CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO,

de cómo Simplicius cumple con Olivier la profecía de Herzbruder, como si no se conocieran

Cambié de color al oír, por boca del propio Olivier, cómo había procedido con mi mejor amigo. Y como no podía cobrarme venganza, tuve que morderme los labios para que no lo advirtiera. Me limité a decirle que prosiguiera y me contara qué había ocurrido tras la batalla de Wittstock.

—En aquella batalla —prosiguió Olivier—, me porté no como un simple escribiente que solo se encarga del tintero, sino como un valeroso soldado, porque aunque no pertenecía a ningún escuadrón, iba bien armado y estaba duro como el acero. Demostré mi valor como aquel dispuesto a vencer o morir por la espada. Vagué por nuestra brigada como un golpe de viento para entrenarme y demostrar a los nuestros que era más útil con la espada que no con la pluma. No me sirvió de nada, venció la fortuna de los suecos, yo me vi aplastado por nuestro infortunio y tuve que rendirme. Yo, que poco antes no habría aceptado la rendición de ninguno.

»Junto con otros prisioneros fui destinado a un regimiento de infantería que fue enviado a Pomerania para descansar. Como allí se encontraban muchos jovencitos recién alistados y yo mostraba siempre indomable valor, fui ascendido a cabo. Pero yo no pensaba seguir con ellos mucho tiempo, porque los imperiales convenían mejor a mis ideales, aunque, sin duda alguna, habría ascendido más rápidamente con los suecos. Mis planes de fuga los puse en práctica de la siguiente forma: con otros siete mosqueteros fui enviado a exigir en los apartados poblachos de nuestra zona los impuestos de guerra señalados. Cuando hubimos conseguido unos ochocientos gulden, se los mostré a mis compañeros, a los que se les hizo la boca agua, con lo que pronto nos pusimos de acuerdo para repartírnoslos equitativamente y huir. Después convencí a tres de ellos para que me ayudaran a matar a los otros cuatro; una vez hecho, nos repartimos el dinero, con lo que nos embolsamos doscientos guldens cada uno, y nos dirigimos a Westfalia. Por el camino me puse de acuerdo con uno de los mosqueteros y este me ayudó a asesinar a los dos que quedaban, y cuando fuimos a repartirnos el dinero ya tan manchado de sangre, salté sobre él y lo estrangulé. Ya en poder de todo el dinero, llegué felizmente a Werle, donde me alisté de nuevo, y viví alegremente con mi fortuna.

»Cuando el dinero empezó a escasear, y a pesar de que habría querido seguir viviendo sin hacer nada, oí hablar mucho de un joven soldado de Soest, que había conseguido un enorme botín y un famoso nombre, y decidí imitarle. Era conocido como el Cazador por su traje verde, y yo me hice cortar uno igual. Luego robé en su nombre tanto en mis dominios como en los suyos, y cometí muchos excesos, que nos fueron atribuidos a ambos. Cierto que él decidió quedarse en casa, pero yo proseguí actuando en su nombre, por lo que el mencionado Cazador me retó a muerte. Pero ¡que el diablo luchara con él, con quien había oído que tenía un pacto, ya que si lo hacía habría acabado con mi poder!

»No obstante, no pude escapar a su astucia. Me atrajo con ayuda de su criado junto con mis camaradas a un establo de ovejas y quiso obligarme a la luz de la luna a batirme con él, en presencia de dos diablos de carne y hueso que había llevado como testigos. Pero como yo me negase a ello, me obligaron a hacer la cosa más vergonzosa del mundo. Mi compinche divulgó lo ocurrido, con lo que me llenó de oprobio, y tuve que abandonar el lugar para ir a parar a Lippstadt, donde entré al servicio de las tropas de Hessen. No permanecí allí mucho tiempo, ya que no confiaban en mí. Fui a alistarme con los holandeses, donde percibí una buena soldada, pero topé con una guerra aburrida, que no iba con mi carácter. Nos hacían vivir como si fuéramos monjes y debíamos conservarnos castos como las monjas.

»No podía por aquel entonces mostrarme ante los imperiales, los suecos ni los de Hessen, ya que me habría jugado la vida después de desertar en los tres bandos, y tampoco me era posible prolongar mi estancia entre los holandeses, porque violé a una doncella y parecía que iba a correr la noticia. Pensé refugiarme entre los españoles, con la esperanza de poder regresar al hogar y ver lo que hacían mis padres. Pero cuando me disponía a llevar a cabo este proyecto, la brújula se volvió loca e, inesperadamente, me encontré entre los bávaros. Con estos marché como hermano de Merode desde Westfalia hasta Breisgau, alimentándome del juego y del robo. Si conseguía algo, me pasaba los días en las mesas de juego y las noches en la cantina. Si iba de vacío, robaba todo lo que podía. A menudo lograba pillar al día dos o tres caballos de los pastos o de las caballerizas, los vendía y me volvía a jugar la ganancia. Por la noche penetraba en las tiendas de los soldados y les robaba lo mejor que tenían debajo de las almohadas. Durante la marcha, en los desfiladeros estaba ojo avizor de las valijas que las mujeres acostumbraban arrastrar tras ellas y se las cortaba. De esta manera fui viviendo hasta la batalla de Wittenweier, donde de nuevo fui hecho prisionero e incluido en un regimiento de infantería; así me convertí en soldado de Weimar. Pero no me gustaba el campamento de Breisach. Hice a tiempo las cuentas y huí para hacer desde entonces la guerra por mi cuenta y riesgo, como me ves ahora. Ten la seguridad, hermano, que desde entonces más de un arrogante ha caído bajo la fuerza de mi brazo, dejando en mi poder una buena fortuna. Y no pienso cesar hasta que no vea que ya no es negocio.

»Y bien, ahora te toca a ti contarme tu vida.

El aventurero Simplicissimus
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