La Madriguera de los lobos en Moonwood ocupaba diez cuadras enteras de la ciudad, era una villa enorme construida alrededor de una zona boscosa y de pastizales que, según decía la leyenda, había crecido ahí desde antes de que estas tierras fueran habitadas. A través de la cerca de hierro integrada a los grandes arcos de piedra caliza, Bryce alcanzaba a ver el parque privado, donde la luz del sol convencía a las flores adormiladas de abrir durante el día. Había cachorros de lobo brincando y saltando unos sobre otros, persiguiéndose la cola mientras los cuidaban ancianos de hocico gris cuyos días brutales en el Aux habían quedado atrás hacía tiempo.
Ella sintió que se le hacía un nudo en el estómago; tanto que agradeció no haber desayunado nada. Apenas había dormido la noche anterior por estar considerando y reconsiderando este plan. Hunt le había ofrecido hacerlo personalmente, pero ella se había negado. Había llegado aquí, tenía que enfrentarlo. Por Danika.
Hunt vestía su traje de batalla normal y guardaba silencio a un paso de distancia, como había hecho en el camino hacia este lugar. Como si supiera que ella apenas lograba evitar que le temblaran las piernas. Deseaba haber usado tenis. El ángulo pronunciado de sus tacones le irritaba la herida del muslo. Bryce apretó la mandíbula para aguantar el dolor de pie frente a la Madriguera.
Hunt mantuvo los ojos oscuros fijos en los cuatro guardias apostados en la cerca de entrada.
Había tres mujeres y un hombre. Todos en su forma humanoide, todos de negro, todos armados con pistolas y espadas enfundadas a la espalda. El tatuaje de una rosa de ónix con tres marcas de garras cortando los pétalos les adornaba un lado del cuello y los marcaba como miembros de la Cuadrilla de Lobos de la Rosa Negra.
El estómago le dio un vuelco al ver las empuñaduras que se asomaban por encima de sus hombros acorazados. Pero ella hizo un esfuerzo por apartar el recuerdo de la trenza rubia platinada con mechones morados y rosados que constantemente se atoraba en la empuñadora de una espada antigua e invaluable.
Aunque los lobos de la Jauría de Diablos eran jóvenes, se les admiraba por ser los más talentosos en generaciones. Los lideraba la Alfa más poderosa que había pisado Midgard.
La Jauría de la Rosa Negra era muy diferente. Muy, muy pinche diferente.
Sus ojos se encendieron con deleite depredador al ver a Bryce.
Ella sintió la boca seca. Y luego la sintió árida cuando vio aparecer un quinto lobo que salía del vestíbulo de seguridad a la izquierda de la reja.
La Alfa llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza apretada que acentuaba su cara angulosa cuando rio al ver a Bryce y Hunt. La mano de Athalar se acercó con despreocupación al cuchillo que traía en el muslo.
Bryce dijo con la mayor informalidad que pudo:
—Hola, Amelie.
Amelie Ravenscroft le mostró los dientes.
—¿Qué carajos quieres?
Hunt le mostró los dientes también.
—Estamos aquí para ver al Premier —le mostró su placa de la legión y el oro brilló bajo el sol—. En nombre del gobernador.
Los ojos dorados de Amelie voltearon a ver a Hunt, el halo que tenía tatuado. Miró su mano sobre el cuchillo y el SPQM que seguro sabía estaba tatuado del otro lado de su muñeca. Hizo una mueca con el labio levantado.
—Bueno, al menos elegiste compañía interesante, Quinlan. Danika habría estado de acuerdo. Demonios, a lo mejor se lo hubieran tirado las dos al mismo tiempo —Amelie se recargó en el costado de la caseta de vidrio—. Hacían eso, ¿no? Me enteré de su encuentro con esos dos daemonaki. Clásico.
Bryce sonrió aburrida.
—En realidad eran tres daemonaki.
—Puta estúpida —le gruñó Amelie.
—Cuidado —gruñó Hunt de regreso.
Los miembros de la jauría de Amelie permanecieron a sus espaldas, con la atención puesta en Hunt y a una distancia prudente. Suponía que era el beneficio de estar con el Umbra Mortis.
Amelie rio, un sonido lleno de odio. No sólo odio por ella, se dio cuenta Bryce. Sino por los ángeles. Las Casas de Tierra y Sangre y de Cielo y Aliento eran rivales en un buen día, enemigas en uno malo.
—¿O qué? ¿Vas a usar tus relámpagos conmigo? —le dijo a Hunt—. Si lo haces, te meterías en tantos problemas que tu amo te enterraría vivo.
Sonrió con desagrado mirando el tatuaje de su frente.
Hunt se quedó inmóvil. Y aunque hubiera sido interesante ver al fin cómo mataba Hunt Athalar, tenían una razón para estar en ese lugar. Así que Bryce le dijo a la líder de la jauría:
—Eres un amor, Amelie Ravenscroft. Por favor llama por radio a tu jefe y dile que estamos aquí para ver al Premier.
Movió las cejas para enfatizar sus palabras con algo de desprecio porque sabía que así enfurecería al Alfa.
—Cállate la boca —le dijo Amelie— si no quieres que te arranque la lengua.
Un hombre de pelo castaño parado detrás de Amelie dijo en tono retador:
—¿Por qué no vas a cogerte a alguien en un baño otra vez, Quinlan?
Ella ignoró cada una de sus palabras. Pero Hunt ahogó una risa que prometía huesos fracturados.
—Les dije que tuvieran cuidado.
—Adelante, ángel —se burló Amelie—. Veamos lo que puedes hacer.
Bryce apenas podía moverse por el pánico y la tensión que la invadían, casi no podía respirar, pero Hunt dijo en voz baja:
—Hay seis cachorros jugando cerca de esta reja. ¿De verdad los quieres exponer al tipo de pelea que tendríamos, Amelie?
Bryce parpadeó. Hunt ni siquiera la volteó a ver y continuó dirigiéndose a Amelie:
—No voy a golpearte así frente a los niños. Así que o nos dejas entrar o regresaremos con una orden de cateo —su mirada no titubeó—. No creo que Sabine Fendyr se sienta particularmente contenta con la Opción B.
Amelie le sostuvo la mirada y todos los demás se tensaron. La arrogancia y soberbia habían hecho que Sabine promoviera a su Alfa de la Jauría de la Rosa Negra antes que a Ithan Holstrom, quien era ahora el Segundo de Amelie. Pero Sabine quería a alguien justo como ella, al margen del mayor rango de Ithan. Y tal vez a alguien un poco menos Alfa también, para poderla mantener bajo el control de sus garras.
Bryce esperó que Amelie se burlara de la orden de cateo. Esperó el comentario mordiente o la aparición de colmillos.
Sin embargo, Amelie tomó el radio de su cinturón y dijo:
—Hay visitas aquí para el Premier. Vengan por ellos.
Hubo una época en que Bryce podía entrar y salir por estas puertas que vigilaba la cabeza oscura de Amelie, una época en la que pasaba horas jugando con los cachorros en el pasto y la zona arbolada detrás cada vez que Danika tenía guardia y debía cuidar a los niños.
Apartó de su mente ese recuerdo de cómo habían sido las cosas: observar a Danika jugando con los cachorros peludos o con los niños que gritaban, porque todos la idolatraban. Su futura líder, su protectora, la que llevaría a los lobos a nuevas alturas.
Bryce sintió que el pecho se le oprimía tanto como para dolerle. Hunt la miró en ese momento y arqueó las cejas.
No podía hacer eso. Estar aquí. Entrar a este lugar.
Amelie sonrió, como si se hubiera dado cuenta. Olfateó su miedo y su angustia.
Y ver a esa puta perra ahí parada, donde alguna vez había estado Danika… Bryce sintió que veía todo rojo y dijo:
—Me agrada ver que los delitos hayan disminuido tanto para que lo único que tengas que hacer con tu día, Amelie, sea vigilar la puerta.
Amelie sonrió despacio. Se escucharon pasos al otro lado de la puerta, justo antes de que la abrieran, pero Bryce no se atrevió a ver. No se atrevió mientras Amelie decía:
—Sabes, a veces creo que debería agradecerte… dicen que si Danika no hubiera estado tan distraída enviándote mensajes por tus estupideces de borracha, podría haber anticipado el ataque. Y entonces yo no estaría donde estoy, ¿no crees?
Las uñas de Bryce le cortaron las palmas de las manos. Pero su voz, gracias a los dioses se escuchó serena cuando dijo:
—Danika era mil veces la loba que tú eres. No importa dónde estés, nunca serás lo que ella era.
Amelie se puso blanca de rabia, arrugó la nariz y sus labios se retrajeron para dejar expuestos sus dientes que empezaban a crecer…
—Amelie —dijo una voz masculina desde las sombras del arco de entrada.
Oh, dioses. Bryce apretó los dedos para formar puños y que no se notara que le temblaban las manos al ver al joven lobo.
Pero los ojos de Ithan Holstrom iban de ella a Amelie mientras se acercaba a su Alfa.
—No vale la pena —dijo Ithan.
Las palabras implícitas ebullían en su mirada. Bryce no vale la pena.
Amelie resopló y se dio la vuelta para regresar al vestíbulo. Una mujer más baja de estatura y de cabello castaño la siguió. La Omega de la jauría, si recordaba bien. Amelie hizo una mueca de desdén a Bryce por encima del hombro:
—Regresa al basurero del que saliste.
Luego cerró la puerta. Y dejó a Bryce parada frente al hermano menor de Connor.
El rostro bronceado de Ithan no tenía nada de amable. Su cabello castaño dorado estaba más largo que la última vez que lo había visto, pero entonces era un estudiante de segundo año que jugaba solbol para UCM.
Este hombre alto y musculoso que estaba frente a ellos ya había hecho el Descenso. Había ocupado los zapatos de su hermano y se había unido a la jauría que reemplazó la de Connor.
El roce de las alas de Hunt suaves como terciopelo en su brazo la hizo empezar a caminar. Cada paso en dirección del lobo elevaba su ritmo cardiaco.
—Ithan —logró decir Bryce.
El hermano menor de Connor no dijo nada y se dio la vuelta hacia los pilares que flanqueaban el pasillo.
Iba a vomitar. Encima de todo: las losetas de piedra caliza, los pilares, las puertas de vidrio que llevaban hacia el parque al centro de la villa.
No debería haber permitido que viniera Athalar. Lo debería haber obligado a quedarse en la azotea de algún lugar para que no fuera testigo de la crisis espectacular que estaba a tres segundos de tener.
Los pasos de Ithan Holstrom eran pausados, su camiseta gris se estiraba a lo largo de la considerable extensión de su espalda musculosa. Era un joven engreído de veinte años cuando murió Connor, estudiante de historia como Danika y la estrella del equipo de solbol. Se rumoraba que iba a hacerse profesional en cuanto su hermano diera su aprobación. Podría haber iniciado su vida como jugador profesional saliendo del bachillerato pero Connor, que había criado a Ithan desde la muerte de sus padres cinco años antes, había insistido que el título profesional era primero y los deportes segundo. Ithan, que veneraba a Connor, siempre había obedecido a pesar de los ruegos de Bronson para que Connor le permitiera al chico hacerse profesional.
La Sombra de Connor, le decían en broma a Ithan.
Había embarnecido desde entonces. Al fin empezaba a parecerse a su hermano mayor… incluso el tono de su cabello castaño dorado era como una estaca en el pecho de Bryce.
Estoy loco por ti. No quiero a nadie más. Hace tiempo que no quiero a nadie más.
Bryce no podía respirar. No podía dejar de ver, de escuchar esas palabras y de sentir el puto desgarramiento en el espacio-tiempo donde debería estar Connor, en un mundo donde no pudiera suceder nada malo jamás…
Ithan se detuvo frente a otro par de puertas de vidrio. Abrió una, con los músculos de sus brazos largos muy visibles, y la sostuvo abierta para ellos.
Hunt entró primero, sin duda para revisar el espacio en un parpadeo.
Bryce logró levantar la vista hacia Ithan al pasar.
Los dientes blancos del lobo brillaron cuando se los mostró.
Ya no existía ese chico engreído con el que ella bromeaba; ya no existía el chico que había ensayado sus técnicas de conquista con ella para luego usarlas con Nathalie, quien se había reído de él cuando la invitó a salir pero le dijo que esperara un par de años más; ya no existía el chico que había cuestionado a Bryce sin parar sobre cuándo iba a empezar a salir con su hermano y que no aceptaba un nunca como respuesta.
En su lugar ahora había un depredador entrenado. Que seguro no había olvidado los mensajes filtrados que ella había enviado y recibido esa horrible noche. Que ella estaba cogiendo con un extraño en el baño del club mientras Connor… Connor, quien le había abierto su corazón, estaba muriendo masacrado.
Bryce bajó la mirada, odiando esto, odiando cada segundo de esta puta visita.
Ithan sonrió, como si saboreara su vergüenza.
Él se había salido de UCM después de la muerte de Connor. Dejó de jugar solbol. Ella sólo lo sabía porque había visto un partido en la televisión dos meses después y los comentaristas todavía hablaban al respecto. Nadie, ni sus entrenadores, ni sus amigos, ni los miembros de su jauría, lo pudo convencer de regresar. Se alejó del deporte y al parecer nunca miró atrás.
Ella no lo había visto desde unos días antes de los asesinatos.
Su última foto de él era la que Danika había tomado en su partido, jugando al fondo. La fotografía con la cual ella se había torturado durante horas anoche mientras se preparaba para lo que traería el amanecer.
Pero antes de eso había cientos de fotos de los dos juntos. Seguían en su teléfono como una canasta llena de serpientes, esperando a morderla si ella siquiera movía la tapa.
La sonrisa cruel de Ithan no titubeó cuando cerró la puerta a sus espaldas.
—El Premier está durmiendo una siesta. Sabine se reunirá con ustedes.
Bryce miró a Hunt y él asintió discreto. Justo como lo habían planeado.
Bryce estaba consciente de cada una de las respiraciones de Ithan a sus espaldas mientras avanzaban hacia las escaleras que Bryce sabía los llevarían un piso arriba, a las oficinas de Sabine. Hunt parecía también muy consciente de Ithan y permitió que suficientes relámpagos se acumularan alrededor de sus manos y muñecas de manera que el joven lobo retrocedió un paso.
Al menos los alfadejos servían para algo.
Ithan no se fue. No, al parecer él sería su guardia y torturador silencioso por el resto de esta visita miserable.
Bryce conocía cada paso hacia la oficina de Sabine en el segundo piso, pero Ithan los guio: por las grandes escaleras de piedra caliza marcadas con tantos rasguños y ranuras que nadie se molestaba por arreglarlas ya; por el brillante pasillo de techos altos cuyas ventanas daban hacia la calle transitada en el exterior y, por último, por el desgastado piso de madera. Danika había crecido aquí y se mudó en cuanto entró a UCM. Después de la graduación, se quedaba ahí sólo durante los eventos formales y los días feriados de los lobos.
El paso de Ithan fue pausado. Como si pudiera olfatear la miseria de Bryce y quisiera obligarla a soportarlo todo el tiempo posible.
Ella supuso que se lo merecía. Sabía que se lo merecía.
Ella intentó bloquear el recuerdo que le vino a la mente.
Las veintiún llamadas ignoradas de Ithan, todas en los primeros días tras el asesinato. La media docena de mensajes de voz. El primero había sido sollozos con pánico y lo había dejado unas horas después: ¿Es cierto, Bryce? ¿Están muertos?
Y luego los mensajes empezaron a volverse preocupados. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? Llamé a todos los hospitales y no estás en sus listas, pero nadie me dice nada. Por favor llámame.
Y luego, al final, el último mensaje de voz de Ithan con frialdad cortante. Los inspectores de la Legión me mostraron todos los mensajes. Connor prácticamente te dijo que te amaba y tú al fin aceptaste salir con él, ¿y luego fuiste a coger con un desconocido en el baño del Cuervo? ¿Mientras él moría? ¿Es broma esta mierda? No vengas a la Travesía mañana. No eres bienvenida.
Ella nunca le había contestado, nunca lo había buscado. No había sido capaz de soportar la idea de enfrentarlo. Ver la tristeza y el dolor en su expresión. La lealtad era el rasgo más preciado entre los lobos. En sus ojos, ella y Connor eran algo inevitable. Casi pareja. Sólo cuestión de tiempo. Sus aventuras anteriores no importaban y tampoco las de él porque nada se había declarado aún.
Hasta que al fin la invitó a salir. Y ella había dicho que sí. Había emprendido ese camino.
Para los lobos, ella era de Connor y él de ella.
Mándame un mensaje cuando hayas llegado a tu casa.
Ella sintió que se le estrujaba el corazón y que las paredes empezaban a cerrarse a su alrededor, aplastándola…
Se obligó a respirar hondo. A inhalar hasta que las costillas le dolían por sostener la respiración. Y luego a exhalar, soltando-soltando-soltando, hasta expulsar el pánico que le rasgaba las entrañas y que le quemaba todo el cuerpo como ácido.
Bryce no era loba. Ella no vivía bajo sus reglas de cortejo. Y había estado muy asustada de lo que significaría acceder a tener esa cita con Connor. A Danika no le había importado que Bryce se acostara con un desconocido pero Bryce nunca había tenido el valor de explicarle a Ithan después de ver y escuchar sus mensajes.
Los conservó todos. Escucharlos había sido un sólido arco central en su rutinaria espiral de muerte emocional. La culminación, por supuesto, habían sido los últimos mensajes de Danika felices, casi ridículos.
Ithan tocó a la puerta de Sabine y dejó que se abriera de par en par para revelar la oficina soleada y blanca cuyas ventanas veían al verdor del parque de la Madriguera. Sabine estaba sentada tras su escritorio, su pelo rubio y sedoso casi parecía encendido bajo la luz.
—Qué atrevimiento presentarse aquí.
Las palabras se secaron en la garganta de Bryce al ver ese rostro pálido y manos delgadas entrelazadas sobre el escritorio de roble, esos hombros angostos que ocultaban su tremenda fuerza. Danika había sido un incendio sin control; su madre era de hielo sólido. Y si Sabine la había matado, si Sabine había hecho esto…
Bryce empezó a escuchar un rugido en su cabeza.
Hunt debió percibirlo, olfatearlo, porque avanzó para pararse al lado de Bryce. Ithan se quedó en el pasillo. Hunt dijo:
—Queríamos reunirnos con el Premier.
A Sabine le brillaron los ojos con irritación.
—¿Sobre?
—Sobre el asesinato de tu hija.
—No te metas en nuestros putos asuntos —gritó Sabine con tal fuerza que el vaso en su escritorio empezó a vibrar. La bilis le quemaba la garganta a Bryce y se concentró en no gritar o lanzarse contra la mujer.
Las alas de Hunt rozaron la espalda de Bryce, un roce accidental para quien observara, pero esa calidez y suavidad le ayudaron a tranquilizarse. Danika. Por Danika haría esto.
Los ojos de Sabine estaban encendidos.
—¿Dónde diablos está mi espada?
Bryce se negó a responder o siquiera a decir que esa espada era y siempre sería de Danika y dijo:
—Tenemos información que sugiere que Danika estaba apostada en el Templo de Luna la noche del robo del Cuerno. Necesitamos que el Premier nos confirme la información.
Bryce mantuvo la vista en la alfombra, el retrato de una sumisión aterrada y avergonzada y permitió que Sabine cavara su propia tumba.
Sabine exigió saber:
—¿Qué carajos tiene esto que ver con su muerte?
Hunt dijo sereno:
—Estamos elaborando un panorama de los movimientos de Danika antes de que el demonio kristallos la matara. Con quién podría haberse reunido, lo que podría haber visto o hecho.
Otro trozo de carnada: observar su reacción cuando le dijeran la raza del demonio que aún no se había hecho pública. Sabine ni siquiera parpadeó. Como si ya estuviera familiarizada con eso, tal vez porque ella lo había invocado. Aunque tal vez no le importaba, supuso Bryce. Sabine siseó:
—Danika no estaba en el templo esa noche. No tuvo nada que ver con el robo del Cuerno.
Bryce controló su necesidad de cerrar los ojos ante la mentira que lo confirmaba todo. Sabine sacó las garras por los nudillos y las enterró en su escritorio.
—¿Quién les dijo que Danika estaba en el templo?
—Nadie —mintió Bryce—. Creo recordar que ella me lo había mencionado…
—¿Crees? —dijo Sabine con desdén y un tono agudo para imitar la voz de Bryce—. Es difícil recordar, ¿no es así? Porque estabas drogada, borracha y cogiendo con desconocidos.
—Es verdad —exhaló Bryce a pesar del gruñido de Hunt—. Esto fue un error.
No permitió que Hunt objetara antes de darse la media vuelta y salir intentando recuperar el aliento.
No supo cómo logró mantener la espalda recta, el estómago dentro de su cuerpo.
Apenas alcanzó a oír a Hunt que salió caminando detrás de ella. No pudo soportar ver a Ithan cuando salió al pasillo y lo vio esperando recargado en la pared opuesta.
Bajaron por las escaleras de nuevo. Ella no se atrevió a ver a los lobos que pasaban.
Sabía que Ithan venía a sus espaldas pero no le importaba, no le importaba…
—Quinlan —dijo la voz de Hunt que cortó en la escalera de mármol. Ella bajó otro tramo de la escalera y él repitió—: Quinlan.
Su voz fue lo suficientemente fuerte como para hacerla pausar. Miró por encima de su hombro. Hunt estudió su expresión: en la mirada del ángel había preocupación, no triunfo por la mentira descarada de Sabine.
Pero Ithan estaba en medio de ellos en las escaleras con los ojos impenetrables como piedras.
—Dime de qué se trata esto.
Hunt dijo en voz baja:
—Es información clasificada, pendejo.
El gruñido de Ithan hizo eco por toda la escalera.
—Está volviendo a empezar —dijo Bryce en voz baja, consciente de todas las cámaras, de la orden de Micah de mantener esto en silencio. Su voz se escuchó áspera—: Estamos intentando averiguar por qué y quién es responsable. Ha habido tres asesinatos hasta ahora. Iguales. Tengan cuidado… adviértele a tu jauría que tenga cuidado.
La expresión de Ithan permaneció inmutable. Ése era uno de sus atributos como jugador de solbol, su capacidad de no revelar sus movimientos a sus contrincantes. Había sido brillante y engreído como la chingada, pero esa arrogancia se la había ganado a pulso a través de horas de entrenamiento y disciplina brutal.
El rostro de Ithan permaneció frío.
—Les avisaré si sé de algo.
—¿Necesitas nuestros teléfonos? —preguntó Hunt con frialdad.
Ithan le mostró los dientes.
—Tengo el de ella —ella hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos. En especial cuando preguntó—: ¿Te vas a tomar la molestia de responder esta vez?
Ella se dio la vuelta y bajó volando las escaleras hacia la recepción.
El Premier de los lobos estaba ahí. Hablando con la recepcionista, encorvado sobre su bastón de secuoya. El abuelo de Danika levantó su cara arrugada cuando ella se detuvo en seco frente a él.
La miró con sus ojos cafés y cálidos, los ojos de Danika.
El anciano le ofreció una sonrisa triste y amable. Era peor que cualquier mirada desdeñosa o gruñido.
Bryce logró inclinar la cabeza antes de salir huyendo por las puertas de vidrio.
Logró llegar hasta la cerca sin encontrarse a nadie más. Casi había llegado a la calle cuando Ithan la alcanzó. Hunt venía un paso atrás. Ithan dijo:
—Nunca te lo mereciste.
Él podría haber sacado el cuchillo que traía oculto en la bota y habérselo clavado en el pecho:
—Lo sé —logró decir con la garganta cerrada.
Los cachorros seguían jugando, saltando entre la hierba alta. Él hizo un ademán hacia el segundo piso, donde estaba la oficina de Sabine que veía hacia el jardín:
—Tomaste decisiones muy pendejas, Bryce, pero nunca pensé que fueras tan estúpida. Ella quiere verte muerta.
Otra confirmación, tal vez.
Las palabras le detonaron algo en su interior.
—Igual —señaló la puerta, incapaz de controlar la ira que hervía en su interior al darse cuenta de que todo apuntaba hacia Sabine—. Connor se hubiera avergonzado de que permitieras que Amelie hiciera lo que quisiera. Por dejar que un pedazo de mierda como ella fuera tu Alfa.
Las garras brillaron en los nudillos de Ithan.
—Nunca vuelvas a pronunciar su nombre.
—Aléjate —le dijo Hunt con suavidad. Los relámpagos le recorrían las alas.
Ithan parecía tentado a arrancarle la garganta pero Hunt ya estaba al lado de Bryce y la iba siguiendo hacia la calle bañada en sol. Ella no se atrevió a voltear a ver a Amelie o su jauría en la entrada, burlándose y riéndose de ellos.
—¡Eres basura, Quinlan! —gritó Amelie cuando pasaron a su lado y sus amigos estallaron en carcajadas.
Bryce no se atrevió a ver si Ithan se reía con ellos.