Seguía lloviendo a la mañana siguiente, lo cual Bryce decidió era un presagio.
Hoy sería horrible. La noche anterior había sido horrible.
Syrinx se negó a salir de debajo de las sábanas a pesar de que Bryce intentó convencerlo con un desayuno antes de su caminata, y para cuando Bryce al fin lo logró sacar a la calle, bajo la vigilancia de Hunt desde la ventana, la lluvia había pasado de unas cuantas gotas agradables a un franco diluvio.
Un sapo gordo estaba sentado en la esquina de la entrada del edificio, bajo una ligera saliente, esperando que algún pequeño vanir desafortunado volara a su lado. Vio a Bryce y Syrinx cuando pasaron salpicando a su lado y se ganó un resoplido bigotudo del segundo que hizo que se acercara más al edificio.
—Patán —le murmuró ella al sapo bajo la insistente lluvia ruidosa sobre la capucha de su impermeable porque sentía que se les quedaba viendo al caminar por la cuadra. Para ser una criatura no más grande que su puño, encontraban maneras de ser amenazantes. En particular para todo tipo de duendecillos. Incluso resguardada en la biblioteca, Lehabah los aborrecía y les temía.
A pesar del impermeable grueso azul marino, sus mallas negras y camiseta blanca terminaron empapadas. Como si de alguna manera la lluvia estuviera cayendo del suelo hacia arriba. También empezó a acumularse en sus botas verdes de lluvia y el agua hacía sonidos con cada paso que daba bajo el azote de la lluvia. Las palmeras en lo alto se mecían y silbaban por el viento.
La primavera más lluviosa de la que se tiene registro, habían dicho en los noticieros anoche. No lo dudaba.
El sapo seguía ahí cuando regresaron. Syrinx había terminado su rutina matutina en tiempo récord y Bryce podría o no haberse desviado un poco para saltar en un charco cercano.
El sapo le sacó la lengua pero se marchó.
Hunt estaba junto a la estufa, cocinando algo que olía a tocino. La miró por encima del hombro mientras se quitaba el impermeable, goteando por todo el piso.
—¿Tienes hambre?
—Estoy bien.
Él entrecerró los ojos.
—Deberías comer algo antes de irnos.
Ella no le hizo caso y fue a poner comida en el plato de Syrinx.
Cuando se enderezó, Hunt le estaba dando un plato. Tocino y huevos y una rebanada gruesa de pan negro tostado.
—Vi cómo no comiste durante cinco días la semana pasada —dijo él con aspereza—. No vamos a volver a empezar.
Ella puso los ojos en blanco.
—No necesito que un hombre me diga cuándo comer.
—¿Qué tal un amigo que te diga que tuviste una noche difícil y que te pones imposible cuando tienes hambre?
Bryce frunció el ceño. Hunt le siguió ofreciendo el plato.
—Es normal si te sientes nerviosa, sabes —le dijo él.
Hizo un movimiento con la cabeza en dirección a la bolsa de papel que ella había dejado junto a la puerta: la ropa de Danika, doblada y lista para el análisis. Ella había escuchado cuando Hunt le había hablado a Viktoria hacía media hora para pedirle que consiguiera la tecnología Mimir de las hadas. Ella había respondido que Declan ya la había enviado.
Bryce dijo:
—No estoy nerviosa. Es sólo ropa —él se quedó mirándola y ella refunfuñó—. No lo estoy. Por mí que pierdan esa ropa en Evidencias.
—Entonces come.
—No me gusta el huevo.
Él empezó a esbozar una sonrisa.
—Te he visto comerte como tres docenas.
Se miraron a los ojos un rato.
—¿Quién te enseñó a cocinar, a todo esto?
Él era mejor cocinero que ella, sin duda. La cena patética de la noche anterior era prueba suficiente.
—Yo solo. Es una buena habilidad para un soldado. Te hace popular en cualquier campamento de legión. Además, tengo dos siglos de práctica. Sería patético no saber cocinar a estas alturas —le acercó más el plato—. Come, Quinlan. No voy a dejar que nadie pierda esa ropa.
Ella consideró si debería lanzarle el plato a la cara, pero al final lo tomó y se sentó en la cabecera del comedor. Syrinx se acercó corriendo con la mirada esperanzada en el tocino.
Una taza de café apareció sobre la mesa un instante después, la crema todavía formaba una espiral en movimiento.
Hunt le sonrió.
—No quisiera que salieras al mundo sin las provisiones adecuadas.
Bryce le mostró el dedo medio, tomó el teléfono de Hunt de la mesa y sacó algunas fotografías: el desayuno, el café, su estúpida cara sonriente, Syrinx a su lado y su propio gesto molesto. Pero se tomó el café de todas maneras.
Para cuando puso la taza en el fregadero, cuando Hunt ya estaba terminando de comer en la mesa a sus espaldas, ella sintió que sus pasos eran más ligeros de lo que se habían sentido en mucho tiempo.
—No pierdan esta ropa —le advirtió Hunt a Viktoria cuando estaba viendo la bolsa sobre su escritorio.
La espectro levantó la vista de la camiseta gris descolorida, estampada con una figura en túnica y gritando. Era de la banda The Banshees.
—Tenemos ropa de Danika Fendyr y de las otras víctimas en Evidencia.
—Perfecto, pero usa estas también —dijo Hunt.
Sólo en caso de que alguien hubiera alterado la evidencia y para hacer que Quinlan sintiera que había ayudado. Bryce estaba en la galería lidiando con un cliente altanero y Naomi vigilaba.
—¿Declan trajo la tecnología Mimir?
—Como te dije por teléfono: sí —Vik volvió a mirar dentro de la bolsa—. Te llamaré si sabemos algo.
Hunt estiró un pedazo de papel en el escritorio.
—Revisa si hay rastros de alguno de estos, también.
Viktoria miró las palabras escritas en el papel y palideció, el contraste entre el halo y su frente se hizo más pronunciado.
—¿Piensas que fue uno de estos demonios?
—Espero que no.
Había hecho una lista de demonios que podrían estar colaborando con el kristallos, todos antiguos y terribles, cada que agregaba un nombre a la lista aumentaba su temor. Muchos eran pesadillas que se paseaban por los cuentos para dormir. Todos eran catastróficos si entraban a Midgard. Había enfrentado a dos antes y apenas salió vivo de los encuentros.
Hunt asintió en dirección a la bolsa.
—Lo digo en serio: no pierdas esa ropa —repitió.
—¿Te estás ablandando, Athalar?
Hunt no disimuló su reacción y se dirigió a la puerta.
—Prefiero conservar mis testículos.
Viktoria le avisó a Hunt esa noche que todavía estaba haciendo el diagnóstico. La tecnología Mimir de las hadas era tan meticulosa que tardaría bastante en analizar.
Él rezó para que los resultados no fueran tan devastadores como esperaba.
Le había enviado un mensaje a Bryce al respecto mientras terminaba su trabajo y rio cuando vio que otra vez había cambiado su contacto en su teléfono: Bryce es una reina.
Se quedaron despiertos hasta la medianoche viendo un reality sobre un grupo de jóvenes vanir que trabajaba en un club de playa en las islas Coronal. Él se negó al principio pero para el final de la primera hora, él fue quien presionó el botón para empezar el siguiente capítulo. Luego el siguiente.
Ayudaba que habían pasado de estar sentados en lados opuestos del sillón a sentarse lado a lado, él tenía el muslo pegado al de ella. Tal vez él jugó con la trenza de Bryce. Tal vez ella lo permitió.
A la mañana siguiente, Hunt estaba siguiendo a Bryce hacia el elevador de los departamentos cuando sonó su teléfono. Tras echar un vistazo a la pantalla hizo una mueca y contestó:
—Hola, Micah.
—Mi oficina. Quince minutos.
Bryce presionó el botón del elevador pero Hunt apuntó hacia la puerta de la azotea. La llevaría volando a la galería y luego se dirigiría al DCN.
—Está bien —dijo con cautela—. ¿Quieres que nos acompañe la señorita Quinlan?
—Sólo tú.
La llamada se cortó.