días había olvidado llevarse a casa el leotardo y las mallas para lavarlos después de su clase a la hora del almuerzo. En gran parte fue gracias a que Danika le había enviado un video de un montón de risarizoma sobre el mueble de la cocina, con música a todo volumen saliendo de la vieja grabadora junto a la ventana, y la orden de apresurarse para volver a casa. Bryce obedeció. Fumaron tanto que era muy probable que ayer Bryce todavía estuviera bajo los efectos cuando llegó tropezándose al trabajo.
En realidad no había otra explicación para entender por qué le había tomado diez minutos escribir un correo electrónico de dos oraciones ese día. Letra por letra.
—Olvídate de eso —dijo Bryce—, tengo otra cosa que hablar contigo.
Danika reacomodó las porquerías del armario para hacer espacio para las suyas.
—Ya te pedí perdón por comer lo que quedaba de tus tallarines. Compraré otros esta noche.
—No es eso, tarada; aunque de nuevo: jódete. Era mi almuerzo de hoy. —Danika rio.
—Este tatuaje duele endemoniadamente —protestó Bryce—. Ni siquiera puedo recargarme en mi silla.
Danika respondió con voz cantarina:
—El artista te advirtió que ibas a estar adolorida unos días.
—Estaba tan borracha que escribí mal mi nombre en el documento de exención de responsabilidad. No me atrevería a decir que estaba en condiciones de entender lo que significaba «adolorida unos días».
Danika, que se había hecho un tatuaje igual con el texto que ahora recorría la espalda de Bryce, ya había sanado. Ése era uno de los beneficios de ser vanir de sangre pura: tiempo de recuperación muy rápido comparado con el de los humanos, o el de los medio-humanos, como Bryce.
Danika aventó su espada al desorden del armario.
—Prometo ayudar y ponerte hielo en la espalda adolorida esta noche. Sólo déjame tomar una ducha y saldré de aquí en diez.
No era extraño que su amiga se presentara en la galería, en especial los jueves cuando su ronda matutina terminaba a unas cuantas cuadras de distancia, pero nunca había usado el baño completo que estaba en los archivos del piso de abajo. Bryce señaló la suciedad y la grasa.
—¿De qué estás manchada?
Danika frunció el ceño y los planos angulosos de su rostro se contrajeron.
—Tuve que separar a un sátiro y un merodeador nocturno que se estaban peleando.
Al ver la costra de la sustancia negra que ensuciaba sus manos hizo un gesto que mostró sus dientes blancos.
—Adivina cuál me lanzó sus jugos.
Bryce resopló e hizo un gesto hacia la puerta de los archivos.
—La ducha es toda tuya. Hay ropa limpia en el cajón inferior del escritorio de allá abajo.
Los dedos sucios de Danika empezaron a jalar la puerta de los archivos. Su mandíbula se tensó y el tatuaje más viejo que tenía en el cuello, el lobo sonriente y con cuernos que era la insignia de la Jauría de Diablos, onduló por la tensión.
No por el esfuerzo, como Bryce observó al ver la espalda tensa de Danika. Bryce miró en dirección al armario que Danika no había cerrado. La espada, famosa en esta ciudad y mucho más allá, estaba recargada contra la escoba y el trapeador, la funda antigua de piel quedaba casi oculta por el contenedor lleno de gasolina que se utilizaba para alimentar el generador de electricidad que estaba en el exterior.
Bryce siempre se había preguntado por qué Jesiba se molestaba con ese anticuado generador, hasta que hubo un apagón en toda la ciudad la semana pasada. Cuando falló el suministro de energía, el generador fue lo único que mantuvo los cerrojos mecánicos en su sitio durante los saqueos, cuando unos maleantes que venían del Mercado de Carne bombardearon la puerta principal de la galería con contrahechizos para intentar meterse a pesar de los encantamientos.
Pero… que Danika dejara la espada en la oficina. Que Danika necesitara ducharse. La espalda tensa.
Bryce preguntó:
—¿Tienes una reunión con los Líderes de la Ciudad?
En los cinco años que tenían de conocerse, desde su primer año como estudiantes en la Universidad de Ciudad Medialuna, Bryce podía contar con los dedos de una mano las veces que Danika había tenido que asistir a una junta con las siete personas suficientemente importantes como para ameritar una ducha y un cambio de ropa. Incluso cuando entregaba informes a su abuelo, el Premier de los lobos de Valbara, y a Sabine, su madre, Danika solía usar esa chamarra de cuero, jeans y cualquier camiseta de banda vintage que no estuviera sucia.
Por supuesto, eso irritaba muchísimo a Sabine, pero todo lo que tuviera que ver con Danika, y con Bryce, irritaba al Alfa de la Jauría de la Hoz de Luna, jefa de las unidades de metamorfos en el Auxiliar de la ciudad.
No importaba que Sabine fuera la primera en la línea de sucesión para convertirse en la Premier de los lobos de Valbara ni que llevara siglos siendo la heredera de su anciano padre, tampoco que Danika fuera la segunda en la línea para obtener el título. No importaba porque durante años habían circulado rumores de que Danika debía ser la Premier Heredera y saltarse a su madre. No importaba porque el viejo lobo le había dado a su nieta la espada, una reliquia familiar, tras siglos de haber prometido que se la quedaría Sabine cuando él muriera. Cuando Danika cumplió dieciocho años, la espada la llamó como un aullido en una noche de luna llena. Eso es lo que dijo el Premier para explicar su decisión inesperada.
Sabine nunca había olvidado aquella humillación. Sobre todo cuando Danika llevaba la espada casi a todas partes, en especial frente a su madre.
Danika se detuvo en el arco amplio, frente a las escaleras alfombradas de color verde que conducían a los archivos debajo de la galería, donde yacía el verdadero tesoro de este sitio, vigilado día y noche por Lehabah. Era la razón verdadera por la cual Danika, que se especializó en historia en la UCM, disfrutaba visitar con frecuencia, solamente para poder ojear el arte antiguo y los libros a pesar de que Bryce solía bromear sobre sus hábitos de lectura.
Danika volteó y sus ojos color caramelo estaban cerrados.
—Hoy liberarán a Philip Briggs.
Bryce se sobresaltó.
—¿¡Qué!?
—Lo van a liberar por un maldito tecnicismo. Alguien la cagó al hacer el papeleo. Nos van a dar toda la información en la reunión —dijo, y apretó su delgada mandíbula. El brillo de las lucesprístinas en los candeleros que recorrían el cubo de las escaleras se reflejaba en su cabello sucio—. Todo está tan jodido.
A Bryce se le revolvió el estómago. La rebelión humana seguía confinada a la parte norte de Pangera, el enorme territorio al otro lado del Mar Haldren, pero Philip Briggs había hecho todo lo posible para llevarla a Valbara.
—Pero tú y la jauría lo descubrieron en su pequeño laboratorio rebelde para hacer bombas.
Danika golpeó unas veces con la bota en la alfombra verde.
—¡Putas idioteces burocráticas!
—Iba a hacer estallar un club. Literalmente encontraste los planos para el atentado de bomba en el Cuervo Blanco.
Era uno de los centros nocturnos más populares en la ciudad y, por tanto, la pérdida de vidas hubiera sido catastrófica. Los atentados anteriores de Briggs habían sido de menor escala; aunque no menos mortíferos ya que todos estaban diseñados para provocar una guerra entre los humanos y los vanir igual a la que se estaba librando en los climas más fríos de Pangera. La meta de Briggs no era ningún secreto: un conflicto global que cobraría las vidas de millones en ambos lados. Vidas que eran desechables si eso significaba una oportunidad para los humanos de derrocar a quienes los oprimían: los longevos vanir que tenían el don de la magia y, sobre todo, los asteri, que gobernaban el planeta Midgard desde la Ciudad Eterna en Pangera.
Pero Danika y la Jauría de Diablos habían frustrado ese plan. Ella descubrió a Briggs y sus principales colaboradores, todos parte de los rebeldes Keres, y con eso evitó que su fanatismo particular cobrara las vidas de víctimas inocentes.
Como una de las unidades de metamorfos más selectas del Auxiliar de Ciudad Medialuna, la Jauría de Diablos patrullaba la Vieja Plaza y se aseguraba de que los turistas borrachos y manolargas no se convirtieran en turistas borrachos y manolargas muertos en caso de que se acercaran a la persona equivocada. Se aseguraba de que los bares, cafés, salas de conciertos y tiendas se mantuvieran a salvo de cualquier malviviente que hubiera entrado en la ciudad ese día. Y se aseguraba de que la gente como Briggs estuviera en prisión.
La 33ª Legión Imperial decía hacer lo mismo, pero los ángeles que conformaban las famosas filas del ejército personal del gobernador solamente ponían mala cara y prometían el Averno si se les desafiaba.
—Créeme —dijo Danika, mientras bajaba las escaleras dando pisotones—, voy a dejar putamente claro en esta reunión que la liberación de Briggs es inaceptable.
Lo haría. Aunque Danika tuviera que gruñirle en la cara a Micah Domitus, dejaría claro su punto de vista. No había muchos que se atrevieran a hacer enojar al arcángel de Ciudad Medialuna, pero Danika no titubearía. Y dado que los siete Líderes de la Ciudad estarían en esta junta, las probabilidades de que eso sucediera eran altas. Las cosas tendían a escalar rápidamente cuando todos estaban en una habitación. Había poca cordialidad entre los seis Líderes inferiores en Ciudad Medialuna, la metrópolis previamente conocida como Lunathion. Cada uno de los Líderes controlaba una parte específica de la ciudad: el Premier de los lobos en Moonwood, el Rey del Otoño de las hadas en Cinco Rosas, el Rey del Inframundo en el Sector de los Huesos, la Reina Víbora en el Mercado de Carne, el Oráculo en la Vieja Plaza y la Reina del Río, que aparecía solamente en muy raras ocasiones, representaba la Casa de las Muchas Aguas y su Corte Azul, muy por debajo de la superficie color turquesa del río Istros. Ella casi nunca se dignaba a salir de ahí.
Los humanos en Prados de Asfódelo no tenían Líder. No tenían un lugar a la mesa. Eso le facilitó a Philip Briggs encontrar bastantes simpatizantes.
Pero Micah, Líder del Distrito Central de Negocios, los gobernaba a todos ellos. Además de sus títulos por la ciudad, era el arcángel de Valbara. Gobernante de todo este puto territorio y solamente respondía a los seis asteri en la Ciudad Eterna, la capital y corazón viviente de Pangera. De todo el planeta de Midgard. Si alguien podía mantener a Briggs en prisión, era él.
Danika llegó al final de las escaleras, tan abajo que ya no se alcanzaba a ver por la pendiente del techo. Bryce se quedó en el arco al otro lado, escuchando a Danika decir:
—Hola, Syrinx.
El sonido del pequeño ladrido de alegría de la quimera de quince kilos ascendió por el cubo de la escalera.
Jesiba había comprado a la criatura Inferior hacía dos meses, para gran gusto de Bryce. No es una mascota —le había advertido Jesiba—. Es una criatura costosa y rara que compré con el único propósito de ayudar a Lehabah a vigilar estos libros. No interfieras con sus tareas.
Hasta el momento Bryce no le había informado a Jesiba que Syrinx estaba más interesado en comer, dormir y que le rascaran la panza que en monitorear los preciados libros. No importaba que su jefa lo pudiera ver en cualquier momento si se molestaba en revisar las docenas de cámaras que tenía la biblioteca.
Danika habló lentamente y la sonrisa se podía escuchar en su voz:
—¿Qué mosco te picó, Lehabah?
La duendecilla de fuego refunfuñó:
—A mí no me pican los moscos. No les va muy bien cuando tu cuerpo está hecho de flamas, Danika.
Danika rio. Antes de que Bryce pudiera decidir si debía bajar para vigilar la pelea entre la duendecilla de fuego y la loba, el teléfono sobre el escritorio empezó a sonar. Tenía una buena idea de quién podría ser.
Con los tacones hundidos en la alfombra de felpa, Bryce llegó al teléfono antes de que la llamada se fuera al correo de voz y se ahorró un sermón de cinco minutos.
—Hola, Jesiba.
Una voz femenina y hermosa respondió:
—Por favor dile a Danika Fendyr que si sigue usando mi bodega como su casillero personal, la convertiré en lagartija.