C37

—¿Dónde? —preguntó Hunt al teléfono con un ojo en Quinlan que tenía los brazos cruzados mientras escuchaba. Toda la luz había desaparecido de su mirada.

Isaiah le dio la dirección. Como a tres kilómetros de distancia.

—Ya tenemos un equipo instalándose allá —dijo el comandante.

—Llegamos en unos minutos —respondió Hunt y colgó.

Los tres hombres hada, tras escuchar la llamada, empezaron a empacar su equipo con rápida eficiencia. Estaban bien entrenados. Eran un fastidio pero estaban bien entrenados.

Pero Bryce titubeó y no podía mantener las manos quietas a sus costados. Había visto esa mirada antes, así como la calma fingida que la invadió cuando Ruhn y sus amigos voltearon a verla.

Antes, Hunt había creído esa mirada y prácticamente la había presionado a asistir a la otra escena del asesinato.

Sin voltear a ver a los otros hombres, Hunt dijo:

—Supongo que oyeron la dirección —no esperó a que le confirmaran. Les ordenó—: Nos vemos allá.

Los ojos de Quinlan centellearon pero Hunt no le quitó la mirada de encima y se acercó. Sintió que Danaan, Flynn y Emmet estaban saliendo de la galería, pero no volteó para confirmarlo y se detuvo frente a Bryce.

El vacío frío del campo de tiro se abrió como fauces negras a su alrededor.

De nuevo, las manos de Quinlan se enroscaron y empezó a mover los dedos a su lado.

Como si pudiera sacudirse el miedo y el dolor. Hunt dijo con calma:

—¿Quieres que yo lo maneje?

El color le subió por las mejillas pecosas. Señaló la puerta con un dedo tembloroso.

—Alguien murió mientras nosotros estábamos aquí haciendo estupideces.

Hunt le envolvió el dedo con la mano. Lo bajó hacia el espacio entre ellos.

—Esta culpa no es tuya. Es de quien sea que lo haya hecho.

La gente como él, asesinando en la noche.

Ella intentó quitarle su dedo y él la dejó, recordando su reacción a los hombres vanir. A los alfadejos.

Bryce tragó saliva y se asomó detrás de las alas de Hunt.

—Quiero ir a la escena del crimen —él esperó que terminara lo que quería decir. Ella exhaló temblorosa.

—Necesito ir —dijo, más para ella misma. Empezó a golpear con el pie en el piso de concreto al ritmo de la música que todavía se escuchaba. Luego hizo una mueca de arrepentimiento.

—Pero no quiero que Ruhn o sus amigos me vean así.

—¿Así cómo? —era normal, esperado, estar afectado por algo como lo que ella había soportado.

—Así como un puto desastre —dijo ella con los ojos brillantes.

—¿Por qué?

—Porque no es asunto de ellos pero lo van a convertir en su asunto si lo ven. Son hombres hada, meter sus narices en cosas que no les corresponde es un arte para ellos.

Hunt ahogó una risa.

—Cierto.

Ella volvió a exhalar.

—Está bien —murmuró—. Está bien.

Las manos seguían temblándole como si los recuerdos sangrientos la hubieran invadido.

Era el instinto intentando controlar sus manos.

Le temblaban como vidrio en una repisa. Se sentían igual de delicadas, incluyendo el sudor pegajoso y frío que las cubría.

—Respira —le dijo Hunt y apretó sus dedos con suavidad.

Bryce cerró los ojos e inclinó la cabeza mientras obedecía.

—Otra vez —le ordenó él.

Ella lo hizo.

—Otra vez.

Entonces Quinlan volvió a respirar y Hunt no le soltó las manos hasta que se secó el sudor. Hasta que levantó la cabeza.

—Está bien —repitió ella y, en esta ocasión, sus palabras sonaron sólidas.

—¿Estás bien?

—Tan bien como estaré —dijo ella pero su mirada ya estaba despejada.

Hunt no pudo evitar acomodarle un mechón suelto del cabello. Se deslizó como seda fresca contra sus dedos cuando lo pasó por detrás de la oreja arqueada.

—Yo igual, Quinlan.


Bryce le permitió a Hunt que la llevara volando a la escena del crimen. El callejón en Prados de Asfódelo era de lo más sórdido: un basurero repleto y con basura derramada, charcos sospechosos de líquido brillante, animales delgados como esqueletos buscando entre la basura, vidrio roto brillando en la luzprístina del poste de alumbrado oxidado.

Unas magibarreras color azul brillante bloqueaban la entrada al callejón. Algunos técnicos y legionarios estaban en la escena, entre ellos, Isaiah Tiberian, Ruhn y sus amigos.

El callejón estaba justo al lado de la calle principal, a la sombra de la Puerta Norte, la Puerta Mortal como la llamaba la mayoría de la gente. Los edificios de departamentos se elevaban en la cercanía. La mayoría eran públicos y todos necesitaban mantenimiento de manera urgente. Los sonidos que provenían de la avenida transitada cercana hacían eco en los muros de ladrillo desmoronándose. El olor dulzón de la basura se le introducía por la nariz. Bryce intentó no inhalar demasiado.

Hunt estudió el callejón y murmuró con una mano fuerte en su espalda:

—No tienes que ver, Bryce.

Lo que había hecho por ella en el campo de tiro… Ella nunca le había permitido a nadie, ni siquiera a sus padres, verla así jamás. Esos momentos en que no podía respirar. Por lo general iba al baño o salía por unas horas o empezaba a correr.

El instinto de escapar había sido casi tan fuerte como el pánico y la angustia que le quemaban el pecho pero… había visto a Hunt regresar de su misión la otra noche. Sabía que él, más que nadie, podría entenderlo.

Lo había entendido. Y no había retrocedido ni por un segundo.

Igual que no retrocedió cuando la vio tirar con precisión a ese blanco y, en vez de eso, respondió con su propio tiro. Como si fueran dos del mismo tipo, como si ella pudiera lanzarle lo que fuera y él lo atraparía. Como si él pudiera enfrentar cualquier desafío con esa sonrisa maliciosa y feroz.

Bryce podría jurar que todavía sentía la calidez de sus manos.

Después de terminar su conversación con Isaiah, Flynn y Declan avanzaron hacia la magibarrera. Ruhn estaba a unos tres metros más allá, hablando con una medibruja hermosa de cabello oscuro. Sin duda le preguntaba qué pensaba de la escena.

Flynn y Declan se asomaron detrás del borde azul brillante de la pantalla para ver el cuerpo y maldijeron.

Ella sintió cómo el estómago se le iba a los pies. Tal vez venir a este lugar había sido una mala idea. Se recargó un poco en Hunt.

Él le clavó los dedos en la espalda como apoyo silencioso antes de murmurar:

—Puedo asomarme por ambos.

Ambos, como si fueran una unidad contra este puto mundo desquiciado.

—Estoy bien —dijo ella con voz calmada.

Pero no se movió en dirección de la pantalla.

Flynn se alejó del lugar donde estaba el cuerpo y le preguntó a Isaiah:

—¿Qué tan reciente es este asesinato?

—Estamos calculando que la hora de muerte fue hace treinta minutos —respondió Isaiah con voz seria—. Por los restos de la ropa, parece que era uno de los guardias del Templo de Luna. Iba de camino a casa.

El silencio vibró a su alrededor. Bryce sintió el estómago revuelto.

Hunt maldijo.

—Voy a atreverme a adivinar que estaba de guardia la noche que robaron el Cuerno.

Isaiah asintió.

—Fue lo primero que revisé.

Bryce tragó saliva y dijo:

—Entonces debemos estar cerca de algo importante. O el asesino ya va un paso delante de nosotros, interrogando y luego matando a todos los que podrían tener idea de dónde está ese Cuerno.

—¿Ninguna de las cámaras captó algo? —preguntó Flynn. Su cara apuesta estaba muy seria, no era normal.

—Nada —dijo Isaiah—. Es como si supiera dónde están. O quien lo invocó lo supiera. Se mantuvo fuera de vista.

Hunt subió su mano por toda la espalda de Bryce, una caricia sólida y tranquilizadora y luego dio un paso hacia el Comandante de la 33ª, con voz baja y dijo:

—Saber dónde están todas las cámaras en esta ciudad, en especial las ocultas, requeriría cierta autorización.

Sus palabras quedaron colgando entre ellos. Nadie más se atrevía a decir otra cosa, no en público. Hunt preguntó:

—¿Alguien reportó haber visto un demonio?

Una técnica de ADN salió detrás de la pantalla con sangre en las rodillas de su overol blanco. Como si se hubiera arrodillado en sangre mientras recogía las muestras que traía en la mano cubierta por un par de guantes.

Bryce apartó la mirada y vio hacia la calle principal de nuevo.

Isaiah negó con la cabeza.

—No hay informes de civiles ni de patrullas todavía.

Bryce apenas lo alcanzó a oír mientras registraba los datos en su mente. La calle principal.

Sacó el teléfono y abrió un mapa de la ciudad. Su localización apareció, un punto rojo en la red de calles.

Los hombres seguían hablando sobre la escasa evidencia cuando ella colocó otros identificadores más en el mapa y miró el piso debajo de ellos. Ruhn se acercó y se integró a la conversación con sus amigos pero ella se estaba desconectando de la plática.

Pero Hunt notó que ella estaba pensando en otra cosa y volteó a verla con las cejas oscuras muy arqueadas.

—¿Qué?

Ella se acercó hacia la sombra de su ala y podría haber jurado que él la cerró un poco a su alrededor.

—Éste es un mapa de los lugares donde han ocurrido los asesinatos.

Le permitió a Ruhn y sus amigos acercarse. Incluso se dignó a mostrarles la pantalla de su teléfono aunque las manos le temblaban un poco.

—Éste —dijo ella señalando el punto que parpadeaba—, somos nosotros.

Luego señaló otro punto cercano.

—Éste es el lugar donde murió Maximus Tertian.

Señaló otro lugar, esta vez cerca de avenida Central.

—Éste es el asesinato de la acólita —sintió cómo se le empezaba a cerrar la garganta pero se obligó a señalar el siguiente punto, a unas cuadras al norte—. Aquí es donde…

Las palabras le quemaban. Carajo. Carajo, tenía que decirlo, pronunciarlo…

—Donde mataron a Danika y la Jauría de Diablos —terminó de decir Hunt.

Bryce lo miró agradecida.

—Sí. ¿Ven lo que yo veo?

—¿No? —dijo Flynn.

—¿No fuiste a una escuela de hadas muy elegante? —preguntó ella.

Al ver el ceño fruncido de Flynn, suspiró y alejó un poco la vista de la pantalla.

—Miren: todos sucedieron en lugares a pasos de alguna de las avenidas principales. Sobre líneas ley, los canales naturales para que viaje la luzprístina por la ciudad.

—Carreteras de energía —dijo Hunt con un brillo en los ojos—. Fluyen justo por las Puertas.

Sí, Athalar lo entendió. Él se dirigió hacia donde estaba Isaiah a unos metros de distancia hablando con una ninfa alta y rubia con uniforme de forense.

Bryce le dijo a los hombres hada, a su hermano que tenía los ojos muy abiertos:

—Tal vez quien sea que esté invocando a este demonio está usando la energía de estas líneas ley bajo la ciudad para conseguir la fuerza necesaria y así invocarlo. Si todos los asesinatos sucedieron en lugares cercanos a estas líneas, tal vez es así como aparece el demonio.

Uno de los miembros del equipo Aux llamó a Ruhn, y su hermano hizo un gesto para indicarle lo impresionado que estaba antes de dirigirse donde lo llamaban. Ella no hizo caso de lo que esa admiración le provocaba y volteó a ver a Hunt que seguía caminando por el callejón, los músculos poderosos de sus piernas en movimiento. Lo escuchó llamar a Isaiah mientras caminaba hacia el comandante.

—Pídele a Viktoria que haga una búsqueda en las cámaras a lo largo de calle Principal, la Central y Ward. A ver si encuentra algún parpadeo en la energía, cualquier pico o caída en la temperatura que pudiera ocurrir si se invoca un demonio.

El kristallos podría mantenerse fuera de la vista, pero sin duda las cámaras captarían una pequeña alteración en el flujo de energía o en la temperatura.

—También dile que se fije en la red de luzprístina alrededor de esas horas. A ver si se registró algo.

Declan observó al ángel alejarse y luego le dijo a Bryce.

—¿Sí sabes lo que hace, verdad?

—¿Verse muy bien de negro? —dijo ella con dulzura.

Declan gruñó.

—Eso de ser cazador de demonios es un frente. Hace el trabajo sucio del gobernador —dijo y apretó su elegante mandíbula un segundo—. Hunt Athalar es malas noticias.

Ella parpadeó y lo vio por debajo de las pestañas.

—Entonces qué bueno que me gustan los chicos malos.

Flynn hizo un silbido grave.

Pero Declan sacudió la cabeza.

—A los ángeles les importa una mierda todos los demás, B. Sus metas no son tus metas. Las metas de Athalar tal vez ni siquiera sean las mismas que las de Micah. Ten cuidado.

Ella asintió en dirección a su hermano que otra vez estaba hablando con la guapa medibruja.

—Ya me dio la plática Ruhn, no te preocupes.

En el callejón, Hunt hablaba con Isaiah.

—Llámame si Viktoria consigue algo de video —dijo. Luego agregó, como si no estuviera acostumbrado a hacerlo—: Gracias.

A la distancia las nubes empezaban a acumularse. Las predicciones del clima decían que llovería a la media noche, pero al parecer la lluvia llegaría antes.

Hunt caminó a toda velocidad para alcanzarlos.

—Ya están averiguando.

—Veremos si la 33ª sí cumple esta ocasión —murmuró Declan—. Aunque yo no me confiaría.

Hunt se enderezó. Bryce esperó a que se defendiera pero el ángel se encogió de hombros.

—Yo tampoco.

Flynn movió la cabeza hacia los ángeles que estaban trabajando en la escena.

—¿No hay lealtad?

Hunt leyó el mensaje que apareció en la pantalla de su teléfono y luego lo guardó.

—No tengo alternativa más que ser leal.

Y para ir tachando esas muertes una por una. Bryce sintió que se le retorcía el estómago.

Los ojos color ámbar de Declan se fijaron en el tatuaje de la muñeca de Hunt.

—Es algo jodido.

Flynn murmuró algo para expresar que estaba de acuerdo. Al menos los amigos de su hermano estaban en la misma página que ella en lo que tenía que ver con las políticas de los asteri.

Hunt miró a los hombres de nuevo. Evaluando.

—Sí —dijo en voz baja—. Lo es.

—Es el comentario más subvaluado del siglo.

Bryce estudió la escena del asesinato y su cuerpo volvió a tensarse, no quería ver. Hunt la vio a los ojos, como si hubiera sentido esa tensión, el cambio en su olor. Le asintió con sutileza.

Bryce levantó la barbilla y declaró:

—Nos vamos a ir.

Declan se despidió con un movimiento de la mano.

—Te llamo pronto, B.

Flynn le mandó un beso.

Ella hizo una cara de fastidio.

—Adiós.

Vio a Ruhn que la miraba fijamente y le hizo una señal de despedida. Su hermano se despidió también y continuó hablando con la bruja.

Avanzaron una cuadra en total antes de que Hunt dijera, con demasiada soltura:

—¿Tú y Tristan Flynn tuvieron algo que ver?

Bryce parpadeó.

—¿Por qué me preguntarías eso?

Él guardó las alas.

—Porque coquetea contigo todo el tiempo.

Ella resopló.

—¿Quieres contarme sobre todas las personas que han tenido algo que ver contigo, Athalar?

Su silencio le dijo lo suficiente. Ella sonrió.

Pero entonces el ángel dijo, como si necesitara algo para distraerse de los restos de carne que acababan de dejar atrás:

—No vale la pena mencionar a ninguna de las personas con quienes he tenido que ver —hizo una pausa de nuevo e inhaló antes de continuar—. Pero eso es porque Shahar me arruinó para cualquier otra persona.

Me arruinó. Las palabras rebotaron dentro de Bryce.

Hunt continuó con los ojos húmedos por el recuerdo:

—Yo crecí en el territorio de Shahar al sureste de Pangera y al ir ascendiendo en los rangos de sus legiones me enamoré de ella. De su visión del mundo. De sus ideas sobre cómo debían cambiar las jerarquías de los ángeles —tragó saliva—. Shahar fue la única persona que me sugirió que se me había negado todo por haber nacido bastardo. Me promovió entre sus filas hasta que llegué a ser su mano derecha. Hasta que fui su amante —exhaló profundo—. Ella dirigió la rebelión contra los asteri y yo fui el líder de sus fuerzas, la 18ª Legión. Ya sabes cómo terminó.

Todo el mundo en Midgard lo sabía. La Estrella Diurna hubiera liderado a los ángeles, quizá a todos, a un mundo más libre pero la habían apagado. Otra soñadora aplastada bajo la bota de los asteri.

Hunt dijo:

—¿Entonces, tú y Flynn…?

—¿Me contaste toda esta trágica historia de amor y esperas que yo te responda con mis tonterías?

El silencio del ángel fue suficiente respuesta. Ella suspiró. Pero… estaba bien. Ella también necesitaba hablar de algo para sacudirse esa escena del crimen. Y para despejar las sombras que le habían llenado los ojos cuando habló de Shahar.

Sólo por eso, dijo:

—No. Flynn y yo nunca tuvimos nada que ver —sonrió un poco—. Cuando visité a Ruhn en la adolescencia apenas podía funcionar en la presencia de Flynn y Declan —la boca de Hunt se curvó hacia arriba—. Ellos soportaron mis coqueteos descarados y, por un rato, estuve convencida de que Flynn sería mi esposo algún día.

Hunt rio y Bryce le dio un codazo.

—Es verdad. Escribí Lady Bryce Flynn en todos mis cuadernos escolares durante dos años seguidos.

Él se quedó con la boca abierta.

—No es cierto.

—Claro que sí. Puedo demostrarlo: todavía tengo todos mis cuadernos en casa de mis padres porque mi mamá se niega a tirar cualquier cosa.

Su diversión empezó a flaquear. No le dijo sobre aquella vez en el último año de la universidad, cuando ella y Danika se encontraron a Flynn y Declan en un bar. Cómo Danika se había ido a su casa con Flynn porque Bryce no quería echar a perder nada entre él y Ruhn.

—¿Quieres oír sobre la peor cita que he tenido? —le preguntó con una sonrisa forzada.

Él rio.

—Creo que me da un poco de miedo, pero claro.

—Salí con un vampiro durante tres semanas. Fue la primera y única vez que tuve algo que ver con alguien de Flama y Sombra.

Los vamps habían trabajado mucho para lograr que la gente olvidara el pequeño dato de que todos ellos venían del Averno, que ellos mismos eran demonios menores. Que sus ancestros habían desertado a sus siete príncipes durante las Primeras Guerras y habían filtrado información vital a las Legiones Imperiales de los asteri que les ayudó a obtener la victoria. Traidores y convenencieros que seguían teniendo el hambre de sangre de los demonios.

Hunt arqueó una ceja.

—¿Y?

Bryce hizo una mueca de dolor.

—Y no podía dejar de preguntarme a mí misma qué parte de mí quería más: mi sangre o… ya sabes. Y luego él sugirió comer mientras comía, si entiendes a lo que me refiero.

Hunt tardó un segundo en comprender. Luego sus ojos oscuros se abrieron de par en par.

—Mierda. ¿En serio?

Ella se dio cuenta de que él vio sus piernas, entre ellas. La manera en que sus ojos parecieron oscurecerse más, algo en ellos se enfocó.

—¿Eso no dolería?

—No quise averiguarlo.

Hunt movió la cabeza y ella se preguntó si estaría dudando si horrorizarse o reír. Pero la luz había regresado a sus ojos.

—¿Y después de eso ya no hubo más vamps?

—Para nada. Él decía que el mejor placer siempre estaba cubierto de dolor pero yo lo eché a la calle.

Hunt expresó guturalmente su aprobación. Bryce sabía que tal vez no debería hacerlo pero preguntó con cautela:

—¿Tú todavía sientes algo por Shahar?

Un músculo de la mandíbula de Hunt se movió como reflejo. Miró hacia el cielo.

—Hasta el día que muera.

Las palabras no tenían añoranza ni dolor, pero ella de todas maneras no se sentía del todo segura de qué hacer con la sensación en el estómago que le provocó esa afirmación.

Hunt la volteó a ver al fin. Una mirada triste y sin luz.

—No veo cómo puedo olvidarme de amarla cuando ella renunció a todo por mí. Por la causa —negó con la cabeza—. Cada vez que estoy con alguien lo recuerdo.

—Ah.

No había manera de discutir con eso. Lo que dijera en contra sonaría egoísta y quejumbroso. Y tal vez ella era tonta por permitirse interpretar algo más cuando sus piernas se tocaron o cuando la miró de esa manera en el campo de tiro o cuando la ayudó a salir de su pánico o cualquiera de esas cosas.

Él la estaba viendo fijamente. Como si estuviera entendiendo todo. Tragó saliva.

—Quinlan, eso no quiere decir que yo no…

Sus palabras fueron interrumpidas por un grupo de gente que se acercaba a ellos desde el otro lado de la calle.

Ella vio cabello rubio platinado y dejó de respirar. Hunt maldijo.

—Vámonos volando…

Pero Sabine ya los había visto. Su cara angosta y pálida estaba retorcida en un una mueca de enojo.

Bryce odió que sus manos empezaron a estremecerse de manera incontrolable. Sus rodillas empezaron a temblar.

Hunt le dio una advertencia a Sabine.

—Sigue tu camino, Fendyr.

Sabine no le hizo caso. Su mirada era como si estuviera lanzándole a Bryce astillas de hielo.

—Escuché que andabas enseñando la cara de nuevo —le dijo a Bryce furiosa—. ¿Dónde putas está mi espada, Quinlan?

Bryce no pudo pensar en nada que decirle, ninguna respuesta o explicación. Dejó que Hunt la llevara del otro lado. El ángel se convirtió en una verdadera pared de músculo entre ambas.

La mano de Hunt estaba apoyada en la espalda de Bryce empujándola para que siguiera caminando.

—Vámonos.

—Puta estúpida —le dijo con odio Sabine y escupió a los pies de Bryce cuando pasó.

Hunt se tensó y dejó escapar un gruñido pero Bryce lo tomó del brazo con fuerza en una petición silenciosa de que no hiciera caso.

Él enseñó los dientes y volteó a ver a Sabine por encima del hombro pero Bryce dijo:

—Por favor.

Él miró su cara y estaba listo para objetar. Ella los obligó a seguir caminando a pesar de que las palabras de Sabine se le habían quedado grabadas en la espalda.

—Por favor —repitió Bryce.

El pecho de Hunt subía y bajaba, como si tuviera que hacer acopio de toda su fuerza para controlar la ira, pero siguió viendo al frente. La risa grave y engreída de Sabine avanzaba hacia ellos.

El cuerpo de Hunt se petrificó y Bryce le apretó más el brazo. Sentía la miseria arremolinándose en su estómago.

Tal vez él lo olió, tal vez lo podía ver en su cara, pero Hunt empezó a caminar otra vez. Su mano volvió a calentar la espalda de Bryce, una presencia estable mientras caminaban hasta que por fin lograron cruzar la calle.

Estaban a medio camino de atravesar la calle principal cuando Hunt la tomó en sus brazos y, sin decir palabra, se elevó hacia el cielo.

Ella recargó la cabeza contra su pecho. Dejó que el viento ahogara el rugido de su mente.

Aterrizaron en la azotea de su edificio cinco minutos después y ella hubiera ido sin dilación al departamento pero él la sostuvo del brazo.

Hunt volvió a estudiar su cara. Sus ojos.

Ambos había dicho antes. Una unidad. Un equipo. Una jauría de dos personas.

Las alas de Hunt se movieron un poco con el viento proveniente del Istros.

—Vamos a encontrar a quien está detrás de todo esto, Bryce. Lo prometo.

Y, por alguna razón, ella le creyó.


Se lavaba los dientes cuando sonó su teléfono.

Declan Emmet.

Bryce escupió la pasta de dientes antes de contestar.

—Hola.

—¿Todavía tienes guardado mi número? Me conmueves, B.

—Sí, sí, sí. ¿Qué pasó?

—Encontré algo interesante en las grabaciones. Los residentes que pagan impuestos en esta ciudad deberían rebelarse al ver cómo se está desperdiciando su dinero en analistas de segunda en vez de invertir en personas como yo.

Bryce caminó hacia el pasillo, luego hacia la estancia, luego hacia la puerta de Hunt. Tocó una vez y le dijo a Declan:

—¿Me vas a decir o sólo vas a regodearte?

Hunt abrió la puerta.

Puta. Solas. En llamas.

No tenía puesta la camisa y, por su aspecto, también se lavaba los dientes. Pero a ella no le importaba un carajo su higiene dental si se veía así.

Tenía músculos sobre músculos sobre músculos, todos cubiertos por una piel dorada tostada que brillaba bajo las lucesprístinas. Era ridículo. Ya lo había visto antes sin camisa, pero no se había dado cuenta… no así.

Ella había visto muchos cuerpos de hombres hermosos y bien formados, pero el de Hunt Athalar la dejó sin habla.

Él estaba sufriendo por un amor perdido, se recordó a sí misma. Se lo había dejado muy claro esa tarde. A través de pura voluntad, levantó la mirada y se topó con la sonrisa burlona de su cara. Pero esa sonrisa engreída se disolvió cuando ella puso a Declan en el altavoz. Dec dijo:

—No sé si deba decirles que se sienten o no.

Hunt salió hacia la estancia con el ceño fruncido.

—Sólo dilo —dijo Bryce.

—Está bien, entonces admitiré que alguien pudo haber cometido un error con demasiada facilidad. Gracias al apagón, la grabación es sólo oscuridad con algunos sonidos. Sonidos ordinarios de gente de la ciudad que reaccionaba al apagón. Así que separé cada audio individual de los sonidos de la calle frente al templo. Aumenté los del fondo que las computadoras del gobierno tal vez no tenían la tecnología para escuchar. ¿Saben qué escuché? Gente riendo, invitando a otras a tocarlo.

—Por favor dime que esto no va a terminar en una asquerosidad —dijo Bryce.

Hunt rio.

—Era gente en la Puerta de la Rosa. Podía escuchar a la gente en la Puerta de la Rosa en CiRo desafiándose a tocar el disco en el apagón para ver si todavía funcionaba. Sí funcionaba, por cierto. Pero también los podía escuchar haciendo sonidos de admiración por las flores que se abrían al anochecer en la Puerta misma.

Hunt se acercó. Su olor se envolvió alrededor de Bryce y la mareó. Le dijo al teléfono:

—La Puerta de la Rosa está a media ciudad del Templo de Luna.

Declan rio.

—Hola, Athalar. ¿Te gusta ser el invitado de Bryce?

—Sólo dinos ya —dijo Bryce entre dientes. Luego dio un gran paso con cuidado para apartarse de Hunt.

—Alguien cambió la grabación del templo durante las horas del robo del Cuerno. Fue un trabajo muy jodidamente inteligente, lo arreglaron para que no hubiera ni un parpadeo en la estampa del tiempo. Tomaron la grabación de audio que era casi idéntico a lo que hubiera sonado en el templo, con el ángulo de los edificios y todo. Un truco muy astuto. Pero no lo suficiente. La 33ª debería haberse acercado a mí. Yo hubiera encontrado un error como ése.

A Bryce le latía el corazón con fuerza.

—¿Puedes averiguar quién lo hizo?

—Ya lo averigüé —todo lo engreído de la voz de Declan desapareció—. Investigué quién era el responsable de liderar la investigación sobre las grabaciones de las cámaras esa noche. Ellos serían la única persona con la autorización para hacer un cambio así.

Bryce dio golpes con el pie en el piso y Athalar le rozó el hombro con el ala en apoyo silencioso.

—¿Quién es, Dec?

Declan suspiró.

—Miren, no estoy diciendo cien por ciento de certeza que sea esta persona sea la responsable… pero la oficial que lideró esa parte de la investigación fue Sabine Fendyr.