C07

Los escalones negros que colindaban con la costa neblinosa del Sector de los Huesos lastimaron a Bryce cuando se hincó frente a las enormes puertas de marfil.

El Istros se extendía como un espejo gris detrás de ella, silencioso en la luz previa al amanecer.

Tan silencioso y quieto como ella había quedado, hueca y a la deriva.

La bruma se arremolinaba a su alrededor, extendiendo su velo sobre todo salvo los escalones de obsidiana donde estaba hincada y las puertas de hueso tallado que ascendían imponentes. El podrido barco negro a sus espaldas era su única compañía, su cuerda antigua y mohosa estaba tendida sobre los escalones a manera de muelle. Ella había pagado la cuota: el barco estaría ahí hasta que ella terminara. Hasta que hubiera dicho lo que tenía que decir.

El reino de los vivos seguía a un mundo de distancia; la bruma arremolinada ocultaba las torres y los rascacielos de la ciudad, las bocinas de los coches y el conjunto de voces enmudecían. Había dejado atrás todas sus posesiones terrenales. No tendrían ningún valor aquí, entre segadores y muertos.

Se sentía contenta de dejarlos atrás, en especial su teléfono, tan lleno de rabia y odio.

El último mensaje de voz de Ithan había llegado hacía apenas una hora, sacudiéndola del estupor sin sueño en el cual había pasado las últimas seis noches, mirando el techo oscuro de la habitación de hotel que estaba compartiendo con su madre. Sin responder a ninguna llamada ni mensaje.

Pero las palabras de Ithan habían quedado ahí colgando cuando se metió al baño del hotel a escuchar.

No vengas a la Travesía mañana. No eres bienvenida aquí.

Lo había escuchado una y otra vez, las primeras palabras que hacían eco en su cabeza silenciosa.

Su madre no había despertado en la cama contigua de la de ella cuando salió del cuarto de hotel con sus suaves pasos de hada. Tomó el elevador de servicio y salió por la puerta trasera sin vigilancia hacia un callejón. No había salido de esa habitación en seis días, solamente miraba sin expresión el papel tapiz de flores del hotel. Y ahora, en el séptimo amanecer… Sólo por ese motivo saldría. Recordaría cómo mover su cuerpo, cómo hablar.

La Travesía de Danika comenzaría al alba y las Travesías para el resto de la jauría serían después. Bryce no estaría ahí para presenciarlas. Aunque los lobos no le hubieran prohibido la entrada, no lo podría haber soportado. Ver ese barco negro que partía del muelle con todo lo que quedaba de Danika dentro, para que su alma fuera juzgada digna o no de entrar a la isla sagrada al otro lado del río.

Ahí sólo había silencio. Silencio y niebla.

¿Esto era la muerte? ¿Silencio y niebla?

Bryce se pasó la lengua por los labios resecos y partidos. No recordaba la última vez que había bebido algo. Que había comido. Tan sólo recordaba a su madre insistiéndole en que tomara un sorbo de agua.

Una luz se había apagado en su interior. Una luz se había extinguido.

Bien podría estar mirando su interior. Oscuridad. Silencio. Niebla.

Bryce levantó la cabeza y miró hacia las puertas de hueso tallado, labradas de las costillas de algún leviatán que había recorrido las profundidades del mar del norte pero que había muerto hacía mucho. La niebla se cerró más y la temperatura descendió. Anunciando la llegada de algo antiguo y terrible.

Bryce permaneció de rodillas. Inclinó la cabeza.

No era bienvenida en la Travesía. Así que había venido a este lugar a despedirse. A darle a Danika esta última cosa.

La criatura que vivía en la niebla emergió e incluso el río a sus espaldas tembló.

Bryce abrió los ojos. Y levantó la mirada muy despacio.