Hunt no tenía palabras en la mente, en el corazón, cuando Bryce lanzó su luzastral ardiente a la Puerta.
La luz estalló desde la roca transparente de la Puerta.
Llenó la plaza y se reflejó a lo largo de varias cuadras. Los demonios que quedaron a su paso berrearon al quedar ciegos y luego huyeron. Como si recordaran a quién le había pertenecido esa luz alguna vez. Cómo el príncipe Astrogénito había luchado con ella contra sus hordas.
La línea Astrogénita había crecido auténtica… dos veces.
Ruhn estaba lívido y el príncipe permaneció arrodillado viendo a su hermana, la Puerta encendida. Lo que ella había declarado al mundo. La identidad que había revelado.
Su rival. Una amenaza a todo lo que él iba a heredar.
Hunt sabía qué hacían las hadas para arreglar disputas sobre el trono.
Bryce poseía la luz de una estrella, algo que no se había visto desde las Primeras Guerras. Parecía que Jesiba había visto un fantasma. Fury veía la pantalla boquiabierta. Cuando el brillo empezó a apagarse, Hunt sintió que la respiración se le atoraba en la garganta.
El vacío dentro de la Puerta del Corazón había desaparecido. Ella había canalizado su luz de alguna manera a través del Cuerno y había sellado el portal.
En el silencio atónito de la sala de conferencias, todos observaron a Bryce jadear, recargarse contra uno de los costados de la Puerta y luego dejarse caer al piso. El arco de cristal seguía resplandeciendo. Un refugio temporal que haría que los demonios lo pensaran dos veces antes de acercarse, temerosos de la descendiente del Astrogénito.
Pero el resto de las Puertas de la ciudad permanecían abiertas.
Sonó un teléfono, una llamada saliente que se vinculó con las bocinas de la habitación. Hunt miró alrededor de la habitación para localizar al culpable y vio al Rey del Otoño con el teléfono en las manos. Pero el hombre parecía demasiado perdido en la rabia que le arrugaba el rostro como para que le importara que la llamada la pudieran escuchar todos. Declan Emmet no hizo siquiera el intento de hacer la llamada privada cuando Ember Quinlan contestó el teléfono y dijo:
—Quién…
—Sabías que era hada Astrogénita todos estos años y me lo ocultaste —gritó el rey.
Ember no perdió un momento.
—Tengo más de veinte años esperando esta llamada.
—Perra…
Una risa grave y agonizante.
—¿Quién crees que fulminó a tus matones hace tantos años? No fui yo, ni Randall. Ellos la tenían en sus manos, la sostenían del cuello. Y a nosotros nos tenían amenazados con una pistola —otra risa—. Ella se dio cuenta de lo que me iban a hacer. A Randall. Y con su puto poder ella los cegó.
¿Qué ciega a un Oráculo?
La luz. Luz del tipo que poseían los Astrogénitos.
Bryce seguía sentada en el arco, jadeando. Como si invocar la estrella, usar el Cuerno, le hubiera robado toda la fuerza.
Ruhn murmuró, más para sí mismo que para los demás:
—Esos libros decían que hubo varios Astrogénitos en las Primeras Guerras. Se lo dije y ella… —parpadeó despacio—. Ella ya lo sabía.
—Ella mintió porque te ama —dijo Hunt—. Para que pudieras conservar tu título.
Porque comparado con los poderes de Astrogénito que había visto en Ruhn… los de Bryce eran reales. El rostro lívido de Ruhn se contorsionó de dolor.
—¿Quién lo sabía? —le preguntó el Rey del Otoño a Ember—. ¿Esas putas sacerdotisas?
—No. Sólo Randall y yo —dijo Ember—. Y Danika. Ella y Bryce se metieron en serios problemas en la universidad y en ese momento salió. Cegó a un grupo de hombres aquella vez también.
Hunt recordó la fotografía del vestidor de la recámara de visitas, tomada después de eso. Su cercanía y el agotamiento no sólo provenían de la batalla peleada y ganada sino del secreto letal que al fin había sido revelado.
—Sus pruebas revelaron que no tenía poder —escupió el Rey del Otoño.
—Sí —dijo Ember en voz baja—. Era cierto.
—Explícate.
—Es un don de luzastral. Luz y nada más. Nunca significó nada para nosotros, pero para tu gente… —Ember pausó—. Cuando Bryce tenía trece años, accedió a visitarte. A conocerte, para ver si podía confiar en ti para decirte lo que poseía y no sentirse amenazada por ello.
Para ver si él podía manejar que el don había sido concedido a ella, su hija bastarda medio humana, y no a Ruhn.
Hunt no veía miedo en la cara del príncipe. Ni envidia ni duda. Sólo tristeza.
—Pero luego conoció a tu hijo. Y me dijo que cuando vio su orgullo de ser El Elegido, se dio cuenta de que no se lo podía quitar. No pudo porque ella también vio que era el único valor que tú le dabas a Ruhn. Aunque eso significara que ella no recibiera nada de lo que le correspondía, aunque revelarlo hubiera significado que lo podría usar en tu contra, no le haría eso a Ruhn. Porque lo quería mucho más de lo que te odiaba a ti.
El rostro de Ruhn se desfiguró de dolor.
Ember le gritó al Rey del Otoño:
—Y luego la dejaste en la calle, como basura —rio otra vez—. Espero que al final te devuelva el favor, pendejo.
Colgó.
El Rey del Otoño lanzó una jarra de agua que estaba frente a él al otro lado de la habitación, con tanta fuerza que se hizo añicos contra la pared.
La sangre de Hunt le latía por todo el cuerpo al recordar una conversación que habían tenido hacía semanas: él le había confesado que tenía dones que no quería. Bryce había estado de acuerdo, para su sorpresa, pero luego pareció rectificar y empezó a bromear sobre su don de atraer idiotas. Cambió de tema, ocultó la verdad.
Una suave mano femenina aterrizó sobre la de Hunt. La reina Hypaxia. Se le iluminaron los ojos marrones cuando él la volteó a ver sorprendido. Sintió su poder en el cuerpo como una canción de calidez. Era un martillo para todos los muros y obstáculos que estaban colocados frente él. Y sintió que el poder se enfocó en el hechizo del halo que tenía en la frente.
Ella le había preguntado unas semanas antes qué haría si le quitaba el tatuaje. A quién mataría.
Su primer objetivo estaba en esta habitación con ellos. Miró a Sandriel y entonces la barbilla de Hypaxia bajó un poco, como en confirmación.
Bryce seguía en la Puerta. Como si estuviera reuniendo fuerzas. Como si se estuviera preguntando cómo podría hacer esto otras seis veces.
Los demonios de las calles adyacentes vieron la luzastral que seguía brillando en la Puerta de la Vieja Plaza y se mantuvieron alejados. Sí, recordaban al Astrogénito. O conocían los mitos.
Aidas lo sabía. La había observado todos estos años, esperando que ella se revelara.
El poder de Hypaxia fluyó en silencio, imperceptible, en dirección a Hunt.
Sandriel se metió el teléfono al bolsillo. Como si lo hubiera estado usando bajo la mesa.
Ruhn también lo vio. El Príncipe Heredero de las hadas preguntó con voz baja y salvaje:
—¿Qué hiciste?
Sandriel sonrió.
—Me encargué de un problema.
El poder de Hunt estalló en su interior. Seguro le había dicho a los asteri todo lo que había visto. No sólo lo que refulgía en las venas de Bryce, sino también sobre el Cuerno.
Ellos seguro ya estaban actuando con esa información. Rápido. Antes de que cualquier otro pudiera considerar los dones de Bryce. Lo que significaría para la gente del mundo si supieran que una mujer medio humana, heredera del linaje Astrogénito, ahora tenía el Cuerno en su cuerpo, sólo ella podía usarlo…
Se reveló la verdad.
Por eso Danika lo había tatuado en Bryce. Sólo el linaje Astrogénito podía usar el Cuerno.
Micah había creído que el sinte y el linaje de Bryce serían suficientes para que él pudiera usar el Cuerno, sin importar la necesidad de tener el verdadero poder Astrogénito. El Cuerno sí había sanado, pero sólo funcionó porque Bryce era la heredera del linaje Astrogénito. Objeto y usuario se habían convertido en uno solo.
Si Bryce lo quería, el Cuerno podía abrir un portal a cualquier mundo, a cualquier reino. Justo como quería hacer Micah. Pero ese tipo de poder, en manos de un medio humano, para colmo, podía poner en peligro la soberanía de los asteri. Y los asteri eliminarían cualquier amenaza contra su autoridad.
En los huesos de Hunt empezó a gestarse un rugido.
Ruhn gritó:
—No pueden matarla. Ella es la única que puede cerrar esas putas Puertas.
Sandriel se recargó en su silla.
—No ha hecho el Descenso todavía, príncipe. Así que por supuesto que pueden —agregó—. Y parece que está agotada de todas maneras. Dudo que pueda cerrar la segunda Puerta, ya no digamos seis más.
Hunt enroscó los dedos.
Hypaxia lo miró a los ojos y sonrió con suavidad: una invitación y un desafío. Su magia vibraba en su interior, en su frente.
Sandriel le había informado a los asteri, así que matarían a Bryce.
Su Bryce. La atención de Hunt se concentró en la nuca de Sandriel.
Y se puso de pie cuando la magia de Hypaxia terminó de disolver el halo de su frente.