Las calles estaban llenas de vanir que salían del todavía caótico Cuervo Blanco, todos buscando respuestas sobre qué demonios había sucedido. Varios legionarios, hadas y miembros de las cuadrillas del Aux habían levantado una barricada alrededor del lugar, un muro mágico opaco y vibrante, pero la multitud se había juntado ahí de todas maneras.
Hunt miró hacia Bryce que iba caminando a su lado, en silencio, con los ojos vidriosos. Descalza, se dio cuenta.
¿Cuánto tiempo llevaba descalza? Debió haber perdido los zapatos en la explosión.
Consideró si debía ofrecerle volverla a cargar, o sugerir que se fueran volando a su departamento, pero ella llevaba los brazos tan apretados alrededor de su cuerpo que él sintió que una sola palabra la arrojaría en una espiral descendente sin fondo.
La mirada que le dirigió a Ruhn antes de irse… Hizo que Hunt sintiera gusto de que ella no fuera una serpiente que escupiera ácido. El rostro del hada se hubiera derretido.
Que los dioses los ayudaran cuando el príncipe llegara a la galería al día siguiente.
El portero de Bryce saltó de su asiento cuando entraron al vestíbulo impecable. Le preguntó si estaba bien, si había estado en el club. Ella dijo entre dientes que estaba bien y el metamorfo de oso miró a Hunt con concentración de depredador. Cuando ella lo notó, hizo un gesto con la mano y luego presionó el botón del elevador. Mientras esperaban, los presentó. Hunt, él es Marrin; Marrin, él es Hunt. Se va a quedar conmigo hasta nuevo aviso, por desgracia. Luego entró al elevador donde tuvo que recargarse contra el barandal de cromo del fondo como si estuviera a punto de colapsar…
Hunt se metió justo cuando estaban cerrándose las puertas. El elevador era demasiado pequeño, demasiado apretado con sus alas, y él las mantuvo lo más cerca posible de su cuerpo mientras subían al penthouse a toda velocidad…
Bryce dejó caer su cabeza y sus hombros se curvaron hacia adentro…
Hunt dijo sin pensar:
—¿Por qué no haces el Descenso?
Se abrieron las puertas del elevador y ella se recargó en ellas antes de entrar al pasillo elegante de colores crema y cobalto. Pero se detuvo frente a la puerta de su departamento. Luego volteó a verlo.
—Las llaves estaban en mi bolso.
Su bolso ahora estaba en las ruinas del club.
—¿El portero tiene una copia?
Ella gruñó su afirmación y miró el elevador como si fuera una montaña a escalar.
Marrin le hizo la vida difícil a Hunt durante un minuto, revisó que Bryce siguiera viva en el pasillo, preguntó por el interfono si ella estaba de acuerdo y vio cómo ella le hacía la señal de pulgares arriba en la cámara.
Cuando Hunt regresó, la encontró sentada frente a su puerta, con las piernas elevadas y abiertas lo suficiente para que se alcanzara a ver su ropa interior color rosa brillante. Por fortuna, las cámaras del pasillo no podían ver ese ángulo, pero Hunt no tenía ninguna duda de que el metamorfo los estaba monitoreando cuando la ayudó a ponerse de pie y le dio la copia de las llaves.
Ella metió las llaves despacio y luego puso su palma en la superficie hechizada junto a la puerta.
—Estaba esperando —murmuró mientras se abrían los cerrojos y las luces del departamento se encendían—. Se suponía que íbamos a hacer el Descenso juntas. Habíamos elegido una fecha en dos años.
Él sabía a quién se refería. El motivo por el cual ya no bebía, ni bailaba ni parecía querer vivir su vida. El motivo por el cual conservaba esa cicatriz en su bonito muslo liso. Ogenas y todos sus Misterios sagrados sabían que el mismo Hunt se había castigado a sí mismo por mucho tiempo después del fracaso colosal de la Batalla del monte Hermon. Incluso mientras lo torturaban en los calabozos de los asteri, se había castigado a sí mismo, torturando a su propia alma de una manera que ningún interrogador imperial podría hacer.
Así que tal vez era una duda estúpida, pero le preguntó de todas maneras mientras entraban al departamento:
—¿Por qué te molestas en esperar ahora?
Hunt entró y observó con cuidado el sitio que Quinlan llamaba hogar. El departamento abierto se veía bien desde afuera de las ventanas, pero desde adentro…
Ella o Danika lo habían decorado sin reparar en ningún gasto: había un sillón de cojines grandes en el tercio derecho de la gran estancia, colocado frente a una mesa de centro de madera reciclada y la enorme televisión encima de una consola de roble tallado. La mesa del comedor era de vidrio esmerilado con sillas de cuero blanco y ocupaba el tercio izquierdo del espacio; el tercio central iba hacia la cocina con gabinetes blancos, aparatos cromados y superficies de mármol blanco. Todo limpio, impecable, suave y acogedor.
Hunt observó el espacio, parado como una pieza de equipaje junto a la isla de cocina mientras Bryce caminaba despacio por un pasillo de roble claro para sacar a Syrinx del sitio donde aullaba en su jaula.
Ella iba a mitad del pasillo cuando respondió sin mirar atrás:
—Sin Danika… Se suponía que íbamos a hacer el Descenso juntas —dijo de nuevo—. Connor y Thorne iban a ser nuestras anclas.
La elección de Ancla durante el Descenso era vital y una decisión muy personal. Pero Hunt apartó los pensamientos del funcionario gubernamental con cara de pocos amigos que le habían asignado porque él no tenía familia ni amigos restantes que lo pudieran anclar. No cuando su madre había muerto días antes.
Syrinx salió volando por el departamento, sus garras golpeando los pisos de madera clara. Iba ladrando, saltó cuando llegó con Hunt y empezó a lamerle las manos. Bryce arrastraba cada uno de sus pasos de regreso a la cocina.
El silencio fue suficiente para él y preguntó:
—¿Danika y tú eran amantes?
Hace dos años le habían dicho que no eran, pero las amigas no guardaban luto como el que Bryce parecía respetar ni apagaban todas y cada una de las partes de sí mismas. Así como él había hecho por Shahar.
El golpeteo del alimento de Syrinx llenando su plato inundó el departamento. Bryce puso el plato en el suelo y Syrinx abandonó a Hunt y se lanzó dentro de su comida para empezar a masticar a toda velocidad.
Hunt se dio la vuelta y vio a Bryce dirigirse al otro extremo de la isla de cocina, abrir el enorme refrigerador de metal y examinar sus escasos contenidos.
—No —respondió ella con voz inexpresiva y fría—. Danika y yo no éramos así —apretó tanto la mano alrededor de la puerta del refrigerador que sus nudillos se pusieron blancos—. Connor y yo… Connor Holstrom, quiero decir. Él y yo… —dijo sin terminar—. Era complicado. Cuando Danika murió, cuando todos murieron… una luz se apagó en mí.
Él recordaba los detalles sobre ella y el mayor de los hermanos Holstrom. Ithan tampoco había estado ahí esa noche y ahora era el Segundo al rango de la jauría de Amelie Ravenscroft. Un pobre reemplazo de lo que había sido alguna vez la Jauría de Diablos. La ciudad también había perdido algo aquella noche.
Hunt abrió la boca para decirle a Quinlan que entendía. No nada más lo de la relación complicada, sino la pérdida. Despertar una mañana rodeada de amigos y su amante y luego terminar el día con todos muertos. Entendía cómo eso le carcomía los huesos y la sangre y la misma alma a una persona. Cómo no había nada que lo aliviara.
Cómo dejar el alcohol y las drogas, cómo negarse a hacer lo que más amaba, el baile, de todas maneras no podía aliviarlo. Pero las palabras se le atoraron en la garganta. No había querido hablar de esto hacía doscientos años y para nada tenía ganas de hablarlo ahora.
Un teléfono de la casa empezó a sonar y una voz femenina agradable dijo: Llamada de… Casa.
Bryce cerró los ojos, como si se estuviera preparando y luego caminó por el pasillo oscuro que llevaba a su recámara. Un momento después, dijo con un tono alegre que le podría haber ganado un premio por la Mejor Puta Actriz de Midgard.
—Hola, mamá —se escuchó el gemido de un colchón—. No, no estaba ahí. Mi teléfono se cayó a la taza del baño en el trabajo. Sí, ya no funciona. Conseguiré otro mañana. Sí, estoy bien. June no estaba ahí tampoco. Estamos bien —una pausa—. Ya sé, fue un día difícil en el trabajo —otra pausa—. Oye, tengo invitados —una risa áspera—. No de ese tipo, no te hagas ilusiones. Lo digo en serio. Sí, lo dejé entrar a mi casa voluntariamente. Por favor no llames a la recepción. ¿Su nombre? No te voy a decir —un ligero titubeo—. Mamá. Te llamaré mañana. No le voy a decir hola de tu parte. Adiós… adiós, mamá. Te amo.
Syrinx ya se había terminado su comida y estaba viendo con esperanzas a Hunt, rogándole en silencio que le diera más comida y moviendo su cola de león.
—No —le dijo a la bestia justo cuando Bryce iba saliendo a la estancia.
—Oh —dijo ella como si se hubiera olvidado de que él estaba ahí—. Voy a bañarme. La habitación de visitas es tuya. Usa lo que necesites.
—Pasaré al Comitium mañana para traer más ropa —Bryce asintió como si la cabeza le pesara mil kilos—. ¿Por qué mentiste?
La dejaría decidir cuál mentira quería explicar.
Ella se detuvo y Syrinx se adelantó por el pasillo hacia su recámara.
—Mi mamá sólo se preocuparía y vendría a visitar. No quiero que esté por aquí si las cosas empeoran. Y no le dije quién eras porque eso llevaría a más preguntas también. Es más fácil así.
Más fácil no permitirse disfrutar la vida, más fácil mantener a todos a una distancia prudente.
La marca en su mejilla por la cachetada de Juniper apenas se había desvanecido un poco. Era más fácil lanzarse sobre su amiga cuando explotaba una bomba que arriesgarse a perderla.
Dijo en voz baja:
—Necesito averiguar quién hizo esto, Hunt.
Él miró sus ojos crudos y dolidos.
—Lo sé.
—No —dijo ella con voz ronca—. No lo sabes. No me importan cuáles sean los motivos de Micah, si no encuentro a esta puta persona, esto me va a comer viva.
No el asesino ni el demonio, sino el dolor y el pesar que él apenas se estaba dando cuenta que vivía en su interior.
—Necesito encontrar a quien hizo esto.
—Lo haremos —prometió él.
—¿Cómo puedes saberlo? —dijo ella mientras negaba con la cabeza.
—Porque no tenemos alternativa. Yo no tengo alternativa —dijo. Al ver su mirada confundida, exhaló y agregó—: Micah me ofreció un trato.
Ella lo miró cautelosa.
—¿Qué tipo de trato?
Hunt apretó la mandíbula. Ella había ofrecido un pedazo de sí misma, así que él podía hacer lo mismo. En especial ahora que eran malditos compañeros de casa.
—Cuando llegué aquí, Micah me hizo un trato: si podía compensar cada vida que la 18ª cobró aquel día en monte Hermon, conseguiría mi libertad de vuelta. Todas las dos mil doscientas diecisiete vidas.
Se preparó, invitándola a que escuchara lo que no podía atreverse a decir.
Ella se mordió el labio.
—Estoy asumiendo que compensar quiere decir…
—Sí —dijo él con un gruñido—. Significa que hago lo que soy bueno haciendo. Una muerte por una muerte.
—¿Micah tiene más de dos mil personas para que tú asesines?
Hunt rio con aspereza.
—Micah es un gobernador de todo un territorio y vivirá cuando menos otros doscientos años. Es probable que tenga el doble de personas en su lista antes de terminar.
El horror le invadió la mirada a Bryce y él se apresuró a hacer algo para evitarlo aunque no estaba seguro de por qué.
—Es parte del trabajo. De su trabajo y del mío —se pasó la mano por el cabello—. Mira, es horrible, pero al menos me ofreció una salida. Y cuando empezaron de nuevo los asesinatos, me ofreció un trato distinto: encontrar al asesino antes de la Cumbre y él reduciría las deudas que tengo a diez.
Esperó a que ella lo juzgara, que se sintiera asqueada con él y con Micah. Pero ella ladeó la cabeza.
—Por eso has sido un reverendo dolor de cabeza.
—Sí —respondió él con sequedad—. Micah me ordenó que no dijera nada. Así que si mencionas una palabra sobre esto…
—Su oferta queda inválida.
Hunt asintió y miró la cara golpeada de ella. No dijo nada más. Después de un momento, él preguntó:
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
Ella empezó a caminar de nuevo hacia su recámara.
—¿No vas a decirme que soy un pedazo de mierda que sólo piensa en sí mismo?
Ella se volvió a detener y un ligero rayo de luz entró a sus ojos.
—¿Para qué molestarme, Athalar, si lo acabas de hacer por mí?
Él no pudo evitarlo entonces. Aunque estaba ensangrentada y cubierta de polvo, la observó de cuerpo completo. Cada centímetro y curva. Intentó no pensar en la ropa interior rosada que estaba debajo de ese vestido verde ajustado. Pero dijo:
—Lamento haber pensado que eras una sospechosa. Y más que eso, lamento haberte juzgado. Pensé que eras una chica fiestera y me comporté como un patán.
—No tiene nada de malo ser una chica fiestera. No entiendo por qué el mundo parece pensar lo contrario —pero ella pensó en sus palabras—. Es más fácil para mí que la gente asuma lo peor sobre quién soy. Me permite ver quiénes son en verdad.
—¿Así que estás diciendo que piensas que en realidad soy un patán? —una de las comisuras de sus labios empezó a levantarse.
Pero la mirada de ella era completamente seria.
—He tenido que lidiar con muchos patanes, Hunt. Tú no eres uno de ellos.
—No pensabas eso hace rato.
Ella se dirigió de nuevo a su habitación. Así que Hunt preguntó:
—¿Quieres que consiga comida?
De nuevo, se detuvo. Parecía que estaba a punto de decir que no, pero dijo con voz rasposa:
—Hamburguesa con queso, papas con queso. Y malteada de chocolate.
Hunt sonrió.
—A la orden.
La elegante habitación de visitas al otro lado de la cocina era espaciosa y estaba decorada en diferentes tonalidades de gris y crema acentuadas con rosa pálido y azul aciano. Por fortuna, en la cama cabían las alas de Hunt —definitivamente comprada pensando en el vanir— y había unas cuantas fotografías en marcos de aspecto costoso apoyadas junto a un tazón de cerámica azul roto, todo sobre un ropero con cajones a la derecha de la puerta.
Consiguió hamburguesas y papas para ambos y Bryce se comió la suya con una ferocidad que Hunt sólo había visto entre leones reunidos alrededor de una presa. Le dio a Syrinx, que se lamentaba bajo la mesa, unas cuantas papas porque sin duda Bryce no le compartiría nada.
El agotamiento se había instalado en ambos tan profundo que no hablaron para nada y cuando ella terminó su malteada, tomó la basura, la tiró al bote y se dirigió a su habitación dejando a Hunt solo.
Un olor mortal permanecía en la habitación y él supuso que era cortesía de sus padres. Hunt abrió los cajones y encontró que varios estaban llenos de ropa. Suéteres ligeros, calcetas, pantalones, ropa deportiva… Estaba espiando. Sí, era parte de su trabajo, pero no dejaba de tratarse de espiar.
Cerró los cajones y miró las fotografías enmarcadas.
Ember Quinlan había sido muy hermosa. No le sorprendía que aquel pendejo hada la hubiera perseguido hasta obligarla a escapar. Tenía el cabello largo y negro enmarcando un rostro que podría estar en un anuncio espectacular en la calle: piel pecosa, labios carnosos y pómulos pronunciados que hacían que los ojos oscuros y profundos sobre ellos se vieran impactantes.
Era la cara de Bryce pero con coloración distinta. Un humano igual de atractivo y de piel morena estaba al lado de ella con el brazo sobre sus hombros, sonriendo como loco a quien estuviera del otro lado de la cámara. Hunt apenas podía distinguir lo que estaba escrito en sus placas de identificación que colgaban encima de su suéter gris.
Vaya, con un demonio.
¿Randall Silago era el padre adoptivo de Bryce? ¿El héroe de guerra legendario y francotirador? No tenía idea de cómo había pasado eso por alto en su expediente aunque supuso que lo había visto sólo por encima hacía años.
No le sorprendía que su hija fuera tan valiente. Y ahí, a la derecha de Ember, estaba Bryce.
Tenía apenas poco más de tres años, el cabello rojo recogido en dos coletas flojas. Ember estaba viendo a su hija, con expresión algo exasperada, como si se supusiera que Bryce debería estar usando la ropa elegante que tenían los dos adultos. Pero ahí estaba, mirando a su madre con la misma insolencia, con las manos en la cadera y las piernas separadas en una posición indiscutible de pelea. Cubierta de pies a cabeza en lodo.
Hunt rio y miró otra de las fotografías del vestidor.
Era una foto hermosa de dos mujeres, niñas en realidad, sentadas sobre unas rocas rojas en la cima de una montaña en el desierto, dándole la espalda a la cámara, hombro con hombro mientras veían la vegetación y la arena de abajo. Una era Bryce, lo sabía por el cabello rojo. La otra tenía puesta una chamarra de piel familiar, con la espalda pintada con esas palabras en el lenguaje más antiguo de la República. Con amor, todo es posible.
Tenían que ser Bryce y Danika. Y… esa chamarra que ahora usaba Bryce era de Danika.
No tenía otras fotografías de Danika en el departamento.
Con amor, todo es posible. Era un dicho antiguo que se remontaba a un dios que él no podía recordar. Tal vez Cthona, con todas esas cosas de madre-diosa que presidía. Hacía mucho tiempo que Hunt había dejado de visitar templos o de prestar mucha atención a las sacerdotisas demasiado fanáticas que aparecían de vez en cuando en los programas matutinos. Ninguno de los cinco dioses lo había ayudado en realidad, ni a nadie que le importara. Urd, en especial, lo había jodido con bastante frecuencia.
La coleta rubia de Danika estaba sobre la espalda de Bryce porque tenía la cabeza recargada en el hombro de su amiga. Bryce vestía una camiseta holgada y blanca y tenía el brazo vendado apoyado en la rodilla. Varios moretones recorrían todo su cuerpo. Y dioses, había una espada a la izquierda de Danika. Enfundada y limpia, pero conocía esa espada.
Sabine se había puesto furiosa buscándola cuando vieron que no estaba en el departamento donde habían asesinado a su hija. Al parecer era una especie de reliquia familiar de los lobos. Pero ahí estaba, junto a Bryce y Danika en el desierto.
Sentadas sobre esas rocas, encima del mundo, parecían dos soldados que acababan de pasar por las cámaras más oscuras del Averno y estaban en un bien merecido descanso.
Hunt volteó y se frotó el tatuaje sobre la frente. Una chispa de su poder hizo que las cortinas grises y pesadas se cerraran en la ventana de piso a techo con un viento helado. Se quitó la ropa pieza por pieza y vio que el baño era tan espacioso como la recámara.
Hunt se dio una ducha rápida y se metió a la cama antes de que se le terminara de secar la piel. Lo último que vio antes de que lo venciera el sueño fue esa fotografía de Bryce y Danika, congeladas para toda la eternidad en un momento de paz.