Hunt despertó en el momento que olfateó un macho en su recámara y sus dedos se cerraron alrededor del cuchillo debajo de su almohada. Abrió un ojo, apretando el mango del cuchillo, recordó cada ventana y puerta, cada posible arma que podría usar para su provecho…
Encontró a Syrinx sentado sobre la almohada a su lado y la cara aplastada de la quimera lo estaba viendo.
Hunt gimió y una exhalación brotó de él. Syrinx le puso la pata en la cara.
Hunt rodó para alejarse.
—Buenos días a ti también —dijo entre dientes y miró por la habitación. Estaba seguro de haber cerrado la puerta anoche. Ahora estaba abierta de par en par. Miró el reloj.
Las siete. No había notado cuando Bryce se levantó para ir a trabajar, no la había escuchado caminando por el departamento ni había escuchado la música que sabía le gustaba escuchar.
Claro, tampoco había escuchado su propia puerta al abrirse. Había dormido como los muertos. Syrinx descansó su cabeza sobre el hombro de Hunt y suspiró con tono sufrido.
Que Solas lo salvara.
—¿Por qué sospecho que si te doy de desayunar será tu segunda o tercera comida del día?
Un parpadeo inocente de esos ojos redondos.
Incapaz de contenerse, Hunt rascó a la pequeña bestia detrás de sus orejas graciosas.
El departamento soleado más allá de su recámara estaba en silencio y la luz calentaba los pisos de madera clara. Se paró de la cama y se puso los pantalones. Su camisa era un desastre por los acontecimientos de la noche anterior, así que la dejó en el piso y… mierda. Su teléfono. Lo tomó del buró junto a la cama y vio sus mensajes. Nada nuevo, ninguna misión de Micah, gracias a los dioses.
Dejó su teléfono sobre el vestidor junto a la puerta y avanzó hacia la estancia.
No había ninguna señal ni sonido. Si Quinlan se había ido así nada más…
Atravesó el espacio a toda velocidad hasta el pasillo al otro lado. La puerta de su recámara estaba entreabierta, como si Syrinx se hubiera salido y…
Profundamente dormida. El montón de mantas estaba retorcido y aventado por todas partes y Quinlan estaba recostada boca abajo en la cama, abrazando una almohada. La posición era casi idéntica a la posición en la que había estado anoche, sobre Juniper.
Hunt estaba bastante seguro de que la mayoría de la gente consideraría que su camisón gris con la espalda escotada y con encaje rosado era una camisa. Syrinx entró, se subió a su cama y le puso la nariz en el hombro desnudo.
El tatuaje que tenía en la espalda, líneas hermosas en un alfabeto que él no reconocía, se elevaba y bajaba con cada respiración profunda. Tenía moretones por todas partes en su piel dorada que él no había notado anoche, ya verdosos gracias a su sangre hada.
Y él la estaba viendo. Como un maldito asqueroso.
Hunt se dirigió hacia el pasillo y de repente sus alas eran demasiado grandes, su piel le quedaba demasiado ajustada, y entonces se abrió la puerta principal. Con un movimiento ágil ya tenía el cuchillo en la mano detrás de su espalda…
Juniper entró con una bolsa color café de lo que parecía ser panes de chocolate en una mano y un juego extra de llaves en la otra. Se detuvo en seco al verlo en el pasillo de la recámara.
Abrió la boca con un Oh silencioso.
Lo miró, no de la manera en que lo hacían algunas mujeres hasta que notaban los tatuajes, sino de una manera que le dijo que había un hombre medio desnudo en medio del departamento de Bryce a las siete de la mañana.
Él abrió la boca para decir que no era lo que parecía pero Juniper sólo pasó a su lado. Sus pezuñas delicadas iban haciendo un suave sonido en los pisos de madera. Se metió a la recámara, sacudió la bolsa y Syrinx se volvió loco, moviendo la cola mientras Juniper decía con voz cantarina:
—Traje cuernitos de chocolate así que levanta tu trasero desnudo de esa cama y ponte unos pantalones.
Bryce levantó la cabeza para ver a Juniper y luego a Hunt en el pasillo. No se molestó en bajar la orilla de su camisón sobre su ropa interior de encaje verde azulado. Con los ojos entrecerrados dijo:
—¿Qué?
Juniper avanzó hacia su cama y parecía que estaba a punto de sentarse ahí pero lo miró.
Hunt se tensó.
—No es lo que parece.
Juniper le sonrió con dulzura.
—Entonces sería lindo que nos dieras un poco de privacidad.
Él regresó por el pasillo hacia la cocina. Café. Eso sonaba como un buen plan.
Abrió uno de los gabinetes y sacó unas tazas. Las voces se escuchaban hasta donde él estaba, de todas maneras.
—Intenté llamarte pero tu teléfono estaba apagado y pensé que quizá lo habías perdido —dijo Juniper.
Se escuchó el movimiento de mantas.
—¿Estás bien?
—Muy bien. Los noticieros siguen especulando pero creen que los responsables son los humanos rebeldes de Pangera que quieren provocar problemas aquí. Hay videos de la zona de carga que muestran su insignia en una caja de vino. Creen que así es como metieron la bomba.
Así que la teoría se había sostenido hasta el día de hoy. Si de verdad estaba conectada con el Cuerno todavía estaba por verse. Hunt hizo una nota mental de preguntarle a Isaiah, en cuanto Juniper saliera, sobre su solicitud de reunirse con Briggs.
—¿El Cuervo está totalmente destrozado?
—Sí, quedó muy mal. No sé cuándo volverá a abrir. Por fin localicé a Fury anoche y dijo que Riso está tan enojado que ofreció una recompensa por la cabeza de quien sea el responsable.
Eso no le sorprendía. Hunt había escuchado que, a pesar de su naturaleza risueña, cuando el metamorfo de mariposa se enojaba, la cosa era seria. Juniper continuó:
—Fury tal vez vendrá a casa por esto. Ya sabes que no puede resistir un reto.
Solas flamígero. Meter a Fury Axtar en este asunto era una puta mala idea. Hunt vertió granos de café en la máquina brillante de cromo empotrada en la pared de la cocina.
Quinlan preguntó tensa:
—¿Entonces vendrá a casa por una recompensa pero no para vernos?
Silencio. Luego:
—Tú no fuiste la única que perdió a Danika aquella noche, B. Cada quien ha lidiado con esto de maneras diferentes. La respuesta de Fury a su dolor fue huir.
—¿Tu terapeuta te dijo eso?
—No voy a pelear contigo por esto otra vez.
Más silencio. Juniper se aclaró la garganta.
—B, lamento lo que hice. Te dejé un moretón…
—Está bien.
—No, no lo está…
—Sí. Entiendo, yo…
Hunt encendió el molino de café de la máquina para darles algo de privacidad. Podría haber molido los granos hasta que se convirtieran en un polvo fino en vez de trozos toscos, pero cuando terminó, Juniper estaba diciendo:
—Entonces, el ángel hermoso que está haciéndote café en este momento…
Hunt le sonrió a la cafetera. Hacía mucho, mucho tiempo que nadie lo había descrito como algo que no fuera el Umbra Mortis, el Cuchillo de los Arcángeles.
—No, no y no —la interrumpió Bryce—. Jesiba me obligó a hacer un trabajo clasificado y Hunt fue designado como mi protector.
—¿Estar sin camisa en tu casa es parte de esa designación?
—Ya sabes cómo son los hombres vanir. Viven para presumir sus músculos.
Hunt puso los ojos en blanco y Juniper rio.
—Me sorprende que lo estés dejando quedarse aquí, B.
—No tuve opción, en realidad.
—Hmm.
El sonido de unos pies chocando contra el piso.
—Sabes que está escuchando, ¿verdad? Sus plumas deben estar tan esponjadas que no podría caber por la puerta.
Hunt se recargó contra el mueble y la cafetera gruñó por él cuando Bryce salió por el pasillo.
—¿Esponjado?
Era evidente que no se había molestado en hacer lo que su amiga le había pedido sobre los pantalones. Cada paso que daba hacía que el encaje del camisón rozara contra sus muslos y se subiera para revelar esa cicatriz gruesa y brutal en su pierna izquierda. Él sintió que se le retorcía el estómago al ver lo que le había hecho.
—Ojos arriba, Athalar —dijo ella con voz lenta. Hunt frunció el ceño.
Pero Juniper venía siguiendo a Bryce de cerca, con sus pezuñas golpeando con suavidad los pisos de madera, y levantó la bolsa de pan.
—Sólo quería dejar estos. Tengo ensayo en… —sacó su teléfono del bolsillo de sus mallas negras ajustadas—. Mierda. Ahora. Adiós, B.
Se apresuró a la puerta y lanzó la bolsa de pan hacia la mesa con gran puntería.
—Buena suerte, llámame después —dijo Bryce, mientras iba en camino a revisar la ofrenda de paz que había dejado su amiga.
Juniper permaneció en la puerta el tiempo suficiente para decirle:
—Haz tu trabajo, Umbra.
Luego se fue.
Bryce se sentó en una de las sillas de cuero en la mesa de vidrio y suspiró al sacar un cuerno de chocolate. Lo mordió y gimió.
—¿Los legionarios comen cuernitos?
Él permaneció recargado en el mueble.
—¿Ésa es una pregunta real?
Mordida-masticar-tragar.
—¿Por qué estás despierto tan temprano?
—Son casi las siete y media. No es temprano para nadie. Pero tu quimera casi se sentó en mi cara así que ¿cómo iba a no levantarme? ¿Y cuánta gente, exactamente, tiene llaves de este lugar?
Ella se terminó su cuernito.
—Mis padres, Juniper y el portero. Hablando de eso… necesito devolver estas llaves y hacer otra copia.
—Y haz una para mí.
El segundo cuernito estaba a medio camino hacia su boca pero se detuvo y lo puso en la mesa.
—Eso no va a suceder.
Él la miró a los ojos.
—Claro que sí. Y cambiarás los hechizos para que yo tenga acceso…
Ella mordió el cuerno.
—¿No es agotador ser un alfadejo todo el tiempo? ¿Tienen un manual o qué? ¿Tal vez grupos secretos de apoyo?
—¿Un alfa… qué?
—Alfadejo. Macho alfa y pendejo. Posesivo y agresivo —hizo un ademán hacia su pecho desnudo—. Ya sabes, los machos que te arrancan la camisa a la menor provocación, que saben cómo matar a alguien de veinte diferentes maneras, que tienen a las mujeres enloquecidas por estar con ellos y, cuando al fin consiguen acostarse con una, se ponen como locos en celo con ella, se niegan a permitir que otro hombre las vea o les hable, deciden qué y cuándo debe comer, qué se debe poner, cuándo ve a sus amigas…
—¿De qué carajos estás hablando?
—Sus pasatiempos favoritos son ser distantes, pelear y rugir. Han perfeccionado cerca de treinta tipos distintos de gruñidos y refunfuños, tienen un grupo de amigos atractivos y en el momento que uno de ustedes tiene pareja, los demás caen como fichas de dominó también y que los dioses los ayuden cuando todos empiecen a tener bebés…
Él le quitó el cuerno de la mano. Eso la calló.
Bryce se quedó con la boca abierta, viendo a Hunt y luego a su pan. Él se preguntó si lo mordería cuando él se lo llevara a la boca. Pero vaya que estaba bueno.
—Uno —le dijo a ella y volteó una silla para sentarse con el respaldo al frente—. La última cosa que quiero hacer es acostarme contigo así que podemos eliminar todas esas opciones de Sexo, Apareamiento y Bebés. Dos, no tengo amigos, así que ten la puta certeza de que no adquiriré el estilo de vida de retiro de parejas en el futuro cercano. Tres, si empezamos a quejarnos de la gente para quien la ropa es opcional… —se terminó el cuerno y la miró con intensidad—. Yo no soy el que pasea por el departamento en sostén y ropa interior cada mañana mientras me visto.
Había hecho un esfuerzo por olvidar ese detalle en particular. Cómo después de su carrera matutina iniciaba una rutina diaria de peinado y maquillaje que duraba más de una hora de principio a fin usando lo que parecía ser una extensa y bastante espectacular colección de ropa interior.
Hunt supuso que si él se viera como ella también usaría esa ropa.
Bryce lo vio furiosa, su boca y su mano, y gruñó.
—Ése era mi cuernito.
La cafetera sonó pero él se quedó sentado en la silla.
—Me conseguirás unas nuevas llaves y me incluirás en los hechizos. Porque es parte de mi trabajo y ser asertivo no es la primera señal de ser un alfadejo, es una señal de que quiero asegurarme de que no termines muerta.
—Deja de decir tantas malas palabras. Estás haciendo sentir mal a Syrinx.
Él se acercó lo suficiente como para notar las chispas de dorado que tenía en los ojos color ámbar.
—Tú tienes la boca más sucia que he escuchado jamás, corazón. Y por la manera en que tú actúas, pensaría que más bien tú eres la alfadeja aquí.
Ella refunfuñó de manera apenas perceptible.
—¿Lo ves? —dijo él con voz lenta—. ¿Qué dijiste? ¿Una mezcla de gruñidos y murmullos? —hizo un ademán con la mano—. Ahí lo tienes.
Ella dio unos golpecitos sobre la mesa de vidrio con sus uñas color cielo crepuscular.
—Nunca más te vuelvas a comer mi cuernito. Y deja de llamarme corazón.
Hunt sonrió y se puso de pie.
—Necesito ir al Comitium por mi ropa. ¿Dónde vas a estar?
Bryce frunció el ceño y no le dijo nada.
—La respuesta —continuó Hunt— es conmigo. Donde sea que tú o yo vayamos, lo haremos juntos de ahora en adelante. ¿Lo entendiste?
Ella le hizo una señal con el dedo. Pero no continuó discutiendo.