C90

Bryce estaba recargada contra el cuarzo resplandeciente de la Puerta sin poder levantarse porque el agotamiento la mantenía en su sitio, pero le temblaba todo el cuerpo.

Había funcionado. De alguna manera, había funcionado.

Ella no se permitió sentir asombro, ni temor a las implicaciones cuando su padre y los asteri lo averiguaran. No ahora que no tenía idea de cuánto tiempo brillaría su luzastral en la Puerta. Pero tal vez sería suficiente tiempo para que llegara la ayuda. Tal vez esto había marcado la diferencia.

Tal vez ella había marcado la diferencia.

Cada respiración le ardía en el pecho. Ya no faltaba mucho. Para que llegara la ayuda, para su fin, no lo sabía.

Pero sería pronto. Como fuera que terminara, Bryce sabía que sería pronto.


—Declan dice que Bryce sigue en la Puerta de la Vieja Plaza —reportó Fury por encima de su hombro.

Hunt mantuvo la vista en el horizonte lleno de estrellas. La ciudad era una sombra oscura, interrumpida sólo por un brillo tenue en su centro. La Puerta de la Vieja Plaza. Bryce.

—E Hypaxia dice que Bryce apenas puede moverse —agregó Fury con un dejo de sorpresa en su voz—. Parece que está drenada. No va a poder cerrar la siguiente Puerta sin ayuda.

—¿Pero la luz de la Puerta la está manteniendo a salvo? —gritó Ruhn para que lo escucharan a pesar del viento.

—Hasta que los demonios dejen de temer a la luz de Astrogénito —dijo Fury y transfirió la llamada a las bocinas del helicóptero—. Emmet, el radar está detectando tres máquinas de guerra al oeste. ¿Sabes algo?

Gracias al puto cielo. Alguien más había llegado a ayudar después de todo. Si podían llevar a Bryce a cada Puerta y ella lograba sacar suficiente luz para que fluyera por el Cuerno, lograrían detener la masacre.

Declan tardó un momento en contestar; su voz crujía en las bocinas arriba de Hunt.

—Parecen tanques imperiales.

Su pausa hizo que Hunt sostuviera con más fuerza la ametralladora.

Hypaxia aclaró.

—Es la Guardia Asteriana. Con cañones de misiles de azufre —su voz se hizo más intensa cuando le dijo al Rey del Otoño y al Premier de los lobos—. Saquen a sus fuerzas de la ciudad.

A Hunt se le congeló la sangre en las venas.

Los asteri habían enviado a alguien para que se encargara de los demonios. Y de Bryce.

Iban a hacer polvo la ciudad.

Los misiles de azufre no eran bombas ordinarias de químicos y metal. Eran de magia pura, hechos por la Guardia Asteriana: una combinación de sus poderes angelicales de viento y lluvia y fuego en una entidad hiperconcentrada, unida por luzprístina y lanzados con los cañones de los tanques. En donde caían, florecía la destrucción.

Para hacerlos aún más mortíferos, estaban envueltos en hechizos para hacer más lenta la sanación. Incluso para los vanir. El único consuelo para los que estaban del lado receptor de los misiles era que tardaban en hacerse y eso proporcionaba un descanso entre cada ronda de misiles. Un consuelo de tontos.

Fury encendió botones en el tablero.

—Unidades Asterianas, contesten. Uno, dos y tres, habla Fury Axtar. Retrocedan —nadie respondió—. Repito, retrocedan. Aborten la misión.

Nada. Declan dijo:

—Son la Guardia Asteriana. No te obedecerán a ti.

La voz del Rey del Otoño se escuchó en las bocinas.

—Nadie de Mando Imperial está respondiendo a nuestras llamadas.

Fury hizo girar el helicóptero y se dirigió hacia el sur. Entonces Hunt los vio. Los tanques negros que se abrían paso en el horizonte, cada uno del tamaño de una casa pequeña. Tenían la insignia imperial pintada en sus flancos. Los tres iban directo a Ciudad Medialuna.

Se detuvieron justo fuera de los límites de la ciudad. Los cañones de metal encima de los tanques se pusieron en posición.

Los misiles de azufre salieron volando de los cañones y pasaron por encima de los muros, con una estela de luz dorada en su camino. Cuando cayó el primero, él rezó que Bryce hubiera dejado la Puerta para buscar refugio.


Bryce se estaba ahogando con el polvo y el escombro, el pecho le subía y bajaba. Intentó moverse y no pudo. Su columna…

No era su columna, era su pierna que había quedado atrapada bajo un montón de concreto y hierro. Había escuchado la explosión un minuto antes y reconoció que la estela dorada en forma de arco era un misil de azufre gracias a que los había visto en la cobertura de los noticieros de las guerras en Pangera, así que había corrido hacia una puerta abierta del edificio de ladrillo donde estaba la sala de conciertos con la esperanza de que tuviera un sótano y, en ese momento, cayó el misil.

Los oídos le rugían, zumbaban. Gritaban.

La Puerta seguía en pie, la seguía protegiendo con su luz. La luz de ella, técnicamente.

El misil de azufre más cercano había caído en el vecindario vecino, por lo visto. Había sido suficiente para destrozar la plaza, para reducir algunos edificios a escombro, pero no fue suficiente para derrumbarla por completo.

Moverse. Tenía que moverse. Las otras Puertas seguían abiertas. Tenía que encontrar cómo llegar a ellas y cerrarlas también.

Tiró de su pierna. Para su sorpresa, las heridas pequeñas ya estaban sanando. Mucho más rápido que antes. Tal vez el Cuerno en su espalda ayudaba a acelerar la sanación.

Se estiró para intentar mover la plancha de concreto y quitársela de encima. No la pudo mover.

Jadeó entre dientes y lo intentó de nuevo. Habían echado misiles de azufre en la ciudad. La Guardia Asteriana había disparado a ciegas por encima de los muros de la ciudad para destruir las Puertas o matar demonios. Pero habían disparado sobre su propia gente, sin importarles a quien destruyeran…

Bryce inhaló profundo para tranquilizarse. No logró hacerlo.

Volvió a intentar y sus uñas se rompieron en el concreto. Pero a menos que se cortara el pie, no podía liberarse.


La Guardia Asteriana estaba recargando sus cañones sobre los tanques. La magia hiperconcentrada brillaba a su alrededor, como si el azufre estuviera intentando liberarse de sus ataduras de luzprístina. Como si estuviera ansiosa por desatar su ruina angelical sobre la ciudad indefensa.

—Van a disparar otra vez —susurró Ruhn.

—El misil de azufre aterrizó sobre todo en Moonwood —les dijo Declan—. Bryce está viva, pero está en problemas. Está atrapada bajo una placa de concreto. Está luchando para liberarse.

Fury gritó al micrófono:

ABORTEN LA MISIÓN.

Nadie respondió. Los cañones volvieron a apuntar hacia el cielo y giraron para dar en blancos diferentes.

Como si supieran que Bryce seguía viva. Seguirían bombardeando la ciudad hasta que ella muriera y matarían todo a su paso. Tal vez tenían la esperanza de que, si destruían las Puertas, los vacíos también desaparecerían.

Una calma helada y brutal descendió sobre Hunt.

Le dijo a Fury:

—Sube más alto. Lo más alto que pueda subir el helicóptero.

Ella supo lo que él pretendía hacer. No podía volar, no con sus alas débiles. Pero no tenía que hacerlo.

—Agárrense de algo —dijo Fury e inclinó el helicóptero con brusquedad. Empezó a subir más y más y más. Todos apretaron los dientes para resistir el peso que intentaba jalarlos de regreso a la tierra.

Hunt se preparó mentalmente, se instaló en ese sitio que lo había visto sobrevivir batallas y años en las mazmorras y la arena de Sandriel.

—Prepárate, Athalar —gritó Fury. Las máquinas de guerra se detuvieron, sus cañones estaban listos.

El helicóptero voló sobre los muros de Lunathion. Hunt se desabrochó el cinturón del asiento de la ametralladora. El Sector de los Huesos era una mancha de niebla debajo cuando cruzaron el Istros.

A Danaan le brillaron los ojos en señal de gratitud. Entendía lo que sólo Hunt podía hacer.

En el horizonte aparecieron la Vieja Plaza y la Puerta resplandeciente en su corazón. La única señal que necesitaba. Hunt no titubeó. No tuvo miedo.

Hunt saltó del helicóptero con las alas muy pegadas al cuerpo. Un boleto sencillo. Su último vuelo.

Muy abajo, sus ojos podían distinguir a Bryce que estaba adoptando la posición fetal, como si eso la fuera a salvar de la muerte que pronto la haría pedazos.

Los misiles de azufre salieron disparados uno tras otro. El más cercano volaba directo a la Vieja Plaza con el brillo dorado de su poder letal. Hunt iba cayendo al suelo pero logró notar que el ángulo del misil estaba mal, que caería a unas diez cuadras de distancia. Pero seguía siendo muy cerca. Bryce seguía estando definitivamente en la zona de la explosión donde todo ese poder angelical comprimido la haría pedazos.

El misil de azufre cayó y toda la ciudad rebotó bajo su impacto maldito. Cuadra tras cuadra se iba destrozando en una ola de muerte.

Con las alas abiertas, en una erupción de relámpagos, Hunt se lanzó sobre Bryce cuando el mundo se desgajó.