Hunt sabía que la había cagado. Y que estaba metido en un serio problema con Micah, si Micah se enteraba de que había revelado la verdad sobre aquella noche.
Dudaba que Quinlan hubiera hecho esa llamada, ya fuera a la hechicera o a la oficina de Micah, y se aseguraría de que no lo hiciera. Tal vez podría sobornarla con un nuevo par de zapatos o una bolsa o lo que le putas gustara lo suficiente para que mantuviera la boca cerrada. Un error, un paso en falso, y no se hacía ilusiones sobre cómo reaccionaría Micah.
Dejó que Quinlan corriera por la ciudad y la siguió de la Vieja Plaza hacia el oscuro páramo de Prados de Asfódelo, luego al DCN y de regreso a la Vieja Plaza.
Hunt voló encima de ella, escuchando la sinfonía de coches que tocaban su bocina, un bajo retumbante, y el viento fresco de abril que susurraba entre las palmeras y cipreses. Las brujas en escobas volaban por las calles, algunas tan bajo como para tocar los techos de los coches. Eran tan diferentes de los ángeles, Hunt incluido, que siempre se mantenían por encima de los edificios al volar. Como si las brujas quisieran ser parte del escándalo y los ángeles se definieran por evitarlo.
Mientras seguía a Quinlan, Justinian le había hablado para darle información sobre el kristallos, que podía resumirse básicamente a nada. Unos cuantos mitos que coincidían con lo que ya sabía. Vik lo había llamado cinco minutos después de eso: las coartadas de la Reina Víbora eran válidas.
Luego le llamó Isaiah para confirmar que la víctima del callejón era en efecto una acólita que había desaparecido. Sabía que lo que sospechaba Danaan era correcto: no podía ser coincidencia que hubieran estado un día antes en el templo, hablando sobre el Cuerno y el demonio que había matado a Danika y la Jauría de Diablos y que ahora una de sus acólitas hubiera muerto bajo las garras del kristallos.
Una hada. Apenas dejando la infancia. El ácido le quemaba el estómago al pensarlo.
No debía haber traído a Quinlan a la escena del crimen. No debería haberla presionado a ir, tan cegado por su maldita necesidad de que esta investigación se resolviera rápido que no había pensado dos veces en el titubeo de ella.
No se había dado cuenta hasta que la vio mirar el cuerpo deshecho, hasta que su cara se puso blanca como la muerte, que su silencio no era tranquilidad para nada. Era shock. Trauma. Horror. Y él la había empujado en esa dirección.
La había cagado y Ruhn tenía razón en habérselo señalado pero… mierda.
Una mirada al rostro cenizo de Quinlan bastó para que se diera cuenta de que ella no estaba detrás de estos asesinatos y que tampoco estaba ni remotamente involucrada. Y él era un enormísimo pendejo por siquiera considerar la posibilidad. Por siquiera decirle que había estado en su lista.
Se frotó la cara con las manos. Deseaba que Shahar estuviera ahí, volando a su lado. Ella siempre le permitía hablar para aclarar sus ideas sobre diversas estrategias o asuntos durante los cinco años que estuvo con su 18eva, siempre escuchaba y hacía preguntas. Lo desafiaba de una manera que nadie más había logrado.
Después de una hora de lluvia, Hunt ya tenía planeado todo el discurso. Dudaba que Quinlan lo quisiera escuchar, o que admitiera lo que había sentido el día de hoy, pero le debía una disculpa. Había perdido muchas partes esenciales de sí mismo a lo largo de estos siglos de esclavitud y guerra pero le gustaba pensar que no había perdido su decencia básica. Al menos no todavía.
No obstante, después de completar esas más de dos mil muertes que todavía debería hacer si no resolvía este caso, no podía imaginar que siquiera conservara eso. Si la persona que sería en ese momento se merecería su libertad, no lo sabía. No lo quería pensar.
Pero entonces Bryce recibió una llamada telefónica: recibió una, no hizo una, gracias a la puta suerte, y no dejó de correr para contestarla. Iba demasiado arriba para oír y sólo pudo ver que cambió de dirección otra vez y se dirigió, se dio cuenta diez minutos después, hacia la calle Archer.
Justo cuando arreció la lluvia, se detuvo afuera del Cuervo Blanco y pasó unos minutos en su teléfono. Pero a pesar de su vista de águila, no logró ver qué estaba haciendo. Así que la observó desde la azotea vecina y revisó su teléfono una decena de veces en esos cinco minutos como un estúpido perdedor con la esperanza de que ella le hubiera escrito un mensaje.
Y justo cuando la lluvia se convirtió en un diluvio, ella guardó el teléfono, pasó entre los cadeneros con un saludo, y desapareció en el Cuervo Blanco sin voltear ni un instante hacia arriba.
El aterrizaje de Hunt hizo que tanto vanir como humanos salieran corriendo por la acera. Y el cadenero mitad lobo, mitad daemonaki tuvo el atrevimiento de levantar la mano para detenerlo.
—La fila está a la derecha —dijo el hombre a la izquierda.
—Vengo con Bryce —dijo él.
El otro cadenero respondió:
—Qué pena. La fila está a la derecha.
La fila, a pesar de que era temprano, ya ocupaba toda la cuadra.
—Estoy aquí por un asunto de la legión —dijo Hunt y buscó su insignia, dónde putas la había dejado…
La puerta se abrió una rendija y una mesera hada muy bella se asomó.
—Dice Riso que puede entrar, Crucius.
El cadenero que había hablado primero miró a Hunt a los ojos.
Hunt sonrió.
—Ya será en otra ocasión.
Luego siguió a la mujer hacia el interior.
El olor a sexo, alcohol y sudor que lo golpeó hizo que todos sus instintos se despertaran con vertiginosa velocidad mientras cruzaban el patio enmarcado en vidrio y subían por los escalones. Los pilares medio derruidos estaban iluminados desde abajo con luces moradas.
Nunca había entrado al club, siempre hacía que Isaiah o los demás lo hicieran. Sobre todo porque sabía que no era mejor que los palacios o villas campestres de los arcángeles de Pangera, donde las fiestas se convertían en orgías y duraban días. Todo mientras la gente moría de hambre a pocos pasos de esas villas, humanos y vanir por igual, rebuscando entre la basura para tener algo que llevar a sus hijos. Conocía bien su propio temperamento y lo que le desencadenaba una reacción como para saber que debía mantenerse alejado.
Algunas personas se secreteaban cuando pasaba a su lado. Él mantuvo su vista en Bryce, que ya estaba en un gabinete entre dos pilares tallados bebiendo algo transparente, vodka o ginebra. Con todos los olores de este lugar, no podía identificarlo.
Ella levantó la mirada y lo vio por encima del borde de su vaso mientras daba un trago.
—¿Cómo te metiste tú aquí?
—Es un lugar público, ¿o no?
Ella no dijo nada. Hunt suspiró y estaba a punto de sentarse para ofrecerle esa disculpa cuando olió jazmín y vainilla y…
—Con permiso, señor… oh. Eh. Um.
Se encontró cara a cara con una hermosa fauna, vestida con una blusa sin mangas y una falda corta que destacaba sus piernas largas y con rayas así como sus pezuñas delicadas. Los cuernos que se arqueaban suavemente en su cabeza estaban casi ocultos debajo de su cabello rizado que traía recogido en un chongo. Su piel morena estaba cubierta por un fino polvo dorado que brillaba con las luces del club. Dioses, era hermosa.
Juniper Andrómeda: la amiga de Bryce del ballet. Había leído su expediente también. La bailarina miró a Hunt y luego a Quinlan.
—E-espero no haber interrumpido nada…
—Él ya se iba —dijo Bryce y se tomó todo el contenido del vaso.
Él por fin se metió al gabinete.
—Estoy llegando —dijo y extendió la mano hacia la fauna—. Es un placer conocerte. Soy Hunt.
—Sé quién eres —dijo la fauna con voz ronca.
El apretón de manos de Juniper fue suave pero sólido. Bryce rellenó su vaso de una garrafa de líquido transparente y bebió. Juniper le preguntó:
—¿Ordenaste algo de comer? El ensayo acaba de terminar y me muero de hambre.
Aunque la fauna era delgada, se podían ver sus músculos endemoniadamente fuertes debajo de ese exterior agraciado.
Bryce levantó su bebida.
—Mi cena es líquida.
Juniper frunció el ceño. Pero le dijo a Hunt:
—¿Tú quieres algo de comer?
—Claro que sí.
—Puedes ordenar lo que quieras, ellos te lo traerán —levantó la mano e hizo una seña a la mesera—. Yo comeré una hamburguesa vegetariana, sin queso, con papas fritas en aceite vegetal y dos rebanadas de pizza con queso vegetal por favor —se mordió el labio y le explicó a Hunt—. Yo no como productos animales.
Como fauna, la carne y los lácteos eran abominaciones. La leche era nada más para bebés de pecho.
—Está bien —dijo él—. ¿Te importa si yo sí los como?
Había luchado al lado de faunos durante siglos. Algunos no podían soportar siquiera ver la carne. A otros les daba igual. Siempre valía la pena preguntar.
Juniper parpadeó pero negó con la cabeza.
Él le sonrió a la mesera y dijo:
—Yo quiero… un rib-eye con hueso y ejotes asados.
Qué demonios. Miró a Bryce que bebía su alcohol como si fuera un licuado de proteínas.
No había cenado todavía y aunque él había estado distraído en la mañana cuando salió de su habitación con un sostén rosa brillante de encaje y tanga a juego, notó por la ventana de la sala que tampoco había desayunado y como no traía cargando comida ni había pedido nada en el almuerzo, estaba seguro de que tampoco había comido entonces.
Así que Hunt dijo:
—Ella va a comer la kofta de cordero con arroz, garbanzos asados y pepinillos. Gracias.
La había observado cuando pedía comida unas cuantas veces y había olfateado con precisión qué había dentro de las bolsas cuando llevaba comida a su casa. Bryce abrió la boca pero la mesera ya se había ido. Juniper los miró nerviosa. Como si supiera precisamente lo que Bryce estaba a punto de…
—¿También vas a partirme mi comida?
—¿Qué?
—Sólo porque eres una especie de pendejo grandote y rudo eso no significa que tengas el derecho a decidir cuándo voy a comer, o cuándo yo no estoy cuidando mi cuerpo. Yo soy la que vive en él, yo sé cuándo quiero pinche comer. Así que ahórrate toda esa mierda posesiva y agresiva.
A pesar de la música, se alcanzó a oír cuando Juniper tragó saliva.
—¿Fue un día largo en el trabajo, Bryce?
Bryce acercó la mano a su bebida de nuevo. Pero Hunt fue más rápido y su mano le detuvo la muñeca contra la mesa antes de que pudiera beber más alcohol.
—Quítame la puta mano de encima —gruñó ella.
Hunt le esbozó una media sonrisa.
—No seas un cliché tan gastado —los ojos de ella hervían—. ¿Tuviste un día difícil y vienes a ahogarte en vodka? —preguntó con encono y le soltó la muñeca para tomar el vaso. Se lo llevó a los labios y la miró por encima del borde del vaso—. Al menos dime que tienes buen gusto en… —olfateó el licor. Lo probó—. Esto es agua.
Los dedos de ella se cerraron para formar puños sobre la mesa.
—Yo no bebo.
Juniper dijo:
—Yo invité a Bryce hoy. Hace tiempo que no nos vemos, y tengo que ver a algunas personas de la compañía aquí más tarde, así que…
—¿Por qué no bebes? —le preguntó Hunt a Bryce.
—Tú eres el Umbra Mortis. Estoy segura de que lo puedes deducir —dijo Bryce, y comenzó a salir del gabinete obligando a Juniper a pararse.
—Aunque considerando que me creías capaz de matar a mi mejor amiga, tal vez no puedas —Hunt se veía molesto pero Bryce sólo dijo—: voy al baño.
Luego caminó directo hacia la multitud en la antigua pista de baile. La gente se la tragó mientras avanzaba hacia la puerta distante entre dos pilares al fondo del lugar.
Juniper se veía tensa.
—Iré con ella.
Entonces desapareció, con movimientos rápidos y ligeros. A su paso dos hombres se quedaron con la boca abierta. Juniper no les hizo caso. Alcanzó a Bryce a media pista de baile y la detuvo con una mano en el brazo. Juniper sonrió, una sonrisa tan brillante como las luces que las rodeaban, y empezó a hablar, haciendo señales hacia el gabinete, hacia todo el club. La cara de Bryce seguía fría como piedra. Más fría.
Unos hombres se acercaron, vieron su expresión y no se atrevieron a acercarse más.
—Bueno, si está molesta contigo, eso hará que me vea mejor —dijo una voz masculina junto a Hunt.
Él no se molestó en verse simpático.
—Dime que averiguaste algo.
El Príncipe Heredero de las hadas de Valbara estaba recargado en el borde del gabinete y sus llamativos ojos azules miraban a su prima. Sin duda había usado sus sombras para acercarse sin que Hunt se diera cuenta.
—Negativo. Recibí una llamada del dueño del Cuervo para informarme que ella estaba aquí. Estaba mal cuando se fue de la escena del crimen y quería comprobar cómo estaba.
Hunt no podía decir nada contra eso. Así que permaneció en silencio.
Ruhn asintió hacia el lugar donde las dos mujeres estaban inmóviles en medio de un mar de bailarines.
—A ella le gustaba bailar, sabes. Si hubiera podido, hubiera entrado al ballet como Juniper.
No lo sabía… no en realidad. Esos datos habían sido detalles insignificantes de su expediente.
—¿Por qué lo dejó?
—Tendrías que preguntarle a ella. Pero dejó de bailar por completo después de que murió Danika.
—Y de tomar, por lo visto —dijo Hunt con una mirada hacia el vaso de agua.
Ruhn siguió su línea de visión. Si sintió sorpresa, no dejó que se notara.
Hunt dio un trago al agua de Bryce y sacudió la cabeza. No era una chica fiestera, después de todo, tan sólo se conformaba con permitir que el mundo pensara lo peor de ella.
Incluido él. Hunt movió los hombros y las alas se movieron al mismo tiempo. La miró en la pista de baile. Sí, la había cagado. De manera magistral.
Bryce miró hacia el gabinete y cuando vio a su primo ahí… Había trincheras en el Averno más cálidas que la mirada que le dedicó a Ruhn.
Juniper siguió la mirada de su amiga.
Bryce dio un paso hacia el gabinete antes de que el club explotara.