Syrinx estaba arañando la ventana y tenía la cara aplastada contra el vidrio. Llevaba diez minutos gruñendo sin parar y Bryce, que ya estaba lista para instalarse en los cojines suaves del sillón en forma de L para ver su reality favorito de los martes, por fin volteó para ver por qué hacía tanto escándalo.
La quimera era un poco más grande que un terrier y estaba resoplando y rascando el vidrio que iba de piso a techo. El sol del atardecer hacía que su pelaje dorado y rizado brillara con un tono metálico. La cola larga y cubierta de pelo oscuro en la punta, como la de un león, se movía hacia adelante y hacia atrás. Las orejitas dobladas estaban pegadas a su cabeza redonda y peluda, y los pliegues de su piel y el pelo más largo alrededor de su cuello —que no era del todo una melena— vibraban con sus gruñidos mientras con sus patas demasiado grandes, con garras como de ave de rapiña, ahora estaban…
—¡Deja de hacer eso! ¡Estás rasguñando el vidrio!
Syrinx volteó a ver por encima de su hombro redondo y musculoso, su cara más parecida a la de un perro que a cualquier otra cosa, y entrecerró sus ojos oscuros. Bryce le sostuvo la mirada, molesta.
El resto de su día había sido largo, raro y agotador, en especial después de recibir un mensaje de Juniper que decía que Fury le había avisado sobre la inocencia de Briggs y del nuevo asesino y le advertía a Bryce que tuviera cuidado. Dudaba que alguna de sus amigas supiera sobre su participación en la búsqueda del asesino, o del ángel que le habían asignado para que trabajara con ella, pero le dolió, sólo un poco. Que Fury no se hubiera molestado en buscarla en persona. Que hasta June lo hubiera hecho con un mensaje de texto y no cara a cara.
Bryce tenía la impresión de que mañana sería igual de cansado, si no es que peor. Así que ponerse a discutir con una quimera de quince kilos no entraba dentro de su definición de un momento de relajación muy necesario.
—Acabas de salir a caminar —le recordó a Syrinx—. Y te serví un plato extra de comida para cenar.
Syrinx hizo un sonido como hmmph y volvió a rascar la ventana.
—¡Quimera mala! —refunfuñó Bryce. Sin mucho entusiasmo, eso sí, pero intentó sonar como alguien con autoridad.
Cuando se trataba de la pequeña bestia, el dominio era una cualidad que ambas fingían que tenía ella.
Con un gemido, Bryce se levantó del nido de cojines y caminó por la madera y la alfombra hacia la ventana. En la calle, los automóviles avanzaban lento, algunos trabajadores regresaban con pesadez a sus casas y algunas personas caminaban tomadas del brazo rumbo a uno de los restaurantes de lujo situados a lo largo del río al final de la cuadra. Por encima de ellos, el sol poniente manchaba el cielo de rojo y dorado y rosado, las palmeras y los cipreses se mecían en la brisa fresca de la primavera y… Y ahí estaba un hombre alado sentado en la azotea de enfrente. Mirándola sin parpadear.
Conocía esas alas grises, el cabello oscuro al hombro y la silueta de esos hombros amplios.
Protección había dicho Micah.
Pura mierda. Casi tenía la certeza de que el gobernador seguía sin confiar en ella, coartada o no.
Bryce le dedicó una sonrisa radiante a Hunt Athalar y cerró de un tirón las cortinas pesadas.
Syrinx aulló porque quedó atrapado en ellas y avanzó con su cuerpo regordete en reversa para salir de entre los pliegues de la tela. Su cola se movía de un lado al otro y Bryce lo miró con las manos en la cadera.
—¿Estabas disfrutando la vista?
Syrinx le mostró todos sus dientes puntiagudos y volvió a ladrar, luego trotó hacia el sillón y se lanzó en los cojines tibios donde ella había estado sentada. El retrato vivo de la desesperanza.
Un momento después, su teléfono vibró en la mesa de centro. Justo cuando empezaba su programa.
No conocía el número, pero eso no le sorprendió cuando contestó dejándose caer en los cojines. Hunt gruñó:
—Abre las cortinas. Quiero ver el programa.
Ella puso ambos pies descalzos sobre la mesa.
—No sabía que los ángeles se dignaban a ver televisión basura.
—Preferiría ver el juego de solbol que está pasando ahorita, pero me conformo con lo que sea.
La idea del Umbra Mortis viendo una competencia de citas era tan risible que Bryce pausó el programa en vivo. Al menos ahora podría adelantar los comerciales.
—¿Qué estás haciendo en esa azotea, Athalar?
—Lo que me ordenaron hacer.
Que los dioses la libraran.
—Protegerme no te da derecho a invadir mi privacidad.
Podía aceptar la sabiduría en la idea de que Hunt la protegiera, pero no tenía que ceder toda su privacidad y su espacio.
—Otras personas estarían en desacuerdo —ella abrió la boca para protestar pero él la interrumpió—. Tengo mis órdenes. No puedo desobedecer.
Bryce sintió un nudo en el estómago. No, Hunt Athalar no podía desobedecer sus órdenes, bajo ningún concepto.
Ningún esclavo podía hacerlo, ya fuera vanir o humano. Así que ella preguntó:
—¿Y cómo conseguiste este número?
—Está en tu expediente.
Ella dio golpecitos con el pie en la mesa.
—¿Visitaste al príncipe Ruhn?
Ella hubiera dado un marco de oro a cambio de ver a su hermano enfrentarse cara a cara con el asesino personal de Micah.
Hunt gruñó:
—Isaiah fue. —Bryce sonrió—. Es el protocolo estándar.
—¿Así que incluso después de que tu jefe te asignó la tarea de encontrar a este asesino sentiste la necesidad de investigar si mi coartada era verdadera?
—Yo no escribí las putas reglas, Quinlan.
—Hmm.
—Abre las cortinas.
—No, gracias.
—O podrías invitarme a pasar y hacer mi trabajo más sencillo.
—Para nada.
—¿Por qué?
—Porque puedes hacer el trabajo igual de bien desde esa azotea.
La risa de Hunt vibró en sus huesos.
—Nos ordenaron que averiguáramos todo sobre estos asesinatos. Así que odio tener que decirte esto, corazón, pero estamos a punto de volvernos íntimos.
La manera en que dijo corazón, con la voz llena de desprecio, condescendencia y vanidad, la hizo apretar los dientes.
Bryce se puso de pie, avanzó hacia la ventana bajo la cuidadosa mirada de Syrinx y abrió las cortinas lo suficiente para ver al ángel parado en la azotea opuesta, con el teléfono al oído y las alas grises ligeramente abiertas, como si se estuviera equilibrando contra el viento.
—Estoy segura de que te excita todo esto de ser el protector de damiselas en apuros, pero me pidieron a mí liderar este caso. Tú eres el apoyo.
Incluso desde el otro lado de la calle pudo ver cómo ponía los ojos en blanco.
—¿Podemos ahorrarnos esta mierda de quién es el jefe?
Syrinx le empujó las pantorrillas y luego asomó la cabeza entre sus piernas para ver al ángel.
—¿Qué es esa mascota que tienes?
—Es una quimera.
—Se ve cara.
—Lo fue.
—Tu departamento también se ve bastante caro. Esa hechicera debe pagarte bien.
—Así es.
Una verdad y una mentira.
Las alas del ángel se abrieron más.
—Ya tienes mi número. Llámame si algo sale mal, si algo se siente mal o si necesitas cualquier cosa.
—¿Como una pizza?
Pudo ver con claridad el dedo medio que Hunt levantó por encima de su cabeza. Vaya con la Sombra de la Muerte.
Bryce ronroneó:
—Serías un buen repartidor con esas alas.
Pero los ángeles en Lunathion nunca se rebajaban a ese tipo de trabajo. Jamás.
—Mantén las malditas cortinas abiertas, Quinlan.
Hunt colgó.
Ella le hizo un saludo con la mano con expresión de burla. Y cerró las cortinas por completo.
Su teléfono vibró con un mensaje justo cuando acababa de volver a sentarse.
¿Tienes hechizos de protección en tu departamento?
Ella no se esforzó por disimular su hartazgo y respondió al mensaje.
¿Me veo estúpida?
Hunt respondió rápido.
Están pasando cosas en esta ciudad y te han dado la mejor protección contra ellas, pero estás fastidiándome con tu privacidad. Creo que eso es suficiente respuesta sobre tu inteligencia.
Los pulgares de Bryce volaron sobre la pantalla mientras escribía con el ceño fruncido.
Ten la amabilidad de irte al carajo.
Presionó el botón de enviar antes de pensar qué tan sabio era decirle eso al Umbra Mortis.
No respondió. Con una sonrisa orgullosa, tomó el control remoto.
Un golpe contra la ventana la hizo saltar del susto y Syrinx salió corriendo hacia las cortinas, ladrando como loco.
Ella le dio la vuelta al sillón y abrió las cortinas de un golpe preguntándose qué demonios había lanzado hacia su ventana…
El ángel caído estaba flotando justo ahí. Mirándola con furia.
Ella se negó a retroceder a pesar de que el corazón le latía desbocado. Se negaba a hacer cualquier cosa que no fuera abrir la ventana y, con el aire que movían sus poderosas alas despeinándola, dijo:
—¿Qué?
Los ojos oscuros de Hunt ni siquiera parpadearon. Impresionante… esa era la única palabra en la que podía pensar Bryce para describir su rostro apuesto, lleno de líneas poderosas y pómulos angulares.
—Puedes hacer esta investigación sencilla o la puedes hacer difícil.
—Yo no…
—Ahórratelo —dijo Hunt y su cabello oscuro se movió con el viento.
El sonido del batir de sus alas opacaba el ruido del tráfico de abajo, también de los humanos y vanir que ahora lo veían con la boca abierta.
—Detestas que te observen, te mimen o lo que sea —cruzó sus brazos musculosos—. Pero ninguno de nosotros puede opinar sobre este trato. Así que en vez de gastar tu aliento en discutir sobre límites, ¿por qué no haces esa lista de sospechosos y de los movimientos de Danika?
—¿Por qué no dejas de decirme qué debería estar haciendo con mi tiempo?
Podría haber jurado que sintió el sabor del éter cuando él gruñó:
—Voy a ser honesto contigo.
—Yupi.
Las fosas nasales de Hunt se ensancharon.
—Yo voy a hacer lo que sea para resolver este caso. Aunque eso signifique atarte a una puta silla hasta que escribas esas listas.
Bryce esbozó una mueca burlona.
—Sadomasoquismo. Lindo.
Los ojos de Hunt se oscurecieron.
—No. Te. Hagas. La. Graciosa. Carajo.
—Sí, sí, tú eres el Umbra Mortis.
Él mostró los dientes.
—No me importa cómo me llames, Quinlan, mientras hagas lo que se te ordena.
Puto alfadejo.
—La inmortalidad es mucho tiempo para ser tan apretado.
Bryce se puso las manos en la cadera. Trató de no fijarse en que Syrinx le restaba autoridad al estar bailando a sus pies, dando saltitos.
El ángel apartó la mirada de ella y se puso a estudiar a su mascota con las cejas arqueadas. La cola de Syrinx se movía y ondeaba. Hunt resopló, como si no pudiera evitarlo.
—Eres una bestia muy lista, ¿verdad? —miró a Bryce con recelo—. Más listo que tu dueña, al parecer.
No cualquier alfadejo, el Rey de los Alfadejos.
Pero Syrinx se sentía muy orgulloso. Y Bryce sintió la necesidad de ocultar a Syrinx de Hunt, de quien fuera, de todo. Él era de ella, de nadie más, y no le gustaba mucho la idea de que alguien entrara a su pequeña burbuja…
Hunt subió la mirada y la vio a los ojos.
—¿Tienes algún arma?
El brillo puramente masculino de sus ojos le indicó que él asumía que no.
—Vuelve a molestarme —dijo ella con dulzura antes de cerrarle la ventana en la cara— y lo averiguarás.
Hunt se preguntaba en cuántos problemas se metería si lanzaba a Bryce Quinlan al Istros.
Después de la mañana que había tenido, cualquier castigo de Micah o la posibilidad de que Jesiba Roga lo convirtiera en cerdo le parecían buenas alternativas.
Recargado contra un poste del alumbrado, con el rostro cubierto de la lluvia densa como niebla que flotaba por la ciudad, Hunt apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolía. A esta hora, las personas que regresaban a sus casas llenaban las calles angostas de la Vieja Plaza: algunos se dirigían a sus trabajos en las incontables tiendas y galerías, otros se dirigían a las torres del DCN, a un kilómetro al oeste. Pero todos, eso sí, notaban sus alas, su cara y se apartaban de su camino.
Hunt ignoró a todos y miró el reloj de su teléfono. Las ocho con quince.
Había esperado suficiente tiempo para hacer la llamada. Marcó al número y se llevó el teléfono al oído. Lo escuchó sonar una vez, dos…
—Por favor dime que Bryce está viva —contestó Isaiah con una voz jadeante que le informaba a Hunt que o estaba en el gimnasio de las barracas o estaba disfrutando de la compañía de su novio.
—Por el momento.
Se escuchó el bip de una máquina, como si Isaiah redujera la velocidad de su caminadora.
—¿Quiero saber por qué me estás llamando tan pronto? —una pausa—. ¿Por qué estás en la calle Samson?
Aunque era probable que Isaiah rastreara su ubicación a través de la señal del teléfono de Hunt, eso no impidió que Hunt frunciera el ceño hacia la cámara más cercana visible. Quizá también habría otras ocultas en los cipreses y en las palmeras que bordeaban a las aceras, o alguna disfrazada como aspersor en el césped húmedo alrededor de las flores, o integrada a los postes de alumbrado como en el que estaba recargado.
Alguien siempre estaba observando. En toda esta puta ciudad, territorio y mundo, alguien siempre estaba observando. Las cámaras estaban tan hechizadas y vigiladas que eran a prueba de bombas. Incluso si la ciudad se convirtiera en ruinas bajo la magia letal de los misiles de azufre de la Guardia Asteriana, las cámaras continuarían grabando.
—¿Estás consciente —preguntó Hunt con la voz rasposa, mientras veía pasar un grupo de codornices del otro lado de la calle, sin duda una pequeña familia de metamorfos— de que las quimeras pueden abrir cerrojos, abrir puertas y brincar entre dos sitios como si estuvieran caminando de un lugar al otro?
—¿No…? —respondió Isaiah entre jadeos.
Al parecer, Quinlan tampoco lo sabía si se molestaba en tener a su bestia en una jaula. Aunque tal vez la maldita cosa funcionaba más como un sitio para que la quimera estuviera cómoda, como la gente hacía con sus perros. Ya que no habría manera de mantenerlo contenido sin echar mano de muchos encantamientos.
Los Inferiores, la clase de vanir a quienes pertenecía la quimera, tenían todo tipo de poderes interesantes y pequeños como esos. Era parte de por qué valían tanto en el mercado. Y de por qué, incluso milenios después, el senado y los asteri habían rechazado cualquier intento por cambiar las leyes que los calificaban como propiedad para ser intercambiada. Los Inferiores eran demasiado peligrosos, decían, incapaces de comprender las leyes, con poderes que podrían resultar disruptivos si se les liberaba de los diversos hechizos y tatuajes mágicos que los controlaban.
Y demasiado lucrativos, en especial para la élite gubernamental cuyas familias se beneficiaban de su comercio.
Así que seguían siendo Inferiores.
Hunt guardó sus alas una por una. El agua formaba gotas en las plumas grises como si fueran joyas transparentes.
—Esto ya es una pesadilla.
Isaiah tosió.
—Vigilaste a Quinlan una noche.
—Diez horas, para ser exacto. Justo hasta el momento en que la quimera que tiene por mascota apareció de la nada junto a mí al amanecer, me mordió el trasero por parecer que me estaba durmiendo y luego volvió a desaparecer para regresar al departamento. Justo cuando Quinlan salió de su recámara y abrió las cortinas para ver cómo me sobaba el trasero como un puto idiota. ¿Sabes lo afilados que son los dientes de una quimera?
—No.
Hunt podría haber jurado que escuchó la sonrisa en la voz de Isaiah.
—Cuando volé hacia su departamento para explicarle, encendió la música a todo volumen y me ignoró como la malcriada que es.
Con suficientes encantamientos alrededor de su departamento para mantener a un grupo de ángeles afuera, Hunt ni siquiera había intentado atravesar la ventana porque estuvo poniendo los hechizos a prueba toda la noche. Así que se había visto obligado a mirarla furioso del otro lado del vidrio. Regresó a la azotea sólo cuando la vio salir de su recámara sin ropa salvo un sostén deportivo y una tanga. La sonrisa que esbozó al ver sus alas moverse hacia atrás fue de rasgo felino.
—No la volví a ver hasta que salió a correr. Me hizo una seña con el dedo al salir.
—¿Entonces fuiste a la Calle Samson a rumiar? ¿Cuál es la emergencia?
—La emergencia, pendejo, es que es posible que la mate antes de que encontremos al verdadero asesino.
Había demasiadas cosas en juego en este caso.
—Sólo estás encabronado porque no se asustó ni se ha convertido en tu admiradora.
—Como si tuviera putas ganas de que alguien me admirara…
—¿Dónde está Quinlan ahora?
—Está pintándose las uñas.
Isaiah hizo una pausa que sonó muy parecida a como sonaba cuando estaba intentando no soltar una carcajada.
—Eso explica tu presencia en la Calle Samson antes de las nueve.
—Mientras miro por la ventana a un salón de uñas como un maldito acosador.
El hecho de que Quinlan no estuviera trabajando de inmediato para encontrar al asesino le irritaba casi tanto como su comportamiento. Y Hunt no podía evitar sentir sospecha. No sabía cómo o por qué podría ella haber matado a Danika, su jauría y a Tertian, pero ella había estado conectada con todos ellos. Había ido al mismo sitio las noches de los asesinatos. Sabía algo… o había hecho algo.
—Voy a colgar —el imbécil estaba sonriendo, Hunt lo sabía.
—Has enfrentado a ejércitos enteros, sobreviviste a la arena de Sandriel, has marchado lado a lado con arcángeles —rio Isaiah—. Seguro una chica fiestera no es tan difícil como todo eso.
La llamada se cortó.
Hunt apretó los dientes. A través de la ventana del salón podía distinguir perfectamente a Bryce sentada en una de las estaciones de trabajo de mármol con las manos estiradas en dirección a una bonita draki con escamas color dorado rojizo que le estaba poniendo otra capa de barniz a sus uñas. ¿Cuántas capas necesitaba?
A esta hora, sólo había unos cuantos clientes sentados dentro del salón limándose las uñas o garras y pintándoselas o lo que fuera que hicieran ahí dentro. Pero nadie dejaba de ver hacia la ventana. A él.
Ya se había ganado una mirada molesta de la metamorfa de halcón con cabello color verde azulado que estaba en el mostrador de la entrada, pero no se había atrevido a salir a pedirle que dejara de poner nerviosos a sus clientes y que se fuera.
Bryce permaneció ahí sentada, sin hacerle ningún caso. Platicando y riendo con la draki que le estaba arreglando las uñas.
Le tomó a Hunt unos segundos lanzarse a los cielos cuando Bryce salió de su departamento. La siguió desde arriba, muy consciente de que habría conductores que lo grabarían si aterrizaba en medio de la calle para apretarle las manos alrededor del cuello.
Al parecer, el salón de uñas estaba a quince cuadras de distancia. Byrce apenas había empezado a sudar cuando llegó al salón con la ropa deportiva húmeda por la lluvia fina y lo miró como para advertirle que se quedara afuera.
Eso había sido hacía una hora. Una hora llena de taladros y lijas y tijeras que utilizaban en sus uñas de una manera que haría a la misma Cierva encogerse. Tortura pura.
Cinco minutos. Quinlan tendría cinco putos minutos más y luego entraría para sacarla a tirones del lugar. Micah debía haber perdido la cabeza, ésa era la única explicación de por qué le había pedido a ella su ayuda, en especial si ella priorizaba sus uñas sobre resolver el asesinato de su amiga.
No sabía por qué lo sorprendía. Después de todo lo que había visto, toda la gente que había conocido y soportado, este tipo de mierda debería haberle dejado de molestar hacía mucho tiempo.
Alguien con el aspecto de Quinlan se acostumbraría a que su rostro y su cuerpo le abrieran todas las puertas sin una sola protesta. Ser mitad humana tenía algunas desventajas, sí, varias, si era honesto en su evaluación del estado del mundo. Pero a ella le había ido bien. Bastante pinche bien, a juzgar por ese departamento.
La draki hizo a un lado la botella y dio un golpecito con la garra de la punta de sus dedos sobre las uñas de Bryce. La magia sacó chispas y el cabello de Bryce, que traía recogido en una coleta, se movió como si un viento seco hubiera soplado a su lado.
Similar a las hadas de Valbara, la magia draki se inclinaba hacia la flama y el viento. En los climas al norte de Pangera, sin embargo, había conocido draki y hadas cuyos poderes podían invocar agua, lluvia, niebla… magia basada en elementos. Pero incluso entre las hadas y los draki solitarios, nadie portaba el poder de los relámpagos. Lo sabía, porque había buscado… desesperado en su juventud por encontrar a alguien que le pudiera enseñar a controlarlo. Al final, tuvo que enseñarse a sí mismo.
Bryce se revisó las uñas y sonrió. Y después abrazó a la draki. Un puto abrazo. Como si fuera una maldita heroína de guerra por lo que había hecho.
Hunt se sorprendió de no haberse quedado sin dientes de tanto que los había apretado para cuando ella salió por la puerta despidiéndose con la mano de la metamorfa de halcón que atendía la recepción, quien le dio un paraguas transparente, tal vez como un préstamo para protegerse de la lluvia.
La puerta de vidrio se abrió y Bryce por fin vio a Hunt a los ojos.
—¿Es una puta broma? —las palabras surgieron de él como una explosión.
Ella abrió el paraguas y casi le sacó un ojo.
—¿Tenías algo mejor que hacer con tu tiempo?
—Me hiciste esperar en la lluvia.
—Eres un hombre grande y rudo. Creo que puedes manejar mojarte un poco.
Hunt empezó a caminar a su lado.
—Te dije que hicieras esas dos listas. No que visitaras un puto salón de belleza.
Ella se detuvo en una intersección, esperando que avanzaran los automóviles detenidos en el tráfico, y se enderezó por completo. No se le acercaba para nada pero de alguna manera logró verlo hacia abajo al mismo tiempo que lo veía hacia arriba.
—Si eres tan bueno para investigar, ¿por qué no lo haces y me ahorras el esfuerzo?
—El gobernador te dio una orden —las palabras le sonaron ridículas incluso a él.
Ella cruzó la calle y él la siguió.
—Y pensaba que tenías una motivación personal para averiguar quién está detrás de todo esto.
—No asumas nada sobre mis motivaciones —dijo ella.
Esquivó un charco de lluvia o de orina. En la Vieja Plaza era imposible saberlo.
Él tuvo que controlarse para no empujarla hacia el charco.
—¿Tienes un problema conmigo?
—En realidad no me importas lo suficiente como para tener un problema contigo.
—Igual.
Los ojos de Bryce brillaron en ese momento, como si un fuego distante ardiera dentro. Lo miró con cuidado, evaluando cada centímetro de su cuerpo y de alguna manera, de alguna puta manera, logró hacerlo sentirse como si midiera cinco centímetros.
No dijo nada hasta que por fin regresaron a su calle. Gruñó:
—Necesitas hacer la lista de sospechosos y la lista de la última semana de actividades de Danika.
Ella se estudió las uñas que ahora tenía pintadas con una especie de gradiente de color que iba del rosado a violeta en las puntas. Como el cielo al atardecer.
—A nadie le gusta la gente fastidiosa, Athalar.
Llegaron al arco de entrada de vidrio de su edificio —que estaba estructurado como la aleta de un pez, se dio cuenta Hunt la noche anterior— y las puertas se abrieron. Con la coleta de caballo meciéndose de un lado al otro Bryce dijo con alegría:
—Adiós.
Hunt respondió con voz lenta:
—La gente podría verte haciéndote la graciosa así, Quinlan, y pensar que estás intentando obstaculizar una investigación oficial.
Si no podía presionarla para que se pusiera a trabajar en el caso, tal vez podría asustarla.
En especial con la verdad: ella no estaba todavía libre de toda sospecha. Nada de eso.
Ella abrió los ojos de nuevo y vaya que eso fue muy satisfactorio para Hunt. Tanto que añadió con la boca torcida en una media sonrisa:
—Será mejor que te apures, no quieres llegar tarde al trabajo.
Ir al salón de uñas había valido la pena en muchos niveles, pero tal vez el mayor beneficio había sido irritar a Athalar.
—No sé por qué no dejas pasar al ángel —se quejó Lehabah subida en la punta de una vieja vela gruesa—. Es tan guapo.
En las entrañas de la biblioteca de la galería, con documentos de clientes extendidos en la mesa frente a ella, Bryce miró de lado a la flama con forma de mujer.
—No tires cera en los documentos, Lele.
La duendecilla de fuego gruñó y se sentó en el pabilo de la vela de todas maneras. La cera escurría por los lados y la maraña de cabello amarillo flotaba sobre su cabeza, como si de verdad fuera una flama con la figura regordeta de una mujer.
—Está sentado en la azotea con este clima horrible. Déjalo que descanse en el sillón aquí dentro. Syrinx dice que el ángel puede cepillarlo si necesita ponerse a hacer algo.
Bryce suspiró y miró hacia el techo pintado: el cielo de noche representado con gran cuidado. El gigantesco candelabro de oro que colgaba en el centro de este espacio estaba diseñado para representar un sol que explotaba, con todas las luces colgantes en alineación perfecta con los siete planetas.
—El ángel —dijo con el ceño fruncido hacia Syrinx que dormía en el sillón de terciopelo verde— no tiene permitido entrar aquí.
Lehabah soltó un ruidito triste.
—Un día de estos la jefa va a cambiar mis servicios por los de un viejo asqueroso y te vas a arrepentir de haberme negado cosas.
—Un día, ese viejo asqueroso va a obligarte a hacer tu trabajo y a vigilar sus libros y te arrepentirás de pasar todas estas horas de relativa libertad quejándote.
La cera chisporroteó en la mesa. Bryce levantó la cabeza de golpe.
Lehabah estaba acostada boca abajo sobre la vela y una de sus manos colgaba a su lado. Peligrosamente cerca de los documentos que Bryce había pasado las últimas tres horas revisando.
—No te atrevas.
Lehabah rotó su brazo para que el tatuaje que tenía en la piel ardiente quedara visible. Se lo habían puesto en el brazo después de sólo segundos de nacer, le había dicho Lehabah. SPQM. Se le tatuaba a todos los duendecillos, de fuego o de agua o de tierra, no importaba. El castigo por unirse a la rebelión de los ángeles hacía doscientos años, cuando los duendecillos se atrevieron a protestar de su estatus como peregrini. Como Inferiores. Los asteri incluso habían ido más allá de la escalvitud y tortura que usaron con los ángeles. Tras la rebelión, declararon que todos los duendecillos, no sólo los que se habían unido a Shahar y su legión, quedarían esclavizados y los expulsarían de la Casa de Cielo y Aliento. Todos sus descendientes serían peregrinos y esclavos también. Para siempre.
Era uno de los episodios más espectacularmente jodidos de la historia de la República.
Lehabah suspiró.
—Cómprale mi libertad a Jesiba. Entonces me puedo ir a tu departamento y mantener tus baños y toda tu comida caliente.
Podría hacer mucho más que eso, Bryce lo sabía. En esencia, la magia de Lehabah era más poderosa que la de Bryce. Pero la mayoría de los no-humanos podía decir lo mismo. Y a pesar de que era más que el poder de Bryce, el de Lehabah era sólo una brasa comparada con las flamas de las hadas. Las flamas de su padre.
Bryce dejó los papeles de compra de un cliente sobre la mesa.
—No es tan sencillo, Lele.
—Syrinx me dijo que te sientes sola. Yo podría alegrarte.
Como respuesta, la quimera se recostó sobre su espalda, con la lengua colgando de su boca, y empezó a roncar.
—En primer lugar, mi edificio no permite que haya duendecillos de fuego. Ni duendecillos de agua. Es una pesadilla con los seguros. En segundo, no es tan sencillo como sólo preguntar a Jesiba. Ella bien podría deshacerse de ti porque le pregunte.
Lehabah recargó su barbilla redonda en su mano y dejó caer otra peca de cera peligrosamente cerca de sus documentos.
—Ella te dio a Syrie.
Que Cthona le concediera paciencia.
—Me permitió comprarle a Syrinx porque mi vida estaba hecha una mierda y me volví loca cuando ella se aburrió de él y trató de venderlo.
La duendecilla de fuego dijo en voz baja:
—Porque Danika murió.
Bryce cerró los ojos por un segundo y luego dijo:
—Sí.
—No deberías decir tantas malas palabras, BB.
—Entonces de verdad no te va a caer bien el ángel.
—Él condujo a mi gente a la batalla y es un miembro de mi Casa. Merezco conocerlo.
—Según yo, esa batalla no fue muy exitosa y por eso mismo corrieron a los duendecillos de fuego de la casa de Cielo y Aliento.
Lehabah se sentó y se cruzó de piernas.
—La pertenencia a las Casas no es algo que el gobierno pueda decretar. Nuestra expulsión fue sólo de nombre.
Era verdad. Pero Bryce dijo de todas maneras:
—Lo que digan los asteri y su senado es ley.
Lehabah había sido guardiana de la biblioteca de la galería durante décadas. La lógica indicaba que ordenarle a una duendecilla de fuego que vigilara una biblioteca era una mala idea, pero cuando una tercera parte de los libros en ese lugar ansiaban escapar, matar a alguien o comérselo (en distintos órdenes), tener una flama viviente que los mantuviera en línea valía el riesgo. Incluso la plática interminable, por lo visto.
Se escuchó un golpe en el entrepiso. Como si un libro se hubiera aventado de la repisa por su propia voluntad.
Lehabah chasqueó la lengua en dirección al libro y su color cambió a un azul profundo. El papel y el cuero susurraron mientras el libro errante volvía a su sitio otra vez.
Bryce sonrió y luego sonó el teléfono de la oficina. Un vistazo a la pantalla hizo que se apresurara a tomarlo y le dijo a la duendecilla entre dientes:
—De regreso a tu percha, ahora.
Lehabah acababa de llegar al domo de vidrio desde el cual mantenía su vigilancia ardiente sobre los libros inquietos de la biblioteca. Bryce contestó:
—Buenas tardes, jefa.
—¿Alguna novedad?
—Todavía estamos investigando. ¿Cómo está Pangera?
Jesiba no se molestó en responder a la pregunta y dijo:
—Tengo un cliente que irá a la galería a las dos en punto. Tienes que estar lista. Y no permitas que Lehabah malgaste tiempo en platicar. Tiene un trabajo que hacer.
La llamada se cortó.
Bryce se levantó del escritorio donde había estado trabajando toda la mañana. Los paneles de roble de la biblioteca debajo de la galería se veían viejos, pero estaban cableados con la tecnología más reciente y los mejores hechizos que se podían comprar. Eso sin mencionar que había un excelente sistema de sonido al cual le daba un buen uso cuando Jesiba estaba del otro lado del Haldren.
No que bailara acá abajo… ya no. Ahora, la música era sobre todo para evitar que el latido constante de las lucesprístinas la volviera loca. O para ahogar los monólogos de Lehabah.
Las paredes estaban cubiertas de repisas interrumpidas sólo por alguno de los doce tanques y terrarios pequeños, a su vez ocupados por todo tipo de pequeños animales comunes: lagartijas, serpientes, tortugas y diversos roedores. Bryce se preguntaba con frecuencia si todos serían personas que habían hecho enojar a Jesiba. Ninguno mostraba ninguna señal de conciencia, lo cual era aún más terrorífico si era verdad. No sólo se habían convertido en animales sino que también se les había olvidado que en realidad eran otra cosa.
Desde luego que Lehabah había nombrado a todos, cada uno más ridículo que el anterior. Nutmeg y Ginger eran los nombres de los geckos en el tanque más cercano a Bryce. Lehabah decía que eran hermanas. Miss Poppy era el nombre de la serpiente blanca y negra del entrepiso.
Lehabah nunca nombró a las criaturas que habitaban el tanque gigantesco que ocupaba toda una pared de la biblioteca y cuya extensión de vidrio revelaba una penumbra acuosa. Por suerte el tanque estaba vacío.
El año anterior, Bryce intentó conseguir algunas anguilas iris en nombre de Lehabah para que abrillantaran el azul opaco con su luz brillante de arcoíris, pero Jesiba dijo que no y compró un kelpie que trataba de aparearse con el vidrio mostrando la misma elegancia de un chico universitario borracho.
Bryce se aseguró regalar a ese pendejo a un cliente muy rápido.
Bryce se preparó para el trabajo que tenía delante. No los documentos ni el cliente, sino lo que tenía que hacer en la noche. Que los putos dioses la ayudaran cuando Athalar se enterara.
Pero pensar en su cara cuando se diera cuenta de lo que ella había planeado… Sí, sería satisfactorio.
Si sobrevivía.