CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO,
conclusión de toda esta obra y despedida de los holandeses
Cuando volví a encontrarme en tan buen estado, hice que los cornetas reunieran a mi gente, porque los pocos sanos que habían conservado la razón estaban, como antes he dicho, dispersos por la isla. Cuando se reunieron, hallé que no se había perdido ni uno en aquella locura, por lo que nuestro capellán pronunció un hermoso sermón en el que ensalzó las maravillas de Dios, pero especialmente al tan mentado alemán, que lo escuchaba todo con disgusto, lo ensalzó de tal modo que aquel marinero que había cogido su libro y los treinta ducados los devolvió voluntariamente y los puso a sus pies. Pero él no quiso aceptar el dinero, sino que me pidió que me lo llevase a Holanda y lo diese a los pobres en nombre de su camarada muerto. Porque, dijo, aunque tuviera toneladas de oro, no tendría en qué utilizarlas; en cambio, en lo que al presente libro se refiere, me lo entregó para que lo guardara en memoria suya.
Hice traer del barco aguardiente, vino español, un par de jamones de Westfalia, arroz y otras cosas, asadas y cocinadas, para agasajar a aquel alemán y rendirle toda clase de honores, pero él no aceptó cortesía alguna, sino que se conformó con muy poco y con la peor comida, lo que, como suele decirse, va en contra de toda costumbre alemana. Los nuestros se habían bebido sus reservas de vino de palma, por lo que se conformó con agua y no quiso beber ni vino español ni del Rin, pero se mostró alegre al ver que estábamos contentos. Su mayor alegría la demostró al tratar con los enfermos, a los que consoló deseándoles rápida recuperación y dijo que se alegraba de poder servir a personas, sobre todo a cristianos y especialmente compatriotas suyos, de lo que había estado privado durante largos años. Fue al mismo tiempo su cocinero y médico, conferenciando con nuestro médico y barbero acerca de qué hacer o dejar de hacer con uno y con otro, por lo que tanto los oficiales como la marinería lo idolatraban.
Yo mismo me pregunté cómo podía servirle. Lo retuve conmigo e hice que, sin su conocimiento, nuestros carpinteros levantaran una nueva cabaña en la forma en que hoy gustan de hacerse nuestras alegres casitas de jardín. Pero bien veía que se merecía más de lo que yo podía hacer o él quería aceptar. Su conversación era muy amable, aunque más que escueta, y cuando le preguntaba algo respecto a su persona señalaba este libro y decía: «Ahí he descrito de sobra aquello en lo que ahora me causa disgusto pensar». Cuando le recordé que tenía volver con las gentes para no morir tan solo como una bestia irracional, de lo que ahora tenía una buena ocasión si venía con nosotros a su patria, respondió:
—Dios mío, ¿de qué queréis hacerme culpable? Aquí hay paz, allí guerra; aquí no sé nada del orgullo, la codicia, la ira, la envidia, los celos, la falsedad, el engaño, ni de toda clase de preocupaciones; ni por la comida ni por el vestido, ni por el honor ni por la reputación. Aquí hay una tranquila soledad, sin ira, discordia ni disputa; una seguridad contra las vanas codicias, una fortaleza contra todo deseo desordenado; una protección contra las muchas celadas del mundo y un lugar de reposo en el que servir solamente al Altísimo, contemplar sus milagros y poder ensalzarlo y elogiarlo. Cuando yo aún vivía en Europa, todo estaba lleno (¡Oh, dolor! ¡Que deba testimoniar tal cosa de cristianos!) de guerra, incendios, crímenes, robos, saqueos, violaciones de mujeres y doncellas, etcétera. Pero cuando el buen Dios se llevó todas esas plagas, junto con la espantosa peste y la cruel hambre, y volvió a enviar la noble paz en beneficio del pobre pueblo oprimido, vinieron toda clase de vicios: la lujuria, la gula, la bebida y el juego, la prostitución, la pederastia y el adulterio, que trajeron consigo todo el enjambre de los otros vicios, hasta que finalmente se llegó tan lejos que cada uno empezó a practicar en público el hacerse grande oprimiendo al de al lado, sin ahorrar para ello astucia, engaño ni sutileza política. Y lo peor es que no cabe esperar mejoría, porque todos creen que yendo a misa una vez cada ocho días, cuando les conviene, y dicen que reconciliándose con Dios una vez al año, no solo han hecho todo lo que debe hacer un buen cristiano sino que Dios está muy en deuda con ellos por tan tibia devoción. ¿He de desear yo volver con tales gentes? ¿No habría de temer que, si abandono esta isla en la que el buen Dios me ha puesto de forma tan asombrosa, me vaya en el mar como a Jonás? ¡No —dijo—, que Dios me guarde de tal comienzo!
Como veía que no tenía ningún deseo de partir con nosotros, empecé otro discurso y le pregunté cómo pensaba cuidarse y alimentarse allí tan solo, y si, a tantos cientos y miles de millas de los otros cristianos, no tenía miedo. Especialmente, si no pensaba que, cuando llegara su hora, quién iba a ayudarle y estar a su lado con consuelo, oración y no digamos la ayuda que necesitaría en su enfermedad. ¿No se hallaría entonces abandonado por todo el mundo, y moriría como un animal salvaje o una res? A esto respondió que no, que en lo que a su alimento se refería el buen Dios le daba más de lo que podían tomar mil como él; todos los meses del año tenía una clase distinta de peces que acudían a las aguas bajas de la isla. Los mismos dones de Dios gozaba en cuanto a las aves, que estación tras estación se posaban en la isla, bien para descansar y alimentarse o para poner huevos e incubar sus crías. No iba a decirme nada de la fertilidad de la isla que yo mismo no tuviera ante mis ojos. Y en cuanto a la ayuda de las personas, de la que estaría privado cuando llegara su fin, eso no le preocupaba en lo más mínimo, con tal de que tuviera a Dios por amigo. Mientras había estado en el mundo con los hombres había recibido más disgustos de sus enemigos que alegrías de sus amigos, y a menudo incluso los amigos le daban a uno más ocasión de importunidades que de amistad. Si aquí no tenía amigos que le amaran y atendieran, tampoco tenía enemigos que le odiaran, que ambas clases de personas podían llevar al pecado a alguien, pero él estaba privado de ambas, y podía servir tanto más tranquilamente a Dios. Sin duda al principio había tenido que sufrir y superar tentaciones de sí mismo y del enemigo de todos los hombres, pero con la gracia divina había hallado y recibido ayuda, consuelo y salvación en las heridas de su redentor (que había sido su único refugio).
En tales conversaciones y otras por el estilo pasé el tiempo con el alemán, mientras nuestros enfermos mejoraban de hora en hora, de forma que al cuarto día no teníamos ni uno que se quejara. Reparamos lo que en el barco había que reparar, cargamos agua fresca y otras cosas de la isla y, después de regocijarnos y refrescarnos a placer el sexto día en la isla, al séptimo pusimos rumbo a la isla de Santa Helena, donde encontramos parte de los buques de nuestra flota que esperaban al resto de los barcos, y en los que también cuidaban a sus enfermos. Desde allí llegamos felizmente todos a Holanda.
Os he traído unos cuantos de los escarabajos relucientes con los que salimos con el tan mentado alemán de la antedicha cueva, que sin duda es un lugar maravilloso. Guardaba allí una buena provisión de huevos que, según me dijo el alemán, se conservaban más de un año, porque el lugar es más helado que frío; en el rincón más recóndito de la cueva tenía muchos cientos de esos escarabajos, de manera que había tanta luz como cuando en un cuarto arden velas en exceso. Me cuenta que en cierta época del año crecen en la isla en un árbol de una clase especial, pero en cuatro semanas son devorados por una raza de extraños pájaros que llegan en esa misma época a incubar sus crías, así que tuvo que hallar la solución de servirse de ellos en lugar de luces en dicha cueva. En la cueva conservan sus fuerzas todo el año, pero al aire su reluciente humor se seca de tal modo que no emanan el menor brillo en cuanto llevan muertos ocho días. Ese alemán exploró la cueva con tan solo esos pequeños escarabajos e hizo de ella un lugar seguro para él, que no lo habríamos sacado de la misma contra su voluntad ni con cien mil hombres. A nuestra partida le regalamos un espejo ustorio para que pudiera hacer fuego con el sol, que fue lo único que nos rogó. Y aunque no quería aceptar nada de nosotros, le dejamos un hacha, una pala, un mazo, dos piezas de algodón de Bengala, media docena de cuchillos, unas tijeras, dos cuencos de cobre y una pareja de conejos, para probar si querían reproducirse en la isla. Con todo lo cual nos despedimos muy amigablemente. Considero esa isla el lugar más sano del mundo, porque nuestros enfermos recobraron sus fuerzas en cinco días, y el alemán mismo no sufrió enfermedad alguna en todo el tiempo que estuvo en ella.